Por Hugo Guzmán Rambaldi (*)
En Londres, Reino Unido, hay una tumba que tiene inscrito el nombre Miguel Enríquez Castillo.
Es la tumba del hijo de Miguel Enríquez y Carmen Castillo. El niño resistió unas semanas. Estaba lastimado debido a las heridas que su madre sufrió -estando embarazada- durante el enfrentamiento armado contra elementos de la DINA y las Fuerzas Armadas que ella y su compañero sostuvieron durante unas dos horas en una casa de calle Santa Fe en la comuna de San Miguel, el sábado 5 de octubre de 1974.
Lejos, en Santiago, en el Cementerio General, está la tumba de su padre, Miguel Humberto Enríquez Espinosa, quien aquella tarde murió el combate, siendo secretario general del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).
Esa fecha, hace 52 años, un numeroso grupo de la policía secreta pinochetista, dirigido por el entonces capitán de Ejército, Miguel Kraffnof, había alcanzado un objetivo. Dieron con la casa donde habitaba el secretario general del MIR, Miguel Enríquez Espinosa, a esa altura, uno de los líderes y organizadores de la izquierda chilena que iniciaba sus pasos en la resistencia al régimen dictatorial. “Nos cagamos a Miguel” decían los agentes.
El choque armado fue entre las 13:30 y las 15:30 horas. Carmen quedó seriamente herida por una granada que casi le voló un brazo. Miguel murió por el efecto de diez balazos recibidos en el cuerpo y la cabeza. Uno en el ojo izquierdo, habría sido el mortal.
En un momento del enfrentamiento, sus dos acompañantes, Humberto Sotomayor y José Bordas creyeron que la pareja estaba muerta y decidieron huir por el techo de la casa y casas vecinas. Lo lograron. Luego, Sotomayor se asiló en la Embajada de Italia y Bordas continuó en Chile militando en el MIR y moriría tiempo más tarde en un enfrentamiento con la DINA. Carmen Castillo sobrevivió gravemente herida, atendida en el Hospital Militar y luego expulsada del país.
Miguel Enríquez murió a los 30 años de edad. Había nacido, paradojas de la vida, el 27 de marzo de 1944, en la Base Naval de Talcahuano, en el Hospital Naval, donde laboraba su padre como médico de la Armada. Miguel fue el tercer hijo de Edgardo Enríquez Frödden y de Raquel Espinosa Towsend. Miguel fue el tercero de cuatro hijos; sus hermanos mayores fueron Marco y Edgardo y su hermana menor Inés. Lo bautizaron como Miguel Humberto en recuerdo de un hermano de su madre y por un tío, militante del Partido Radical, que quiso que ese niño llevara su nombre.
Edgardo Enríquez, hermano de Miguel y hoy parte de la lista de detenidos desaparecidos, dijo ese año que el jefe mirista “volcó su esfuerzo personal a las dos tareas centrales del nuevo período: la reorganización del Partido para las nuevas condiciones de la lucha política y militar de masas, y el impulso de la unidad de los partidos de izquierda y los cristianos progresistas para el derrocamiento de la Junta Militar”.
Para Edgardo Enríquez, la decisión de su hermano menor de permanecer en Chile y encarar los peligros y los desafíos de enfrentarse a una dictadura como la existente en el país, no tenía sólo un valor político o práctico, sino sobre todo moral. “Nunca lució más alto el prestigio del MIR que en esa época en que todo el mundo sabía que su secretario general permanecía en Chile a la cabeza del Partido. El pueblo sabía que él estaba allí, sabía que él se había quedado a cumplir con su deber y depositaba grandes esperanzas en él. Por su parte, él estaba convencido que ya no se debía a sí mismo, sino que a su papel de organizador y conductor” del pueblo.

El comienzo de todo
Pasó la infancia propia de hijos de una familia de clase media de la provincia de Concepción. Hizo sus primeros estudios en el colegio “Saint John’s” y la enseñanza media en el Liceo de Hombres de Concepción. Ya militando, a los 16 años, acogió el desafío de convertirse en médico y estudio en la Universidad de la ciudad, obteniendo el segundo lugar de calificaciones de su generación. Cuando se graduó, un grupo de destacados neurocirujanos le pidió a Miguel que se integrara al equipo que forjaba el afamado Instituto de Neurocirugía, pero el joven optó por su compromiso en el MIR.
