Poesías para negar la indiferencia

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Lucía Delbene Azanza nació en Montevideo, en 1975. Es poeta, narradora, investigadora y docente. Egresada del IPA (Instituto de Profesores Artigas) y Lic. en Filología Hispánica (Universidad de Barcelona) Actualmente cursa la Maestría en Literatura Latinoamericana en la UDELAR. En poesía ha publicado “Garza en garza” (2009); “Taurolabia” (2012), en narrativa “La homicida de las flores” (2001) Revista Cantá Odiosa, “El libro de los peces” (Trópico Sur, 2013) y diversos artículos sobre poesía en revistas electrónicas nacionales, hispanoamericanas y extranjeras: H Enciclopedia (Uru), No Retornable (Arg), Badebec (Arg) Piedra Alta (Uru), Va de Nuevo (Uru) Revista Lab (Chile), Revista Sic (Uru), Alter/nativas (USA). Asimismo ha participado en recitales y ciclos de poesía, como Ronda de Poetas y el Festival mundial de poesía de Montevideo realizado en el 2013 y en el recital homenaje a Julio Inverso (2013). Actualmente también se desarrolla en la producción e investigación de la performance en el homenaje a Selva Casal (2013) y en Cuerpo en Alma, acción pictopoética “La resurrección del sombi chacrero” a realizarse en el Museo de la Memoria (MUME – octubre 2014).

El pan de los ancestros

1. Noches Blancas

Noches Blancas de Dostoievski, en la biblioteca de mi abuelo que volvía con ojos velados como dos jazmines y un pan entre las manos. Yo leía Noches blancas, en la aurora del austro a la que iba sometida, por las calles del puerto alguien cargaba un anhelo y seguía hasta el mar, a su signo de salida, al deseo de llegar a las estepas y navegar, navegar, navegar, hasta la aurora láctea del norte donde mueren los rusos con jazmines de nieve en el pelo igual que vos abuelo, cuando tu sueño se llamaba América, tu sueño de selvas, calor y una noche negra para plantar un jazmín.

Y un perfume casi que de jazmines de los ojos ciegos de mi abuelo, en la hilera de las novelas, de las auroras insomnes de la guerra, algo más distante que los recuerdos, una imagen que ya explota con oboes, con sombra de payaso en los talones, con el pericón de los milicos en la escuela y un pañuelo celeste atado a mi cintura y tu brazo y del cuello un país colgado en medallón.

2. Barcos asiáticos

Barcos asiáticos atornillaban el mar con sus monedas, sus engranajes de reloj inextinguible, sus hocicos de dragones submarinos, sobre el horizonte extranjero que me crió. Era azul como un cordón a la deriva, el aire que se alejaba de los pulmones mientras veía a los amigos morir bajo salvajes sogas de amor.

Los barcos asiáticos dejaban estelas de plástico, corrientes abandonadas de nylon, lamían nuestros pies en las playas de amoníaco, donde algunos peces olvidados, como caminos o bordados de escamas brillaban al sol en su fúnebre ruedo.

Los muelles invitaban a ser poseídos, los panes flotaban ya desordenados, las redes abrían sus nervadas manos para tomar a la madre ciclópea, pero los barcos a su desmadre, la marea en subida, las rocas atormentadas por las espumas, la ola se alza sedienta y sucia: la voz del viejo.

3. Diminutos cráneos

Mi abuela coleccionaba diminutos cráneos indios en hileras de su ventana. Me acercaba y veía los ojos de piedra acechar por la tierra insomne, revuelta como jaula demasiado repleta, mientras el campesino del Pirineo removía con la azada tratando de matar las plagas del poniente. El sol se paseaba en las líneas de las montañas, cruces oblicuas recordándonos el sacrificio, procesiones cayendo por los riscos, la sangre derramada, el pan de la guerra y así salían de la hoz y de la azada los cráneos como naranjas, qué dulce cosecha, hemos llegado a la tierra decían los campesinos en lenguas extrañas, mientras mi abuela repetía – no son niños, ni piedras, no son corazones extirpados, es un rosario de voces, gargantas segadas, mientras las pestañas se le escarchaban de nuevo en el viejo pan de la montaña.

4. Mi carne es un tóxico pastel

Era sólo la ilusión de un pasaje o el olvido que crece junto a los umbrales, una droga que detiene el gemido del invierno y lo envuelve en un paño tibio con gesto de paloma, de ala maternal que aun concreta un abaniqueo de vida.

Y el estupor hereje de traspasar el vidrio de la muerte, y bajar de sus coágulos como si de esferas se tratase, para pintar la sensación con el puño de la furia, el afilado diente que espera un instante, haz es su presa en un brillo amordazado, y lo único que sobra en la mesa es el cuerpo, el cuerpo en su terror de ofrecimiento, es frío el pan cuando en noches transparentes permaneces tras la puerta, y la soledad inacabada tallándose de moscas.

Mi carne es un tóxico pastel, corriente más profunda que el olvido, y el viento polvoriento que no cesa, pues quien sabe qué jugada irrumpe con un sordo galope de tambores de guerra y rompe en átomos de espuma que el mar del puerto deglute con su labio negro y la tierra en su dádiva, su lecho gentil de arcabuces donde reposa la semilla que me es ajena.

5. El sueño de María de Fátima

Ella soñó con ballenas, tras las ventanas se mecían los océanos, persistían como haces o cuchillos, se movían con espumas y con peces, ondulaban en corrientes inequívocas, maternas contexturas infinitas, tras las ventanas no había escisiones, bajo el suelo no había cimientos, las ballenas venían a lamerla, la amaban como perros labradores, entre sábanas calientes y dormida servía un té mientras las ballenas se iban, y ella decía el día se desplegó como un mantel de Breton, y sólo quedaba aquella insistencia líquida, tendida como un lodo inasequible, entre las ventanas y el cosmos que se abría, tal vez se infiltraba una gota, tal vez los perros en su cama dormían, y corría por la punta de una hoja, en mandato mineral una esfera de cristal enmudecía.

Por: Claudia Magliano

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