Por una semántica de la emancipación. Mucho antes de ingresar en la iconografía revolucionaria, el joven Guevara libró una batalla invisible contra el léxico hegemónico. Entre la experiencia del leprosario, las notas inconclusas sobre medicina social y una compulsión gráfica ininterrumpida que se extendió hasta su última trinchera en La Higuera, articuló una lengua donde el rigor dialéctico convive con la densidad poética.
Por Águeda Sáez Fick (*)
En los pliegues de la mitología contemporánea, la figura de Ernesto Guevara suele quedar confinada a una dualidad funcional al orden establecido: o la reducción militar del combatiente o la absorción mercantil de su efigie por la industria cultural. Ambos operan como dispositivos de neutralización: al momificar al revolucionario como mero ejecutor de la guerra o transformarlo en fetiche de consumo, se evapora el núcleo más perturbador de su trayectoria: la paciente, rigurosa y temprana construcción de un andamiaje teórico latinoamericanista que entendió la emancipación política como una impugnación radical de las estructuras del lenguaje hegemónico.
A los diecisiete años, confinado periódicamente al reposo y a los cuidados domésticos por las crisis de asma en su Rosario natal y luego en Córdoba, el joven Guevara inauguró una serie de cuadernos de notas que lo acompañarían durante más de una década. Lejos de constituir un diario íntimo convencional o una miscelánea escolar, esos Cuadernos filosóficos documentan un combate epistémico sistemático. Frente a los textos canónicos de la filosofía occidental, el marxismo, el psicoanálisis y la literatura clásica, Guevara operaba como un filólogo de la sospecha: identificaba los términos mediante los cuales la cultura dominante naturalizaba la opresión de clase, para luego despojarlos de su pátina metafísica y confrontarlos con la aspereza de la realidad material.

La pulsión grafómana: el símbolo lírico y el rigor dialéctico
Ernesto Guevara padeció y cultivó una necesidad biológica de escribir. Ninguna circunstancia vital —ni las marchas extenuantes en la selva, ni las fiebres palúdicas, ni la asfixia del asma, ni las responsabilidades burocráticas como presidente del Banco Nacional o ministro de Industrias— logró interrumpir el acto físico de asentar la experiencia sobre el papel. La libreta de apuntes era una extensión indispensable de su cuerpo; escribir era su método para procesar las contradicciones del mundo y vertebrar el pensamiento.
Lo singular de su narrativa no reside en una pureza ensayística académica, sino en la tensión permanente entre dos registros que la modernidad ilustrada insiste en divorciar: el rigor del pensamiento lógico-racional y la densidad del lenguaje poético simbólico. Lector voraz desde la infancia de Baudelaire, Machado, Neruda y, de modo fundacional, César Vallejo, el Che descubrió que la fría deducción analítica se vuelve estéril si carece de la resonancia afectiva que solo la metáfora sabe convocar.
En sus textos, la prosa analítica —exacta, despojada, atenta a costos fabriles y estadísticas socioeconómicas— se ve sacudida por irrupciones líricas. La imagen poética no operaba como un adorno retórico para embellecer un informe, sino como un atajo cognitivo capaz de dar cuenta de la inmensidad del dolor, el miedo, la soledad y la belleza que los silogismos teóricos no alcanzan a formular. Esa simbiosis entre símbolo e intelecto le permitió abordar la política no como una técnica de administración del poder, sino como un drama humano de escala universal.
La quiebra del paradigma clínico
Este laboratorio conceptual se nutrió tempranamente de la geografía social latinoamericana. Entre 1950 y 1953, las travesías en bicicleta con motor y a bordo de La Poderosa II no respondieron al impulso turístico del letrado cosmopolita, sino a una urgencia vivencial de confrontar las palabras leídas con las heridas abiertas del continente. En las minas de Chuquicamata, en las comunidades indígenas del altiplano andino y, de manera determinante, en el leprosario de San Pablo, en la Amazonía peruana, el instrumental de la medicina alopática se reveló estructuralmente insuficiente.
