En los 40 años de la explosión nuclear
Por Maribel Acosta Damas (*)
En la Sala de la Muralla del Colegio Mayor Rector Peset de la Universidad de Valencia quedó inaugurada la exposición de arte de archivo de la artista peruana Sonia Cunliffe, Documentos extraviados: niños de Chernóbil en Cuba, que rememora el programa humanitario cubano que acogió a 26 mil niñas y niños de Rusia, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia entre 1990 y 2011. Cuba solidaria y generosa compartió salud, afecto y curación para el cuerpo y para el alma.
Un viaje: En busca de una ruta a Chernóbil…
A la 01:23:45 de la madrugada del 26 de abril de 1986 el IV reactor de la Central Electronuclear Vladimir Ilich Lenin estalló. La nube radiactiva alcanzó a casi toda Europa. Miles de enfermos de cáncer y enfermedades de la piel hasta hoy. En un área de 2 mil 600 kilómetros de territorio, casi un centenar de pueblos y poblados desaparecieron, tuvieron que ser evacuados, plantados en otra parte.

En noviembre de 2019 (antes de la Covid y de la guerra) un equipo cubano-ucraniano visitó Chernóbil, vimos el sarcófago que guarda el cuarto reactor y la sala de control, chamuscada y depredada. Nos acercamos a Pripiat, la antigua ciudad nuclear. La entrada mísera resaltaba la desventura. Fue una ciudad hermosa… Un camarógrafo aficionado recogió las imágenes del día 26 de abril de 1986 en la mañana. Ya había ocurrido la explosión, pero pocas personas lo sabían. La primavera transcurría como siempre: una madre pasea a su hija o hijo en un cochecito. La imagen me remitió a El acorazado Potemkin del cineasta soviético Serguéi Eisenstein. El andar de una ciudad… todo “normal”.
Pocos años después del accidente comenzaron a aparecer las enfermedades, secuela de la radioactividad. Sin fuerzas para enfrentar la tragedia, con gobiernos y sistemas de salud debilitados, los pueblos de la ex Unión Soviética miran al mundo pidiendo auxilio. Cuba lo ofrece.
El 29 de marzo de 1990 a las 8 y 46 de la noche llega el primer vuelo procedente de la entones URSS. Comenzaba el programa humanitario más largo y tal vez más desconocido de la historia. Durante 21 años consecutivos más de 26 mil niñas y niños de Rusia, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia recibieron atención médica gratuita en Cuba.
Fotografías de Flaco García Poveda.
Documentos extraviados…
El otro viaje: Tarará, un día de 2011
En su primer viaje a Cuba, la escritora y creadora visual peruana Sonia Cunliffe visitó el balneario de Tarará, al este de La Habana. Llamó su atención unos niños bañándose en la playa. Preguntó quiénes eran y le respondieron: los niños de Chernóbil. En ese momento no supo más. En 2015 nos conocimos y comenzó el trabajo conjunto que nos llevaría hasta aquí: intercambios con médicos, pacientes, traductores, centros de investigación, el Centro de Higiene de las Radiaciones de Cuba y hospitales; los archivos de los periódicos Granma y Juventud Rebelde que abrieron sus cajas generosamente y colegas que nos entregaron sus archivos fílmicos. De puerta en puerta, fuimos rescatando documentos y testimonios que nos permitieron completar la investigación y organizar la muestra, cuya primera exposición fue en Lima en 2016 cuando se cumplieron los 30 años de la explosión. Luego en Miami (2016), La Habana (2017 y 2019), Asunción (2020) y Liubliana (2023).
Sonia Cunliffe exhibe una obra cuyo fundamento raigal está en el arte de archivo, en la de/reconstrucción de las capas narrativas que emergen en nuevos relatos cuando se activan con públicos, experiencias y contextos diferentes. Cada quien, frente a una narrativa de partida hará la suya propia y de ese modo, los documentos dispersos en archivos casi olvidados vienen a contar muchas historias de esos años… y de estos.
La muestra Documentos extraviados: niños de Chernóbil en Cuba constituye entonces una ordenada indagación en el contexto y sus actores, desde la recuperación y re-construcción de documentos textuales, fotográficos, sonoros, audiovisuales y de objetos y equipamientos; anclada en los conceptos de memoria/olvido, en tanto imaginario social presente. Nos pone a sentir la responsabilidad de lo humano.
