Sembrar la sospecha

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La provocación como pedagogía política

Por Javier Alliaume Molfino (*)

Portada, Marina Cultelli (**)

 

Un presidente habla ante la prensa. Le preguntan por las elecciones de otro país, en las que millones de ciudadanos acaban de elegir a su gobierno. Sin presentar pruebas, afirma que los resultados parecen haber sido manipulados.

El presidente es Donald Trump. El país es Brasil. Y lo que está en juego es bastante más que una declaración desafortunada.

Hay escenas que, por repetidas, corren el riesgo de volverse habituales. Trump provoca, los medios reproducen sus declaraciones, algunos dirigentes reaccionan, otros las justifican y, pocos días después, una nueva provocación ocupa su lugar. Pero quizás sea precisamente esa repetición la que merezca nuestra atención.

Porque la pregunta no es solamente por qué Trump dice lo que dice. Es también qué produce políticamente esa palabra, qué sentidos pone en circulación y qué formas de comprender la realidad contribuye a construir.

La provocación como método

Estamos acostumbrándonos a una forma de intervención política en la que la afirmación parece haberse independizado de la necesidad de demostrar. Se acusa, se descalifica, se instala una sospecha. La prueba, cuando alguien la reclama, llega tarde o sencillamente no llega.

Sin embargo, algo ya ocurrió. La sospecha empezó a circular.

No hace falta que todos crean en ella. Alcanza con que algunos la incorporen como explicación posible y que las instituciones deban dedicar esfuerzos a demostrar aquello que sus propios procedimientos ya habían establecido.

No se trata solamente de una característica personal de Trump. En Argentina, Milei ha convertido el insulto y la confrontación en componentes reconocibles de su comunicación política. En Brasil, el bolsonarismo ha sostenido durante años una narrativa de desconfianza hacia el sistema electoral.

Las diferencias entre estos procesos importan. Pero comparten una forma de intervención sobre aquello que una sociedad considera verdadero, legítimo o aceptable.

Las palabras tampoco caen sobre un terreno vacío. Encuentran representaciones, experiencias, temores y pertenencias previamente construidas. Por eso, demostrar que una afirmación es falsa no alcanza para comprender por qué continúa circulando o encontrando adhesiones.

Gramsci nos ayuda a situar esta cuestión en el terreno de las relaciones de poder. La hegemonía no se construye solamente controlando instituciones. También supone disputar el sentido común, construir consensos y conseguir que determinadas interpretaciones del mundo sean asumidas como naturales.

Si toda derrota electoral puede presentarse como fraude, toda decisión judicial contraria como persecución y cualquier voz crítica como enemiga, lo que se erosiona no es solamente la confianza en una institución. Se debilitan las condiciones para reconocer reglas comunes y tramitar democráticamente los desacuerdos.

De las palabras a la intervención

Los acontecimientos posteriores a las elecciones brasileñas agregan una dimensión especialmente preocupante.

Trump cuestionó los resultados sin presentar pruebas de fraude. Las misiones internacionales de observación no respaldaron esas acusaciones. Sin embargo, la sospecha comenzó a desplazarse hacia otro terreno.

Flávio Bolsonaro, derrotado electoralmente, abandonó Brasil pese a una resolución judicial que restringía su salida del país. El gobierno estadounidense anunció que facilitaría visas para él y su familia, mientras Trump expresaba públicamente su respaldo.

Esto no significa que se le haya concedido asilo político ni permite afirmar que Washington organizó su salida. Pero la intervención estadounidense ya no se limita a las declaraciones de su presidente.

Primero se cuestiona la legitimidad de las elecciones. Después, la de las instituciones judiciales que investigan al candidato derrotado. Se abre así la posibilidad de construir internacionalmente la figura de un perseguido político, de transformar a un dirigente investigado en víctima de un supuesto régimen autoritario.

Por supuesto, las decisiones judiciales pueden cuestionarse y toda persona tiene derecho a las garantías del debido proceso. Pero una investigación no constituye, por sí misma, persecución política. El Supremo Tribunal Federal no es el gobierno de Lula, ni sus resoluciones pueden atribuirse automáticamente al Partido de los Trabajadores.