Su madre y su hermana, sus amigos, recuerdan que se fascinaba con los platos de huevos fritos -podía comerse seis u ocho al día- los bocados de “lomo-palta” y los platos de “bisté a la pobre”. Una cómplice en su vida cotidiana fue la señora Celfia Romero Montes, “la nana” de la familia. A pesar de esquivarle al fútbol y el deporte, Miguel Enríquez disfrutó siempre de las excursiones y caminatas por cerros y bosques del sur chileno, iba mucho al cerro Caracol, Pasó buenas vacaciones en Chillán, en el fundo de Nolasco Peña, un amigo de sus padres, donde montaba a caballo, recorría cerros y hacía largas caminatas por el campo. Fumador desde joven, su hermano Marco contó que gustaba de los “Liberty” y los “Lucky Strike”.
De carácter fuerte, demostró varias veces, desde la niñez, sensibilidad social sobre todo al observar la pobreza en la natal Concepción y las localidades cercanas. Doña Raquel y Don Edgardo contaron que en una ocasión Miguel acompañó a su padre a realizar un trámite y vio salir de un sitio eriazo a unos niños muy pobres, descalzos, desabrigados. Preguntó a su papá porqué había niños en esa situación y don Edgardo le explicó que en Chile había niños pobres, sin escuela, sin vestimentas, sin alimentos. Miguel le dijo a su padre que él no permitiría más eso y lucharía para que no hubiera niños pobres. Su madre dijo que “ahí, ese día, nació Miguel Enríquez el joven que quería dedicarse al bien”.
Su hermano Marco lo metió en la vida política al llevarlo a reuniones y orientarle lecturas de clásicos revolucionarios. Hubo acercamientos a varios colectivos, sobre todo a la Juventud Socialista. A la influencia de su hermano Marco, se sumó la de amigos como Carlos Ramos, Luciano Cruz, Bautista Van Schouwen, con quienes, discrepando de los socialistas, partió a formar la Vanguardia Revolucionaria Marxista, antes de fundar el MIR el 15 de agosto de 1965.
Muchos cuentan que tenía un carácter impetuoso, y que de muy joven lo demostró como cuando un médico quiso desaprobarlo en ginecología por una exposición de Miguel; pero el estudiante había asistido a un seminario en Uruguay donde actualizó conocimientos que el profesor desconocía, lo cual Miguel le reprochó. Y cuando, en inglés, encaró al senador estadounidense Robert Kennedy en 1965, en el Hotel City de Concepción, por la guerra en Vietnam y la agresión a Cuba de parte de Estados Unidos.
Se contó que el estudiante de medicina era fiestero y alegre. En una fiesta y guitarreo, miró a una joven alegre que cantaba muy bonito, que se ría mucho, y que hacía comentarios incisivos. Le atrajo enormemente. Se conocieron, conversaron, se gustaron y comenzó el pololeo. Se trataba de Alejandra Pizarro Romero, una estudiante de sociología. La hermana de Miguel, Inés, contó que su hermano se fascinaba con la presencia de Alejandra y le encantaba su alegría. Finalmente se casaron. De ese matrimonio nació Javiera Alejandra Enríquez Pizarro. Tiempo después, se separaron. Ella sufría de crisis, según testigos de la época tuvo varios intentos de suicidio y uno de ellos se concretó, cuando se lanzó al paso de un tren y murió trágicamente. Eso golpeó a Miguel duramente.
Años después, tuvo una relación con Manuela Gumucio, con quien tuvo un hijo, Marco Antonio. Luego mantuvo su relación con Carmen Castillo, la “Catita” como él le decía.
Lejos de idealizaciones, varios amigos y amigas, y compañeras y compañeros, han comentado que si se trata de buscar defectos en Miguel Enríquez, uno era que adoptaba algunas actitudes autoritarias y otra que usaba la ironía en algunas discusiones. Algunos dijeron que en los primeros años de militancia, no era muy puntual.
