Por Michel Torres Corona (*)
Hay vidas que se miden por los años y otras por la densidad de lo vivido. La de Isabel Monal Rodríguez pudiera pertenecer a cualquiera de las dos categorías. A sus 95 años —que recién cumplió este 21 de octubre—, su biografía no es solo la de una filósofa de excepción, sino la de una mujer que decidió, muy joven, que el pensamiento y la acción revolucionaria no podían ir por caminos separados.
Nacida en Sagua la Grande, en la antigua provincia de Las Villas, en 1931, Monal llegó a La Habana siendo una niña. Hija de un habanero y una pinareña, creció en una familia numerosa: fueron, contándola, nueve hermanos en total.
Su vocación intelectual no fue precoz. Empezó a leer en la adolescencia. Primero vio la música como posible carrera, luego la pedagogía y, finalmente, tras un largo periplo —geográfico y subjetivo— se decidió por la filosofía. Una beca la llevó a Estados Unidos en 1955, donde estudió en San Francisco State College y luego en la Harvard Graduate School of Education. Allí, un curso de Filosofía de la Educación con el profesor Lang le cambiaría la vida, al despertar en ella “la pasión por la teoría”. En aquellos años, el marxismo no formaba parte del currículo, pero la semilla de la inquietud teórica ya estaba plantada.
La distancia de Cuba nunca implicó que se desentendiera de su país. El golpe de Estado de Fulgencio Batista, en marzo de 1952, la había sacudido profundamente, como a muchos otros de su generación. Batista, por curiosa dialéctica histórica, radicalizó a varios jóvenes que antes habían tenido visiones más edulcoradas de la realidad social. Isabel, por ejemplo, había creído hasta entonces en la posibilidad de una salida pacífica a los males de la república, pero el cuartelazo del `52 y la respuesta que se dio en la forma del asalto al Moncada —con la brutal represión que siguió— la hicieron cambiar de idea: “quien tiene la razón es Fidel”.
Por eso no extraña que, culminada su estancia de estudios en Estados Unidos y a su regreso a Cuba, en 1957, lo tuviera todo decidido. Sin pensarlo más, buscó contacto con el Movimiento 26 de Julio y se integró a la lucha clandestina junto a su hermana.

Su militancia tuvo un costo. Fue arrestada en La Habana y, gracias a las gestiones de un tío —un cirujano de prestigio—, pudo salir al exilio, nuevamente hacia Estados Unidos. Allí continuó conspirando, transportando armas para el Ejército Rebelde, ya por aquel entonces en plena guerra de liberación nacional contra la tiranía batistiana.
Por esas actividades conspirativas cayó presa en Hillsboro, Ohio, donde la sorprendió el triunfo de la Revolución. La noticia de la derrota de Batista los encontraba en cautiverio, lejos, pero Cuba los esperaba. Y fue precisamente con ese proceso revolucionario que Isabel Monal se seguiría radicalizando, como militante y como pensadora.
Ella misma no duda en afirmar que su relación con el marxismo no fue la de una conversión súbita, sino la de un encuentro intelectual paulatino, al calor de la Revolución Cubana. Cuando empezó a leer los manuales soviéticos, después de haber estudiado a los grandes filósofos en Harvard, encontró cosas “muy primitivas”. La lectura directa de Marx y Engels y otros clásicos del marxismo fue definitoria en ese sentido: “Ya es otro vocabulario, ya es otra manera de analizar. Ya estoy en otro mundo, en otra dimensión”.
Ese “otro mundo” la llevó a convertirse en una de las voces más autorizadas del marxismo cubano. Dirigió el Instituto de Filosofía y fundó la revista Marx Ahora, un proyecto editorial que, desde hace décadas, ha traducido y difundido en Cuba lo mejor del pensamiento marxista internacional. Su labor como editora y traductora de textos clásicos —incluida una edición del Manifiesto Comunista y de la Crítica al Programa de Gotha— es paradigma del rigor científico y del compromiso.
