Las vaquitas son ajenas…

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Pero su cuidado nos impacta

Por Claudia Suárez Delgado (*)

 

La Facultad de Veterinaria de la Universidad de la República acaba de crear la Unidad Académica de Ambiente y Sustentabilidad, que cuenta con un equipo interdisciplinario: una bióloga, un psicólogo, dos veterinarios y una veterinaria. Desde hace años trabajan en territorio, en aulas, en escuelas rurales y en comunidades.

Visitamos la facultad y charlamos con Solana González, coordinadora de la unidad académica, Profesora Adjunta, Doctora en Educación Ambiental, Magíster en Ciencias Biológicas y Doctora en Ciencias Veterinarias.

Lo primero que debo expresar es mi grata sorpresa al conocer el local, la nueva sede de veterinaria. En un predio espacioso, varios edificios modernos se erigen, aulas con equipamiento de microscopios, aulas con equipos informáticos para varios alumnos a la vez, un espacio cuidado, funcional, con detalles de decoración y amor por el espacio habitado y que se construye día a día. La facultad tiene unas 500 personas entre docentes y funcionarios técnicos, administrativos y de servicios. Unos 5.000 estudiantes activos. En un buen día circulan hasta 2.000 personas por el predio, de 35 hectáreas en el municipio F, que incluye también: una UTU Agraria, el Centro Siempre en convenio con INAU, un espacio de cuidados para infancias de de 6 meses a 12 años para docentes, funcionarios, estudiantes y del barrio.

La Facultad de Veterinaria es única en el país. Todos los veterinarios y veterinarias que estudian hoy en Uruguay se formaron ahí. «Para nosotros eso es una gran responsabilidad. Hablar de los temas sociales, ambientales, económicos es importante.» nos dice Solana.

En diciembre de 2024, Montevideo fue sede del XXVII Congreso Panamericano de Ciencias Veterinarias. Los ejes que organizan los simposios, talleres y conferencias nos hablan sobre hacia dónde va la profesión: cambio climático y sostenibilidad, impacto ambiental y enfermedades, bienestar animal, enfermedades silvestres, Una Salud.

La veterinaria se expandió de la clínica animal a la salud pública y ambiental. El congreso lo confirmó. Este dio sustento para que se creara, dentro de la Facultad de Veterinaria de la UDELAR, la Unidad Académica de Ambiente y Sustentabilidad, alojada en el Departamento de Ciencias Sociales.

«Fue todo un logro que se incluyera un departamento de ciencias sociales dentro de la facultad de veterinaria», dice Solana González, coordinadora de la nueva unidad,  “porque el veterinario no trabaja con animales sino con personas que tienen animales”, y comenzamos a intercambiar el aporte que desde este constructo de conocimiento se puede aportar a decisiones que impactan en la vida de las personas, hoy y para generaciones venideras.

La unidad académica está integrada también por Eliana Arismendi, Licenciada en Ciencias Biológicas con Maestría en Educación Ambiental; Ismael Ibarra, Licenciado en Psicología con Doctorado en Ciencias Agrarias; Emiliano Guedes, Magíster en Educación y Extensión Rural con Doctorado en Ciencias Agrarias en curso; y Micaela Núñez, veterinaria y maestranda en Ambiente y Desarrollo Sustentable con orientación en Educación Ambiental. «Es de los departamentos más interdisciplinarios», dice González. «Hay sociólogos, agrónomos, economistas, licenciados en educación. Eso le da otra mirada.»

La imagen popular del veterinario es la del médico que atiende al perrito. Eso existe. Pero la carrera cubre mucho más: bovinos, ovinos, aves, cerdos, producción, tecnología de alimentos, salud pública. Solo pensando en especies, la diversidad es enorme. Y el impacto de las decisiones que toman los profesionales impacta en la vida de las comunidades.

El plan de estudios, del 2021, establece entre sus objetivos la formación de un profesional generalista que contribuya a «la preservación y uso sustentable del medio ambiente» y al «conocimiento y el desarrollo sustentable de los diferentes sistemas de producción animal y sus actores sociales vinculados». Esto pone en juego conflictos éticos «Si la facultad no me lo enseña, no es mi responsabilidad», le dijeron algunos de los egresados al equipo en una investigación sobre el tema. Y es exactamente el problema que el plan busca resolver. «Ahora está el código de ética, que nos dice que tenemos que proteger el ambiente. Pero fue posterior.»

