Marco Rubio, la semántica del terror y la invención de un nuevo enemigo global

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Por Carlos Fazio (*)

Dibujo, Adán Iglesias Toledo (**)

 

El 4 de julio, durante su discurso por los 250 años de la independencia de Estados Unidos, Donald Trump desempolvó el cuco del comunismo con fines de persecución interna. En él mezcló asuntos patrióticos con advertencias políticas y repitió alertas enunciadas ante sus bases conservadoras de MAGA sobre el principal peligro que amenaza el tradicional estilo de vida de la nación “elegida” por Dios. Dijo: “Son esos comunistas ateos (…) Esta es la amenaza más seria para la existencia de nuestro país.” La víspera, en un acto celebrado en el Monte Rushmond, había asegurado que “radicales extremistas” amenazaban la identidad nacional. En un país al borde de la implosión, y con Trump y los republicanos con un descenso pronunciado en las encuestas, las amenazas a las que se refería el inquilino de la Casa Blanca eran personajes como el socialdemócrata moderado Bernie Sanders, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani y otros sectores del Partido Demócrata.

Doce días después, su secretario de Estado y consejero de Seguridad Nacional, Marco Rubio −como aspirante a candidato a la nominación republicana para la presidencia de Estados Unidos− complementó el guion inventando un nuevo peligro fantasmagórico de dimensión diabólica. Al inaugurar la Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político, el mendaz Rubio retrotrajo el presente a la era del comunismo hirsuto, el macartismo y la guerra fría. Con una retórica plagada de falsedades, basada en hechos descontextualizados y cifras sin verificar, convirtió el supuesto auge de lo que llamó “izquierda radical” (marxistas, comunistas, socialistas, anarquistas, anticapitalistas, antimperialistas, antifascistas, demócratas centristas, categorías todas funcionales a la agenda de la ultraderecha trumpista) en un “enemigo” no estatal esencialmente violento y ajeno a la “civilización” occidental y cristiana. La omisión del terrorismo de derecha no es un detalle. Es el corazón del dispositivo. 

Rubio −quien desde sus juveniles inicios políticos mamó de la ubre del terrorismo mafioso/gangsteril y la industria de la contrarrevolución en la llamada República de Miami, bajo el mando del chairman de la Fundación Nacional Cubano Americana, Jorge Lincoln Mas Canosa, y operativizado por personajes como Rolando Masferrer Rojas, Rafael Díaz Balar y Luis Posadas Carriles, veterano agente de la CIA y autor confeso (“pusimos la bomba, y qué”) del sabotaje contra el vuelo 455 de Cubana de Aviación sobre el cielo de Barbados que causó 73 muertes en 1976−, dijo que la izquierda radical representa “la rebelión de los peores contra los mejores y de los débiles y cobardes contra los fuertes y buenos”, una evidente matriz fascista que divide a la sociedad en categorías humanas superiores e inferiores, que subordina los derechos individuales a una comunidad nacional excluyente y preconiza la eliminación de quienes son presentados como “obstáculos”.

 

 

Como señaló un análisis del Observatorio de Medios de Cubadebate, el paralelo del discurso de Rubio con la doctrina de Benito Mussolini fue explícito: el Duce defendió la “desigualdad inmutable, beneficiosa y fecunda de la humanidad”; la semejanza retórica permite identificar un esquema jerárquico y deshumanizador característico del fascismo. 

Seguidamente, Rubio afirmó: “Ha llegado el momento de aplastar este mal para siempre”. Esa trampa semántica, encarnada en lo que denominó “terrorismo político de extrema izquierda trasnacional”, reivindica otra matriz fascista que convierte a un campo político heterogéneo en un “mal” existencial a exterminar, y donde la violencia cumple una función purificadora o redentora contra quienes se consideran “obstáculos”. Lo que remite a Adolfo Hitler, cuando dijo: “Ante Dios y el mundo, el más fuerte tiene el derecho de hacer prevalecer su voluntad”. 

En el marco de la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 −con su “Doctrina Donroe”, que combina seguridad nacional y militarización, guerra contra el “narcoterrorismo” y competencia con otras potencias globales extrarregionales− y de la Estrategia contra el Terrorismo  2026 (con sus nuevas categorías y matrices de opinión), y en una coyuntura en que Estados Unidos bombardea e invade Venezuela y secuestra al presidente Nicolás Maduro, mientras lleva a cabo un desembozado injerencismo para imponer gobiernos cipayos (la libertad económica como servidumbre política) en América Latina (Noboa, Milei, Asfura, Kast, Fujimori, Bolsonaro), no parece baladí que Rubio se lamentara de que “incluso ahora, la mera idea de que el terrorismo de extrema izquierda pueda constituir una amenaza grave se trata como un delirio de la derecha o, peor aún, como una peligrosa conspiración fascista”. Y en un falaz intento homologativo justificador, mencionó la lucha armada de los tupamaros, los montoneros, las FARC, el ELN y Sendero Luminoso en los años 60 y 70 del siglo XX, con las fragmentadas luchas de resistencia actuales. 

Ese argumento oscurantista, falsificador y embaucador, basado en una visión discrecional y maniquea increíblemente simplista que alude a la lucha de las fuerzas del mal contra las fuerzas del bien (hegemonizadas por Estados Unidos, con su vena ideológica que impulsa un colonialismo de nuevo cuño), resucita una retórica de los ‘años del plomo’ de la guerra fría, que persigue fines propagandísticos adoctrinadores que invitan, explícitamente, a un renovado alineamiento con Washington en términos de lealtad y vasallaje o, en su defecto, resignarse a ser blanco de acciones militares abiertas o encubiertas y/o de coacción y desestabilización como en otras fases de la historia.