Uno de sus aportes teóricos más originales es la noción de “marxismo fundacional latinoamericano y cubano”. Monal sitúa a Julio Antonio Mella y a Rubén Martínez Villena como los representantes de un marxismo que no se limitó a repetir las directrices de la Tercera Internacional, sino que empezó a pensar América Latina desde sus propias contradicciones. Las cartas de Rubén a Sandalio Junco, publicadas gracias al trabajo de Olivia Miranda, son para ella la prueba de una lucidez teórica que el dogmatismo y la ignorancia habían ocultado. “Nos hace falta ese pensamiento y esa lógica y esa teoría hoy”, sentencia en una entrevista que me concedió hace algún tiempo… y de la que he ido extrayendo informaciones privilegiadas para el lector.
Su obra Ensayos Americanos condensa esa doble preocupación: la filosofía cubana y latinoamericana, por un lado, y el marxismo como método de análisis, por el otro. Monal insiste en que el pensamiento cubano no puede entenderse aislado del continente, y que el marxismo, lejos de ser un cuerpo cerrado, es una tradición que se enriquece al ponerse en diálogo con las realidades nacionales. La “creación heroica” de Mariátegui tuvo —y tiene aún, por supuesto— en Isabel una aliada portentosa.
A sus 95 años, Monal sigue ejerciendo como profesora de mérito de la Universidad de La Habana y del Instituto Superior de Relaciones Internacionales, y su voz pública mantiene una autoridad moral que trasciende los círculos académicos. En 2024 recibió el título de Heroína del Trabajo de la República de Cuba, en reconocimiento a su vida de entrega; antes, a finales de la década de los ´90, recibiría el Premio Nacional de Ciencias Sociales, en reconocimiento a sus aportes intelectuales. Por esa misma razón, apenas el año pasado, recibiría el Premio Nacional de Investigación Cultural.
Más allá de los honores, hay una decisión personal que define su trayectoria: la de permanecer en Cuba. Cuando le pregunté por qué no se fue —después de haber tenido todas las posibilidades de hacerlo—, no titubeó en responder, con su resplandeciente lucidez: “Yo he dedicado mi vida a una causa, la de los oprimidos de este planeta, de los discriminados”. Y añadió: “La luz de Cuba es fundamental para el mundo”. Isabel, obviamente, también es una martiana apasionada, en la que encarnó esa frase de “Patria es humanidad”; y una fidelista de suma coherencia, que lucha desde presupuestos de solidaridad, altruismo e internacionalismo.

A los 95 años, Isabel Monal sigue leyendo, sigue escribiendo, sigue pensando. Encontró en los libros y en la Revolución el sentido de su existencia, ató su pasión por la teoría a su entrega por la causa de Cuba, que es (tiene que serlo) la causa del socialismo y de la unidad latinoamericana. Nunca vio el marxismo como una entelequia para sesudos, sino como una poderosa herramienta para transformar la realidad. Su vida responde entera a la famosa tesis de Marx sobre Feuerbach: no se limitó a entender el mundo, sino que fue partícipe y protagonista de la gesta cubana por transformarlo para mejor, desde su propia lucha por la soberanía y la justicia social.
¿Qué otra cosa que no sea inspiración podemos hallar en una vida, en una obra y en una coherencia como la de mujeres así? Salud, Isabel, que la fuerza de tu vida siga siendo puntal de esa luz que todos los que te admiramos también queremos defender, aunque no lo podamos hacer con tu talento. Junto a seres como tú sentimos más lejana la muerte, esa que nos arrebata el aliento como individuos y esa otra, más siniestra, que nos hurta los sueños colectivos.
(*) Michel E. Torres Corona, abogado y comunicador cubano, conductor del programa «Con Filo» de la Televisión Cubana. Director del grupo editorial Nuevo Milenio, es además colaborador de varios medios de su país y el mundo.