El valor de las vidas ordinarias

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Por Diego Duarte Calleja(*)

 

Una de las novelas que más me gustó y marcó es Stoner, del autor norteamericano John Williams.

Si tuviera que contarle a alguien algo de la novela, no sabría exactamente qué contarle.

Seguramente porque en ella casi no ocurre nada de aquello que hoy solemos considerar digno de ser contado, destacado, etc.

William Stoner nace en una familia de agricultores, descubre tardíamente la literatura, se convierte en profesor universitario, se casa, tiene una hija, atraviesa un matrimonio difícil, conoce el amor cuando ya parecía imposible, envejece y muere. No funda ninguna empresa multinacional. No cambia el rumbo de la historia. No se vuelve famoso. No es un político reconocido. No tiene poder de incidir en los demás. No tiene la vida resuelta económicamente. Ni siquiera parece especialmente feliz. Y, sin embargo, pocas novelas consiguen transmitir con tanta intensidad la sensación de haber presenciado una vida plena.

Cuando pienso en esta novela creo que Stoner plantea una pregunta incómoda para nuestro tiempo, ¿en qué momento empezamos a creer que una vida necesita ser extraordinaria para merecer admiración?

Vivimos rodeados de una lógica que premia el éxito, la visibilidad, los likes, los me gustan. Todo parece medirse por la capacidad de atraer miradas externas de validación. Las redes sociales hicieron visible ese fenómeno, pero no lo inventaron. Ya estaba entre nosotros mucho antes. La política se convirtió en espectáculo. El éxito dejó de medirse por la calidad de lo que hacemos y empezó a depender, cada vez más, de cuántas personas saben que lo hacemos. Las redes simplemente transformaron esa lógica en números. Seguidores, visualizaciones, «me gusta», corazones, comentarios. Cada gesto puede contabilizarse. Cada foto parece competir con miles de otras por unos segundos de atención.

No es difícil comprender por qué tantos jóvenes sienten que llegan tarde a la vida si antes de los treinta no han construido algo extraordinario, sino han viajado, etc. Basta ver cualquier red social para encontrar personas que parecen viajar sin descanso, emprender con éxito permanente, ser “exitosos” económicamente, alcanzar metas cada semana, mantener cuerpos perfectos y sonreír conuna felicidad que nunca parece interrumpirse. Uno termina comparando la rutina de un día cualquiera con el mejor instante cuidadosamente seleccionado de cientos de vidas distintas.

Quizá nunca haya sido tan fácil olvidar que casi toda existencia transcurre lejos de los momentos excepcionales. La mayor parte de nuestra vida sucede en la repetición diaria de actos que realizamos muchas veces por inercia. Sucede cuando alguien prepara el desayuno antes de despertar a sus hijos. Cuando nos preparamos para ir a trabajar, con o sin ganas, con frío o con calor. Cuando una maestra corrige cuadernos un domingo. Cuando un empleado atiende con paciencia a quien tiene delante por más cansado esté. Cuando los hijos acompañan con paciencia y cariño el deterioro de sus padres mayores. Cuando una pareja sigue compartiendo la vida, sin grandes declaraciones de amor. Cuando no se tiene trabajo o cuando apenas se llega a fin de mes. Esas escenas difícilmente acumulen miles de «me gusta”. Pero sostienen la propia vida.

Hay algo profundamente revelador en que John Williams haya decidido escribir una novela sobre un hombre cuya principal virtud consiste en vivir con naturalidad su vida ordinaria y hacer lo que le toca.

Stoner nos obliga a mirar la vida de alguien que podría pasar inadvertido en cualquier pueblo, campaña o ciudad y nos dice, con una serenidad casi desconcertante, que allí también habita la grandeza. Tal vez esa sea una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo, devolver prestigio a la vida ordinaria. Porque una sociedad que solo admira lo excepcional termina por enfermarse.

Ningún país funciona gracias a un puñado de exitosos o “iluminados”. Funciona porque miles de personas viven su vida ordinaria sin espectáculo cada día. Existe heroísmo en quien enseña durante cuarenta años sin aparecer en los medios. En quien ayuda a alguien necesitado y es solidario. En quien vuelve todos los días al mismo trabajo intentando hacerlo un poco mejor que el día anterior.

En quien se esmera porque sus hijos sean mejores, dándole la mejor educación posible. En quien mantiene su palabra cuando nadie podría reprocharle haberla incumplido, etc., etc. Ese heroísmo tiene una particularidad, casi nunca recibe aplausos. Quizá por eso resulte tan difícil reconocerlo.

Hemos aprendido a admirar lo espectacular y hemos olvidado mirar lo constante, lo ordinario, lo común de todos los días. Sin embargo, cuando recordamos a las personas que verdaderamente marcaron nuestras vidas, pocas veces pensamos en quienes acumularon fama. Pensamos, más bien, en algún maestro/a, profesor/a, en una abuela, en un padre, en un amigo, en alguien que estuvo ahí durante años, casi siempre de la misma manera. Su importancia no nació de lo espectacular, sino de su naturalidad.

Tal vez eso sea, en el fondo, una vida plena, aceptar que nuestra misión no consiste necesariamente en ser recordados, felicitados o validados por cientos o miles de personas, sino en dejar el mundo un poco mejor para quienes estuvieron cerca de nosotros, viviendo de la mejor forma nuestra vida cotidiana con sus problemas, luces y sombras.

Al terminar Stoner uno comprende que no ha leído la historia de un hombre insignificante. Ha leído la historia de alguien que encontró sentido en aquello que hoy solemos pasar por alto, distraídos en otras cuestiones superfluas. Y quizá ese sea el verdadero desafío, aprender nuevamente a admirar las vidas sencillas, como la de la mayoría de los mortales, que no necesitan ser extraordinarias para ser profundamente valiosas.

 

(*) Diego Duarte Calleja es Licenciado en Trabajo Social (Facultad de Ciencias Sociales – Universidad de la República). Especialista en Estudios Urbanos e Intervenciones Territoriales por Facultad de Ciencias Sociales (UdelaR) y Doctorando en Estudios Urbanos por la Universidad Nacional de General Sarmiento UNGS de Bs As Argentina. Desde hace 10 años trabaja en MEVIR, Treinta y Tres

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