¿Quo Vadis, Venezuela? Dialéctica del momento actual. (Parte 2)

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Por Carlos Novoa (*)

Dibujo de Portada, Adán Iglesias Toledo (**)

 

Dos sucesos recientes ilustran la compleja dialéctica de los procesos a lo interno del chavismo y la Revolución Bolivariana en el momento actual. Ambos configuran dos dinámicas totalmente divergentes y que, en la medida en que se agudicen las contradicciones, pueden llegar a ser completamente antagónicas.

 

El control de los recursos

El viernes 28 de agosto el presidente de los Estados Unidos anunció en su red social Truth Social que habían concretado con Venezuela “El Mayor Acuerdo Petrolero de la Historia Global”. Dicho acuerdo, según Trump, fue negociado de conjunto por el Secretario de Estado, el Secretario de Guerra y la Presidenta Encargada de Venezuela. En la misma publicación se detallaba que el acuerdo ponía bajo control de Estados Unidos unos 65 mil millones de barriles de las reservas de Venezuela.

Casi 24 horas después, en una alocución televisada, Delcy Rodríguez defendió el acuerdo como beneficioso para el pueblo venezolano. Frente a la afirmación de que el acuerdo era por un siglo, especificó que era solo por 25 años y que comprendía unos 17 campos, entre los que están en explotación y aquellos en los cuáles se iniciarían las labores de prospección. La presidenta encargada también explicó que, calculando el precio del petróleo en esa etapa a unos 65 dólares por barril, el Estado venezolano recibiría 19 dólares de esta cifra como ingreso petrolero directo. Lo cual en 25 años equivaldría a unos 209 mil millones de dólares que podrían invertir en salud, educación y servicios.

Sin embargo, el medio digital Drop Site calcula que los ingresos correspondientes al Estado venezolano por la venta de 65 mil millones de barriles a 19 dólares por barril, deberían ser realmente superiores al billón español de dólares (millón de millones). La cifra presentada por Delcy Rodríguez a la opinión pública venezolana equivale solo a una sexta parte de la cifra total de petróleo comprometido con Estados Unidos, o sea unos 11 mil millones de barriles. O el Ejecutivo venezolano calculó mal sus ingresos o estos son realmente muy inferiores a los 19 dólares por barril anunciados por la Presidenta Encargada.

Este negocio será desarrollado de conjunto por varias empresas norteamericanas y un operador privado venezolano, Alejandro Betancourt, que diversos medios de derecha colocan como un empresario con una larga historia de vinculación al chavismo y con algunas acusaciones de corrupción, sobre todo por parte de la oposición venezolana. Además de lo anunciado, se espera que en el futuro se concreten diversos acuerdos similares con otras empresas norteamericanas.

Este acuerdo petrolero entrega a Estados Unidos el control de aproximadamente el 21,5 % de las reservas petroleras venezolanas y más que duplica las reservas totales bajo control directo del país norteamericano estimadas, antes del acuerdo, en unos 46 mil millones de barriles. El propio Trump declaró en redes que el objetivo primario de este petróleo sería rellenar las reservas estratégicas del país, en constante descenso desde el inicio de la guerra en Ucrania.

La presencia del Secretario de Guerra en la negociación y las recientes declaraciones del presidente norteamericano dan una clara idea de que los objetivos de este acuerdo tienen un importante componente militar y de Seguridad Nacional, tal y como entiende este tema el imperio estadounidense. Por un lado, afirman todavía más el control sobre el recurso clave de Venezuela. Sería ingenuo suponer que los planes a largo plazo no implican el control sobre la totalidad de las reservas del país, desplazando o expulsando a otros competidores, sobre todo Rusia y China. Por otro lado, este acuerdo minimiza la dependencia de Estados Unidos del petróleo de Oriente Medio y podría, en un futuro, posibilitar el sostenimiento del patrón dólar, en la medida en que la crisis del Estrecho de Ormuz y ciertas decisiones de los Estados del Golfo, particularmente Arabia Saudita, han comenzado tímidamente a diversificar las divisas en las cuales se comercializa el ansiado oro negro.

En el corto plazo, solo el anuncio puede tener un impacto relativamente beneficioso para el Partido Republicano de cara a las elecciones de medio término y tener un relativo impacto en el descenso de precios en el país, dado el carácter especulativo de muchas operaciones en la economía norteamericana.

Para Venezuela esta decisión representa un paso más en el proceso de pérdida de soberanía y entrega de los recursos naturales. Aunque presentada como un paso en la recuperación de la industria petrolera, lo cierto es que el Estado obtiene ingresos magros, inferiores al 30 % del precio estimado de venta del barril de petróleo, calculado en 65 dólares. Adicionalmente, una decisión de esta naturaleza, que tiene un impacto duradero para la economía del país, fue anunciada primero por la presidencia de Estados Unidos y casi un día después fue que el gobierno venezolano expuso sus propios argumentos, algo que tiene significativas implicaciones para la soberanía nacional.

