Simplemente Raúl

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Me llamó desde Alemania. Venía para Suecia, solo, en tren. Más barato. Se perdió en uno de los tantos cambios. Se las arreglaba, me dijo que en francés!!! Llegó. Lo fui a buscar a Estocolmo. ¿Cómo está Adrianita? fue el primer saludo. Le pregunté por sus hijos, mientras mi auto decrépito rodaba la mejor autopista de Escandinavia. Vengo a hablar con el Chodi (Walter Engler) y el Henry (el hermano menor). Vos sabés que estuve en una estancia en Sarandí del Yi. El capataz tenía cuatro hijos. Cinco. Los cuatro mayores corrían jugaban, La más chiquita estaba enferma. Era una pena. Le dije al padre que iba a averiguar si se podía hacer algo. Me dieron la historia clínica. La tengo aquí para que la vea el Chodi.

Fotocopias, fotocopias, ilegibles. Tiene autismo. Capaz que se puede curar o mejorar un poco, pobre gente, vamos a ver que se puede hacer.

Hablamos en el viaje a Uppsala y después en casa, antes de acostarnos. Sin urgencias él, seleccionando yo (conteniéndome), natural él, ni más ni menos. Como si nos hubiésemos visto todos los días. Las cartas en la manga, el derecho de los chinos al confort, la dictadura del proletariado… A dormir y al otro día a la cita: Hospital Académico, 07:00, médico psiquiatra Walter Engler. Al grano: papeles, qué se puede hacer, mirá hermano le prometí al padre…

Yo tenía que entrar a las 08:00. Fyrisparken. Estadio extraño: seis meses de hockey sobre hielo, seis meses de fútbol. Yo trabajaba allí: lo limpiaba. Los suecos ensucian (ensuciaban) poco. Raúl me dijo: vamos para ahí, que no vayas a llegar tarde. Entre los dos barrimos las tribunas, vaciamos las papeleras, juntamos todo, claro, en la mitad del tiempo. Impecable. Teníamos que esperar a mi salida. Abajo de la tribuna había un cuartucho con cocinilla, baño, un sofá desvencijado, buena luz para leer y algunos libros que yo tenía sucuchados. Allí fuimos. Mi bestseller de la semana: ”Perestroika”, nuevecito, en sueco!!! Yo leía, traducía! él preguntaba, comentaba.

A las 17:00 podía irme. Nadie me controlaba. Con Raúl, lo último que se me hubiera ocurrido era irme antes de cumplir la hora. Además, lo que realmente me hubiera gustado era prolongar ese tiempo, hacerlo sin tiempo.

La experiencia no es lo que uno ha vivido ni cuanto ha durado. La experiencia es lo que uno saca de lo que pasó.

Conmovido por las vivencias de una tarde en el campo, comprometido por su palabra a un padre, se había cruzado media Europa en tren. Me había preguntado por mi hija por su nombre, no había hablado mal de nadie ni bien de si mismo, se acordó de mi viejo batllista y se fue para siempre.

Unos meses después cayó enfermo. El próximo fin de semana iríamos a verlo a París. El Octavio y yo en un viejo Ford Taunus,del Cartílago. El miércoles me llamaron para decirme que no viajáramos, que él se había ido. Lo esperé al Henry a la salida de su examen de sueco, nos fuimos juntos, le conté, hablamos poco, lloramos.

Por: Congo ALZ, Montevideo 21/03/2014

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