EU vs. Irán: la disputa estratégica por el estrecho de Ormuz

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Por Carlos Fazio (*)

Dibujo, Adan Iglesias Toledo (**)

 

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán alcanzó un nuevo punto crítico de signo incierto. A raíz de la ampliamente documentada escalada militar sostenida por EU, que incluyó incursiones navales encubiertas y actos de bandolerismo y piratería marítima, el Golfo Pérsico se encuentra hoy al borde de un precipicio sin precedentes desde la Guerra de los Petroleros de la década de 1980.

Acostumbrado a cometer perfidia y hacer trampa –atributos inherentes a la política expansionista, colonialista e imperial de EU desde su origen–, adicto a la manipulación y al chantaje emocional, en medio de la nueva escalada militar que desató de manera unilateral Donald Trump dijo el martes que ahora ya no quiere “negociar” con Irán. Es recurrente. Megalómano y egocéntrico compulsivo, si no le salen las cosas como él quiere, se enfurece y patea el tablero. No puede reconocer la victoria político-militar iraní en el campo de batalla y en la mesa de negociaciones diplomáticas. Está en su naturaleza y en la del hegemón imperial.

Por eso, la aversión de Trump a cualquier humillación personal lo llevó a demoler a bombazos el Memorando de Entendimiento de Islamabad con la nación persa, que hollywoodescamente había firmado ante su anfitrión, Emmanuel Macron, en el Palacio de Versalles, el pasado 17 de junio después de su reunión con sus vasallos del G-7.

El punto 1 del memorando tenía como principal objetivo poner fin a la guerra en todos sus frentes, incluido el Líbano. Esa era la condición sine qua non del que penderían los demás 13 puntos. Pero era evidente que Trump lo firmó con la intención de ganar tiempo. Él y su círculo aúlico de depredadores cleptócratas nunca pensaron en respetarlo. Así ha sido desde el 28 de febrero pasado, cuando en medio de las conversaciones sobre la cuestión nuclear con Irán en Suiza, Trump lanzó a traición una guerra de agresión no provocada e ilegal contra la República Islámica junto con su secuaz, Benjamín Netanyahu, el genocida y asesino de niños prófugo del Tribunal Penal Internacional.

Aquella artera y criminal devastación a sangre y fuego contra Teherán y otros centros urbanos iraníes, incluyó el asesinato planificado del ayatolá Seyed Ali Jamenei y de varios altos mandos militares y técnicos nucleares iraníes (práctica de decapitación), además de 160 niñas en la escuela en Minab, al sur de Irán.

El 9 de julio, último día de las multitudinarias exequias del líder religioso chiita que exhibió el poder blando de la Revolución Islámica, mientras se llevaba a cabo la ceremonia de despedida en el sagrado santuario de Abbash, en Karbala, en paralelo a la cumbre con sus palafreneros de la OTAN en Ankara, con su habitual brutalidad y mal gusto Trump declaró que el alto al fuego había terminado, calificó como “escoria”  (scum), “mentirosos” y “gente despiadada y violenta” a los dirigentes de Teherán (autoproyección narcisita apuntó Pepe Escobar) y ordenó al Comando Central del Pentágono en el golfo Pérsico bombardear varios puntos del sur iraní.

Dos noches antes, en coordinación con Qatar y Omán, la Armada de EU había intentado hacer pasar a escondidas un convoy de cuatro buques por el estrecho de Ormuz a través de aguas omaníes, en vez de seguir la ruta autorizada por Irán. Según comentó Alastair Crooke, es posible que Trump imaginara (o le dijeran) que, con el funeral del líder supremo Jamenei en marcha, Irán no reaccionaría mientras la Quinta Flota intentaba abrir por la fuerza un corredor bajo control estadunidense.

Pero la nación persa, que de acuerdo con el memorando de entendimiento había asumido la responsabilidad de reabrir y administrar el estrecho de Ormuz, y estableció una ruta marítima especial para el paso de embarcaciones por ese punto estratégico, respondió directamente al desafío atacando dos buques con misiles y un tercero con un dron armado. Un cuarto petrolero de propiedad qatarí, cargado de gas natural licuado, fue incendiado, lo que obligó a su tripulación a abandonar el buque siniestrado.

La vía diplomática no solo se encuentra estancada: ha muerto, sepultada por el aventurerismo de Trump, su secretario de Estado, Marco Rubio y del expresentador de televisión, Peter Hegseth, reconvertido en jefe del Pentágono. Según Teherán, las incursiones navales de EU en la zona económica exclusiva iraní, los ciberataques dirigidos contra infraestructuras de comunicación del país y el reciente despliegue de grupos de ataque de portaaviones a escasa distancia del litoral iraní constituyen claras violaciones de los términos del memorando de entendimiento.