La experiencia entre los enfermos de lepra y los desposeídos cristalizó en el proyecto de un ensayo ambicioso: La función del médico en América Latina. Guevara comenzó a reunir notas, fichas clínicas y reflexiones metodológicas para fundamentar la obra. Sin embargo, el texto quedó inconcluso. No se trató de una renuncia intelectual, sino de una ruptura epistemológica insoslayable: el joven médico comprendió que la patología fundamental de la región no era de orden bacteriológico, sino socioeconómico y geopolítico.
El raquitismo, el tifus y la lepra aparecían como los síntomas somáticos del latifundio, de la expoliación minera y de la dependencia colonial. Frente a un orden donde el acceso a la vida constituía un privilegio de clase, el estetoscopio y la receta farmacológica no pasaban de ser paliativos cómplices de la estructura que engendraba la agonía. Concluir aquel libro en el plano estrictamente teórico resultaba inviable: la respuesta a las preguntas formuladas sobre el rol social de la medicina exigía transformar al propio observador en un agente político directo. El posterior paso por Guatemala en 1954, bajo el impacto del derrocamiento del gobierno democrático de Jacobo Árbenz por parte de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), clausuró de manera definitiva cualquier ilusión reformista: la preservación de la vida humana en el continente requería la destrucción material del entramado imperialista, dispuesto a masacrar a los pueblos por codicia e ideología supremacista.

El laboratorio semántico: constelaciones de un diccionario abierto
A lo largo de más de una década de adiciones, tachaduras y notas marginales, los cuadernos de Guevara registraron la deconstrucción paciente de cientos de significantes que cimentaban la dominación ideológica del capital. No elaboró un índice cerrado ni un compendio definitivo; su trabajo operó como un mapa móvil que abarcó categorías filosóficas, antropológicas y económicas (desde la alienación y el valor, hasta el trabajo, la técnica o la verdad). A modo de muestra de ese método de demolición y refundación conceptual, pueden observarse tres grandes núcleos de su búsqueda:
- La reapropiación de la soberanía civil: Al desarmar la noción de Democracia, Guevara impugna el fetiche procedimental que reduce la soberanía al sufragio periódico dentro de repúblicas oligárquicas, exigiendo que la autodeterminación popular se mida por el control colectivo sobre los medios de producción y la tierra. En ese mismo movimiento, términos como Justicia y Bien son arrancados del consuelo teológico y de la jurisprudencia burguesa: lo justo deja de ser el acatamiento de la legalidad vigente para convertirse en restitución histórica a los expoliados, mientras que el bien abandona la beneficencia caritativa —coartada moral de las clases dominantes— para definirse como la erradicación estructural de las causas materiales de la miseria.
- La erótica política y la dignidad del cuerpo: Frente a la domesticación burguesa que encierra al Amor en la pasividad del idilio privado o el melodrama sentimental, el Che lo reinscribe como principio cardinal de la militancia pública. Ese amor colectivo, intransigente frente a la humillación ajena, dota de sentido a la entrega sin concesiones. En espejo, la Pobreza deja de ser leída como fatalidad biológica o deficiencia moral individual para ser descifrada como un estado de violencia material planificada por la acumulación capitalista sobre los cuerpos.
- La transmutación del desgarro subjetivo: En lugar de procesar el Dolor, la Angustia y la Soledad como patologías que aíslan al individuo en la resignación impotente o el cinismo ilustrado, los cuadernos los resignifican como el umbral de la conciencia crítica. La intemperie existencial del paria deja de ser una herida solipsista para transformarse en la materia prima con la que se forja la subjetividad revolucionaria y el sentido comunitario.
