En defensa del multilateralismo

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Carlos Novoa (*)

Portada, Adan Iglesias Toledo (**)

 

En septiembre asistimos a la semana de Alto Nivel de las Naciones Unidas. En esos días, cientos de jefes de estado y gobierno, ministros y representantes de la mayoría de las naciones del planeta se han dado cita en un solo lugar. Como suele suceder, en el trasfondo de los discursos, reuniones paralelas y encuentros bilaterales ha estado la compleja geopolítica del mundo actual. Lo que se dijo o se dejó de decir, lo que hicieron o dejaron de hacer los representantes de cada nación ha alimentado la cobertura mediática del encuentro.

Y como suele suceder con cada vez más frecuencia, por estos días han emergido muchas voces críticas que cuestionan la pertinencia de la organización. Desde las amenazas hechas por Donald Trump de aniquilar a Irán hasta el hecho de darle voz en la ONU al genocida criminal de guerra Benjamin Netanyahu, la polémica ha perseguido a la organización.

La mayoría de las intervenciones de los Estados miembros coinciden en un grupo de elementos en común: la necesidad de una reforma integral de Naciones Unidas; la necesidad de articular desde la ONU una efectiva gobernanza global de la IA; la impotencia del Consejo de Seguridad y la necesidad de ampliar su membresía así como revisar el derecho de veto de los cinco miembros permanentes; la incapacidad de toda la estructura de las Naciones Unidas para evitar o dar solución a los conflictos armados activos en la actualidad y, quizás lo más importante para este artículo, la importancia que sigue teniendo el multilateralismo en el mundo actual.

En estos días el prestigioso periodista pakistaní-británico Tariq Ali se sumaba a las voces críticas con la ONU en un texto publicado en su página de Substack titulado “Abolir las Naciones Unidas”. Ali afirma:

«Habiendo fracasado en detener un genocidio en Palestina, habiendo fracasado incluso en protestar el secuestro del Presidente venezolano con cargos completamente falsos, la instalación y aprobación de un gobierno títere en el país, la sanción a Cuba hasta casi la extinción en contra de la voluntad de una gran mayoría de los miembros de la ONU, el lanzamiento de una guerra no provocada contra Irán, la negativa a asegurar un acuerdo en Ucrania, surge una pregunta. ¿Para qué sirve la ONU? Y si la respuesta es muy poco, entonces, ¿por qué no abolirla y buscar otras soluciones más representativas? Mi modesta propuesta es abolir la ONU y vender el edificio comprado originalmente a Rockefeller y donar las ganancias a los países necesitados.»

A continuación, desarrolla una perspectiva de la historia de la ONU en la cual esta se ha convertido, según afirma, precisamente en aquello que Franklin D. Roosevelt aspiraba: una herramienta de la política exterior de Estados Unidos.

Sin dudas, Estados Unidos ha jugado un papel central en la historia de la organización. Y la ideología liberal forma parte estructurante de muchos de los consensos construidos por la organización a lo largo de los años. El Consejo de Seguridad, conformado inicialmente por las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, se entendió desde un principio como una herramienta para garantizar la paz como vía para solución de diferencias por parte de los Estados que componían la organización.

La ONU nació sobre las ruinas del fracaso de la Sociedad de Naciones y del mundo que había colapsado definitivamente bajo el peso de las dos guerras mundiales. Aunque no es un instrumento de la Guerra Fría, esta forma parte central del universo en el cual dio sus primeros pasos. También nació contra el trasfondo del inmenso genocidio perpetrado por los nazis y de la carrera nuclear entre las superpotencias, incluyendo todos los temores que esta competencia destructiva ha traído consigo.

Los miembros permanentes, en la medida en que se han agudizado las contradicciones entre las potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, con Rusia y China, han convertido el Consejo de Seguridad en un mecanismo paralizado por la geopolítica, incapaz de llegar a acuerdos salvo algunas posiciones generales y decisiones sobre conflictos que no sean estratégicos para las potencias con capacidad de veto.

Al mismo tiempo, las diversas agencias, entidades, organismos, que componen las Naciones Unidas han ido creciendo descontroladamente, acumulando capas burocráticas extensas que drenan recursos sin maximizar la efectividad de la organización en el terreno, que es donde más importa.

Desconocer estas limitaciones y taras, junto a muchas otras, resultaría ingenuo. Que la ONU en sus ochenta años necesita reformarse, no le cabe a nadie la menor duda. Pero seguir la lógica propuesta por Tariq Ali y proponer la total abolición de la ONU para refundar una nueva organización, no solo no resolvería el problema, sino que facilita el trabajo de aquellos que quieren disminuir la organización hasta un punto de total nulidad o, incluso, implosionarla.

Ante esta perspectiva crítica, que no es solo de Ali, sino que es extensiva a amplios sectores de izquierda y derecha, considero, por el contrario, que es preciso defender a la organización de Naciones Unidas a pesar de todo. Esto, por supuesto, no implica desconocer la necesidad de una reforma para la organización. La pregunta sería ¿qué reforma con qué fines?

