Por Maribel Acosta Damas (*)
Portada, Adán Iglesias Toledo (**)
En un seguimiento a las elecciones en Brasil, retomamos el análisis de la victoria de Luis Ignacio Lula da Silva con el periodista brasileño Paulo de Tarso Riccordi.
Maribel Acosta Damas (MAD)-. ¿Qué significa esta victoria de Lula? Parecía imposible. ¿Qué marcó la diferencia?
Paulo de Tarso Riccordi – Este fue el retorno más extraordinario al método político de los orígenes democráticos de la izquierda: la movilización de las bases partidarias y sociales, de carácter horizontal y autónomo, independiente de la dirección de los partidos y de la campaña electoral —esta última, burocratizada y profesionalizada—.
Tantos años de gobierno habían anquilosado al PT y casi aplastado a todos los demás partidos de izquierda. Desde hace dos décadas y media, las decisiones partidarias pasaron a ser tomadas por un núcleo reducido en torno a Lula y, a través de sus mandatos, por los diputados y senadores, guiados por la lógica de sus propios intereses electorales. Esto cortó, en la práctica, la relación directa con los militantes del partido, dejando de lado y desmovilizando a las instancias de base —los núcleos, las organizaciones barriales, distritales y temáticas—, tanto dentro del partido como en la sociedad, como si se hubiera delegado en el gobierno la tarea de decidir por todos. No solo el partido, sino también sus gobiernos, fueron absorbidos por la institucionalidad política burguesa; se autonomizaron respecto a sus militantes y a sus simpatizantes no orgánicos. Incluso la práctica democrática más potente para el ejercicio de la voluntad popular sobre el gobierno —el Presupuesto Participativo— fue prácticamente abandonada por los gobiernos estatales y municipales del PT.
El resultado más trágico fue que los militantes del partido pasaron a tener, como única fuente de información, los noticieros de los grandes grupos de comunicación; medios que se mostraban abiertamente contrarios al PT, a Lula y a sus gobiernos.
Gradualmente, la vida social y política comenzó a desarrollarse a través de grupos propios en las redes sociales, sin conexión alguna con el PT ni con el gobierno.
Las demandas populares —principalmente aquellas vinculadas a la identidad— se organizaron al margen de los gobiernos. Los trotskistas del Partido del Socialismo y la Libertad (PSOL) fueron quienes más se beneficiaron de esto: en muy pocos años están impulsando una renovación consistente en los parlamentos, eligiendo a jóvenes diputados y diputadas —negros, gais, transexuales— con una votación masiva.
La transexual Erika Hilton (PSOL-SP) obtuvo la segunda mayor votación para diputada federal por São Paulo (1.596.472 votos).
Mientras tanto, el PT tiene, entre sus dirigentes más «jóvenes», a personas que han ocupado cargos electivos de forma ininterrumpida durante 20 e incluso 40 años. Sus fundadores, todos jubilados, tienen más de 70 años de edad. El PT ha perdido su frescura y su capacidad de diferenciarse de los partidos de centro. Cuando los críticos hablan de «renovación política», el PT es el blanco principal.
Por ello, la derrota de Lula en la primera vuelta de esta elección fue un maravilloso choque de realidad. Puso de manifiesto el fracaso de la burocracia gubernamental y partidaria, también en la conducción de la campaña electoral.
Posteriormente, la grave amenaza del bolsonarismo, de la extrema derecha y de la ocupación del Estado por parte de milicias y mafias provocó una reacción espontánea de los ciudadanos que aún consideran la democracia un valor y que identificaron el riesgo para su propia existencia.
El tercer motivo que movilizó a la sociedad fue el modelo de «ajuste social» de Trump y Marco Rubio. Nuestros vecinos, Argentina y Chile, demuestran a diario lo que podría sucedernos a nosotros. Los jubilados salieron de sus casas no tanto para votar por Lula, sino para votar contra la destrucción de las garantías mínimas de sus ingresos. Finalmente, las políticas públicas de protección social se hicieron visibles en sus vidas. Lo mismo ocurrió con los estudiantes, profesores y científicos de las universidades públicas.
