Género y Política

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@mateamargouy

Hekatherina C. Delgado

El metadiscurso patriarcal presenta a la sociedad como una evolución desde Grecia a la actualidad. Sin embargo, en nosotras, las ciudadanas, recaen las responsabilidades y los beneficios de poner nuestras vidas en práctica, procurarles continuidad en la larga duración e influir políticamente: el fundamento de la democracia es el pluralismo, la diversidad y la tolerancia que se asumen como valores en forma de ideal al que aspirar a partir de la diferencia.

Las ciudadanas somos legalmente “libres e iguales” ante la ley, tenemos derechos y obligaciones, derechos que son limitados por las exigencias democráticas, favoreciendo la participación activa en la edificación y transformación de la sociedad, ampliando las opciones y posibilidades para acceder a mejores condiciones de democráticas.

Los desarrollos teóricos de los feminismos occidentales se desdibujan de la memoria de nuestras sociedades latinoamericanas y en las particularidades de nuestra experiencia histórica. Sin embargo, la actualidad política conduce a preguntarnos acerca del tipo de “democracia” que es deseable para una sociedad, del tipo de identidad que se desea construir y acerca de los modos de igualdad en que se procura su realización, una pregunta propiamente normativa.

Los razonamientos normativos subyacen a todas las culturas, son una práctica constante, una actitud asumida en cuanto a la convivencia en una sociedad “democrática”. Aluden a pertenecer, ser parte de un todo. Implica un sujeto capaz de articular su deseo en el contexto de una subjetividad más amplia que lo incluye, cuya condición necesaria es la existencia que lleva a formar parte de algo, a expresar deseos y necesidades, a apropiarse de las medidas que puedan adoptarse para atenderlos y de la posibilidad de influir para trascenderlos. Hacia este lugar es donde se dirige el componente utópico de cualquier pensamiento teórico con pretensiones políticas. Hacia este lugar es donde se dirige este humilde aporte de repaso teórico sobre los feminismos occidentales. Espero que sea un aporte a la hora de darnos cuenta de donde vivimos, para qué estamos y por qué luchamos las mujeres, lesbianas y travas.

La historia del Movimiento Feminista occidental ve sus raíces en el texto Sobre la igualdad de los sexos (1673) del filósofo Poulain de la Barre. En este texto se fundamenta la demanda de igualdad sexual en paralelo a una incipiente articulación teórica y práctica del movimiento social y en el marco de la razón ilustrada (hombres libres e iguales en derechos). De igual manera, Condorcet apeló a la educación igualitaria en Sobre la admisión de las mujeres al derecho de ciudadanía (1790).

La Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana de 1791, a cargo de Olympe de Gouges, fue un punta pie inicial en el camino hacia la toma de conciencia femenina. El mismo sentir siguió Mary Wollstonecraft en 1792 en su Vindicación de los derechos de la mujer. Estas declaraciones teóricas fueron acompañadas desde el movimiento por la movilización social y la manifestación colectiva transformada en expresión y disputa política.

El siglo XIX encuentra a los Feminismos con un nuevo carácter de movimiento social y político internacional, constituido identitariamente en tanto organización y teoría, en el marco de movimientos impulsados por socialistas y anarquistas. El capitalismo de la mano de la revolución industrial adjuntó nuevas reivindicaciones al abanico de demandas de las feministas excluidas de la democracia y sometidas a la proletarización esclavista.

En el nuevo escenario creado por el capitalismo nace el Movimiento Sufragista nutrido de mujeres de extracción burguesa que vieron sus vidas relegadas al ámbito privado (doméstico) y se convirtieron en galardón de los hombres que se realizaban laboralmente. Esta experiencia de propiedad legal del marido las marginó educacional y profesionalmente, llevándolas a someterse al matrimonio como opción a la pobreza. Esta situación de sometimiento legal y fáctico motivó a organizarse reivindicando el derecho al sufragio. Los derechos civiles liberales garantizarían, en primera instancia, el acceso al Parlamento, ergo, a las reformas legislativas e institucionales. Subyace el tono ilustrado en los argumentos a favor de la igualdad de los sexos.

