Ni Suiza en América, ni América en Suiza

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Por Fabián Piñeyro(*)

Tras la hecatombe del 2002 comenzaron a operarse cambios de significación en la manera en que los uruguayos se ven a sí mismos y ven a su sociedad.

Mutaciones que fueron promovidas desde los aparatos ideológicos de las clases dominantes y facilitadas por los cambios operados en el estado de ánimo de la elite progresista como consecuencia de su acceso al gobierno.

En algo que se parece un poco al retorno de lo reprimido, los uruguayos volvieron a verse suizos.

Volvieron a leerse y a escucharse panegíricos exaltados en los que se hace culto a la madurez, seriedad, integración, tolerancia y civismo. Signos de una excepcionalidad sobre la que se fundamenta el reclamo de no ser tenidos por Latinoamericanos.

Se instaló en nuestra sociedad una visión en extremo autocomplaciente, el tono de los discursos y de los relatos se fue transformando de manera acelerada. La interpelación, la crítica, fue relegada a los márgenes, y en algún sentido, invalidada intelectual y políticamente.

El largo período de crecimiento económico que se inició en el 2003 contribuyó, en buena medida, a la instalación de ese nuevo imaginario político y social.

Pero quizás uno de los factores más determinantes de la instalación de ese nuevo imaginario, ha sido el cambio de actitud de la elite progresista que trucó la crítica aguda por la apología abierta y la interpelación por la convalidación.

La denuncia de los males sociales y la necesidad de cambio articularon el discurso tradicional de esas elites hasta su acceso al gobierno.

Esta elite, al acceder al gobierno, renunció a la representación política de las mayorías oprimidas y asumió un rol profesional de mediadora del conflicto social.

El acceso al gobierno no obliga necesariamente a ese cambio, se puede seguir ejerciendo desde allí la representación política de las mayorías oprimidas y negociar desde ese lugar con los grupos de poder dominantes. Pero la elite progresista optó por asumir el rol profesional de mediadora política del conflicto social.

Las implicancias que ello tiene en el orden discursivo y simbólico son colosales, porque la asunción de ese rol profesional obliga a convalidar el orden dado.

La asunción de ese rol profesional demanda el desarrollo de capacidades de gestión e impone una reconfiguración del discurso político y del propio carácter de la oferta electoral.

El discurso va a centrarse en la acreditación de mayores capacidades de gestión que los contrincantes y la oferta electoral se ha de estructurar en torno a un modelo de gestión más conveniente, más eficaz, más humano, más sensible.

Ese cambio de actitud fue respaldado de manera más o menos consciente por una mutación en el carácter de los producidos simbólicos generados en ámbitos del arte y la cultura que hasta hacía poco tiempo denunciaban y criticaban. Quizás como consecuencia de un simple efecto de arrastre y del ánimo de cuidar al gobierno de los cambios.

Procesos de carácter más global contribuyeron también, la hegemonía de una cosmogonía radicalmente individualista que opaca lo estructural, que vela lo social, y asigna a la decisión individual toda la responsabilidad, aportaron a la instalación de un imaginario que des-problematiza lo social.

La visión marcadamente autocomplaciente que la sociedad uruguaya tiene de sí misma obtura la posibilidad de que lleguen a la conciencia colectiva las consecuencias de graves traumas sociales, y traslada toda la responsabilidad a los individuos.

Como consecuencia de ello, se opera en el orden epistemológico una traducción de los problemas sociales a categorías psicológicas o psiquiátricas.

A la proyección también viene recurriendo habitualmente la sociedad uruguaya, es así como el dramático crecimiento de la violencia social generada en torno a la operativa de los mercados ilegales es presentado como los efectos de un problema venido desde afuera.

La visión autocomplaciente que la sociedad se ha formado de sí misma, ha impedido la toma de conciencia respecto de los graves problemas que padece hoy el Uruguay.

Nuestro país presenta un elevado índice de suicidios (uno de los más alto del mundo) y una tasa muy elevada de consumo de psicofármacos, un porcentaje muy importante de la población padece de enfermedades mentales. Sufrir una muerte violenta en el Uruguay es dos veces más probable que sufrirla en Argentina. El número de personas encarceladas viene creciendo sostenidamente en los últimos lustros. El Uruguay se cuenta en la actualidad entre los diez países con más presos por habitantes del mundo. Mientras tanto se consolida la marginalidad y la violencia criminal asociada a la operativa de los mercados ilegales campea en las periferias urbanas y tiende a apropiarse de extensos espacios.

Problemas derivados de la propia estructura material y simbólica de nuestra sociedad, la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades y la psiquiatrización de los efectos de la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades.

El tono panegírico y autocomplaciente de los discursos y de las visiones que la sociedad produce sobre sí misma despolitiza a la pobreza, a la desigualdad y a la falta de oportunidades y les transfiere toda la responsabilidad a los individuos e impide la toma de conciencia respecto de los graves problemas que la sociedad padece.

A esos problemas se agregan los derivados del desequilibrio entre las cargas, los deberes, las obligaciones y las oportunidades de goce genuino.

Además, el nuevo uruguayo como habitante de una sociedad plagada de virtudes tiene la obligación de ser feliz, tiene prohibido volver a ser aquel sujeto gris, nostálgico y quejoso; debe esforzarse, fijarse metas claras y perseguirlas.

En una sociedad que se ve a sí misma integrada e igualitaria en cuanto a las oportunidades, el no cumplimiento de las metas adquiere el tono propio de un fracaso personal. Esa sociedad aparentemente igualitaria en cuanto a las oportunidades reparte muchas más ilusiones que posibilidades reales y por eso es una máquina generadora de frustraciones.

Unas frustraciones que tensionan a los individuos y las muy delgadas tramas familiares, que además de padecer, en la mayoría de los casos de la estrechez material, sufren de una hipersensibilidad por los rendimientos económicos y educativos de sus integrantes.

Las angustias, los dolores que genera la miseria, la pobreza, las estrecheces, los desasosiegos de la vida individual y familiar, y las desilusiones producidas por la imposibilidad de concretar las metas, se han de vivir en soledad y en silencio, se las trata casi siempre de disimular, porque expresarlas implica una confesión de fracaso e incumplir con el deber de ser feliz.

Esa angustia y ese dolor in-expresados son, a la misma vez, enojo y bronca soterrada.

Dolores, angustias y broncas a los que se les niega su carácter político y por tanto toda representación.

A pesar de los dramáticos records que se acumulan, la sociedad sigue instalada en la autocomplacencia, se sigue leyendo y escuchando panegíricos mientras se van abriendo las puertas de distintos abismos.

Por ello, resulta imprescindible recrear, recuperar, una capacidad crítica casi perdida.

(*) Fabián Piñeyro es Dr. en Derecho y Ciencias Sociales por la UdelaR, experto en Derecho y Políticas de Infancia.

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