Por Carlos Fazio (*)
A cuatro días del balotaje Lula ha cerrado la brecha. De acuerdo con un sondeo divulgado por la encuesta Quaest el miércoles 21 de octubre, la segunda vuelta presidencial entre Flavio Bolsonaro y Luiz Inacio Lula da Silva en Brasil augura un final de fotografía.
El estudio de opinión encargado por la corporación Globo y el diario O Globo, señala que habrá un “empate técnico” entre el senador derechista Bolsonaro, quien encabeza la intención de voto con 45%, frente al 44% del actual mandatario y candidato a la reelección. Bolsonaro bajó 1 %, con respecto al estudio anterior difundido hace una semana, donde obtuvo 46 %. Por su parte, el líder del Partido de los Trabajadores quedó con el mismo resultado. Según esta encuesta, los votos en blanco, nulos y las abstenciones se mantuvieron en 9 %, mientras que los indecisos bajaron un punto porcentual en una semana, pasando de 2 % a 1 %. Así que el resultado está en el aire.
La elección en Brasil tiene una dimensión que trasciende a la población y a su territorio; no se reduce a quién habitará el Palacio del Planalto en enero próximo, sino cuál será la inserción internacional de América Latina durante las próximas décadas, en momentos en que desde la Casa Blanca se está impulsando un agresivo proyecto de reconfiguración hemisférica de corte colonial, neomonroista.
Es público y notorio que en el marco de la guerra híbrida contra su enemigo principal: China; durante su segundo mandato Donald Trump ha venido interviniendo de manera directa en todos los procesos electorales del subcontinente, cuyos resultados han estado signados por un giro hacia gobiernos de ultraderecha auspiciados por Washington.
El caso de Brasil no es la excepción. En su reseteo del sistema intercontinental Trump apoya claramente al clan Bolsonaro. Su victoria significaría otra “batalla cultural” ganada; sería un logro particular para el magnate neoyorkino de cara a las elecciones de medio término en Estados Unidos, cuyo partido, el Republicano, va abajo en las encuestas.
De allí que, en la coyuntura, por primera vez desde el fin de la Guerra Fría la región latinoamericana y caribeña se encuentra ante una bifurcación histórica.
De un lado se juega la continuidad del proyecto progresista y reformista del Lula, anclado en el multipolarismo, la defensa de la Carta de la ONU, el multilateralismo, el soberanismo, la integración regional, la ampliación de los BRICS, la cooperación Sur-Sur, la soberanía tecnológica y la neoindustrialización.
Del otro, el bolsonarismo representa el polo opuesto: un giro radical hacia la derechización conservadora de corte populista neofascista, que combina el liberalismo económico de mercado con promesas de orden punitivo (la ley y el orden), rearme moral y un alineamiento incondicional con Washington.
Brasil es el terreno donde ambos universos colisionan de manera frontal. Pero en la elección brasileña confluyen, además, varios elementos que le dan una singularidad especial.
Uno de ellos es la participación de la compañía estadunidense Meta, propiedad de Mark Zuckerbery (uno de los principales financistas de la campaña trumpista y quien hoy integra el Estado profundo [deep state] junto con otros tecnócratas de Silicon Valley), que a través de la inteligencia artificial ha favorecido a Flavio Bolsonaro al crear imágenes para su campaña presidencial, pero al mismo tiempo negarse a diseñar la del aspirante a la reelección Lula a pesar de recibir las mismas instrucciones.
Según informó este lunes el diario Folha de S.Paulo, la campaña del presidente Lula decidió presentar una demanda ante el Tribunal Superior Electoral (TSE) para solicitar la anulación de la candidatura de Flavio Bolsonaro por una presunta “manipulación algorítmica” de Meta en favor del senador conservador. Los abogados de Lula sostienen que los sistemas de recomendación, las herramientas de inteligencia artificial y los mecanismos de revisión de anuncios de Instagram, Facebook y WhatsApp habrían beneficiado a Bolsonaro en detrimento de su candidato. La acción judicial denuncia un presunto abuso de poder económico y uso indebido de los medios de comunicación.