La pedagogía de la materia es concreta. Nos cuenta que se trabaja a partir de casos reales. «Trabajamos con notas de prensa reales del Uruguay: cuántas colmenas muertas por fumigaciones?; China devuelve un cargamento de carne por agrotóxicos», dice González. Y también los contraejemplos: modelos de agroecología, educación ambiental, extensión universitaria. El enfoque no propone una solución única. Propone abordajes: disminuir el impacto, conservar lo que está, o regenerar el espacio. «Ese es el modelo más transgresor y necesario ya a esta altura de la crisis ambiental.” nos dice al respecto del modelo que busca no solo disminuir el impacto sino regenerar, reparar el daño.

Al final del curso los estudiantes eligen un tema propio —un caso concreto, situado— y lo abordan desde las dimensiones económica, ambiental, social y desde el rol profesional. «Lo que más intentamos es que cuando el estudiante se sitúe como profesional entienda qué rol juega en ese sistema.»

Le preguntamos sobre cuáles son los problemas ambientales más importantes que detectan en Uruguay al día de hoy. Para ella el mayor desafío ambiental de Uruguay a largo plazo es: «El agua. Sin duda.» La unidad integra el grupo interdisciplinario EsCalAS —Ecológicas, Calidad del Agua y Salud— que investiga con financiación CSIC la pérdida de calidad del agua potable, sus causas y sus consecuencias sobre la salud humana. Trabaja con el CURE en Rocha en la calidad del agua de la Laguna Merín y la costa. Participa en el EFI Monitoreo Participativo del Río Santa Lucía, con docentes de Ciencias y de la Facultad de Veterinaria. Desarrolla observatorios socio ambientales con escuelas rurales del este del país.

El problema tiene dos caras. «Hay un tema de cantidad», explica González: las sequías que en los últimos años obligaron a Montevideo a consumir agua salada son la señal más visible. «Y después hay un tema de calidad que viene aumentando fuertemente, y las señales no son que vayan a mejorar.» Lo que vulnera la calidad del agua es una larga lista: metales pesados, represas, perforaciones de acuíferos, intensificación de monocultivos, agroexportación. El Acuífero Guaraní está poco estudiado en Uruguay y ya hay proyectos de intervención. «Es muy peligroso intervenir lugares que no están suficientemente estudiados. Hay cuestiones de biodiversidad y de sostenibilidad de la vida que están en juego.»

El equipo trabaja con Medicina analizando epidemiológicamente si hay correlación entre contaminantes en el agua y la prevalencia de ciertas enfermedades en determinadas zonas. «Los agrotóxicos no son solo lo que te llueve de arriba. Es lo que te tomás después porque llegó a través de la tierra, en una cantidad que el metabolismo de la naturaleza no llega a degradar.»

El otro desafío que González nombra es el vaciamiento rural. «La pérdida de personas en el campo es un impacto ambiental enorme.» Cuando se van las familias, se van también las prácticas de manejo del territorio, los vínculos con la tierra, las escuelas rurales que eran el punto neurálgico de la comunidad. «La gente se va porque sus hijos no pueden seguir estudiando. Eso es una política pública clara que es social pero impacta ambientalmente.»

La unidad trabaja en eso desde adentro: Solana lleva años trabajando con escuelas rurales en la cuenca de la Laguna Merín, en Rocha, pensando a las escuelas como observatorios socio ambientales. Escuelas de cinco o seis alumnos con una maestra directora. «Siempre decimos que uno piensa Montevideo, ciudad. Pero el campo está en tu casa: el arroz que estás comiendo es rural.»

Hay una cifra que González usa en las clases y que produce siempre la misma reacción. «Uruguay tiene doce millones de vacas y tres millones de personas. Cuatro vacas por persona.» Los estudiantes la miran. «¿Dónde están las mías? Yo no tengo nada. Las vaquitas son ajenas.» Uruguay produce alimentos para 13 millones de personas. Pero hay gente que revisa la basura en la calle. La producción cárnica sigue siendo un pilar económico del país, aunque hoy el primer puesto del PBI lo ocupa la celulosa y sus derivados. «Producimos para 13 millones y no podemos darle de comer a los 3 millones que tenemos. Eso no es desarrollo desde el punto de vista de cuidar la salud, cuidar la vida.»