Hay relatos, incluidos los de sus hermanos Marco e Inés, de que en la época de estudiante Miguel leía mucho clásicos (Marx, Lenin, Trosky) e historia de Chile; siendo secundario participó en protestas por el alza del transporte y la represión en Concepción; entre 1960 y 1062 participó en muchas iniciativas de apoyo a la Revolución Cubana; en su casa, a donde iban muchos profesionales, militantes, intelectuales -amigos de sus padres y de Marco- se dedicaba a escuchar y llegó un momento en que participa de los debates. Visitó muchas veces fundos y habló con los campesinos, y comunidades mapuches, donde fue con su hermano Marco y su amigo Carlos Ramos. Conversaba y compartía con jóvenes marxistas, troskistas, anarquistas. Ya siendo estudiante de medicina tenía una posición de dedicarse a la militancia política. Al rechazar un ofrecimiento de los doctores Asenjo y Gómez de integrarse a un naciente equipo de neurología, trazó el camino hacia el compromiso político.
El MIR, Salvador Allende
A mediados de la década del sesenta, durante el Gobierno de Eduardo Frei Montalva, con el desarrollo de la Revolución Cubana, el plan de la “revolución en libertad” de Estados Unidos, los movimientos guerrilleros y de liberación nacional en Latinoamérica y África, las jornadas de solidaridad con Vietnam, y la instalación de proyectos que se definían como de una “izquierda revolucionaria” que contrastaba con las posiciones de los partidos Comunista y Socialista, a lo que se sumaba una expansión de autores de teoría revolucionaria, generaciones como las de Miguel Enríquez vivieron un ímpetu ideológico, político y de activismo.
Junto a eso, la juventud de izquierda de esos años asimiló una ética y una estética, un conjunto de valores, aquilataron un sentido cultural, asumieron un comportamiento de vida en todos los ámbitos. Miguel y compañeros de él como Bautista Van Shouwen, Andrés Pascal y Nelson Gutiérrez fueron, por ejemplo, los mejores estudiantes de sus carreras universitarias.
Desprendidos de la Juventud Socialistas, siendo parte de la Vanguardia Revolucionaria Marxista, el grupo de compañeros de Miguel Enríquez comenzó a contactarse y a tratar con sindicatos, participaron (y ganaron la presidencia) en la Federación de Estudiantes de la Universidad de Concepción, se juntaron con colectivos campesinos y comunidades mapuches, participaron de encuentros de intelectuales, y en 1964 terminaron siendo parte del recién creado Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).
El nacimiento de la organización de materializó el 15 de agosto de ese año en un local de los anarquistas, en calle San Francisco, en Santiago, y confluyeron grupos marxistas, troskistas, anarquistas, maoístas, excomunistas y exsocialistas, sindicalistas y dirigentes universitarios. Entre los fundadores estuvieron Clotario Blest, Ernesto Miranda, Enrique Sepúlveda, Luciano Cruz, Bautista Van Schouwen, Humberto Valenzuela, Luis Vitale, y Miguel. El Mir aglutinó en sus inicios a diversas corrientes ideológicas, a personas provenientes de varias provincias y de diversos sectores sociales, no fue como se dijo un mero engendro de estudiantes pequeñoburgueses de Concepción.
Lo que sí fue cierto, de acuerdo a testimonios y textos sobre el MIR, es que el grupo que lideraba Miguel Enríquez fue decisivo en el rumbo que, finalmente, tomó la organización y en 1967 habrían concretado un plan y un posicionamiento táctico y estratégico que alejó a algunos colectivos y derivó en que Enríquez Espinosa fuera elegido secretario general y varios de sus compañeros integrantes de la Comisión Política.
Así, comenzó a despuntar el liderazgo de Miguel, caracterizado por su capacidad de acción, organización, intelectual y de conductor. Se desarrolló lo definido como una “política revolucionaria” a contrapunto de la “izquierda tradicional”, se iniciaron las “acciones directas”, los asaltos bancarios y otras acciones radicalizadas que llevó a Miguel y sus compañeros a la clandestinidad y a ser perseguidos por el Gobierno de Frei Montalva. Se expuso la necesidad de desarrollar “la vía armada” y un “programa revolucionario”. Desde inicios de los setenta, el MIR no se quedó como un partido en sí mismo, y se crearon el Frente de Trabajadores Revolucionarios (FTR), el Movimiento Campesino Revolucionario (MPR) y el Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), con una base social que demostraban que no todo estaba concentrado en las armas. Llegaron movilizar decenas de miles de personas a lo largo del país. El líder era Miguel Enríquez.