Escalada militar y bombardeos recíprocos

Desde hace una semana los intermitentes ataques de baja intensidad no han cesado. En un continuum, las fuerzas navales y aéreas estadunidenses han venido atacando decenas de objetivos militares cerca del estrecho de Ormuz y en zonas costeras iraníes. El Comando Central de EU anunció, además, la reanudación del bloqueo naval contra puertos iraníes. Los ataques han dejado siete militares y más de 30 civiles iraníes muertos, además de 260 heridos.

Trump advirtió que los ataques continuarán hasta degradar las capacidades militares iraníes y en declaraciones a Fox News amagó con destruir plantas eléctricas, puentes y objetivos energéticos si Irán no acepta “negociar” (por la fuerza). La vieja estrategia mafiosa estadunidense del palo y la zanahoria. El mandatario declaró que las operaciones seguirán hasta que él mismo diga que “ya es basta” y no descartó una operación terrestre contra la isla petrolera de Jarg. También amenazó con tomar el control del estrecho de Ormuz y cobrar un peaje de 20 por ciento de la carga de los buques mercantes que naveguen por la estratégica vía, afirmando que Washington “ganaría mucho dinero” al hacerlo, pero el martes ya se había retractado.

Washington ha desmantelado sistemáticamente todas las vías diplomáticas de desescalada, dejando a Teherán sin otra alternativa que responder con represalias (tit for tat) contundentes y decisivas. Irán afirma estar respondiendo en ejercicio inherente e irrenunciable del derecho de un Estado soberano a la legítima defensa conforme al derecho internacional, en particular al artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, a lo que califica de violaciones flagrantes al memorando de entendimiento por Estados Unidos.

Con base en ello, Irán ha lanzado sucesivas oleadas de operaciones relámpago contra instalaciones militares de Washington ubicadas en Jordania, Kuwait, Baréin, Omán y los Emiratos Árabes Unidos. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica  (CGRI) advirtió que no se exportará “ni una sola gota de petróleo o gas” de la región mientras continúen las agresiones estadunidenses.

Imágenes satelitales difundidas por Hispantv, medio operado por la radio y la televisión oficial iraní, dieron cuenta, ayer, miércoles, de la destrucción del centro de mando y control de drones en la base de la Quinta Flota de EU en Baréin, responsable de las operaciones navales en el Golfo Pérsico, el mar Rojo, el mar Arábigo y parte del océano Índico.

El martes, el CGRI había informado que ataques con misiles y drones lograron incendiar los tanques de combustible de la Quinta Flota, además de neutralizar un radar Patriot, el radar de control aéreo de la flota, un sistema de alerta temprana C-RAM y el centro de monitoreo de embarcaciones no tripuladas. Los ataques de represalia iraníes también han golpeado la base aérea de Al Udeid, en Qatar, el mayor centro de mantenimiento y reparación de aviones cazas militares de Estados Unidos en Asia Occidental.

El CGRI dio a conocer, también, que la madrugada del miércoles sus fuerzas terrestres y aeroespaciales lanzaron misiles y drones contra el centro de comunicaciones por satélite, el radar de defensa antimisiles y aérea, el complejo de defensa aérea Patriot, la base militar estadunidense en Kuwait así como las plataformas de lanzamiento de los misiles HIMARS. En la misma jornada, ese órgano militar iraní dijo que destruyó los refugios de los cazas F-15, F-16 y F-35, así como varios drones estratégicos estadounidenses MQ-9 estacionados en la base de Al-Azraq, en Jordania.

Teherán considera ahora que dispone de plena legitimidad para recurrir a todo el abanico de opciones militares, asimétricas y económicas a su alcance. Argumenta que la relación explícita entre el colapso de la vía diplomática y la escalada militar no responde a una elección, sino a una necesidad destinada a demostrar a Estados Unidos cuál es su verdadero lugar. Sostiene que Washington encendió la mecha, y ahora es Irán quien decide dónde se producirá la explosión.

 

Teherán, la unidad de los frentes y Bab El-Mandeb

Por la vía de los hechos, el estrecho de Ormuz ha dejado de ser un simple cuello de botella geográfico para convertirse en un instrumento decisivo del poder y la capacidad estratégica del Estado iraní, con potencial para reconfigurar de forma permanente la arquitectura geopolítica de una región definida durante décadas por la expansión sin restricciones del poder naval estadunidense.