Por su parte, Meta negó cualquier interferencia electoral y aseguró que los problemas denunciados respondieron a fallas técnicas de distintas causas. “No damos tratamiento preferencial a candidatos, partidos o posición política”, afirmó la empresa, que rechazó que sus sistemas estén diseñados para favorecer a algún sector en particular. Sin embargo, la periodista brasileña Daniela Lima demostró en una transmisión de televisión en vivo que Meta miente.
La emergencia del neopentecostalismo como conglomerado de poder geopolítico
Otro elemento clave es el poder adquirido en los últimos años por el sector mayoritario del cristianismo evangélico neopentecostal –como corporación económica, imperio mediático e ideológico y actor político transnacional– y su vinculación simbiótica con el sionismo político israelí, un engranaje que ocupa un papel central en el impulso de las agendas ultraderechistas de América Latina.
En Brasil, un porcentaje importante de la población de creencia evangélica neopentecostal asume el apoyo al régimen sionista como un dogma de fe.
Como ha señalado Pablo Jofré Leal, lo esencial aquí “no es la devoción o la fe en una divinidad”, sino el hecho inocultable de que dicha creencia “está siendo instrumentalizada por una ideología genocida, supremacista, racista, delictiva como es el sionismo” (1) que, en camino a convertir a Israel en un Estado paria a nivel internacional, ha venido consolidando alianzas con los nuevos gobiernos reaccionarios del área, en confluencia con los intereses geoestratégicos de Estados Unidos, operados a través de políticos oportunistas que manipulan a millones de cristianos evangélicos para asegurar su hegemonía.
En el escenario geopolítico contemporáneo, este fenómeno no es casual ni espontáneo; responde a un cuidadoso trabajo de ingeniería ideológica, en el que operan activamente centros de influencia y diplomacias paralelas de la llamada “hasbará” sionista, diseñado para naturalizar el apoyo incondicional al régimen de ocupación y apartheid israelí a partir de mitos bíblicos descontextualizados.
La instrumentalización de la fe con eje en una matriz de conservadurismo moral y Teología de la Prosperidad como algoritmo cultural, se ha convertido en un arma geopolítica de primera magnitud, capaz de movilizar millones de votos y legitimar regímenes autoritarios bajo una supuesta pátina de mandato divino.
Las redes sociales evangélicas y la producción digital de subjetividades
Lo anterior ha sido posible gracias a una poderosa arquitectura económica y patrimonial del neopentacostalismo, que reúne a iglesias como la Universal del Reino de Dios, Assembleia de Deus e Igreja Mundial que movilizan presupuestos colosales, aunados a negocios colaterales que incluyen redes de televisión (como Record TV), cadenas radiales, editoriales, sellos musicales, agencias de turismo religioso y plataformas de comercio electrónico que generan millonarios ingresos anuales.
Como ha documentado Lidia Fagale, el poder evangélico contemporáneo ha migrado exitosamente del púlpito tradicional al ecosistema algorítmico digital (2). Por lo que ese dominio mediático se materializa, también, vía ejércitos de cuentas en redes sociales, lo que permite a esas corporaciones modelar el flujo informativo cotidiano de millones de ciudadanos brasileños.
Cabe mencionar, asimismo, el papel que desde hace varios años ha venido jugando la bancada legislativa evangélica en el Congreso, que, articulada transversalmente más allá de los partidos formales, funciona como un bloque de presión ideológica capaz de vetar o condicionar cualquier avance normativo del Ejecutivo federal en materia de derechos civiles, laicos o de género.
