Por Rolando Sasso (*)
A los cinco años de su despedida (28 de marzo) homenajeamos al compañero “Chi Chi” Cámpora. Dedicó sus últimos años de vida a organizar un tremendo archivo documental y bibliográfico sobre el MLN (Tupamaros), que antes de su partida donó a la facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Fue militante tupamaro y en calidad de tal estuvo preso durante el terrorismo de Estado. Su mayor anhelo fue el de aportar a la difusión de los materiales de su archivo que quedaron a disposición de estudiantes e investigadores. Tus deseos han sido considerados y hoy constituyen un gran aporte a la historia del movimiento tupamaro.
En su vida clandestina usó el alias de “Esteban” y en el penal de Libertad fue el número 613, que fue liberado en marzo de 1985 junto a los últimos presos políticos en obtener la liberación.
Dijo David Cámpora: “Yo era contador, trabajaba en la Comisión del Azúcar, del ministerio de Industria, estaba recaliente con la situación, estaba inquieto y hacía comentarios contra los milicos, contra Pacheco y eso llega a oídos receptivos. Entonces un día me llaman por teléfono a mi casa pidiendo para hablar conmigo y yo le digo que sí.
Nos encontramos en un boliche que había en Pablo de María y 18, mañana a tal hora, traé un ejemplar de Marcha abajo del brazo. Entonces fui, era un muchacho joven que evidentemente por sus modales era cristiano.
Creo que ahí ya me dio un contacto para un par de días después, de noche en la calle Propios, en una esquina solitaria, y fui. Y el que estaba era Zaffaroni, que hacía poco había hecho la declaración aquella de apoyo a la lucha armada. Todavía no lo habían detenido, que lo tuvieron unos días y lo soltaron y él después pasó a la clandestinidad. Yo le dije que vivo en el Prado, soy contador, tengo muy buena cobertura, buenos ingresos, si precisan dinero puedo conseguir, puedo manejar dinerillos y hacer negocios, tengo un auto y cobertura… Fenómeno”.

Tengo una anécdota de esos días, (continúa David) “porque ya había sido la evacuación de Marquetalia que vino toda a mi casa; vinieron con un VW famoso, que estaba re buscado, cargado de armas largas, inclusive con la Luger de Efraín Martínez Platero que estaba trancada, no sabía dónde meter aquello, saqué los libros de contador que tenía y coloqué las armas en la biblioteca, ese fue el primer impacto y como dato venían unos planos con unos autitos de madera, del secuestro de Pereira Reverbel. O sea que ya había sido el secuestro, eso te puede ubicar en el tiempo.
Lo del padre Zaffaroni es el 11 de mayo de 1968, yo entré en agosto y el secuestro de Pereira es el 7 de agosto. Quiere decir que el secuestro ya había sido y lo de Líber Arce fue el 14 de agosto, a la semana del secuestro es que yo entro al MLN”.
Y bueno, nos habremos visto media docena de veces, “me habrá encargado algunas cosas, no recuerdo, y de repente no apareció más, y era el único contacto que tenía. Pasó un mes, una cosa así y yo estaba muy desesperado, tenía todas las cosas ahí adentro, entonces recurrí a Martirena, que era del grupo de padres que concurríamos al colegio Latinoamericano con sus respectivos hijos que nos juntábamos para charlar sobre los problemas de los hijos y demás y yo le veía la pinta de que estaba comprometido y voy y le digo mirá estoy colgado, quisiera un contacto y al poquito tiempo me contactan, no me acuerdo quién. Y al poquito tiempo él pasó a la clandestinidad. El que pasa a la clande no es Martirena, sino el compañero que me contactó”.
“Y como yo nunca arrugué ante nada, trasladaba clandestinos, me dijeron tenés que andar calzado y me dieron un terrible fierro, precioso y yo empecé a andar permanentemente armado y con gente armada”.
-Una cosa que llama la atención de aquella época, cómo se daba ese mecanismo de enviar señales que llegaban a la organización aunque fuera algo impensable. Y así se detectaba gente afín…
“Si, la organización yo creo que lo que tuvo no fue solo una tremenda llegada a la población, -a través de sus acciones y de sus comunicados y de sus mensajes radiales- sino también de vuelta. Los canales no los sé describir, eran misteriosos, pero llegaba información. Como yo por ejemplo que hablo con Martirena para que me haga un contacto y él sin saber que yo pudiera ser tupa, habla con la organización y me conectan orgánicamente. Y todo lo que se escucha, todo lo que se ve, todo podía servir.
