Darle voz al Sur (a propósito del segundo aniversario de Alma Plus Tv)

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El Sur Global reclama una voz propia frente a la hegemonía mediática, el colonialismo informativo y la concentración del poder comunicacional.

Por Michel Torres Corona (*)

 

Nos dice Benedetti en un poema —musicalizado por Joan Manuel Serrat— que “el Sur también existe”, y no es una perogullada: alude a la sistemática invisibilización a la que el “canon occidental”, en todas sus versiones, condena a los que no orbitamos en torno a las estructuras y relatos hegemónicos, y mucho menos ejercemos poder.

Occidente lleva siglos narrando el mundo con la falsa seguridad del cartógrafo que dibuja fronteras en el mapa de una tierra que desconoce por completo, que no le interesa conocer; una tierra de “inferiores”. Pero la conciencia, como el suelo, se mueve; y el epicentro de todos esos “movimientos tectónicos” del pensar y el existir están —de una forma u otra— en el llamado Sur Global.

El Sur no es el «otro» mundo (o ese “tercer mundo” que a veces se utiliza de forma despectiva); es el laboratorio del futuro, allí donde vibran a plenitud la “dura esperanza” de los pueblos alimentada por nuestra “fe veterana”… y sigo citando al poeta uruguayo. Sin embargo, la prensa hegemónica continúa tratándonos como periferia que puede resultar pintoresca o trágica, según interese.

El Sur, por ende, precisa de voz propia, instrumentos ideológicos propios que traduzcan sus aspiraciones y necesidades, una prensa con agenda propia; un discurso autóctono, emancipado epistemológicamente.

Como plantea Boaventura de Sousa Santos en Una epistemología del Sur, no hay justicia social global sin justicia cognitiva global. Para el sociólogo portugués, el Sur no es una coordenada geográfica sino «una metáfora del sufrimiento humano sistemáticamente causado por el colonialismo y el capitalismo», un Sur que «también existe en el Norte global geográfico».

La epistemología del Sur busca «otorgar visibilidad y credibilizar las prácticas cognitivas de las clases, de los pueblos y de los grupos sociales que han sido históricamente victimizados». Aplicar esta mirada al periodismo y a la comunicación es asimilar que las formas de conocer, narrar y jerarquizar la realidad no son universales: son políticas y están condicionadas histórica y socialmente.

¿A qué se enfrenta este afán existencialista del Sur? A un conglomerado de medios que, de ser necesario, funcionan como un solo puño opresor, asesinando caracteres, o como una sutil mordaza que solo permite el discurrir de ciertos y determinados enfoques en detrimento de otros menos serviciales a sus intereses.

La concentración mediática no es solo un problema de propiedad en manos de un puñado de gigantescas corporaciones, aunque los datos en concreto son muy elocuentes: si en la década de 1980 existían 50 grandes empresas en Estados Unidos que controlaban el 90% del sector mediático, en la actualidad esa cifra se ha reducido drásticamente a apenas seis grandes conglomerados transnacionales.

Estos supergigantes —Time Warner, Disney, NewsCorp, NBC Universal, Viacom y CBS— controlan el 70% del negocio mediático a nivel planetario y son propietarios de aproximadamente 1500 periódicos, 1100 revistas, 2400 editoriales, 9000 emisoras de radio y 1500 cadenas de televisión.

Nuestra querida burguesía planetaria se ha hecho de un formidable aparato de producción de ideas y contenidos que puede ayudar a configurar (o desfigurar) la visión que tengamos del mundo, de la realidad y hasta de nosotros mismos, con todas las asimetrías e hipocresías a las que un poder ejercido de forma antidemocrática conduce.

Cuando Reuters, AFP o AP publican un cable sobre manifestaciones en Bolivia o en Cuba, se apuran a etiquetarlas como «crisis institucional»; cuando ocurre algo similar en Francia, es «malestar social». Es geopolítica hecha palabras: un discurso de distinción que marca jerarquía, que impone códigos injustos. Como señala el académico zimbabuense Zvenyika Eckson Mugari, “la episteme noticiosa dominante occidental se mantuvo firme y permaneció hegemónica, y el producto de sus procesos epistémicos —la noticia— ha gozado del estatus de verdad quintaesencial”.

La narrativa global hegemónica intenta establecer como verdad incuestionable, como prejuicio, que el Sur es caos y el Norte es orden y civilización. Los corresponsales europeos o estadounidenses que aterrizan por 72 horas en Puerto Príncipe o en el Líbano y escriben sobre la “verdad absoluta” apenas regresan a sus hogares no hacen más que servir de cajas de resonancia para ese discurso banal, que nos cosifica y subestima.

A todo ello debemos oponer conciencia, memoria y valentía, para que no nos vendan como panacea una política colonial del siglo XIX, para que no borren nuestra identidad o editen nuestro pasado, para que podamos continuar siendo.

