Flores de plástico

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Por Ricardo Pose (*)

 

“Me siento como un florero”, dijo alguna vez Pepe Mujica cuando asumió su primer cargo de diputado.

No era una expresión que naciera de su oficio de floricultor, época en que llegaba al parlamento en su moto, para que la institucionalidad no lo fuera “regando”.

¿Qué motivaba a un, todavía desconocido para las grandes masas, diputado que pertenecía a una organización que había creado, (aun sin saberlo) la organización electoral de izquierda más grande del país, que no había presentado candidatos propios al parlamento para las elecciones de 1989, expresar que se sentía “un florero”?

Quizás el primer elemento fuera “calmar la desconfianza” de una militancia de luchadores sociales, que no lograron hacerse entender en la definición de no tener candidatos propios al parlamento ni legisladores, y debieron hocicar en aras de los aliados y de la unidad interna, zambullirse en el universo de la institucionalidad burguesa.

Cuando Pepe asume como diputado en 1994, la derecha ganaba por tercera vez el gobierno nacional, que venía ganando desde el retorno al estado de derecho de 1985, y por segunda vez lo hacía Julio María Sanguinetti.

Pepe ingresa al parlamento, aun todavía con los “ecos” de la Masacre del Filtro y la impunidad sobre los asesinos de Fernando Morroni y de Roberto Facal; las denuncias por corrupción financiera durante el gobierno de Luis Alberto Lacalle (Banco Pan de Azúcar, etc.); las denuncias de nepotismo también del Presidente Lacalle por favorecer a familiares en el negocio de la forestación; el asesinato del ingeniero químico chileno Eugenio Berrios en Uruguay, una señal inequívoca de la Tutela Militar, a la que se suma los atentados con bombas nunca aclarados por parte de grupos de extrema derecha, como la Guardia de Artigas y el Comando Lavalleja.

Cuando Pepe se sienta en la cámara de diputados, la institucionalidad uruguaya era un corral de ramas para las propuestas de izquierda, cumpliendo un rol como desde los años en que la izquierda tuvo un primer legislador en el marmolado recinto con el socialista Emilio Frugoni, de “caja de resonancia”.

También lo hace un quinquenio después de que la ciudadanía consagrara en las urnas la ley de impunidad sobre los delitos cometidos por los terroristas de estado; la muerte de Raúl Sendic (el mayor contrapeso de una visión que priorizaba el trabajo social desde el Movimiento por la Tierra, y que propugnaba un gran frente, que llegara a acuerdos por encima de los perfilismos electorales); el desmoronamiento del llamado Campo Socialista en Europa; el Período Especial en Cuba; y el triunfo por primera vez del gobierno departamental de Montevideo por parte del Frente Amplio en 1989, coincidiendo con la aprobación a regañadientes del ingreso del MLN – T a su mesa política, utilizado como argumento por el PGP de Hugo Batalla (hasta ese momento la mayor fuerza electoral de la coalición de izquierdas) para irse del Frente Amplio.

Cuando Pepe se siente como un “florero de flores plásticas”, se viene la renuncia a la presidencia del Frente Amplio del General Líber Seregni (1996), la expresión más importante de una serie de crisis en la conducción de la coalición que iba a impactar en el funcionamiento de la bancada parlamentaria.

Los aromas perdidos

Cuando Pepe decía sentirse un florero en el parlamento, argumentamos más arriba que esa mención representaba un bálsamo para una militancia proveniente y muchos nacidos al calor de la lucha social durante el fin de la dictadura y los primeros años de la “democradura”(1), y los veteranos que venían de la experiencia armada, la clandestina y la del exilio.

Las “rojas flores de la revolución” aun aromatizaban una militancia de izquierda que hallaba en la transformación profunda de la sociedad, en la construcción de gérmenes de Poder Popular, del desarrollo de un poder paralelo al de la burguesía, a la creación de zonas liberadas, su razón de ser.

Una militancia que, a pesar de una institucionalidad arrolladora que amenazaba transformar en una fuerza política testimonial a quien no se subiera al tren de la democracia republicana, seguía siendo referencia y mantenía activo el reflejo solidario, con las luchas de liberación de los pueblos de Centroamérica, de Chile, de Perú, de Argentina, de Colombia, de Venezuela, de Cuba, del país vasco, de la primera Intifada Palestina, de la Libia de Gadafi, de las ocupaciones del MST y de los primeros triunfos municipales del PT y otras luchas del movimiento popular en el mundo.