En sus más de ocho décadas la ONU ha contribuido a construir el corpus que llamamos Derecho Internacional y Derecho Internacional Humanitario. Aunque insuficiente, ha sentado un conjunto de reglas que permiten juzgar el comportamiento de un Estado en relación con estas reglas y condenar a los violadores, aunque no siempre se pueda garantizar que los responsables de violar el Derecho Internacional respondan por sus actos, sobre todo cuando son los países grandes y fuertes quienes lo violan o aquellos a quienes estos protegen.

Las agencias de la ONU han jugado un papel fundamental en diferentes niveles de la práctica social colectiva de estas décadas. Desde el reconocimiento y salvaguarda del Patrimonio Cultural de las naciones hasta la afirmación y defensa de un grupo de derechos humanos básicos que, con contratiempos, retrocesos y limitaciones han contribuido a que en estas décadas se eleven progresivamente indicadores sociales significativos. También han canalizado importantes contribuciones hacia los países en desarrollo, que han contribuido a mejorar la vida en comunidades por todo el mundo. El sistema humanitario de la ONU ha contribuido a salvar numerosas vidas y es, muchas veces, una de las primeras respuestas que reciben los países afectados por catástrofes naturales.

La Asamblea General de la ONU y sus otros espacios multilaterales han contribuido a darle voz a todos los países por igual. Esto beneficia, sobre todo, a las naciones pequeñas, cuya voz se escucha en igualdad de condiciones con la de los países más fuertes y cuyas principales preocupaciones deben ser por ende atendidas y debatidas. Acuerdos como la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible evidencian el potencial de la organización para construir esfuerzos comunes en pro de objetivos globales, igual ocurre con los acuerdos en materia climática, lucha contra la discriminación racial y otros importantes documentos.

Por supuesto, la ONU carece de la capacidad de atender la causa estructural de los problemas y aquí reside, quizás, una de sus principales limitaciones. El carácter no vinculante de las decisiones que se toman en la Asamblea General y otros órganos, sumado al respeto a la soberanía nacional de los Estados hace que la organización no pueda “imponer” por la fuerza los consensos. Tampoco las agencias de la ONU para el desarrollo pueden ser un vehículo efectivo para resolver el problema del subdesarrollo, cuyas raíces profundas subyacen en la propia arquitectura del sistema capitalista. Ni puede efectivamente resolver un conflicto, siendo de hecho sus Cuerpos de Paz una de las facetas más polémicas y cuestionadas de la organización.

Para responder entonces a las preguntas sobre la reforma de la ONU que nos hacíamos antes, es preciso comenzar por qué organización necesitamos. Las insuficiencias de la ONU a la hora de atender crímenes históricos, como el despojo del pueblo palestino, y de evitar otros como la agresión sionista contra el Líbano, la anglo-sionista contra Irán o el criminal cerco contra Cuba, dan una clave clara. Necesitamos una ONU que sea verdaderamente capaz de prevenir conflictos y de evitar genocidios. Para esto es preciso modificar la composición del Consejo de Seguridad y eliminar la nefasta institución del veto, que otorga a un pequeño grupo de país el poder desmedido de bloquear cualquier paso sustantivo por parte de la comunidad internacional.

La asfixia calculada a la cual la ONU es sometida por Estados Unidos busca precisamente aquello que Ali en su análisis da por sentado: reducir a la ONU a la impotencia y convertirla en un instrumento de la política exterior norteamericana. El esfuerzo de Trump en ese sentido es un indicador de que los consensos mínimos alcanzados por la organización en múltiples materias son inaceptables para el programa político de la ultraderecha. Adicionalmente, si bien la ONU es incapaz de evitar un conflicto, su espacio sirve como un foro internacional para los agredidos que puede, de alguna manera, aumentar el costo político para el agresor.

Reformar la ONU, entonces, no sería destruirla o llevarla a la invalidez, sino preservar lo que funciona bien, mejorarlo todo lo posible y transformar lo que sea necesario. El multilateralismo no es perfecto, es insuficiente, cauteloso al punto de la cobardía, lo envenena el egoísmo de los nacionalismos y los proyectos grannacionales, conservador en muchos temas donde como humanidad pudiéramos consensuar posiciones más avanzadas, pero sin él estaríamos mucho peor.

 

(*) Carlos Novoa, periodista y escritor

(**)  Profesor Adán Iglesias Toledo, Dibujante Gráfico Cubano, Caricaturista Editorial y Director del Medio humorístico DEDETE del Periódico Juventud Rebelde, miembro de la UNEAC, la UPEC y la REDH (Capítulo Cuba). Colabora con varios medios de prensa en su país y en el extranjero. Autor de varios logotipos y campañas publicitarias, posee en su haber múltiples exposiciones individuales y colectivas, talleres e intervenciones nacionales e internacionales, y ha sido premiado más de 40 veces en su país y otros países.

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