Irán ha dicho que no cederá ni un solo centímetro de su territorio y sus aguas jurisdiccionales. Que no hará concesión alguna respecto al estrecho. Que continuará administrando esta vía marítima conforme a sus derechos soberanos y a las nuevas realidades sobre el terreno, porque Estados Unidos, mediante sus continuas violaciones y actos de agresión, no ha dejado otra alternativa.

Todo indica que Estados Unidos fracasará en su intento desesperado por restablecer el statu quo previo a la guerra en el estrecho de Ormuz, lo que refleja el agotamiento estratégico y el fracaso cognitivo de la maquinaria bélica de la única superpotencia militar del mundo. Esa rectificación constituye un éxito fundamental de la resistencia y la capacidad de disuasión de Irán frente a una agresión militar estadunidense-israelí de gran escala, no provocada e ilegal.

Washington se ha visto obligado a abandonar sus ambiciones maximalistas –el cambio de régimen; el desmantelamiento del programa nuclear iraní; la destrucción del sofisticado sistema misilístico y de la red de influencia regional de Irán, y la balcanización de la República Islámica en beneficio de la construcción mesiánica del Gran Israel–, para concentrarse ahora en intentar ejercer un control ilegítimo sobre una estrecha vía marítima cuya administración corresponde legalmente a Irán.

De acuerdo con un análisis de Hispantv, esa interpretación se sustenta en la realidad material. Durante más de 40 años, Estados Unidos ha alternado entre sanciones económicas, operaciones encubiertas, ataques militares limitados y compromisos diplomáticos, sin que ninguna de esas estrategias haya producido los resultados deseados.

La reducción del foco estratégico al estrecho de Ormuz, por impactante que resulte desde el punto de vista simbólico, representa en realidad una contracción de las ambiciones imperiales. Se trata de una batalla de voluntades: un enfrentamiento prolongado y de alto riesgo en el que el desgaste, la determinación y la capacidad para soportar los costes, más que la mera superioridad militar, serán los factores que decidirán el desenlace. E Irán parece tener las cartas en sus manos para ganar.

En ese terreno, el gobierno de la nación persa dispone de una ventaja asimétrica: la proximidad geográfica; recursos navales de bajo coste, entre ellos enjambres de lanchas rápidas y minas navales; tácticas de guerra asimétrica de desgaste, como operaciones especiales helitransportadas; y una tolerancia significativamente mayor frente a las perturbaciones económicas y al coste humano.

Estados Unidos, por el contrario, opera al final de una extensa cadena logística y debe responder ante una opinión pública interna que muestra un creciente desgaste con cada mes de compromiso militar indefinido. Ello, en la antesala de las elecciones estadunidenses de medio término y con el Partido Republicano de Trump bajando en las encuestas.

De acuerdo con Hispantv, el colapso de la vía política no constituye un revés para la diplomacia, sino un catalizador que acelera la acción en el campo de batalla. La televisora iraní sostiene que, para Teherán, la diplomacia nunca fue una alternativa a la confrontación, sino una vía paralela que, una vez traicionada, libera fuerzas que Washington ya no puede controlar.

Para Irán, la importancia del estrecho de Ormuz trasciende las dimensiones económica y militar. Constituye un poderoso símbolo nacional, un derecho inalienable del pueblo iraní y una expresión de la integridad territorial en la vía marítima conocida histórica y jurídicamente como Golfo Pérsico. Irán sostiene que la administración del estrecho constituye un derecho soberano, posición que ha reforzado mediante la presentación de legislación destinada a regular formalmente esta vía marítima y establecer zonas de seguridad.

A su vez, desde la perspectiva iraní, la cooperación de las monarquías petroleras árabes del Golfo Pérsico con Washington representa una violación de su integridad territorial. Ya sea porque han colaborado o colaboran activamente con las fuerzas castrenses de EU o porque son incapaces de eliminar las bases militares del Pentágono de sus territorios, esos Estados son considerados cómplices directos de los crímenes de guerra cometidos contra la nación persa.

Quizá el elemento de mayor trascendencia estratégica de la nueva doctrina regional iraní sea el vínculo explícito que establece entre la confrontación en el estrecho de Ormuz y el levantamiento del bloqueo –que considera ilegal– impuesto  por EU a Yemen, un eslabón clave del llamado Eje de la Resistencia, compuesto por Hezbolá en el Líbano, Hamás en Gaza, Ansarolá en Yemen y diversos grupos de la Resistencia iraquí.

La regionalización de la batalla por el estrecho de Ormuz revela una estrategia refinada, compleja e interconectada que concibe los distintos escenarios militares como componentes de un único marco operativo. El empleo de los activos estratégicos de Yemen –especialmente el estrecho de Bab El-Mandeb– constituye un componente esencial de esa estrategia, por estar situado en la entrada meridional del mar Rojo, controlar el acceso al canal de Suez y constituir una de las arterias marítimas más importantes del mundo.