De ese modo, el uso y determinación tecnológica definen las activaciones con los archivos primarios y la construcción y reconstrucción de nuevos archivos: fue necesario digitalizar —a partir de una selección cuidadosa- numerosas fotografías de los archivos consultados y a su vez se construyeron otros con entrevistas audiovisuales en diálogos con documentos históricos, para complementar y reconstruir los relatos, confirmándose el lugar del archivo como infinitud de significados en cada activación.
Esta exposición supone diálogos entre presupuestos de la antropología, la historia, la archivística, el arte y la comunicación. El trabajo en equipos de profesionales de distintas disciplinas, incluido científicos del campo de la física nuclear, la medicina y las áreas ya aludidas, hizo posible una transversalidad infocomunicativa que admitiera presentar la muestra, socializarla y lograr un intenso intercambio de acuerdo con el site especific y el public especif. Al tratarse de un acontecimiento cuya duración fue de 21 años, resultó fundamental la historia vivida, la recuperación de ella desde la memoria individual para dibujar -entre todas y todos- la memoria colectiva.
Aquí las fotografías devienen gestos. Anverso y reverso cuentan un nombre, un tiempo y una añoranza. Susurran lágrimas y también sonrisas. Aun hoy siguen pidiendo auxilio, ruegan por más vida, porque no prevalezcan el silencio y el abandono.
Y como columna vertebral que atraviesa la muestra, está el sonido. El joven compositor cubano Jorge Antonio Fernández Acosta compuso El lamento de Liusia, ese otro relato inspirado en el testimonio de la esposa del bombero moribundo, que recogiera la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, Premio Nobel de literatura 2015, en el libro Voces de Chernóbil.
Re-nace entonces, como alusión a los arcontes de la antigüedad y en el presente, un nuevo archivo: la exposición misma, cuyo montaje serial y caótico resignifica lo que Ana María Guasch definiera como “fragmentos yuxtapuestos en un proyecto abierto y susceptible de múltiples combinaciones, como un álbum de hojas movibles o, pensando en clave digital, como una base de datos, archivados en carpetas temporales (…) como procedimiento del montaje para desarrollar el concepto de historia a partir de las metáforas espaciales (…) telescopiar el pasado a través del presente, y en definitiva, sustituir la noción lineal de la historia por la idea de una imagen dialéctica”.
El viaje inconcluso…
El Museo Nacional de Chernóbil sería el lugar de acogida de la muestra en 2020. En sus salas (como parte de la preparación de montaje para la exposición soñada), mis ojos constataron los objetos salvados de las radiaciones, que recuerdan que en aquellos sitios crecía la vida: los vestidos de fiesta de una niña, la cuna de un bebé, la bicicleta de jugar en el parque- como todos los niños y niñas del planeta-, un arca llena de peluches: metáfora de lo que vale la pena salvar en cualquier tiempo.
El viaje de hoy…
Para esta muestra expositiva, su escenario de activación tiene el imaginario de los 40 años de la explosión del cuarto reactor de la Central Electronuclear de Chernóbil y, sobre todo, “en el reino de este mundo”, como dijera el escritor cubano Alejo Carpentier, la emergencia de una trama que da cuenta de la fragilidad del planeta. Aquí, entre las paredes de las fotografías expuestas en un lado y otro de la sala, cuelgan telas traslúcidas, cuyas imágenes impresas -principalmente de las niñas y niños cubanos que ofrecieron su balneario para que otros sanaran- nos involucran en el relato desde la misma piel, axioma irrefutable de la solidaridad como bien común a preservar.
En las redes sociales, la niña de Chernóbil Irina Kostiuk comentaba: “ese programa demostró que la raza humana puede ser más fuerte que las fronteras”.
Y aquí, entre las paredes de la muralla árabe y las angustias y añoranzas del mundo de hoy, se resignifican aquellos años en una isla pequeña que devolvió la esperanza.
¡Qué estos documentos “extraviados” contribuyan a no olvidar, para reencontrar viajes humanos de existencia!
(*) Maribel Acosta Damas, Dra. en Ciencias de la Comunicación Social, Periodista cubana y docente de la Universidad de La Habana, trabaja y colabora con varios medios de su país y de otros países.