Por Carlos Fazio
A casi un mes de la ilegal agresión militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, el curso de la guerra continúa incierto y hasta el presente ningún ultimátum de Donald Trump a las autoridades de Teherán se ha cumplido. Antes bien, el gobierno iraní ha desplegado contundentes respuestas bélicas asimétricas de retaliación sin límites de continuidad contra Israel y objetivos estadunidenes instalados en las petromonarquías del golfo Pérsico, y pese a las continuas amenazas trumpistas sigue defendiendo su soberanía marítima en el estrecho de Ormuz, lo que mantiene en vilo a la economía mundial y a los políticos republicanos de cara a los comicios intermedios de noviembre próximo.
Según medios estadunidenses como The New York Times y CNN y The Economist y The Independent de Londres, Trump necesita una estrategia de salida pero parece vacilar a la hora de tomar decisiones. Peor aún, mientras Estados Unidos intensifica las operaciones de desinformación y guerra psicológica y con su estilo gangsteril narcisista Trump finta con nuevas negociaciones para intentar ganar tiempo, evaluar alternativas –incluido el eventual despliegue de fuerzas terrestres en Irán– y consumar otra traición, el gobierno de la República Islámica no cede y sube la apuesta.
En el lapso transcurrido desde el artero ataque aéreo de saturación del 28 de febrero, la férrea y patriótica resistencia iraní ha derribado varios mitos. Entre ellos, que junto con la técnica de los asesinatos selectivos (la aniquilación del máximo líder religioso chiíta, altos mandos militares y de inteligencia, y 165 niñas escolares), la supremacía aérea y una sofisticada maquinaria tecnológica-militar de última generación no son garantía de una rápida victoria ni pueden provocar el colapso de un gobierno independiente y soberano.
Por intensos que sean, los bombardeos de precisión de los aviones y los drones pueden producir muerte a mansalva, destruir infraestructuras vitales y degradar las
capacidades bélicas del enemigo. Pero la fuerza bruta desde el aire resulta insuficiente para tomar territorios y extraer sus recursos geoestratégicos y controlar rutas marítimas como el estrecho de Ormuz, y tampoco ha podido evitar la suba de precio de los hidrocarburos. Todos esos elementos tienen limitaciones en el teatro operacional: la principal es que no sustituyen al ser humano como actor central de la confrontación.
El sábado 21 de marzo Trump lanzó un ultimátum de 48 horas a Teherán: reabrir a la navegación el estrecho de Ormuz o enfrentar la destrucción de sus infraestructuras vitales (plantas de energía y centrales eléctricas, objetivos prohibidos en la mayoría de los casos según los Convenios de Ginebra). En un tono aún más agresivo, afirmó que Estados Unidos ya había “borrado a Irán del mapa” y descartó cualquier interés en negociar. No obstante, la respuesta inmediata de Teherán fue implacable: “Haz eso y volaremos por los aires todas las plantas desalinizadoras que mantienen con vida a tus aliados del Golfo en el desierto, cerraremos el estrecho de Ormuz hasta que repares todo lo que bombardeaste, y atacaremos a Israel con aún más dureza”, avisó. Posteriormente, afirmó que se centraría en desmantelar las centrales eléctricas del Golfo Pérsico.
La réplica disuasiva de Irán introdujo un elemento clave que alteró el cálculo de los asesores trumpistas: la doctrina de reciprocidad directa, “ojo por ojo, diente por diente”. Dejó claro, pues, que cualquier ataque contra su infraestructura energética y eléctrica sería respondido ahora de manera simétrica, incluyendo objetivos estratégicos de Estados Unidos en sus protectorados árabes y en los territorios palestinos ocupados por Israel.
Esta lógica no es nueva. Ya se ha manifestado en episodios anteriores, como la
represalia iraní tras del ataque israelí al yacimiento de gas de South Pars, en Irán, el más grande del planeta, que provocó un similar escenario en la planta de GNL de Qatar y en la refinería petrolera de Haifa ocupada o incidentes en las instalaciones nucleares del país persa, que Teherán respondió golpeando la localidad israelí de Dimona, donde se encuentra el complejo nuclear israelí.
En la red social de su propiedad Truth Social, Trump trató entonces de eximirse de
toda responsabilidad por el ataque israelí a South Pars, dirigido a escalar el conflicto. Sin embargo, es obvio que una operación de tal sensibilidad y magnitud requiere una profunda implicación del CENTCOM (Comando Central de los EU en Medio Oriente) y la aprobación presidencial.
El mensaje iraní es simple: el costo de la escalada ya no sería unilateral. Ergo, si Estados Unidos e Israel vuelven a atacar instalaciones nucleares iraníes, el próximo objetivo sería directamente la instalación nuclear de Dimona, considerada una línea roja para Israel, ya que en ningún conflicto previo ha sido atacada.
Pausa trumpista con sabor a derrota
El lunes 23, cuando estaba próximo a expirar su ultimátum de 48 horas, Trump anunció que había ordenado al Departamento de Guerra posponer todos los ataques dirigidos contra infraestructuras energéticas y eléctricas iraníes durante un período de cinco días, debido a que durante el fin de semana se habían realizado conversaciones “muy positivas y productivas” entre Washington y Teherán, sobre una resolución “completa y total” del conflicto.
El mismo lunes, funcionarios iraníes negaron que estuvieran negociando con Washington, y Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní, escribió en las redes sociales que los comentarios de Trump eran un intento de “escapar del atolladero en el que están atrapados Estados Unidos e Israel”. A su vez, el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Irán dirigió un duro mensaje al presidente Trump, en el que rechazó las supuestas conversaciones entre ambas naciones como un avance diplomático. “No llames ‘acuerdo’ a tu derrota”, dijo el portavoz del Comando General Central de Khatam al-Anbia, señalando que Washington no logrará beneficios de sus inversiones en la región, ni un retorno a los anteriores niveles de precios de los hidrocarburos. En este sentido, destacó que la estabilidad solo será posible bajo las condiciones iraníes y quedará garantizada por el Ejército iraní.