Había mucho que defender, desde la laicidad del Estado hasta la diversidad sexual.
De hecho, la amenaza que representaba la agenda de la extrema derecha unificó a los demócratas en general, desde la izquierda hasta el centro liberal.
Entre la primera y la segunda vuelta, la abstención electoral se redujo en 5 millones de votos, alcanzando la cifra más baja de nuestra historia.
La movilización espontánea de la sociedad en defensa de sus intereses y derechos fue fundamental para la cuarta victoria de Lula y la sexta del PT.
En su primer discurso tras la victoria, reconoció este hecho. Como militante político experimentado —que enfrentó la dictadura militar, fue presidente del Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo, y fundador de la Central Única de los Trabajadores (CUT) y del PT—, sabe dónde reside el poder real: prometió integrar las consultas populares en el proceso de gobierno. «Vamos a cambiar la forma de gobernar Brasil. Haremos que el pueblo participe mucho más en las decisiones del Gobierno». Además, se apoyará en las movilizaciones de masas para presionar a un Congreso de mayoría derechista. Se mostró muy impresionado y agradecido con el diputado André Janones por la organización de la red de simpatizantes denominada «Ejército de Lula», que en pocos días logró sumar a 10 millones de seguidores.
Los hechos convencieron a Lula de fortalecer las redes de comunicación directa con el pueblo, tal como los militantes de este sector le han propuesto desde hace 40 años. En cambio, él creía ser capaz de convencer a los grandes grupos mediáticos de practicar un periodismo imparcial y una comunicación republicana, a pesar de las evidencias en contra —existentes desde la fundación del PT en 1980— y de la interferencia de la Rede Globo en la primera elección presidencial directa tras la dictadura militar, en 1989.
«No voy a permitir ser interpretado por periodistas de mala fe», afirmó Lula en su discurso de victoria, la noche de este domingo 25.
La cuarta elección de Lula se atribuye a esta movilización a través de las redes sociales; a la ocupación de las calles del país por parte de los jóvenes y de los mayores de 70 años —impulsados por el temor a recortes en las políticas sociales y a la privatización de sectores clave del Estado—; así como a la toma del poder por parte de milicias y saqueadores del Estado, sumado al creciente poder de la familia Bolsonaro y de la ultraderecha. Irónicamente, el auge de la extrema derecha resultó decisivo para la victoria de Lula.
MAD-. ¿Cuáles aprendizajes deja esta segunda vuelta electoral en Brasil luego de un escenario muy complicado para la izquierda?
Paulo de Tarso Riccordi – Este es un momento crucial para la izquierda. Nunca, desde la dictadura cívico-militar (1964-1985), un partido había elegido tantos senadores como el PL de Bolsonaro. Con apenas 16 aliados, Lula tendría que abandonar agendas como —simbólicamente— la tributación a los superricos, y hacer aún más concesiones a la derecha.
El partido de la familia Bolsonaro, el Partido «Liberal», contará con 28 de los 81 senadores a partir de 2027, conformando la mayor bancada del Senado. Además, mantiene una sólida alianza con los partidos vinculados a los pastores pentecostales y a los grandes terratenientes; lo que la prensa denomina, irónicamente, «las bancadas del buey, la bala y la Biblia».
Lula dispondrá de un núcleo de aproximadamente 16 senadores. Para alcanzar la mayoría absoluta en el Senado, necesitará 41 votos. Su capacidad de negociación será puesta a prueba como nunca antes. Tanto él como la extrema derecha han salido victoriosos en estas elecciones y disputarán en el Congreso los votos de los diputados y senadores del Centrão —un bloque político pragmático y heterogéneo—, expertos en vender sus votos a un alto precio ante cada proyecto presentado por el gobierno. No obstante, existe un movimiento relevante: el poderoso presidente del Senado, Davi Alcolumbre, ha retomado su alianza con Lula. Será crucial disputar los votos de la derecha, la cual ha sido aplastada por la ultraderecha y necesita diferenciarse del bolsonarismo. Tras su victoria, Lula declaró: «Este país tiene que ser civilizado. Un Gobierno basándose en la Constitución. Fue el pueblo quien eligió este Congreso, y es con él con quien voy a gobernar».