En la batalla política de entre casa, la oligarquía les tiraba encima la impunidad para los terroristas de estado (que luego subiría el tono cuando militares, por ser procesados como Gilberto Vázquez, informaba al Ñato Huidobro de una nueva escalada de enfrentamiento contra militantes del MLN –T), las razzias contra los jóvenes, contra las movilizaciones de trabajadores que resistían el desmantelamiento del Uruguay industrial y productivo, la masacre del Filtro, atentados contra locales del PCU.

Que “El trabajo institucional debe ser una herramienta para el desarrollo de la organización popular” se había planteado como objetivo, para hacer reflexionar a un grupo de militantes que miraban todo aquello apretando los dientes, sobre las bondades de portar carné de legislador.

Julio Marenales expresaba que desde el punto de vista de una organización de militantes y masas, como era concebido el MPP, representaba el “escalón del borracho”, que podía aspirar a hacer de ese movimiento político de masas su camino de carrera electoral, mientras la organización política de cuadros y militantes acumulaba -al decir de Andrés Cultelli- en el círculo que concebía la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista.

Con el diario del lunes y con ese ritmo constante de un paso adelante, dos pasos atrás, o a veces dos pasos adelante, uno atrás (crecimiento electoral en desmedro de la acumulación política ideológica), los aromas se fueron perdiendo -o cediendo- ante las exquisitas fragancias de los finos perfumes que se aspiraron (y aspiran) en los pasillos del parlamento.

 

Ramos…generales

Hoy, 32 años después, sin la presencia de uno de los dirigentes más importantes de una generación de la izquierda uruguaya, sin la visión cotidiana de ese militante que pasó de sentirse un florero a convertirse (sentirse) en un “motorcito de la institucionalidad republicana”, bien vale la pena un ejercicio reflexivo y sacudirse la modorra de vivir en la zona de confort de la gestión política.

Quizás lo primero a recordar es que Pepe Mujica, como dice el compañero Andrés Berterreche, “solo hubo uno” y no hay dirigente con su capital político, por mejor imitación de gestos e inflexiones vocales que realicen.

Lo segundo es que los gobiernos progresistas (que no son los de la primera oleada de los primeros años del siglo 21) son un ramo más de flores de plástico en el enorme florero de la institucionalidad.

Floreros adornados “por jardineros extranjeros”, con flores que, de no ser plásticas, serían el producto de una semilla transgénica patentada por un laboratorio multinacional.

 

La flor y la espina

«El fascismo llega cuando no se da una revolución» es la premisa que el expresidente colombiano Gustavo Petro defendió en octubre de 2026, para explicar el avance de la extrema derecha tras el término de su mandato.

Petro argumentó que, durante su administración, propuso una transformación profunda bajo la figura del Poder Constituyente; sin embargo sostuvo que «el pueblo colombiano no dio ese salto», lo que a su juicio impidió consolidar una revolución y terminó pavimentando el camino para el ascenso de corrientes autoritarias.

Cuando Pepe llegó a la Presidencia, la izquierda bajo el primer gobierno de Tabaré aún mantenía la iniciativa estratégica y tenía por delante la consolidación de las reformas estructurales que se habían implementado en la salud, en la política impositiva, en la redistribución del ingreso y la matriz energética.

Pepe no encontró (no logró) el respaldo popular necesario como de alguna manera expresa Petro, para lograr la transformación del Estado mediante el estatus de “servidores públicos” de los funcionarios públicos, el compromiso de profesionales universitarios de devolver a su pueblo su formación académica, el freno a la expansión territorial del Agronegocio, la reforma constitucional, la derogación de la ley de caducidad, por mencionar algunas de las propuestas de fondo.

Hoy, aparentemente resignados a sobrevivir en una nueva etapa de alternancias en el gobierno entre el progresismo y la derecha, los militantes de izquierda deberían asumir el desafío de ¿qué Sociedad de Izquierda se imaginan?, de recuperar el aroma de unas flores que huelan con la fragancia del “pan y las rosas”.

 

 

NOTAS

(1)  Así calificaba el músico popular, Daniel Viglietti, al primer gobierno de Sanguinetti (1985 – 1989), durante el cual se consagró la ley de impunidad, la represión a los conflictos sindicales y las razias contra los jóvenes.

 

(*) Ricardo Pose, es Periodista en: Mate Amargo, Caras & Caretas, Ceiba Periodismo con Memoria; Coordinador WEB Telesur; Columnista de El Otro País, periódico España; y radial en Cadena del sol (Rocha-Uruguay), Radio Gráfica de (Bs. As.-Argentina), Voces en Conversa (Maracaibo-Venezuela). Blog personal «El Tábano». Participa en Foros de debates de Lauicom (Universidad de la comunicación Venezuela). Integra la RedH capítulo Uruguay y la Dirección (suplente) del Sector Prensa Escrita de la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU).

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