Existe esa circulación sanguínea dentro de la sociedad y como vos estabas compartimentado y organizado, te permitía chupar por todos lados. Era de una riqueza extraordinaria, cosa que no tiene la guerrilla rural, que no se enteraba de nada, necesitaba mensajeros especiales y era muy peligroso”.
-Entre otras cosas está lo de Radio Sarandí…
Continúa Cámpora: “Cuando lo de Radio Sarandí yo estaba mirando el partido por televisión en blanco y negro, escuchando el partido por radio como se hacía antes y empezó a sonar el teléfono. Estábamos con toda la familia, recuerdo y me dicen por teléfono “¿estás escuchando?” – “Sí, pero no me llamen más, es un despelote,” porque me habían llamado varias veces y tenía temor de que interceptaran las llamadas. Nos divertimos mucho. Era el Pocho Servando Arbelo Gatti el locutor. El Pocho fue seleccionado como locutor por la voz hermosa de barítono que tenía; inventor y constructor del cañoncito sin retroceso. Para ubicarte en el tiempo: los televisores eran enormes y pesadísimos y si los cambiabas de lugar tenías que hacer maravillas con la antena de los cuernitos para reenfocar la imagen; en casa trasladamos el televisor cerca de la radio tocadisco, que también eran aparatos enormes y pesados; así estábamos todos alrededor de los elementos (porque además nos interesaba ver el partido) cuando pasa lo de la irrupción; al principio no entendimos qué pasaba y cuando nos dimos cuenta fue una explosión de risas, gritos y emociones diversas: una fiesta. Y lo retrasmitieron cuatro o cinco veces: un chiste; no lo podían cortar”.
-¿Y cómo se hacía una trasmisión clandestina?
Sigue David Cámpora: “El compañero que te decía era Mauricio Vigil (eran dos hermanos, el hermano de él murió primero de cáncer y Mauricio murió hace poco), tenían un aparato de transmisión que se escondía en un cajón de madera que arriba tenía la tapa atornillada, llena de platos de loza acondicionados con paja. Vos sacabas la tapa y aparecían los platos y abajo estaba el transmisor. De esa manera se trasladó innumerable número de veces, se transmitió desde mi casa en el Prado, se transmitió desde la casa de los Martirena y no recuerdo desde donde más, pero se transmitía una vez por semana o dos, y desde lugares distintos. Lo que hacía este loco, extendía en diagonal hacia el piso una antena de cobre expuesta, gruesa, que tendría 15 o 18 metros de largo. Entonces se transmitía suponete, dentro del garaje, se conectaba la antena que estaba al aire libre y vos estabas al lado de la antena. En el momento en que terminaba la transmisión, él te decía y vos tenías que agarrar y sacar la antena rápidamente. No antes porque quedabas pegado. Y ¿por qué justo? Porque tanto le preocupaba al gobierno la radio tupamara que salieron a buscarnos. Primero empezaron con camiones con radiogoniómetro para triangular el barrio y cerraban el barrio entero. Yo saqué la radio varias veces del cerco y a veces la dejé dentro del cerco, en la casa de Jorge Risi, que fue presidente del Sodre. Jorge Risi, concuñado mío, éramos muy íntimos, como hermanos, violinista famoso internacionalmente, periférico al inicio y después tupa, integrante de la CAI de la que yo era responsable cuando estaba clande; tuvo que guardar el cajón creo que un par de semanas (o más, no recuerdo); una vez que no logré salir del cerco en el Prado (él vivía con la hermana de la Negra en la calle Regidores) y aterricé allí; él todavía era periférico y había hecho en un mueble un par de berretines para guardar una o dos armas cortas, porque tenía mucha manualidad e ingenio en carpintería; la esposa sabía el nexo pero no el compromiso ni los berretines; cuando se dió cuenta de lo del cajón, sin saber que era la radio, se puso furiosa; Jorge me pidió que lo sacara cuanto antes.
Jorge, estando de viaje por la CAI, creo que en Chile (yo ya estaba en cana por segunda vez -1972-) es condenado a muerte, junto a otros nombres, por el Escuadrón, en un volante; de Chile se va a Cuba y allí lo congelan; ya era la época de la dependencia de la URSS; permanece medio recluido y radiado, en zona de naturaleza agreste, estuvo junto con otro repudiado en silencio, Ernesto González Bermejo, que también había salido para Chile el 12 de abril por la película Tupamaros del sueco Lindqvist, de la que éramos él y yo, un poco los comisarios políticos de lo que se iba haciendo, y él salió para controlar lo que se iba a filmar en Chile con un actor encapuchado, y ya no pudo volver. Bueno, pero todo esto es otro cuento.