Quizás la eficacia de esta estrategia resida precisamente en desdibujar esas diferencias.

Y aquí aparece una cuestión que no deberíamos perder de vista: la soberanía.

La historia latinoamericana ofrece demasiados ejemplos de intervenciones estadounidenses sobre las decisiones políticas de nuestros pueblos. Hablar de imperialismo no supone imaginar conspiraciones perfectamente coordinadas. Supone reconocer relaciones profundamente asimétricas de poder, en las que una potencia extranjera pretende incidir sobre la legitimidad de las instituciones y los procesos políticos de otro país.

Hay, además, una contradicción difícil de ignorar: Estados Unidos reivindica la democracia como principio de su política exterior mientras su gobierno contribuye a desacreditar las instituciones democráticas de Brasil cuando sus resultados contradicen determinadas preferencias políticas.

Y quizás ni siquiera necesite conseguir que se desconozca formalmente la victoria de Lula. La desestabilización también puede operar debilitando la confianza institucional, alimentando la polarización y erosionando las condiciones de gobernabilidad.

Lo que también se aprende

Hay una última dimensión sobre la que vale la pena detenerse.

Rita Segato ha desarrollado el concepto de pedagogías de la crueldad para comprender procesos que enseñan a naturalizar la violencia, el desprecio y la desensibilización frente al otro. Sin trasladar mecánicamente esa conceptualización, podemos preguntarnos por los aprendizajes sociales que producen estas prácticas políticas.

Porque las sociedades también aprenden. Aprenden formas de convivencia y participación, pero también pueden aprender a despreciar, a desconfiar sistemáticamente y a considerar que la fuerza de una afirmación depende más de quién la pronuncia que de los argumentos que la sostienen.

Cuando el insulto se convierte en demostración de autoridad, cuando desconocer una elección se presenta como valentía y cuando la intervención de una potencia extranjera se celebra porque beneficia a los propios, algo se está enseñando.

No mediante un programa organizado, sino a través de prácticas reiteradas, modelos de identificación y respuestas sociales que las legitiman.

En ese sentido, la provocación puede operar también como una pedagogía política.

Quizás uno de los mayores riesgos de nuestro tiempo sea acostumbrarnos. Acostumbrarnos a que se pueda acusar sin demostrar, desconocer resultados sin fundamentos y convertir la deslegitimación del otro en una forma aceptable de hacer política.

Porque una democracia necesita instituciones, procedimientos y garantías. Pero también necesita una cultura política capaz de reconocer la legitimidad del otro, distinguir una afirmación de una prueba y aceptar que la voluntad popular no pierde su valor cuando contradice nuestras preferencias.

La sospecha puede cambiar de objeto sin abandonar su función política. Primero fueron las urnas. Ahora es la Justicia. Mañana podrá ser cualquier institución que establezca límites al poder.

Tal vez allí resida una de las disputas políticas y pedagógicas más importantes de nuestro tiempo: no permitir que quienes siembran la sospecha terminen definiendo, también, qué entendemos por democracia.

 

(*) Javier Alliaume Molfino es maestro, magíster en Derechos de Infancia y Políticas Públicas, y doctorando en Ciencias de la Educación. Es docente e investigador del Departamento de Primera Infancia del CFE (ANEP) y formador en Cenfores (INAU). Actualmente se desempeña como coordinador del Área de Educación en la Primera Infancia (DNE-MEC)

(**) Marina Cultelli: Es una de las artistas uruguayas contemporáneas más versátiles, integrante de la RedH y de su colectivo feminista Libertadoras. Es Licenciada en Artes Escénicas, Magister y fue Profesora en Facultad de Artes (UDELAR), donde integró órganos directivos además de dictar cursos en otras universidades latinoamericanas. Recibió premios nacionales e internacionales. Fue Asesora en Educación y Arte. Desarrolló trayectoria teatral y es autora de varias publicaciones individuales y colectivas. Realizó exposiciones de pintura y performances.

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