En todo caso, producido el triunfo de Salvador Allende en 1970, el secretario general del MIR, junto a la dirección de esa organización, decidió suspender las acciones armadas y se concentraron en el crecimiento social y la reivindicación de su proyecto. Llegaron a tener un trato respetuoso con Allende al punto de que los primeros escoltas del mandatario, los dedicados a su seguridad, fueron militantes del MIR. Durante los cien días del Gobierno de la Unidad Popular, Miguel Enríquez se consolidó como uno de los principales dirigentes de la izquierda.
Producido el golpe militar el 11 de septiembre de 1973, el jefe mirista combatió -según relato de su amigo y compañero Andrés Pascal Allende- en la zona sur de la capital chilena para después pasar a la clandestinidad. Desde ese momento mantuvo la decisión de permanecer en Chile.
Hay varios relatos que indican que Miguel habló la mañana del 11 con Beatriz “Tati” Allende, hija del Presidente que estaba en La Moneda, y le ofreció la posibilidad de intentar sacar al mandatario del recinto y llevarlo a un lugar secreto, pero Allende se rehusó. Salvador Allende le habría dicho a “Tati”, “ahora es el turno de Miguel”. En unas declaraciones aparecidas en 1974 en la publicación “Correo de la Resistencia”, Beatriz Allende expresó, refiriéndose al jefe del MIR, que “me escribió varias cartas desde la clandestinidad. En una de ellas, al hablarme de mi padre, me decía que yo había sido testigo de sus discrepancias con él, pero que sabía del afecto y del respeto que sentía por Allende y concluía diciendo que ‘su figura se ha crecido, se ha agigantado por la forma en que murió’”.
El sábado 5 de octubre
La casa en calle Santa Fe simulaba la existencia de una tranquila familia. Estaba en un barrio residencial, quieto, de gente de clase media. Ahí vivían Miguel Enríquez, Carmen Castillo, José Bordaz y Humberto Sotomayor, estos últimos, miembros del Comité Central del MIR y de mucha confianza del secretario general. En esa casa se compartía, se escribían documentos, se planificaban tareas, se podría decir que ahí se hacían los esfuerzos por reconstruir al MIR. Existían condiciones para un repliegue en casa de un ataque; un patio, techos que conectaban con otras viviendas, murallas sólidas. Por cierto, esos militantes tenían armamento de varios calibres. Hay versiones de que en algún momento vivieron ahí Javiera y Camila, hijas de Miguel y Carmen, pero las habrían sacado en algún momento.
Sin embargo, las cosas no andaban bien. No había tranquilidad. La DINA (Dirección Nacional de Inteligencia), el grupo exterminador creado por la dictadura al mando del coronel Manuel Contreras, estaba cercando al MIR. En ese trajín represivo, había indicios que se habían acercado a la zona donde vivía Miguel. Incluso tenían la idea de que una mujer, de unos 30 años, estaba embarazada y residía en la casa. Algo que era efectivo. Andaban checando por barrios de San Miguel. Entonces, decidieron dejar la casa de Santa Fe. Carmen salió en busca de un nuevo refugio y lo encontró. El sábado 5 de octubre de cambiarían.
Estaban en eso cuando detectaron un control. Al parecer, un grupo de la Policía de Investigaciones. En un momento, autos con agentes se pararon enfrente de la vivienda de los miristas y comenzaron a observar. Ya no era llegar y salir. El enfrentamiento o rompimiento del cerco se hizo evidente. Cuando los policías instaron a salir y entregarse, hubo disparos al aire. A las 13:30 comenzó el combate. En un inicio, un enfrentamiento parejo en fuerzas; pero a los pocos minutos, llegaron agentes de la DINA, Carabineros, personal de la Fuerza Aérea; se habla de que hubo unos 500 elementos atacando la casa. De inmediato estuvo al tanto Contreras y el entonces Capitán del Ejército, Miguel Kraffnof se puso al mando del operativo. Suponían que ahí estaba Miguel Enríquez.
