Por Michel Torres Corona (*)
Hace cuatro siglos, Galileo Galilei decidió desafiar los dogmas de la Iglesia y defender la famosa tesis de Copérnico: el Sol no giraba en torno a la Tierra, sino al contrario. Ello le valió la animadversión de las autoridades eclesiásticas y un juicio inquisitorial por herejía. Galileo se retractó en público de todas sus afirmaciones, basadas en sólidos razonamientos científicos, y se arrodilló ante el conservadurismo irracional. La Tierra, como indicaba la religión, era el centro del Universo, de toda la creación de Dios. Pero mientras volvía a erguirse, dicen que murmuró: “Y, sin embargo, se mueve”.
La frase es probablemente fruto de leyenda. No obstante, se ha hecho símbolo de la resistencia intelectual, del desafío a lo que se considera correcto por imposición y no por lógica o por el consenso derivado de la sana polémica. Y, a su vez, Galileo se ha convertido en símbolo del hombre victimizado por poderes arrogantes, de la razón y la verdad condenadas por intereses políticos disfrazados.
Cuba es hoy, como Galileo, víctima de esas “verdades universales” impuestas por el statu quo. Se nos acusa de todo pero lo que no nos perdonan nuestros enemigos es el mero hecho de desafiar un modelo que impera a nivel global, y que conocemos como capitalismo. Para ellos, el dinero y la mercancía son el centro del Universo: todo gira en torno al interés y al intercambio comercial. Nos cuestionan el plantearnos otra tesis, la socialista, y ese reproche lo disfrazan con el discurso de los derechos humanos y de la democracia.

Irónicamente, para “defender la democracia” nos imponen medidas coercitivas unilaterales que son contrarias al ordenamiento jurídico internacional; y para “defender nuestros derechos humanos” bloquean a Cuba, haciendo difícil no ya nuestra plena realización como ciudadanos o sujetos jurídicos, sino nuestra mera reproducción como seres vivos. Tanto Mike Hammer, cínico representante diplomático de Estados Unidos y aspirante a procónsul imperial, como María Elvira Salazar, congresista estadounidense nacida en Miami pero que ha hecho carrera (y fortuna) discursando y decidiendo sobre Cuba, han hablado en los últimos días sobre el “sacrificio” de nuestro pueblo. Saben que sufrimos, que nos cuesta cada vez más comer o tener electricidad, pero afirman que es necesario: claro está, ellos están a distancia segura, ya sea de la escasez que imponen o apoyan, o de una hipotética agresión militar, que nunca se ha descartado.
La última sentencia de la Inquisición trumpista implicó cerrar toda vía de acceso para Cuba de combustible, cosa que personajes como Hammer o Salazar aplaudieron (obviamente). Y si hay algo en lo que ha impactado de manera considerable es en el transporte. Las calles, sobre todo los fines de semana, se ven prácticamente vacías. La gasolina cada vez es más costosa en el mercado negro. Los ómnibus interprovinciales se redujeron y las rutas urbanas están suspendidas o solo funcionan de manera esporádica. Ni siquiera los aeropuertos tienen cómo abastecer a los aviones. La crisis, inducida y agravada por el bloqueo estadounidense, tiende a paralizarnos.
Y Cuba, sin embargo, se mueve. Como la leyenda de Galileo hecha nación, seguimos siendo herejes del orden internacional, comandado por el imperialismo; seguimos defendiendo un modelo soberano y diferente, que no admite injerencias ni recetas, que se resiste a ser juzgado, sometido o condenado. ¿Cómo nos transportamos los cubanos si se nos niega el combustible? Pues lo hacemos, ya sea en vehículos eléctricos, en bicicleta o con la escasa gasolina que aún circula. Lo hacemos de forma solidaria, pidiendo aventón u organizando métodos colectivos de apoyo. Y caminamos mucho. La parálisis no ha sido ni será.
El gobierno cubano está haciendo un gran esfuerzo, es meritorio reconocerlo. Han entrado buques con petróleo a la Isla, no se sabe cómo o desde dónde. Tampoco se puede decir. Como afirmara Martí: “hay cosas que para lograrse han de andar ocultas”. También se planifica para poner los recursos allí donde más se necesitan. Ejemplo de ello es la creación de una empresa estatal con los recursos mínimos para transportar al personal sanitario, con vehículos eléctricos y motorizados. En el socialismo cubano, imperfecto y criticable pero no vencido, se planifica para la mayoría y para los más vulnerables. La salud, ese derecho humano que nuestros enemigos, tan “preocupados”, nos niegan, sigue siendo la prioridad para nuestro Estado.
La vida se hace cada vez más difícil y, sin embargo, aquí estamos, vivos. Y puede que Cuba no tenga (casi) combustible pero no se detiene.
(*) Michel E. Torres Corona, abogado y comunicador cubano, conductor del programa «Con Filo» de la Televisión Cubana. Director del grupo editorial Nuevo Milenio, es además colaborador de varios medios de su país y el mundo.