La capacidad iraní de amenazar el transporte marítimo mundial en dos escenarios distintos –el Golfo Pérsico y el mar Rojo–, supondría un incremento significativo de su poder de influencia estratégica, ya que los mercados energéticos internacionales, marcados desde febrero pasado por la incertidumbre, afrontarían interrupciones acumulativas en las cadenas de suministro. Las primas de los seguros marítimos se dispararían y las repercusiones geopolíticas se extenderían a Europa, China, India, Japón y otras regiones del mundo.

Al establecer desde ahora estos vínculos operativos, Irán ha configurado una estructura de mando integrada y multifrente, capaz de responder a cualquier agresión de EU e Israel mediante acciones coordinadas y simultáneas en diversos teatros de operaciones.

Además, como respuesta a las sanciones de EU, al plantear la posibilidad de restringir o incluso cerrar completamente el estrecho de Ormuz, Irán desafía directamente el orden energético mundial. Desde esa perspectiva, no se trataría de una agresión económica, sino de una forma de legítima defensa económica.

 

El factor geográfico y la obsolescencia estratégica de EU

Un punto adicional ya mencionado que juega a favor de Teherán es la geografía. Irán cuenta con mil 400 kilómetros de costas en el Golfo Pérsico, un espacio semicerrado de aguas poco profundas en gran parte de su extensión, donde la ventaja tecnológica de los destructores y portaaviones de EU se diluye ante la proliferación de amenazas asimétricas. Irán ha dedicado décadas a estudiar las vulnerabilidades de la Quinta Flota, desarrollando un ecosistema de disuasión que integra misiles antibuque costeros, enjambres de lanchas rápidas, drones navales y minas inteligentes.

Además, con un ancho mínimo de apenas 34 kilómetros y un canal de tráfico de separación de tan solo tres kilómetros en cada dirección, el espacio de maniobra para los superpetroleros en el estrecho de Ormuz es extremadamente reducido. La costa iraní, montañosa y continua, junto con el control efectivo sobre islas estratégicas como Bu Musa y las Tunbs, otorga a Teherán una posición de vigilancia dominante. Eso hace que, para EU, que se encuentra a 10 mil 300 kilómetros de Ormuz y que hasta ahora disponía de 19 bases militares y 50 mil efectivos militares en el Pérsico, imponer un bloqueo naval y socavar el control soberano iraní sobre sobre esa vía marítima, sea prácticamente imposible.

Las implicaciones son profundas. La geografía impone sus propios términos de manera inexorable. Irán no se limita a defender su litoral; en la práctica está reescribiendo las reglas del enfrentamiento en una región que durante décadas estuvo definida por la hegemonía naval estadunidense. Durante ese lapso, el liderazgo iraní ha demostrado una notable capacidad de paciencia estratégica y de cálculo del riesgo. Comprende el coste de la guerra porque lo ha experimentado directamente. Se trata de un sistema de gobierno que, a través de una experiencia amarga, ha llegado a la conclusión de que la rendición resulta más costosa que la resistencia. De allí que ha desarrollado una capacidad de disuasión que se fundamenta en una comprensión profunda de su propia geografía como herramienta de soberanía descolonial. 

La incapacidad de Washington para procesar esa realidad geográfica acelera su propia obsolescencia estratégica. Esa desconexión crónica entre la planificación militar de Washington y la realidad geográfica del terreno expone los límites estructurales de un poder que confunde los mapas con el territorio. En definitiva, para Estados Unidos es un intento por preservar su hegemonía, amenazada, además, por la  persistente desdolarización de la economía mundial y la irrupción de nuevas potencias y actores emergentes (China, Rusia, los países del Bric). Para Irán se trata de un problema existencial; de la sobrevivencia de una nación con sus fronteras históricas y una cultura milenaria.

 

(*) Carlos Fazio, escritor, periodista y académico uruguayo residente en México. Doctor Honoris Causa de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Autor de diversos libros y publicaciones. Miembro de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (Capítulo México)

(**) Profesor Adán Iglesias Toledo, Dibujante Gráfico Cubano, Caricaturista Editorial y Director del Medio humorístico DEDETE del Periódico Juventud Rebelde, miembro de la UNEAC, la UPEC y la REDH (Capítulo Cuba). Colabora con varios medios de prensa en su país y en el extranjero. Autor de varios logotipos y campañas publicitarias, posee en su haber múltiples exposiciones individuales y colectivas, talleres e intervenciones nacionales e internacionales, y ha sido premiado más de 40 veces en su país y otros países.

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