Hubo fuego de subametralladoras, pistolas y los agentes lanzaron granadas que fueron decisivas. Alcanzaron la vivienda y Miguel y Carmen fueron heridos. Por momentos quedaron inconscientes, tendidos en el piso, sangrando. José Bordaz y Humberto Sotomayor, en medio del ataque, pensaron que ellos estaban muertos. Decidieron salir, dispararon, treparon techos, saltaron a patios y rompieron el cerco. En esos minutos -sin que Bordaz y Sotomayor lo supieran- Miguel y Carmen reaccionaron, se reincorporaron y se reanudó el combate. Se negaron a rendirse. En un momento Carmen no pudo más producto de sus heridas; y estaba embarazada. Miguel decidió salir al patio, saltó al patio de una casa vecina y gritó “no disparen, hay una mujer embarazada dentro de la casa”. Unos militares y agentes lo vieron y le dispararon. Migue cayó en combate. Recibió varios balazos, uno en un ojo, que le habría producido la muerte. Así terminó la vida del secretario general del MIR.
A las 15:30 horas el combate había terminado. No se sabe si hubo bajas o heridos del lado de los atacantes. Carmen fue arrestada y llevada al Hospital Militar, gravemente herida. Sotomayor y Bordaz se habían replegado. En una entrevista al periódico francés “Le Monde”, Castillo relató: “El sábado 5 de octubre los policías allanaron sistemáticamente el barrio. En un principio, cerca de las 13:30 horas, eran poco numerosos: una docena de hombres repartidos en tres vehículos se presentaron frente a la casa donde nos encontrábamos. Miguel, otros dos militantes y yo, en el momento en que nos aprestábamos a huir. Dispararon primero al aire, como lo hacen a menudo. Nosotros respondimos y ese primer intercambio de tiros duró cerca de 15 minutos. Ellos entonces cesaron el fuego, esperando aparentemente refuerzos. Miguel dio la orden de intentar una salida. Había una puerta atrás que nos permitía escapar…En el momento en que salíamos de la casa, explotó una granada, Miguel y yo nos encontrábamos a dos metros uno del otro, y fuimos alcanzados por las esquirlas. Cuando volví en mi, estaba sobre el suelo perdiendo mucha sangre y pude ver a Miguel herido en la cara, en la mejilla izquierda, pero vivo. Poco después, lo vi de pie, vuelto hacia afuera, batiéndose metralleta en mano. Nuestros dos camaradas, cuando nosotros caímos, nos creyeron muertos, y se fueron por detrás según la consigna de Miguel. Él se batió durante una hora, después de haber recobrado el conocimiento…Lo mataron en el momento que acababa de saltar el muro se la casa vecina”.
La despedida
Muerto, su cuerpo no fue desaparecido. A la dictadura le convenía demostrar que había asesinado al jefe de la resistencia, al líder del MIR. El cadáver de Miguel Enríquez Espinosa fue llevado al Instituto Médico Legal al norte de la ciudad. Hasta allí llegaron su hermano Marco y su cuñado Francisco Ramírez, quien lo reconoció. Hubo una demora de tres a cuatro horas en la entrega del cuerpo. Narra Marco Enríquez que “nos entregan el cadáver en un ataúd. Cuando íbamos a sacar el féretro nos dimos cuenta que éramos Francisco y yo y gente del Instituto, éramos pocos. Cerca había unos agentes o milicos. Quisieron ayudarnos y tomar el ataúd y ahí mi cuñado les gritó: ‘No, ustedes no ponen ni una mano sobre este ataúd. Ahora este cuerpo me pertenece’. Ellos se quedaron fríos. Lo cargamos apenitas con ayuda del personal del Instituto. Partimos a la casa; nos seguían milicos armados”.
Se supo que hubo gestiones ante los militares de parte del Cardenal Raúl Silva Henríquez, a quien meses después del golpe de Estado, el secretario general del MIR le había dirigido una carta donde negaba que su organización quisiera atentar contra él. También realizó gestiones para recuperar el cuerpo, el Obispo Fernando Ariztía. Una persona que cumplió una labor valiente fue Laura Allende Gossens, hermana del Presidente Allende y madre de Andrés Pascal (en ese momento clandestino junto a su compañera Marie Anne y su hija Pepa). Laura Allende comunicó la noticia a los padres de Miguel y fue la primera en llegar al departamento de ellos a acompañarlos. No descansó hasta que Miguel Enríquez estuviera sepultado. Ella, en esos momentos, era hostigada por la DINA, la SIFA (Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea); hasta que fue arrestada, torturada y expulsada del país. Años más tarde murió en Cuba.