Después de los camiones que no les dieron resultado, sacaron un avión, un bimotor que volaba sin luces, de un gris oscuro; lo veías pasar y era una sombra, se sentía el ruido nomás. Pero de todo esto nos enteramos por gente que estaba adentro de la policía. Cuando el avión pasaba por encima de la antena transmitiendo, una aguja les señalaba un lugar, por ejemplo una manzana, que ya no era un barrio, entonces me acuerdo de episodios, como uno en la casa de los Martirena, en Malvín, Amazonas 1440 esquina Aconcagua, de donde era difícil sacar el aparato, que estaba el compañero en la azotea panza arriba y vio pasar el avión y no le daban las patas para sacar todo y el aparato era una cosa grande, parecía de película aquello. Nunca descubrieron ni cómo lo hacíamos, fue un éxito total y se podía transmitir entre 3 y 5 minutos, una cosa así.
Lo de Radio Sarandí fue distinto porque se copó la torre de transmisiones, se puso un casete de cinta sin fin y como pusieron que estaba minado el lugar, se emitió como seis o siete veces la proclama”.
-El flaco Agazzi dice que él veía en Paysandú que la gente los aplaudía a los tupas, pero decía: muchachos háganlo ustedes… yo no.
Sigue David: “En Montevideo tal vez no fuera tan así, pero hay también algo de eso. Inicialmente mi ingreso, como pequeño burgués acomodado, con una familia chica, que no tenía problemas económicos pero me sentía ahogado por la situación y encontré la válvula del desahogo en lo que estaban haciendo los tupas y me salió un “yo quiero ayudar”. Eso que fue típico, también fue muy importante y generó un volumen de militancia y de periferia del MLN, -50 mil personas en una ciudad de 1 millón en aquella época es un disparate- interesantísimo. Pero después el perfeccionismo práctico en la ejecución de las cosas, la planificación extrema y el cuidado en el uso de la violencia, la simpatía de hacer determinadas cosas (se levanta la caja de Mailhos y se deja una silla con una alcancía del Banco Hipotecario en su lugar) como tocarle el culo y ridiculizar al otro, más esa alimentación popular del mito, fue apartando al ser humano común de la organización. El ciudadano común se pone entonces en espectador porque se siente incapaz de hacer eso.
Por otro lado, lo que nos reprocha el Partido Comunista cuando dice “no jugaron la carta de las masas” es incorrecto como lo demuestra la experiencia de la columna 70 y del 26 de Marzo. Pero sí hubo una separación de la práctica y del prestigio tupa de la masa.
Yo siempre encontré resistencia en los militantes trabajadores de pasar a full time porque tenían una familia que mantener, tenían otra vida que no podían soltar, cosa que no tenía el estudiante. Y así nos llenamos de estudiantes por ese imán que los atraía. Aunque a los trabajadores que ingresaban los atraía un imán más maduro, pero no querían dejar su trabajo y su familia. Se estaban jugando la vida, pero “de ser posible yo sigo trabajando para alimentar a mi familia”.
Entonces los mitos separan a la gente común y el MLN no se dio cuenta que estaba socavando su capacidad de cultivar la cantera por su perfeccionismo. No quiero decir que hubiera que hacer las cosas mal, sino que no encontramos la forma de entusiasmar activamente a gente que no fuese solo el estudiantado, el romántico, el que se enamoraba de la imagen de Jessie Machi cuando jovencita, sino a gente más madura. Se intentó en otra etapa con las charlas en los lugares de trabajo; copábamos una fábrica para hablar con los trabajadores para transformarlos por lo menos en espectadores privilegiados, “te estoy hablando a vos”. Era excelente desde el punto de vista político, con un costo grande porque la contienda con la repre (represión) ya era muy aguda y un copamiento podía traer un estado de terror en la propia fábrica y la necesidad política y militar de ejecutar a un batidor como en el caso de Nybo Plast. Había que meterle miedo a los batidores, pero eso pone distancia con la gente común. Es complejísimo manejar eso.