En los medios de comunicación que a veces aun nosotros mismos llamamos “líderes” o los consideramos referentes, apenas se refieren al Sur global, a pesar de que allí vive aproximadamente el 85% de la población mundial. Y si lo hacen, la mayoría de las veces es desde la caricatura o desde la superioridad.

Precisamos de plataformas propias que puedan romper esa jerarquía, que puedan ir conformando su propia agenda en función de nuestros intereses y no desde los que practican el colonialismo y el turismo mediático. Hay que desmontar el dogma de la “neutralidad”, a lo que nos llama Pascual Serrano: el periodista debe aspirar a la objetividad, pero es una falacia que pueda ser imparcial. El periodista, como ser humano —como ciudadano, como animal político— está situado en la realidad no como Inteligencia Artificial sino como testigo y actor de la transformación de esa realidad.

El periodista o el comunicador del Sur cubre a la guerrilla entendiendo que su fuente puede ser su vecino, que las víctimas de la represión de una dictadura militar pueden ser sus familiares, el migrante puede ser su hermano; el que pertenece y defiende al Sur habla desde el compromiso fáctico, sabiendo que son sus hijas las que pueden morir por estar “en el momento y en el lugar equivocados”. No es solo su espíritu sino su propio cuerpo, atado a la comunidad, lo que pone en riesgo.

Y no podemos ver eso como un sesgo, a la manera del canon liberal, que busca la asepsia en el relato: el método del discurso contrahegemónico es encarnar la realidad, padecerla. Es un testimonio que toma partido, que intenta revolucionar… aunque implique el más alto sacrificio.

Según el Comité para la Protección de los Periodistas, tuvimos el triste mérito de romper un récord en 2025, con más de 129 trabajadores de la prensa asesinados en el mundo. Dos tercios de esas muertes se atribuyen a “Israel” y al genocidio que comete el ente sionista en el Medio Oriente, en alianza con el imperialismo estadounidense. La neutralidad es un lujo que no podemos permitirnos: las víctimas de alzar la voz contra la injusticia somos nosotros mismos. Esas campanas doblan por cualquiera que, desde el “tercer mundo”, se atreva a denunciar crímenes cometidos por la élite global o a cuestionar el discurso hegemónico. Pero, como diría Roque Dalton, por la verdad todos los lutos.

La solución, por supuesto, no puede ser el aislamiento. No se trata de crear una cortina de hierro o una cámara de eco donde hablemos entre pocos y para menos. Hay que urdir redes horizontales, más allá de las redes digitales, establecer alianzas entre medios de Latinoamérica, África y Asia, compartir pautas de cobertura e intercambiar corresponsales; hacer de nuestra agenda un grito que el Norte, quiera o no, tenga que escuchar y replicar, a riesgo de invalidarse por bochornosa inoperancia.

Como afirma Boaventura de Sousa Santos, el capitalismo y el colonialismo «continúan profundamente entrelazados, aunque las formas de articulación hayan variado a lo largo del tiempo». La concentración mediática es una de esas formas renovadas de articulación colonial. Frente a ella, el periodismo del Sur debe apuntar, como propone la epistemología del Sur, a «prácticas de conocimiento que permitan intensificar la voluntad de transformación social».

Dejemos de preguntarnos cómo hacer para que The New York Times publique nuestra historia. Preguntémonos cómo hacer para que The New York Times tenga que leernos para entender su propio mundo. No seamos el cadáver sobre el que otros practican la autopsia: esgrimamos el escalpelo para segar el cáncer que carcome nuestras sociedades. El mundo necesita, desesperadamente, a quienes están dispuestos a sangrar por la verdad. El mundo necesita al Sur para darse a sí mismo otra oportunidad. ¿Seremos capaces de contar esa historia?

Darle voz al Sur es darnos voz a nosotros mismos, y comenzar a articular con palabras el consenso social que nos permita transformar el mundo a nuestra imagen y semejanza, a contrapelo de los intereses de los actuales gendarmes del planeta. Aunque el Norte todavía ordena —como en el poema de Benedetti— nuestra voz es la clave para existir y resistir. La tarea es ardua pero no imposible y, como dicen los chinos, el camino más largo comienza con el primer paso.

(Tomado de AlmaPlus.tv)

 

 

(*) Michel Torres Corona, abogado y comunicador cubano, conductor del programa «Con Filo» de la Televisión Cubana. Director del grupo editorial Nuevo Milenio, es además colaborador de varios medios de su país y el mundo.

(**) Marina Cultelli, Es una de las artistas uruguayas contemporáneas más versátiles, integrante de la RedH y de su colectivo feminista Libertadoras. Es Licenciada en Artes Escénicas, Magister y fue Profesora en Facultad de Artes (UDELAR), donde integró órganos directivos además de dictar cursos en otras universidades latinoamericanas. Recibió premios nacionales e internacionales. Fue Asesora en Educación y Arte. Desarrolló trayectoria teatral y es autora de varias publicaciones individuales y colectivas. Realizó exposiciones de pintura y performances.

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