El Feminismo socialista nace a partir de los desarrollos teóricos de socialistas utópicos como Fourier y Sain-Simon cuyas ideas se encaminaban hacia la cooperación igualitaria entre sexos, convirtiéndose en indicador del nivel de progreso de una sociedad.

Flora Tristán planteó la necesidad de la educación y la consecución de los derechos naturales de las mujeres, exponiendo la relevancia del rol que ocupan como sustento real del trabajo asalariado masculino. Sin embargo, se dejaba intocada la estructura de explotación de la división sexual del trabajo. También fue relevante el aporte a la reflexión incorporando la potencial transformación de la institución familiar, dado el oportunismo implicado en la doble moral y lo opresivo de la institución matrimonial.

Con base teórico-social en el socialismo utópico nace socialismo marxista. Friedrich Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884) expuso que la sujeción de las mujeres no se debe a causas biológicas sino que encuentran su sustrato en lo social, ya que responden al surgimiento de la propiedad privada y su exclusión del género femenino de las etapas de producción social. La emancipación femenina resulta de la real independencia económica dada por la socialización de los medios de producción. Una de las referentes del movimiento socialista femenino fue Clara Zetkin quien logró ensamblar los desarrollos de los utópicos con las implicancias explotación económica y sexual de la mujer y luego la comunista Alexandra Kollontai relacionó la igualdad sexual y con la revolución socialista.

Sin embargo, es el propio Marx -a diferencia de lo que piensan la mayoría de las personas que no conocen cabalmente la obra del autor- quien escribe sobre la realidad que vivimos las mujeres y disidencias bajo la cultura del patriarcado capitalista. En Acerca del suicidio (2012)[1] Marx estudia las actas de la policía de los suicidios de mujeres en manos de varones y familias opresivas de distintas clases durante la Comuna de París en textos como El encarcelamiento de Lady Bulwer-Lytton y El aumento de la demencia en Gran Bretaña.

Las feministas anarquistas se caracterizaron por el alto vuelo individualista que subyace al concebir la emancipación en el esfuerzo individual de resistir a la fuerza permeante de la ideología tradicional en el pensamiento y la vida cotidiana. La libertad es el valor fundamental para las anarquistas y el camino a seguir es la destrucción de las instituciones jerárquico-autoritarias, consistentemente, preferirán también la libertad sexual.

Los desarrollos feministas de los años sesenta rondan en torno a la obra de Simone de Beauvoir El segundo sexo (1949) donde se da el paso de profundización en el análisis de la comprensión filosófica en la realidad femenina. Betty Friedan en La mística de la feminidad (1963) estudió como se translucen las patologías autodestructivas consecuencia de los problemas personales en la insatisfacción de las mujeres estadounidenses consigo mismas y sus vidas, configurándolo como una problemática política en la medida de que la realización personal se imposibilita por los roles de madre y esposa, y aquellas que logran son objeto de culpabilización social.

El Feminismo liberal define a la situación de las mujeres como una desigualdad y plantea la necesidad de las reformas democráticas para lograr la igualdad entre los sexos; la desigualdad surge de la exclusión de las mujeres del ámbito público, por tanto, la solución a la inclusión es el acceso al mercado laboral y al sector público. De esta forma, se configuró la tesis sobre que “lo personal es político”, cuya forma organizativa se tradujo en la organización de grupos de autoconciencia.

Luego del declive del Feminismo liberal, surgió en una formula radical en los años sesenta y setenta etapa en la que, ante las contradicciones sistémicas, la embestida feminista es contracultural (cambio en la vida real) con organización autónoma, constituyéndose el Movimiento de Liberación de la Mujer. El movimiento radical sufrió una escisión entre las feministas en “políticas” y “feministas”, pues las “políticas” consideraban al feminismo una vertiente más de lucha contra el sistema capitalista, mientras las “feministas” se revelan también contra el sexismo que traspasaba la izquierda y plantean la especificidad de la dominación masculina.