La realización de la ‘cumbre global’ de Rubio, entre cuyos objetivos principales se encontraba identificar y mapear al llamado terrorismo político de extrema izquierda −ergo, los agentes del “Eje del mal” de las eras Reagan y Bush Jr. en la actual lógica trumpista− a fin de reconstruir una “arquitectura antiterrorista” capaz de “aplastarlos”, resultó, en cierto sentido, un fracaso político-diplomático, ya que la mayoría de los representantes de poco más de 60 países asistentes eran, al parecer, de bajo nivel. Países como México, Brasil y Colombia no asistieron, y en el caso mexicano, la presidenta Claudia Sheinbaum justificó la ausencia argumentando que, desde la perspectiva de la Cancillería local, era un encuentro más político que de seguridad y lucha contra los grupos de la economía criminal, por lo que se decidió que no era “prudente” enviar delegados ni siquiera a nivel de “observadores”.

Con los mismo fines y lineamientos de Rubio ahora, esa “arquitectura antiterrorista” desencadenó en la segunda mitad del siglo pasado procesos de terrorismo de Estado y genocidios en toda América Latina. Entonces, entre los muchos símbolos utilizados para meter miedo y manipular a los gobiernos y las poblaciones de los países de la región, pocos fueron más importantes que el “terror” y el “terrorismo”. Ambos términos se limitaron en general al uso de la violencia por individuos, grupos marginales y movimientos de liberación nacional (guerrillas). Mientras la violencia oficial policial y militar −con sus escuadrones de la muerte−, mucho más extensa tanto en escala como en poder destructivo, se colocó en una categoría completamente diferente vía eufemismos como “represalia”, “reacción protectora” o  terror “benigno” o “constructivo”, y no como fuente activa e inicial de la violencia intrínseca a las estructuras sociales opresivas del sistema de dominación capitalista, profundizadas por la doctrina del shock recomendada por Milton Fridman y al Escuela de Chicago a las dictaduras cívico-militares de la época.

En la actual coyuntura, si bien se trata de una estrategia de persecución política ideológica que banaliza la categoría terrorismo como herramienta para generar miedo paralizante, vigilancia, censura, criminalización, sanción y disciplinamiento interno de cara a las elecciones de medio término de noviembre próximo en Estados Unidos −de hecho, funcionarios del gobierno de Trump se han referido muchas veces al propio Partido Demócrata (insospechado de marxismo) como una “organización extremista” y se ha demonizado el llamado socialismo democrático del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, así como a los inmigrantes, que son asociados con fines de propaganda al terrorismo, al islamismo radical y el comunismo chino−, la “semántica del terror” (Chomsky y Herman dixit, 1979) esbozada por Rubio, remite, en su proyección exterior, a sangrientos episodios del pasado como el Plan Cóndor −la alianza clandestina de las dictaduras del Cono Sur con la asesoría y complicidad de Estados Unidos para el exterminio de la disidencia política mediante la práctica de la tortura, las ejecuciones sumarias extrajudiciales y la desaparición forzada−, la guerra de Vietnam y el uso de los campesinos de Indochina como conejillos de Indias para una tecnología militar entonces en desarrollo; hoy, el genocidio y la limpieza étnica en Gaza, el bloqueo criminal y el castigo colectivo contra Cuba o el asesinato de niñas y los ataques contra la población civil y la infraestructura crítica de Irán. 

No escapa a todo lo anterior, que en la nueva invención de “little Marco” (“pequeño Marco”, como lo llamó Trump en 2016) en términos de cruzada contra el nuevo “enemigo global”: el llamado terrorismo de izquierda radical −que no es un adversario sino tan solo una forma de violencia política, lo que no permite ninguna estrategia de seguridad preventiva, sino tan sólo una militar/policial punitiva−, el secretario de Estado sobreactúe su diferenciación respecto a los inmigrantes, siendo hijo de cubanos emigrados en 1956 bajo la dictadura de Fulgencio Batista. Eso tiene como motivación principal, tratar de garantizarse una credencial apta en su disputa con el vicepresidente J.D ,Vance por la candidatura republicana en 2028.

Como señala Chomsky, “el terrorismo no es el arma de los débiles, es el arma de los que están contra nosotros” (Estados Unidos). En ese sentido, el lenguaje que se utiliza no es para nada inocente. La palabra terrorismo es aplicada siempre contra el terrorismo del otro, mientras el propio es encubierto mediante eufemismos y justificado por razones ideológicas. Invariablemente, hoy como ayer, el buró político del terrorismo internacional opera desde el cuarto de guerra de la Casa Blanca. Y su enunciación, ahora, por el secretario Rubio, sigue siendo una forma disfrazada de apología del terror trumpista y el fascismo cliente.

 

 

(*) Carlos Fazio, escritor, periodista y académico uruguayo residente en México. Doctor Honoris Causa de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Autor de diversos libros y publicaciones. Miembro de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (Capítulo México)

(**) Profesor Adán Iglesias Toledo, Dibujante Gráfico Cubano, Caricaturista Editorial y Director del Medio humorístico DEDETE del Periódico Juventud Rebelde, miembro de la UNEAC, la UPEC y la REDH (Capítulo Cuba). Colabora con varios medios de prensa en su país y en el extranjero. Autor de varios logotipos y campañas publicitarias, posee en su haber múltiples exposiciones individuales y colectivas, talleres e intervenciones nacionales e internacionales, y ha sido premiado más de 40 veces en su país y otros países.

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