El problema, insiste la unidad, no es el sistema productivo en sí: es cómo se ejerce. Existe ganadería regenerativa, holística, que aporta a la biodiversidad y combina producción con conservación. No son modelos marginales. El Observatorio de la Cuestión Agraria en Uruguay (OCAU), que integra docentes de FAgro, FVet, FPsico y el PIM, viene analizando desde una mirada crítica y multidimensional el cambio agrario en el Uruguay reciente. Docentes de la nueva unidad es parte de ese observatorio.

La solución, dice González, no viene por la intensificación —que no solucionó el hambre en décadas de intentarlo— sino por la diversificación y el acceso a la tierra. «Pensar otros modelos tiene que ver con que otras personas puedan tener tierra para producir y generar circuitos más cortos.»

Otra de las problemáticas que intercambiamos es el manejo del saber y las patentes.

La unidad tiene una posición sobre el conocimiento que González enuncia sin rodeos. Somos docentes de la Universidad de la República: el conocimiento que producimos es público. «La patente es un campo de captura económica del conocimiento. Si yo estoy diseñando un antibiótico o una vacuna que es para el bien común, eso no puede quedar cooptado en una patente paga.» Hay una discusión política pendiente en la universidad y en las agencias de financiamiento: qué patentamos y para qué, cuando hacerlo privatiza lo que se generó con fondos públicos.

 

La posición incluye también dónde publicar. «Tenemos que publicar en revistas top, sí. Pero también en revistas que lleguen al productor, al generador de los planes agropecuarios. Si el conocimiento no se comparte, ¿para qué se generó?» El riesgo de fondo es más estructural: cuando la financiación viene de empresas que quieren resultados específicos, o de la academia importada desde la hegemonía, los hallazgos tienden a reflejar esos intereses. «Las decisiones tienen mucho que ver con una academia que viene importada desde la hegemonía. Eso nos impacta porque no necesariamente está viendo sobre nuestros intereses.» Frente a eso, la universidad pública latinoamericana tiene algo que ofrecer: «La virtud es formar profesionales críticos que sepan que eso está pasando.»

A nivel de extensión la inserción es diversa: trabajos sobre soberanía alimentaria en Malvín Norte, trabajos en Bella Italia y Marconi trabajando en cómo interseccionan temas como violencia, pobreza, salud humana y ambiental y problemáticas de ambiente. La facultad tiene policlínicas en Casavalle, Apex Cerro y en las Piedras, allí estudiantes y docentes atienden gratuitamente animales. También se trabaja con el Parque de Punta Yeguas en Santa Catalina, y este año arrancarán un proyecto con los liceos del Municipio F (al que pertenecen) por el Bañados de Carrasco bastante desconocido para los vecinas y vecinas. Y esto sin contar los proyectos en el interior del país.

También realizan tareas de concientización a la interna de la facultad: FVetRecicla, el grupo de trabajo en gestión de residuos, viene desarrollando protocolos de gestión de residuos químicos, sanitarios y comunes. Se está gestionando que los residuos reciclables pasen a ser manejados por una cooperativa de recicladores del municipio F, para darle destino al residuo de las camas del Hospital de Equinos. También se viene desarrollando en el predio de la facultad la feria de cercanía que ya tiene dos ediciones en coordinación con el Municipio F y el PIM. «A mí más me gusta cuando el territorio entra a la universidad, que rompa, venga, reclame, pida y responda», dice González.

Le agradecemos la entrevista a Solana y quedamos atentas a seguir conociendo otras aristas del trabajo, nos vamos sorprendidas con la capacidad para generar nexo y promover que las cosas pasen desde una perspectiva crítica, a la vez que llena de entusiasmo y compromiso.

«ideas sobran. Lo que pasa en Uruguay es que ponés cinco personas a hacer y surgen diez ideas. Eso para mí es una virtud de este país: está todo el tiempo pensando.»

(*) Claudia Suárez Delgado es licenciada en Psicología, ceramista,  especialista en Gestión Cultural, militante en organizaciones de la economía solidaria, feminista, integrante de la Red de intelectuales y artistas en defensa de humanidad (REDH) y de la Fdim, parte del colectivo Libertadoras antifascistas.uy

Agradecemos las fotografías tomadas de publicaciones de redes sociales de Facultad de Veterinaria y de la Unidad Académica https://www.instagram.com/ambienteysustentabilidad_fvet/

Foto de Portada escultura de Octavio Podestá en los Jardines de Facultad de Veterinaria

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