El involucramiento del Pentágono implica también una mayor penetración militar en un país ya ocupado de facto, que no recibe los ingresos directos de sus exportaciones y debe solicitar al Departamento de Estado el acceso a estos recursos, lo cual se concede a discreción de Marco Rubio y sus asesores y solo en pequeñas cantidades. Frente a esto, las autoridades venezolanas han guardado un total silencio.

Resistencia popular

El pasado 22 de agosto de 2026 miembros de la Comuna Socialista El Panal y la Fuerza Patriótica Alexis Vives realizaron en el histórico barrio 23 de enero un sencillo mural en homenaje a los 32 combatientes internacionalistas cubanos caídos mientras intentaban proteger al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Al pie del mural, una inscripción: “!Por nuestros muertos ni un minuto de silencio, toda una vida de combate!”. A ambos lados del mural las imágenes de Yahia Sinwar y el General Soleimani, entrelazando en una sola pared múltiples luchas.

Frente a la imagen de un Estado venezolano débil, sometido al saqueo y progresivamente vaciado de legitimidad, tanto por el abandono de posiciones históricas como por la sucesión de decisiones que refuerzan el carácter neocolonial del país en el momento actual, se contrapone la construcción popular de la Revolución Bolivariana. Esta construcción tiene en las comunas y otros colectivos organizados un relevante instrumento de poder y organización popular.

Surgidos en el proceso de profundizar las raíces de la Revolución, estos colectivos y organizaciones políticas cuentan, en buena medida, con una sólida educación patriótica y teórica, que les da múltiples herramientas para analizar el momento actual y sus implicaciones. Su simbiosis política con el chavismo los hizo parte del proyecto central del Comandante Chávez para superar el viejo Estado burgués de la Cuarta República y comenzar la edificación de un Estado Comunal. Desde el Estado, Chávez comenzó a financiar a quienes debían ser los sepultureros del Estado en su concepción tradicional. Con Maduro este financiamiento continuó, con múltiples altibajos producto de la compleja situación económica del país. Sin embargo, aunque ganaron en recursos, su capacidad de incidencia dentro del Estado se vio limitada, convirtiéndose en un ala más de la Revolución, con su propio Ministro e instituciones, pero sin llegar a ser esa fuerza que habría de transformar la totalidad de la estructura.

Su relación con el Estado descansaba y descansa en esta dialéctica: necesitan los recursos públicos para crecer y desarrollarse, como todo nuevo modo de producción, pero al mismo tiempo resienten esta relación con el Estado, que en diversas oportunidades se ha traducido a nivel local en choques con funcionarios veniales o corruptos o en la toma de entidades económicas públicas venidas a menos.

Por su naturaleza y composición, las comunas y organizaciones políticas populares son mucho más revolucionarias que las estructuras burocráticas del PSUV y en general, lo más revolucionario del chavismo. Todo lo ocurrido a partir del 3 de enero, incluyendo la doble catástrofe de los terremotos, ha sido sumamente complejo de procesar para estas fuerzas políticas. Por un lado su vinculación y relativa dependencia de lo público y por el otro sus crecientes reservas con el curso de los acontecimientos en el país han sido fuerzas contrapuestas casi paralizantes.

Al principio, eufemismos como la “flexibilidad estratégica” permitían apelar a la cautela bajo la convicción de que se actuaba desde las máximas esferas del país con un plan claro para salvar la Revolución. Sin embargo, el paso de los meses, el acelerado abandono de posiciones estratégicas y la serie clara de concesiones al imperialismo norteamericano han comenzado a fracturar esta cautela. Y ya hemos visto emerger focos de protesta popular antimperialista en diversas localidades del país, por ahora limitadas en cuanto a su convocatoria.

Sin dudas, en los análisis que desde los núcleos del poder norteamericano se realizan sobre Venezuela, queda claro que uno de los elementos claves a fracturar es, precisamente, este bloque popular revolucionario. El medio digital Drop Site recogía este 31 de agosto la alerta hecha por Juan Contreras, vocero de la Coordinadora Simón Bolívar, sobre los planes de Washington para eliminar a la dirección de las fuerzas populares nucleadas en la parroquia 23 de enero. La estrategia sería usar la excusa del narcotráfico para realizar operaciones violentas que desestructuren al movimiento y eliminen su liderazgo.