-Esta etapa no daba la idea de poder llegarse a la toma del poder…
David: Es que no estaba en la mente de la orga (organización) la toma del poder. En el Documento 1 se plantea expresamente que la intención del MLN no es la toma del poder, sino la toma del poder por el pueblo. La construcción del aparato mínimo es para que la gente se dé cuenta que sí se puede y después lo va a hacer -tomar el poder- la gente con nosotros. En ningún momento se llegó a plantear que esto era una carretera hacia la toma del poder, en absoluto. Hay compañeros como Marenales que han dicho “nosotros nunca fuimos una guerrilla,” que hicimos ciertas cosas tan bien hechas que hicimos tambalear al gobierno, al administrador del sistema, pero nada más. Pero eso en determinado momento nos hizo creer que estábamos más cerca del poder de lo que se creía. De ahí se pasó más adelante, en otra etapa, a una confusión donde se empezaron a hacer muchas cosas mal: falta de repliegue, dejar de pensar por accionar, me pegás y te pego, cuando debió ser me pegaron, ¿dónde me equivoqué?
-¿Y en cuánto al reclutamiento?
D.C.- También en la construcción del aparato mínimo necesitás reclutamiento, ahí entro yo. Es un reclutamiento muy cuidadoso y por goteo, yo sé que a mí me averiguaron toda la vida, y cuando yo llego a hablar con alguien -no digo Zafaroni que era un papanatas- por ejemplo con Marenales o el Turco Amir, me doy cuenta que estaban muy seguros respecto a mí y de lo que yo podía dar. La preparación del militante era inmediata y muy racional, empezaba por las normas de seguridad, dentro de tu casa, la vida, los vecinos, te empezaban a enseñar qué era un arma, un explosivo, un coctel molotov, un lanzavolantes; la Parda fue la instructora de ese momento, la compartimentación, cómo moverte en la calle. Y seguía por hacer tareas como levantar chapas de autos, relevar cosas y otra cantidad de tareas que tenías que hacer. Te empezaban a llevar a pequeños operativos. El primero para mí fue con Amílcar Fernández a colocar unos lanzavolantes en un supermercado Disco, creo que en la calle Agraciada y el loco tenía relevado un raje a través de una casa de apartamentos que se comunicaba con otra que salía a la calle de atrás. Era un domingo, estaba lleno de gente y salimos como pedo y yo quedé maravillado de las cosas que conocía este hombre. Pero ya te digo, la militancia era muy exigente. A mí me pasaban a buscar en la combi en tal esquina a las 9 de la noche. Y pasaba a las 9 y 3 minutos. Si yo no estaba se iba y me quedaba sin contacto. Yo subía, estaba 5 minutos dando una vuelta, me daban todas las instrucciones y me dejaban en otro lugar. Iba Marenales manejando, el Turco Amir y yo. Si venía alguien atrás no sé, porque yo no miraba.
En ese reclutamiento te iban probando y era un acelere tremendo, yo empecé como chofer de clandestinos, le chofereé al Pepe Mujica, a Lucas Mancilla y le chofereé al “Bebe” que me llevó por unos caminos de mala muerte. Y llegó un momento que estaba haciendo tanta cosa que me llegó el pase a full time, que significaba para el militante un salto pelotudo, desde el nivel de tus ingresos, tu forma de vida, cómo llevás tus horas y cambiás tus horarios, cómo cambia tu vida familiar y te sentís afanando la guita si no militás las 24 horas. Y vivís cansado. Y para la organización también hay un salto porque aquel tipo que lo tenías para algunas cosas ahora lo usás para todo. Entonces se cría músculo en la carne de los militantes y se cría músculo en la carne de la organización, tiene cada vez más horas hombre. Y eso te va haciendo subir en la espiral de la consideración de los compañeros y yo siendo legal ya estaba en una dirección intermedia con los Mirza en la columna política y yo ni siquiera sabía los nombres de los sindicatos, entonces un día entre el Egipcio y Ma. Elena me dieron toda una clase de sindicalismo. Y al mismo tiempo vos te vas adiestrando en lo que es la vida clandestina por estar con clandestinos permanentemente. Una vez lo llevé al Pepe y agarré por la Rambla y me dice: “¿por dónde me llevás? Por la Rambla no, me ve la gente”. Después de eso tenía marcadas las embajadas y otros lugares jodidos en un mapa y así me hacía todo el recorrido evitando pasar por esos puntos.
Después intervine en la fuga de las compañeras, en la Estrella; un lote de ellas vinieron conmigo y para eso empezamos a hacer con Mauricio el recorrido los domingos, porque la fuga iba a ser un domingo. Lo hicimos 3 o 4 veces y después empezamos a hacer cada domingo el recorrido cada vez más rápido. El día de la fuga fue un espectáculo, la Parda mirando por una ventanilla y a toda velocidad salimos del cerco mucho antes de que se cerrara.
(*) Rolando Sasso es fotógrafo, Periodista y escritor. Tiene en su haber varios libros de profunda investigación periodística sobre el accionar histórico del MLN-T