Individuación y participación política

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Por Fabián Piñeyro(*)

La dilución simbólica de lo social, de lo político, ha tornado en personales todos los asuntos, todos los problemas. La solución, la salvación, es -por lo tanto- también esencialmente personal. No está en la política porque, en última instancia, está en cada uno salir adelante, y porque el orden ha sido declarado inmutable.

Estas proposiciones conforman el núcleo del sistema mental de los potenciales votantes y de aquellos que aspiran a ocupar algún puesto dentro de la estructura gubernativa del Estado. Ello explica la manera en que unos y otros se relacionan con lo político.

Que el orden es inmutable es una consigna tan ideológica como aquella que proclama que en última instancia todo depende de nosotros, de nuestro empeño, de nuestra voluntad, de nuestra disposición al sacrificio y de nuestras capacidades y habilidades.

Esas consignas constituyen el núcleo organizador de una ideología, es decir, de un dispositivo simbólico de legitimación de un orden. Pero ello no es percibido como tal porque esa ideología devino hace bastante tiempo en sentido común.

Una hegemonía casi incontestada, todo planteamiento que contraríe abiertamente esa ideología es tildado de irracional, absurdo, y quienes lo formulan, de irresponsables o desvariados.

Esa ideología estructura la manera en que los sujetos piensan el mundo y se piensan a sí mismos. Define el modo en que ven la realidad. Pero a la vez es invisible porque los sujetos no son conscientes de que están mirando la realidad a través de ella.

Esa ideología ha instituido una idea de lo político que remite al ámbito de la gestión, de la administración del Estado y de algunos aspectos del funcionamiento social. Pero que no incluye al orden en cuanto tal y que deja afuera del ámbito político las relaciones sociales de producción y los dispositivos fundamentales de distribución de esa producción.

Por eso genera la dilución de la política y les impone a los sujetos el deber de gestionar individualmente casi todos sus asuntos.

El debate político se reduce a una confrontación entre distintas propuestas de gestión del mismo modelo económico, social y cultural. Un contencioso de méritos en que se pugna por demostrar que se tiene más sensibilidad, más humanidad, más capacidad y mejores ideas de cómo gestionar, que los otros candidatos.

Esta idea de lo político que se articula en torno a la inmutabilidad del orden, del sistema, del formato vigente de relaciones económicas y sociales, no es neutra en términos de clase, es obviamente funcional a los intereses de las elites dominantes.

La discusión pública se organiza en torno a medidas concretas de gobierno, es decir, dispositivos a ser activados con el objetivo de remover algún obstáculo, resolver algún cortocircuito, o encausar el flujo, todo con la finalidad última de preservar el orden y asegurar un eficiente funcionamiento del sistema social. Por ello la discusión política ha sido sustituida por la discusión en torno a las políticas.

El carácter inmutable que la ideología hegemónica le asigna al orden, estructura simbólicamente el juego de la política y la sentencia de que -en última instancia- todo depende de la decisión individual…establece los límites del juego. Límites que remiten todo un conjunto de problemas sociales al campo de la moral, la psiquiatría y la policía.

El juego de la política se estructura en función del consenso de que el orden es inmutable, por ello los actores políticos les niegan toda representación a las demandas de cambio de ese orden.

Por ello las propuestas, las ideas y las medidas, se orientan a la resolución de aquellos problemas que afectan el funcionamiento del sistema. De ahí que se planteen y se ejecuten acciones en orden a garantizar que las personas hagan lo que tienen que hacer, toleren lo que tienen que tolerar, manteniéndose funcionales y productivas.

La inmutabilidad es el envoltorio simbólico, el dispositivo de justificación al que recurre un sector de la dirigencia política que lo que quiere es evitar confrontar con las elites dominantes y a la vez preservar su papel como representante de las aspiraciones del pueblo pobre.

Una evitación que es signo evidente de su integración o de su vocación a ser integrada dentro del circuito de las elites.

Ello obtura la representación política de los intereses del pueblo pobre y deja trancado sus enojos y anuladas sus esperanzas.

Obturado el acceso de ese enojo y de esas esperanzas al campo del debate público, se las convierte, valga la metáfora, en un síntoma que ha de regresar en otra forma al espacio público; va a volver y vuelve, de hecho, transformada y bajo el camuflaje con el que se manifiesta lo reprimido al regresar en forma de síntoma.

Ese sector de la dirigencia ha coadyuvado a la conversión de la confrontación política en un tabú y ha contribuido a la hegemonía de un imaginario al que le resulta intolerable que los políticos se peleen acaloradamente, que los sindicatos protesten airosamente, todo ello parece dañar una sensibilidad que no se ve afectada, por cierto, por la extrema desigualdad entre la miseria y el lujo, entre la miseria y la insultante opulencia de los ricos.

Esa imposibilidad de la confrontación inhabilita toda discusión política en el marco de una sociedad estructurada en la dominación y en la explotación.

La dilución de la política, su extremo angostamiento, determina que para la inmensa mayoría de las personas resulte una acción racional desinteresarse por los avatares de ésta.

En tanto nada va a cambiar de manera sustancial, y en vista de que la suerte última de cada quien depende de sí mismo, dedicar tiempo, prestar atención y participar tiene más costos que beneficios. Distraerse con los avatares de la política tiene el riesgo de desatender sus asuntos personales.

Al reducirse a una competencia de méritos, la política pasa a interesar primordialmente a los competidores, si nada puede cambiar de manera más o menos sustancial, si la suerte de cada uno depende de sí mismo, no hay mayores motivos para interesarse por esa competencia.

Como nada va a cambiar demasiado, es natural que el sujeto tienda a pensar que la única vida que se va a modificar con el resultado de esa contienda es la de los contendores y la de sus familias.

Toda valoración que se haga respecto de la participación ciudadana en una elección voluntaria tiene que tener en cuenta estas premisas.

Todo análisis ha de partir de que a pesar de la extrema dilución de la política, hay un sector significativo de la población que sigue por ahora aguardando algo de quienes asumen el papel de representarlos.

(*) Fabián Piñeyro es Dr. en Derecho y Ciencias Sociales por la UdelaR, experto en Derecho y Políticas de Infancia.

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