 

Dialéctica del momento actual

La contradicción central de las fuerzas revolucionarias en Venezuela pareciera ser la siguiente: décadas de lucha llevaron a la simbiosis de los movimientos y organizaciones civiles con las figuras y las estructuras políticas y administrativas del chavismo; hoy, desde la dirección de esas mismas estructuras, figuras relevantes apelan a la contención o buscan subterfugios y eufemismos para justificar una agenda de administración de la rendición. Esto, frente a una oposición apátrida, traidora y homicida, que se siente frustrada porque la ansiada invasión norteamericana no le devolvió el control de los resortes de la administración pública, su principal anhelo.

Para las fuerzas revolucionarias, ya frente al hecho consumado de la ocupación de la República, el dilema es terrible. Romper con las estructuras políticas que implica consumar la agenda de división fomentada por el imperialismo y sus aliados. Pero permanecer en silencio sería hacerse cómplice de muchas cosas con las cuáles no pueden estar de acuerdo. Están entrampados entre la militancia y la duda, con una estructura política que repite, oportunistamente, que «dudar es traición».

Hoy, sin lugar a dudas, las principales reservas revolucionarias del país están dentro del chavismo, en las estructuras de organización social creadas a influjos de la Revolución Bolivariana. Para estas fuerzas, la respuesta en el corto plazo ha sido mantener la militancia cotidiana y activar sus extraordinarias redes de solidaridad para hacer frente a los múltiples acontecimientos dolorosos que han marcado la historia de Venezuela este 2026. Pero la militancia cotidiana tiene sus límites, y en la medida en que se profundiza la dominación imperial y se acumulan las concesiones hechas por el grupo dirigente, las tensiones comienzan a aflorar, en la forma de tomas de distancia simbólica, protestas individuales, etc.

La situación política actual de Venezuela es resultado directo del 3 de enero. Y el 3 de enero fue posible porque el imperialismo encontró brechas dentro del grupo dirigente. Ya sea por componendas directas, ya sea por una adecuada comprensión de la siquis de ciertos individuos, lo cierto es que las acciones de esa madrugada de enero en la medida en que pasa el tiempo parecen menos resultado de una apuesta arriesgada de la administración Trump y más resultado de una adecuada lectura de los servicios de inteligencia norteamericanos sobre la situación del país. Aquellos que transaron, por una razón u otra, hoy son los responsables de administrar la rendición.

Con mucha frecuencia hemos visto en estos meses voceros de ese sector dirigente de defender la decisión de no luchar como la única decisión correcta. Sin embargo, este discurso entra en contradicción con la historia de la Revolución Bolivariana e, incluso, con las declaraciones y actitudes de muchos de ellos en los meses y años previos a la invasión. Surge la pregunta ¿para qué hacer una Revolución sino se está dispuesto a defenderla?

¿Que el despliegue de poderío del imperialismo fue abrumador? Lo fue. Pero era esperable. Durante meses concentraron a la vista de todos numerosas fuerzas cerca de Venezuela. ¿Por qué había tropas venezolanas de licencia festiva el 3 de enero? ¿Por qué los focos de resistencia fueron tan limitados? ¿Por qué no se usaron una parte de los miles de Igla-S disponibles en contra de las más de 200 aeronaves que violaron el espacio aéreo soberano ese día? ¿La dirección política del país llegó a convencerse de que no había un riesgo real de una acción militar por parte del enemigo?

Negar la resistencia por la premisa del costo humano y material de resistir indica un grado más hondo de la rendición: la moral. El resultado directo de no defenderse es lo que vemos hoy, el retorno a la humillante tutela neocolonial. Nadie quiere una guerra. La devastación y el dolor que provoca son inconmensurables. Pero una vez que el imperialismo, como suele suceder, la impone, resistir siempre es la opción más digna. Sobran ejemplos históricos y  actuales para ilustrar esta afirmación.

Decía el poeta cubano José María Heredia “que si un pueblo su dura cadena/ no se atreve a romper con sus manos/ bien le es fácil mudar de tiranos,/ pero nunca ser libre podrá.//”

Sobre los futuros posibles de Venezuela volveremos en una tercera y última parte.

 

Nota. acceda aquí a la Parte 1:

¿Quo vadis, Venezuela? Verdades incómodas (1ra parte)

 

(*) Carlos Novoa, periodista y escritor

(**) Adán Iglesias Toledo. ADÁN. Cuba.La Habana 1965. Licenciado en Educación Plástica por la Universidad Pedagógica Enrique José Varona. Trabajó como Profesor de Educación Artística. Sus caricaturas se han publicado en Tribuna de La Habana, Dedeté, Palante y otras publicaciones nacionales y extranjeras. Desde el año 2001 forma parte de la plantilla de la publicación humorística Dedeté y es su actual director. Es miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, miembro de la Unión de Periodistas de Cuba y miembro de la Agencia de Autores Visuales. Posee la Distinción por la Cultura Nacional.

 

 

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