El Feminismo radical devino en heterogeneidad teórica y práctica, destacándose obras como Política sexual de Kate Millet y La dialéctica de la sexualidad de Shulamith Firestone (1970). El sustrato teórico de este Feminismo vió nutrir sus bases por el marxismo, el psicoanálisis y el anticolonialismo que permitieron lograr construcciones conceptuales tales como el patriarcado (sistema de dominación sexual y cimiento a partir del que se construyen la dominación de clase y etnia), el género (construcción social de la feminidad) y la casta sexual (opresión vivida por todas las mujeres).

La dominación patriarcal, que otrora se circunscribía a la esfera “privada”, plantea una nueva localización reflexiva por medio de la tesis “lo personal es político” en las relaciones de poder familiares y sexuales, dando a los hombres el disfrute de los beneficios del patriarcado y profundizando la dominación en tanto alineación.

La organización en base a grupos de autoconciencia permitió el intercambio sobre las percepciones de la opresión y el “despertar la conciencia” de las ideologías hacia la construcción de estrategias de transformación en el camino de la autoconciencia, la solidaridad, el igualitarismo y la antijerarquía. La antijerarquía se convirtió en elemento que obligaba a la permanente deliberación y el igualitarismo en elemento de simetría entre militantes con acumulación y recién llegadas al movimiento.

El Feminismo cultural cambió de la concepción constructivista del género a una esencialista consolidándose en la diferencia, salvaguardando la contracultura femenina y la concepción de la liberación a partir del desarrollo de las mujeres, contraponiendo una superioridad femenina natural y normativamente.

El Feminismo francés de la diferencia instala la feminidad en el lugar de la otredad por medio del buceo en lo inconsciente hacia la reconstrucción de una identidad femenina. El Feminismo italiano de la diferencia se desarrolla denunciando la pretensión de neutralidad de la ley masculina. La pelea es desarrollada desde el plano simbólico, pues es desde allí donde se produce la real liberación femenina a raíz del deseo. La diferencia sexual se consolida como determinación ontológica fundamental.

Luego de los años ochenta, se percibe la disminución de la capacidad de movilización del movimiento organizado pero no de su desarrollo teórico ni su presencia política ni discursiva. Se mantienen y multiplican las expresiones institucionales, teóricas y las militantes han llevado sembrado el camino hacia la Declaración de Atenas de 1992 en tanto pacto hacia una democracia paritaria.

El debate en torno a los Feminismos de la igualdad y los Feminismos de la diferencia plantea la problematización acerca de los problemas que tenemos en común, pero ambas perspectivas dialogan permanentemente en todo el mundo y se complementan: son ingobernables.

Los Feminismos de la diferencia plantean la relevancia de aquellas cuestiones que hacen a la diferencia sexual entre hombres y mujeres dotando de importancia normativa el lugar desde el que una vive, es decir, la problematización de lo privado. El abordaje de la representación del sujeto como reproductor del orden masculino hace que la única forma de enfrentarlo sea desde el lugar de las diferencias, pues es el único que permite la creación.

Las diferencistas observan la particularidad femenina de “hacer política”, no como las igualitaristas en tanto cambios legislativos, sino en tanto el ser en la vida de las mujeres, pues se encaminan en la búsqueda del cómo y no de qué, en tanto que descartan la lógica que lleva a la elección de cualquier medio hacia la consecución de un fin: para la diferencia el fin no justifica los medios. Esto se enmarca en una concepción de existencia como libertad interior que permite la búsqueda de un modo de ser femenino y no una utopía emancipatoria.

Las feministas de la diferencia buscan la igualdad a partir de la diferencia y no de la aceptación del modelo sociocultural masculino. Acusan a las igualitaristas de mantener intocado el sujeto universal neutro masculino. Plantean que diferencia no tiene su contrario en la igualdad, sino en la identidad, por tanto, no es posible encaminarse a la igualdad sin tener presentes las diferencias que son las que plantean el movimiento de lo real. Para las diferencistas el planteo de las igualitaristas encierra un modo de reproducir la dominación sexista.

El desafío que les atañe es el de los cambios de significante del subordinante sistema de dominación masculino, tanto en el campo de lo real como en el simbólico, donde la dominación es inconsciente; la libertad pasa por hacer consciente esa dominación para así poder crear un nuevo orden simbólico en tanto proceso de autosignificación. Asimismo, las diferencistas descartan el esencialismo al plantear que existen diversos modos de ser mujeres, descartando también el ser género, dada su parcialidad.