El despojo del poder y la travesía final: de Praga al Cuaderno Verde
Esta práctica escritural no concluyó con la victoria insurreccional de 1959 ni quedó sepultada bajo la rutina administrativa del aparato estatal. Hacia 1965, la pulsión por someter el lenguaje, la economía y la propia peripecia vital a un escrutinio implacable derivó en un dilema ético y geopolítico de primer orden. Lejos de concebir la consolidación institucional de Cuba como un puerto de llegada o una trinchera autárquica, Guevara la calibró como un enclave dentro de una correlación de fuerzas asimétrica a escala continental. Recuperando la premisa martiana de «Nuestra América» —aquella que postula la inviabilidad histórica de patrias insulares o fragmentadas frente a la gravitación expansionista de los Estados Unidos—, el Che juzgó que la soberanía de la región solo podía consumarse a través de un proceso simultáneo y federado de descolonización. Su irrenunciable coherencia entre la teoría y la acción política le exigía dejar su rol de dirigente de Estado: anteponer la fidelidad al destino común de los pueblos del Tercer Mundo reclamaba transferir su propia corporalidad al teatro de la vanguardia insurgente.
En su carta de despedida a Fidel Castro, el texto no funciona como un parte oficial, sino como la constatación dolorosa de quien renuncia a lo que ama en nombre de una convicción irrevocable:
«Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del Partido, de mi puesto de ministro, de mi grado de comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba, solo lazos de otra clase que no se pueden romper como los nombramientos […] Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba y llegó la hora de separarnos […] Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y dolor; aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos…»
La renuncia antecede su partida clandestina al Congo y su posterior repliegue en Praga en 1966. En ese paso forzado y solitario, lejos del accionar público, Guevara produjo dos de sus corpus teóricos más desafiantes: los Apuntes críticos a la economía política y una vasta relectura de las fuentes originales del pensamiento marxista. Para él, los requerimientos teóricos de la hora exigían acudir directamente a los textos fundacionales —los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, La ideología alemana, El Capital— distanciándose del mecanicismo dogmático del manual moscovita, al tiempo que alertaba que el socialismo resultaba inviable sin la conformación de una conciencia ética y un «hombre nuevo» desalienado.
Ese hilo discursivo no se cortó ni en las condiciones límite del aislamiento militar en el Churo boliviano. En 1967, acorralado por el ejército y la CIA, bajo el rigor del cerco y el extremo desgaste físico de su columna guerrillera, el Che llevaba en su mochila dos cuadernos inseparables: el Diario de Bolivia, donde asentaba con sequedad analítica el rigor logístico de la marcha, y el cuaderno de tapas verdes en el que había transcripto minuciosamente sesenta y nueve poemas de César Vallejo, Pablo Neruda, Nicolás Guillén y León Felipe. Aquella coexistencia final entre el parte de guerra y el texto lírico atestigua que la palabra escrita fue el testimonio supremo de su dignidad humana y revolucionaria, que ni el cerco, ni la bestialidad militar, ni la inminencia de la muerte pudieron doblegar.

El porvenir de una lengua insumisa
La singularidad de Ernesto Guevara radicó en su negativa a petrificar el pensamiento. Su proyecto civilizatorio aspiraba a formar un ser humano capaz de dominar la técnica y la planificación económica sin resignar jamás la conmoción ética frente al sufrimiento del semejante. La lucidez teórica, para no extraviarse en el cinismo o la burocracia, requería nutrirse de la intemperie poética.
En un presente marcado por la restauración ideológica del neoliberalismo, la degradación algorítmica del debate público y la usurpación reaccionaria de palabras como «libertad», el rescate de los cuadernos filosóficos y de la trayectoria escritural del Che supera la evocación conmemorativa. Recuerda una verdad que la cultura hegemónica necesita ocultar: que cualquier tentativa real de liberación de los pueblos debe comenzar por reapropiarse de las palabras con las que se nombra la herida y se proyecta el porvenir.
(*) Águeda Sáez Fick, Periodista, Santiago de Chile.