Cabe recordar que el Senado es la cámara encargada de aprobar o rechazar los nombramientos presidenciales para el Tribunal Supremo Federal, además de juzgar las solicitudes de destitución (impeachment) contra miembros de los tres poderes del Estado. Los bolsonaristas en el Senado pretenden destituir al magistrado Alexandre de Moraes, quien encabeza los procesos judiciales contra la familia Bolsonaro y sus vínculos con el crimen organizado. Fue el Senado el que destituyó a la presidenta Dilma Rousseff en 2016, dando inicio a la gran crisis que desembocó en la elección de Jair Bolsonaro y en el crecimiento de la ultraderecha en Brasil.
Para Lula, es vital lograr que el Senado apruebe sus cuatro nombramientos para el STF (Supremo Tribunal Federal) durante sus cuatro años de gobierno, a fin de garantizar la independencia y la continuidad de los procesos judiciales contra los miembros de la familia Bolsonaro y sus vínculos con el crimen organizado.

MAD-. ¿Cuáles son los escenarios a futuro en términos de gobernabilidad?
Paulo de Tarso Riccordi – El gobierno de Lula ya era una alianza socialdemócrata con el centro y la centroderecha. Ahora, la extrema derecha ha aplastado a los partidos de derecha, ha absorbido a la mayor parte de sus cuadros políticos y ha cautivado al «pobre de derecha». Este es el peor escenario que hemos vivido: el apoyo electoral a la extrema derecha, comparable al nazifascismo alemán de 1932-33.
Ante una mayoría hostil en el Congreso Nacional, es de esperar que Lula se desplace un poco más hacia el centro. En más de una ocasión, Lula ha afirmado que no es un político de izquierda. Es un reformista, partidario del Estado de bienestar, y sus tres mandatos fueron extraordinarios en este sentido. Es un negociador casi inigualable y un demócrata sincero. Sin duda, tendrá que ceder más hacia el centro para intentar recuperar la hegemonía y mantener un gobierno socialdemócrata, basado en políticas públicas que garanticen los derechos sociales y reduzcan las desigualdades.
Su apuesta consiste en la distribución de la renta para reducir la pobreza y, por consiguiente, ampliar la clase media, fomentando el consumo interno con el fin de impulsar un salto en los ámbitos comercial, industrial y tecnológico.
Irónicamente, los aranceles adicionales impuestos por Trump terminaron beneficiando a Brasil, al propiciar la apertura o el aumento de las ventas hacia Europa y diversos países asiáticos.
Lula confía plenamente en el poder de atracción del mercado interno brasileño, que cuenta con cerca de 213 millones de personas.
También apuesta por los beneficios que generarán los nuevos yacimientos petrolíferos y los depósitos de minerales raros. «Este país va a invertir mucho en la economía digital, en la economía verde y en la economía creativa», afirmó Lula.
Es el líder de un país con grandes riquezas subterráneas. Además, es un líder internacional y un negociador confiable. Es una buena combinación. En este potencial se apoya no solo el mantenimiento, sino también la expansión de la distribución de la renta, la reducción de la pobreza y la disminución de las desigualdades sociales; este es su proyecto personal, el de un niño que creció en la pobreza.
«Soy el único presidente sin título universitario. El único en el mundo que ha gobernado durante cuatro mandatos.
Fue el deseo de un futuro mejor —el que ustedes quieren para sus hijos— lo que ganó esta elección. El 27 (de octubre) cumplo 81 años. Y voy a realizar el mejor mandato que un presidente haya llevado a cabo jamás».
MAD-. ¿Cómo evalúa el impacto de este triunfo de Lula en la geopolítica latinoamericana y mundial?