El ser poseedoras de derechos caros al sujeto universal implicaría asumir la jerarquización del ser masculino y la real necesidad de las mujeres no solo pasa por una igualación al hombre en cuanto sujeto de derechos, sino por la necesidad de la construcción de una ciudadanía y sujeto diferencial plural.

En una sociedad que se basa en la dominación patriarcal, la concepción del poder no es neutral; sus fundamentos normativos deben ser puestos en tela de juicio y la república democracia no se problematiza en sí misma. Por tanto, formar parte de sus órganos institucionales es una forma de continuar con su incuestionabilidad.

Para las feministas de la diferencia la sociedad civil es la que generará la real masa crítica desde las mujeres a partir de un poder cualitativamente diferente, desde una ética hacia la realización humana en diversidad y la equiparación del ámbito público y el privado, cuyo fundamento moral es la libertad.

En los Feminismos de la diferencia, la lógica patriarcal se desarrolla con arreglo a la concepción del sujeto universal humano de sustrato esencialista. De este modo, plantea un código binario en tanto connatural a la humanidad, siendo esta última la que debe adecuarse al código. Lleva a la contradicción y exclusión dado que lo diferente es contrario también en el plano simbólico. La cuestión epistemológica redunda en el pensar y en el hacer de la política.

No se busca una igualdad respecto al hombre, pues se estaría solapando la comparación intrínseca de una diferencia y, si esta existe, es porque no se puede prescindir de la ella, pues abre el camino al ser creativo de modo de evidenciar que en el sistema de dominación patriarcal -real y simbólico- las diferencias se traducen en desigualdades, desigualdades que no son plausibles de aprehender sino es desde una lógica analógica.

En contraposición, los Feminismos de la igualdad parten de una concepción que implica que la uniformidad no significa contradicción, sino una relación de diferentes con rasgos comunes en tanto caracteres que comparten y son valiosos a los seres humanos, ergo, igualdad presupone diferencia.

La búsqueda de la igualdad evidencia una búsqueda de equiparación en la capacidad de ejercicio del poder que permita la necesaria autonomía que solo se puede lograrse a través de la equivalencia y equifonía. Se posibilitan, de esta manera, las diversas formas de ser en el mundo sexuado.

Las feministas de la igualdad apelan a un manejo lógico de la expresión de la racionalidad femenina, en tanto herramienta que posibilita y fundamenta la capacidad de crítica y comunicación, teniendo clara la capacidad racional que permite trascender el razonamiento instrumental, dada su utilización de la lógica racional en clave dialéctica, es decir, en constante movimiento de lo real.

Así pues, diversas lecturas plantean la interdependencia de los pensamientos feministas occidentales en Latinoamérica, pero cabe aclarar de qué hablamos cuando solemos mencionar al movimiento feminista popular.

El modelo teórico de ciudadanía feminista propuesto por Chantal Mouffe se enmarca en el camino hacia el desarrollo de su propuesta de democracia radical. En este sentido, comienza su análisis con el abordaje de la problemática filosófica planteada por el esencialismo subyacente a los desarrollos teóricos de los feminismos de la diferencia.

Las identidades esenciales -sujeto racional significador de una conducta homogénea- deben ser necesariamente deconstruidas para posibilitar la comprensión del tejido relacional en el que lo normativo atañe a los principios de libertad e igualdad. En la medida de que el sujeto no es homogéneo, se convierte en plausible de ser oprimido en múltiples relaciones de dominación.

El sujeto se constituye por las diversas posiciones sociales en las que está inmerso y que son concebidas dinámicamente, ya que su entidad se construye en base a los discursos en un movimiento sobredeterminante, desplazante y constante.

Esta identidad del sujeto decanta múltiple y contradictoria. Por tanto, es contingente y precaria en el espacio temporal de la intersección de las “posiciones de sujeto” y, por ello, se da como dependiente de formas específicas de identificación que no tienen necesariamente relación a priori. El sujeto es una pluralidad con arreglo a las posiciones en las que es constituido en el marco del discurso. Es una continua sobredeterminación de las “posiciones de sujeto” de manera tal que se generan “efectos totalizantes” en un ámbito abierto e indeterminado.

