Por Carlos Pereira das Neves (*)
¿Cuántas veces hemos escuchado decir que estamos en la era de la conectividad? ¿Cuántas veces hemos escuchado decir que, estando en la era de la conectividad, pareciéramos estar más desconectados que nunca? ¿Cuántas veces hemos parado a pensar si es que en verdad estamos más desconectados que nunca o en realidad se trata de que estamos conectados pero a otras cosas?
Conexión o desconexión parecen ser dos caras de un mismo problema: ¿quiénes dirigen nuestra voluntad de conectar? y ¿hacia adónde?
Las cosas, lo material, el fetiche…sigue siendo uno de los principales atractivos. Una persona ocupada en seguir acumulando elementos, que la mayoría de las veces no necesita, es una persona que no se ocupa en cuestionar quién gana en esta batalla del deseo.

Es decir, conectar “con qué” siempre ha estado encima de la mesa desde la masificación de la producción y la necesidad de acumulación incesante de ganancias por parte de los dueños de los medios. Lo sigue estando, el sistema capitalista se sustenta en una base material de acumulación que genera las condiciones materiales para su propia infinita acumulación, estirando cada vez más la brecha entre los que tienen y los que no, entre los que ponen los precios y los que estamos atados a pagar lo que nos imponen.
Eso en el plano de cubrir las necesidades básicas para la supervivencia: techo, comida y salud. Necesidades que, está de más decirlo, no alcanzan a estar cubiertas para un cada vez más creciente porcentaje de la población.
Pero el sistema tiene una propuesta para todos, una adaptación de “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. Solo que en este caso el objetivo no es que el trabajo y los recursos se gestionen de manera justa y solidaria, sino que todos ocupemos el lugar que nos han asignado en la máquina y consumamos en la porción de mercado específicamente preparada para nuestro nivel de ingresos.
Una vez que el techo, la comida y la salud están medianamente asegurados, así sea con -otro, también, cada vez más creciente porcentaje- endeudamiento, le toca el turno a la educación, el ocio, la cultura. El sistema también provee alternativas de consumo para quienes creen ser libres de cualquier coyuntura y repasan -interna y externamente- sus méritos para justificar su lugar en la cadena de consumo, creyendo también en la libertad de sus elecciones, de sus gustos, de su necesidad de diferenciarse de la masa más carente.
Igualmente alienados por la lumpenizante tábula rasa del mercado, los dependientes más pudientes se lanzan a la conquista de nuevas experiencias que los separen aún más de la fétida realidad de millones, que empieza a correrlos cada vez más de cerca.
Y el sistema se da cuenta que a esta nueva masa ya no le alcanza el “con qué” sino que también hay que inventarle un “hacia adónde”, que siempre estuvo, porque siempre se buscó atar el deseo a la necesidad, pero que necesita tener un marco más abstracto para no salpicarse con la sucia materialidad o tener que prestarse a la tediosa tarea de tener que sostener algún tipo de vínculo.
Es por eso que desde hace tiempo pululan los coachers, los “caminos”, las terapias, una determinada espiritualidad que invierte tanto o más en el marketing que en el trabajar verdaderamente sobre las nuevas formas de relacionarse con uno mismo y su entorno. Porque ya lo dijo Leo Maslíah cuando hablaba de los libros de auto ayuda, no están pensados en la ganancia del comprador sino que es una auto ayuda para el vendedor, el creador u ocupante de esta aggiornada porción de necesidad de consumo.
A lo que también se le ha sumado el mercado de la carne, el frigorífico humano de las aplicaciones de citas. Una góndola virtual que nos ofrece una variedad de productos, inertes, dispuestos al escarnio público, utilizables o descartables sin la necesidad del más mínimo intercambio social. Uno compra la herramienta para luego disponerse a la compra y a la venta de una imagen que permita la descarga, que con suerte será compartida con la contraparte convenida.
El deseo brilla por su ausencia, Eros “ha salido del grupo”, como se empezó a decir una vez que inventamos o incorporamos una forma de lenguaje que también se adapte a la lógica de las redes sociales. Porque incluso ahora uno puede salir de un grupo sin ser notado, es decir que puede ser agregado sin ser preguntado y puede salir sin ser cuestionado. ¡¡¡Maravilha!!! No hay que pedir ni dar explicaciones, todos a fluir, con las necesidades de los productores…claramente.
Eros, que en Roma es Cupido, ha sido es-cupido como consultor de nuestras decisiones. Hasta de las más, supuestamente, básicas. Ni los dioses se salvan de la era de la automatización, debería alegrarnos pero no.
El quiebre del tejido social con el que hemos titulado académicamente al sálvese quien pueda, sacude también las placas tectónicas de los que se creen formadores de opinión, leyendo o escuchando algún medio de comunicación intelectualmente independiente pero financiado -directa o indirectamente- por la Embajada de Estados Unidos. Solo que el escaso margen de solidez estructural (en retirada) no los deja caer, pero ellos piensan que surfan. A ellos también los escupen, y se quejan, pero no se quejan de la escupida sino porque piensan que llueve y la lluvia los iguala, porque cae para todos.
Algunas voces se empiezan a escuchar, aunque sea como estadísticas, hay siestas que se empiezan a interrumpir porque el techo ya no tapa todo el frío o porque el deseo sigue acumulándose en el pecho y va a empezar a reventar sin sentido en cualquier dirección. Ya está reventando, la violencia generalizada es un sinónimo de que el tema no pasa por la seguridad o inseguridad sino por la viabilidad o inviabilidad de este sistema.
Tal vez es lo que tenga que pasar para que el ser humano empiece a buscar nuevas formas de conectarse con su experiencia vital, encasillada actualmente en organizaciones, instituciones, formas y consumos que nos están llevando a la deshumanización y a la extinción.
Son tiempos de andar con la cabeza clara y el corazón grande, conectar en lo más cerca y defender, sobrevivir, hasta que la vida nos guiñe y vayamos a generar esas condiciones para devolverle la guiñada.
(*) Carlos Pereira das Neves es escritor, columnista y co-Director de Mate Amargo. Coordinador del Colectivo Histórico “Las Chirusas” y miembro del Capítulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (RedH)