Paulo de Tarso Riccordi-. La cuarta elección de Lula lo fortalece internacionalmente como un interlocutor necesario entre los principales líderes mundiales, en un ámbito donde ya opera. Se ha posicionado como opositor a la injerencia estadounidense en Oriente Medio y Latinoamérica, y se espera que intensifique esta postura.
En estas elecciones, la administración Trump y las grandes empresas tecnológicas intentaron influir en el resultado a favor de su aliado Bolsonaro. No fue casualidad que, poco después de conocerse los resultados, Donald Trump declarara que las elecciones parecían fraudulentas, y Flávio Bolsonaro anunciara que solicitaría su anulación (en contra de la opinión de su propio partido, que la validó).
Un informe de The Guardian, publicado el 30 de septiembre, reveló que la administración de Donald Trump destinó 177 millones de dólares a iniciativas conservadoras y de extrema derecha en varios países, incluido Brasil. Asimismo, en vísperas de las elecciones brasileñas, Trump destinó un millón de dólares estadounidenses para financiar acciones de la derecha contra el Tribunal Supremo Federal (proyecto «Combatir la guerra jurídica y la censura en Brasil»), que tiene como objetivo al ministro Alexandre de Moraes, considerado por la familia Bolsonaro como su enemigo número uno.
La noche de su victoria, Lula denunció los intentos de injerencia extranjera en las elecciones: «Estas fueron unas elecciones en las que tuvimos que superar la injerencia externa, a través de plataformas digitales». Y repitió lo que le había dicho a Donald Trump: «Brasil no es el patio trasero de nadie».
El distanciamiento de Brasil de Estados Unidos es notorio. La sostenibilidad del crecimiento del país dependerá sin duda del fortalecimiento de las relaciones comerciales y políticas fuera de la influencia estadounidense. Lula ya impulsa la expansión de los intercambios comerciales Sur-Sur y con los países BRICS, cuyo banco está presidido por la expresidenta brasileña Dilma Rousseff.
Desde su primer mandato, Lula ha priorizado las relaciones políticas y económicas con los países de Centroamérica, Sudamérica, el Caribe, África y Oriente Medio.
Fue significativo que la primera llamada telefónica para felicitar a Lula por su victoria proviniera de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum.

PANORAMA ELECTORAL
Lula obtuvo 10 millones de votos más que en la primera vuelta. Fue su mayor votación.
1.ª vuelta, Lula: 53.879.538
2.ª vuelta, Lula: 64.256.232 = atrajo a 10.376.694 electores adicionales entre la primera y la segunda vuelta.
1.ª vuelta, Flávio Bolsonaro: 56.104.503 votos
2.ª vuelta, Flávi Bolsonaro o: 59.826.041 = 3.721.538 votos más. Los demás candidatos anti-Lula sumaron 9.113.016.
Bolsonaro no logró captar 5.391.478 votos de la derecha; estos electores optaron por la abstención o decidieron votar por Lula.
Los demás candidatos de izquierda sumaron apenas 203.731 votos: Unidade Popular (UP), Partido Socialista dos Trabalhadores Unificado (PSTU), (Partido Comunista Operário (PCO) y Partido Comunista Brasileiro (PCB).
(*) Maribel Acosta Damas, Dra. en Ciencias de la Comunicación Social, Periodista cubana y docente de la Universidad de La Habana, trabaja y colabora con varios medios de su país y de otros países.
(**) Profesor Adán Iglesias Toledo, Dibujante Gráfico Cubano, Caricaturista Editorial y Director del Medio humorístico DEDETE del Periódico Juventud Rebelde, miembro de la UNEAC, la UPEC y la REDH (Capítulo Cuba). Colabora con varios medios de prensa en su país y en el extranjero. Autor de varios logotipos y campañas publicitarias, posee en su haber múltiples exposiciones individuales y colectivas, talleres e intervenciones nacionales e internacionales, y ha sido premiado más de 40 veces en su país y otros países.