El considerar estas “posiciones de sujeto” en las relaciones sociales como contingentes pero, a la vez temporalmente intersectas, da como consecuencia su incorporación a lo político mediante este movimiento dialéctico.

El desarrollo conceptual de Mouffe plantea que es necesario establecer “equivalencias”, simetrías entre las distintas luchas democráticas en un camino de articulación de las demandas. La inestabilidad de las estructuras discursivas en las que se constituye el discurso de las diferentes “posiciones de sujeto” es lo que lleva al concepto de “articulación” de manera que es imposible la identidad completa y permanentemente adquirida, sin por eso descartar las identidades parciales como puntos nodales.

En este sentido, es imposible la entidad homogénea de mujer, pues las mujeres se insertan en diversas relaciones sociales donde la diferencia sexual se construye de diferentes formas y la subordinación tiene sus especificidades.

De ahí la necesidad de construir un concepto de ciudadanía que tenga en cuenta esta múltiple inscripción del sujeto en la articulación de sus diferentes posiciones cuyos discursos tienen formas de articulación contingentes y precarias, ergo, la diferencia sexual no es pertinente en todas las relaciones sociales, y por tanto, menos en lo que atañe a lo político-ciudadano. Para Mouffe, la ciudadanía se configura en:

“(…) una forma de identidad política que consiste en la identificación con los principios       políticos de la democracia moderna pluralista, es decir, en la afirmación de la libertad y la  igualdad para todos” (1992: 88).

Se traduce en un principio articulador de las “posiciones de sujeto” permitiendo lealtades específicas y libertad individual deconstruyendo la distinción público/privado. Atañe a la responsabilidad del individual la realización de deseos, decisiones y opciones que tienen un correlato público restringido a las condiciones propias para ser plausibles de comprensión por los principios ético-políticos de la “gramática” de la conducta de los ciudadanos.

Las interpretaciones de los principios de ciudadanía pueden variar de acuerdo a las distintas formas de ciudadanía, pero su ejercicio remite a la identificación con los principios ético-políticos de igualdad y libertad de la democracia moderna que ponen en cuestión las relaciones de dominación patriarcal dando lugar a la emergencia de las demandas de los distintos movimientos y la articulación de ellas.

Las diferencias son sustituibles entre sí dada la identidad política colectiva que otorga el principio de equivalencia democrática. El imaginario social toma el lugar del bien común y de horizonte de representación en lo que Mouffe designa como una “gramática de la conducta” coincidente con arreglos principios ético-políticos inherentes a la democracia moderna como son la libertad e igualdad.

La realidad marca la imposibilidad de la inclusión completa y para que se constituya una comunidad política tiene que haber necesariamente un otros afuera. La identidad común hace al objetivo democrático como la articulación igualitaria de las relaciones sociales en el sentido de nuevas identidades para convergir en una articulación hegemónica en múltiples formas de acción.

Los puntos nodales permiten formas de identificación de las mujeres conceptualmente de modo que haya cierta base para una identidad y lucha feminista. Sin embargo, el feminismo debe entenderse como parte de la articulación de demandas más amplias hacia el cambio en todos los aspectos en las múltiples construcciones discursivas de la identidad de las mujeres de manera subordinada.

Esta mirada permite comprender el “sujeto” en una “articulación” en “movimiento”, de manera que se multiplican las formas de lucha contra las subordinaciones sociales, permitiéndonos el acercamiento a las posiciones de sujeto a través de las diferentes construcciones discursivas.

Hacer teoría y hacer política, en términos prácticos, encarna aceptar que la historia política ha sido configurada por sus lenguajes, también es plantear la relevancia de la creación de nuevos horizontes políticos, socioeconómicos, culturales y ambientales. Es decir, preguntarse acerca de la realidad actual de la política es, por sobre todo, la posibilidad de actuar su transformación.

[1]  Recién es traducido al español en 2012, ediciones Las Cuarenta (Argentina).

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