Como recalca Lidia Fagale, la construcción de identidades políticas ya no se procesa primariamente en el templo físico, sino a través de un denso entramado hiperconectado a través de ecosistemas multiplataformas donde millones de fieles y ciudadanos socializan de manera simultánea en grupos masivos de WhatsApp y Telegram, canales dinámicos de YouTube, perfiles de Instagram y transmisiones en directo (streaming) de cultos y prédicas.
A todo lo anterior se suma la complicidad de los grandes conglomerados mediáticos tradicionales (como O Globo, Folha de S.Paulo y O Estado de S. Paulo), que cumplieron un rol determinante en la validación y amplificación de los relatos anticorrupción orientados a erosionar al Partido de los Trabajadores, a Lula y Dilma Rousseff, mientras minimizaban o relativizaban las derivas autoritarias de la ultraderecha.
En ese contexto, cobra relevancia lo dicho por Lula durante el debate con su adversario el pasado domingo 18 de octubre. En él, el líder del PT puso la soberanía como tema capital. Aseguró que era “notable” que el clan Bolsonaro estuviera “subordinado a los intereses estadunidenses”, lo que, bajo su punto de vista, le abre la puerta a la pérdida de la soberanía y a la injerencia de Washington en las decisiones políticas, económicas y comerciales de Brasil.
Para Lula, ese señalamiento va más allá de lo meramente ideológico; considera que la tutela de EU sobre las decisiones del país, en vez de generar beneficios, pudiera traer la pérdida de la independencia. Dijo:“Ningún gobernante extranjero tiene derecho a decirnos a quién podemos comprarle ni a quién podemos venderle”.
Y es que Brasil tiene la segunda mayor reserva mundial de elementos de tierras raras, la mayor fuente de agua dulce y nuevos yacimientos petroleros, por lo se presenta como un bocado apetitoso para la grandes multinacionales de explotación de recursos naturales alineadas con los sectores plutocráticos de EU y Brasil. “Nuestra riqueza debe estar al servicio del futuro del pueblo brasileño”, dijo Lula.
En la consecución de sus intereses, Trump y su pupilo del clan Bolsonaro usan a sus títeres para meter ruido y embarrar la cancha. En un post de X aparecido este martes, el estrafalario presidente argentino Javier Milei –quien ha apoyado abiertamente al candidato ultraderechista– tachó a su homólogo brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, de “marichulo” y “delincuente”, y le acusó sin pruebas de hacer “campaña sucia”. “Espero que su último truco de campaña sucia no incluya robarse la elección… zurdo ladrón”, expresó.
Es solo un dato pintoresco de una campaña electoral que ha estado marcada también por una guerra santa. El comentarista religioso Bernardo Barranco recordó este miércoles en el diario mexicano La Jornada (3) que la oposición evangélica deseaba articular un proyecto de ley para retirar a Nuestra Señora de Aparecida el título de Patrona de Brasil. Deseaba que la virgen brasileña fuera sólo “patrona de los cristianos católicos apostólicos y romanos brasileños”. Se sumó a las declaraciones de campaña del propio Bolsonaro de que “Brasil sólo pertenece al señor Jesucristo”. Esto suscitó una andanada de debate digital de cientos de miles de usuarios de interacciones en plataformas como X, Instagram, Facebook, TikTok y YouTube.
La moneda está en el aire. ¿Podrá, Lula?
Notas:
(1) Pablo Jofré Leal, “Genealogía de un mito colonial: La raíz cristiana del sionismo”, Hispantv,19 de octubre de 2026.
(2) Lidia Fagale, “Geopolítica, poder religioso, guerra informativa y disputa por la hegemonía en el siglo XXI”, Clave China/Rebelión.org,19 de octubre de 2026.
(3) Bernardo Barranco, “Meu Brasil”, La Jornada, 21 de octubre de 2021.
(*) Carlos Fazio, escritor, periodista y académico uruguayo residente en México. Doctor Honoris Causa de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Autor de diversos libros y publicaciones. Miembro de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (Capítulo México)