En la casa de los Enríquez estaban, además, don Edgardo y doña Raquel e Inés, la hermana menor, junto a amigas y amigos íntimos. Su padre narró que “levanté la tapa que cubría la cara de nuestro hijo. Raquel, Marco e Inés estaban a mi lado. Tenía el ojo izquierdo, parte de la frente y la mejilla izquierda, cubiertas por una sábana dispuesta diagonalmente. El rostro lucía sereno, con un gesto irónico y de satisfacción, como que hubiera muerto feliz, luchando y disparando a los esbirros de la más despreciable y sangrienta dictadura de América”. La noche del 6 de octubre, el padre y la madre del jefe mirista durmieron junto a su féretro.
El lunes 7 de octubre se realizó lo que podría llamarse el funeral del médico Miguel Enríquez Espinosa. El cortejo -vigilado de cerca por decenas de carabineros, agentes de la DINA y militares- salió por la avenida Providencia, cruzó un puente sobre el río Mapocho, tomó la avenida La Paz, hasta el Cementerio General en el barrio de Recoleta. Estuvo la familia y las amigas y amigos cercanos y que habían decidido desafiar las represalias de la dictadura por asistir al funeral del jefe del MIR.
Cuando ya se efectuaba la ceremonia en el lugar de sepultura, Raquel Espinosa, madre de Miguel, dijo en voz alta: “Miguel Enríquez Espinosa, hijo mío, tú no has muerto. Tú sigues vivo y seguirás viviendo para esperanza y felicidad de todos los pobres y oprimidos del mundo”.
El impacto y el homenaje
Conocida la muerte en combate de Miguel Enríquez, el impacto fue inmenso. Fue una noticia que inundó el relato informativo en el país. La gente de derecha y partidarios de la dictadura lo celebraron. En el mundo popular y antidictatorial fue un golpe y una tristeza. Los militantes del MIR sufrieron su pérdida a fondo. Pascal Allende, Nelson Gutiérrez, Hernán Aguiló y otros dirigentes miristas comprendieron que debían asumir la dirección de su organización. Hubo clandestinos homenajes.
A los pocos días se sucedieron homenajes en ciudades como La Habana, París, Ciudad de México, Caracas, Liverpool, Londres, Roma, Lima, Edimburgo, Amsterdam, Berlín, Madrid, Hannover, Bochum, San José, Munich. Decenas de organizaciones de izquierda de todo el mundo expresaron su solidaridad con el MIR y el pueblo chileno.
El Partido Comunista emitió una declaración donde manifestó que “Miguel Enríquez era un revolucionario, fiel a sus convicciones”; la Izquierda Cristiana señaló que “la muerte de Miguel Enríquez hace perder a la Resistencia Chilena uno de sus más preclaros dirigentes”; para el MAPU “la figura de Miguel Enríquez junto a la de Salvador Allende, constituyen para el pueblo chileno ejemplos de consecuencia revolucionaria y liberación”; el Partido Socialista indicó que “su desaparición constituye una pérdida irreparable para el movimiento revolucionario y antifascista de Chile”.
Al día siguiente de la muerte de Miguel Enríquez, algunos integrantes de la Comisión Política del MIR -que tenían forma de comprobar la veracidad de la caída en combate del secretario general- decidieron redactar un comunicado de nueve puntos dirigido “a la clase obrera y a todo el pueblo de Chile, a los trabajadores y revolucionarios de América Latina y el mundo”. El texto, de unas 50 líneas, confirmó lo que muchas y muchos, a 24 horas del episodio, dudaban: Miguel Enríquez estaba muerto. “Su nombre se suma al de los miles de obreros y trabajadores asesinados por la dictadura y se convierte en bandera de la lucha para la clase obrera y el pueblo trabajador chileno”, afirmó el escrito. Además, exhortó a los militantes del MIR “a fortalecer sus convicciones revolucionarias y multiplicar su actividad combatiente…El mejor homenaje posible a rendir al camarada caído, es lograr aquello que él no alcanzó a ver y por cuya causa entregó la vida…”.
(tomado de Reportecero.cl)
(*) Hugo Guzman Rambaldi, periodista chileno de gran trayectoria.