Por su parte, el representante del Consejo Superior de Seguridad Nacional de Irán,
Saíd Yalilí, calificó las declaraciones de Trump, como “la definición misma de una retirada”. “Primero dijeron: ‘el estrecho de Ormuz debe abrirse’; después dijeron: ‘aseguraré y escoltaré a los barcos’, y ahora dicen: ‘estoy dispuesto a gestionarlo conjuntamente con Irán’, escribió la mano derecha del líder supremo iraní en su cuenta de X. “Esta es la definición misma de una retirada: el poder de Irán ha llevado a Estados Unidos a aceptar la realidad”, aseveró Yalilí, concluyendo con el acrónimo ‘TACOTrump’, que significa “Trump siempre se acobarda”.
Según The Independent, el cambio de planes de Trump y sus asesores exhibió la limitada capacidad estadunidense para enfrentar a Irán.
A partir de los habituales dichos escuetos de Trump y filtraciones a los medios, Washingon deslizó que a través de los negociadores especiales del magnate, su yerno Jared Kushner y Steve Witkoff; el secretario de Estado, Marco Rubio, y vicepresidente de EU, J.D. Vance, la Casa Blanca y un grupo de países mediadores –Pakistán, Egipto y Turquía– estaban explorando la posibilidad de celebrar este jueves negociaciones de paz de alto nivel con Irán, pero aún esperaban una respuesta de Teherán. La capital pakistaní, Islamabad, sería el lugar propuesto para el encuentro. Según fuentes anónimas, Washington habría presentado a Israel un plan de cese de la guerra de 15 puntos, que también fue remitido a Irán, que habría aceptado muchos de ellos, aunque no hay pruebas reales de ese respaldo.
En la coyuntura, el nudo gordiano de la guerra sigue siendo el estrecho de Ormuz. La Guardia Revolucionaria iraní anunció que el estrecho estaba abierto a China y a otras naciones que participen en negociaciones, como Bangladesh, pero condicionó su uso a los países del Golfo a que expulsaran a los embajadores estadunidenses. Finalmente, se impuso un nuevo conjunto de reglas, que funciona así: si el cargamento se negoció en petroyuanes, es posible que el buque obtenga el paso gratuito, pero debe pagar el peaje geoestratégico. Solo entonces podrá navegar libremente por aguas territoriales iraníes, cerca de la isla de Qeshm, y no atravesando el centro del estrecho.
El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, fue inequívoco: “Tras el fin de la guerra, diseñaremos nuevos mecanismos para el estrecho de Ormuz. No permitiremos que nuestros enemigos utilicen esta vía marítima”. Pase lo que pase, el estrecho de Ormuz contará con un puesto de control permanente, bajo dominio iraní. A su vez, el profesor Fouad Azadi anunció al periodista Pepe Escobar que los barcos que transiten por el estrecho deberán pagar un peaje del 10 %. Esto podría generar hasta 73 mil millones de dólares anuales, más que suficiente para compensar los daños de la guerra y las sanciones estadunidenses.
The Economist y las cuatro salidas de Trump
Según el medio británico The Economist, el presidente Trump tiene cuatro opciones para salir de la guerra contra Irán, ninguna de las cuales es buena. Sus opciones son: negociar; declarar la victoria y retirarse de la guerra; seguir como hasta ahora o escalar; y si no ha elegido ninguna de las vías, es porque ninguna es buena.
La primera opción de acordar un alto el fuego y negociar, parece la menos probable,
ya que Irán, que ha sido atacado dos veces mientras se celebraban conversaciones con EU, recela de sentarse de nuevo en la mesa con representantes estadunidenses. Además, Omán, que ejercía como mediador entre Washington y Teherán, irritó a sus vecinos del golfo Pérsico por su postura comprensiva hacia el país persa. De igual modo, surge el problema de que, incluso si los implicados vuelven a las conversaciones, un eventual acuerdo podría no concertarse, ya que Estados Unidos establecería límites estrictos al programa de misiles y fin del apoyo iraní a milicias regionales (los palestinos de Hamás, Hezbolá de Líbano y Ansarallah, de Yemen), mientras que Irán exigiría reparaciones por la guerra y el cierre de bases militares estadounidenses en la región.
Si no es capaz de terminar la guerra con un acuerdo, Trump podría intentar simplemente darla por finalizada. Algunos asesores lo empujan a declarar una victoria: anunciar que las capacidades militares y la Marina de Irán han sido destruidas (como él mismo ha venido repitiendo casi desde el inicio de la agresión), al igual que sus fábricas de misiles. Según The Economist, esa sería “la opción más ‘trumpista’”: vender una agresión inconclusa como un triunfo decisivo, como ya hizo en junio del año pasado tras la llamada Guerra de los 12 días, al proclamar que el programa nuclear iraní había sido “obliterado”, pese a describirlo ocho meses después como una “amenaza inminente”.
No obstante, retirarse del conflicto ahora daría siete meses para que el shock petrolero se diluya antes de las legislativas de noviembre. En la misma línea, Teherán mantendrá el control sobre el estrecho de Ormuz, ruta marítima por donde circula alrededor de 20 % de todo el petróleo y gas que se comercia en el mundo.
La tercera opción es que Estados Unidos e Israel prolonguen durante semanas los
bombardeos. Esa variable es apoyada tanto por varios altos cargos militares israelíes como por los partidarios de una política exterior agresiva en Washington. En ese caso, el argumento sería que unas semanas más de golpes sobre la nación persa podrían reducir sus capacidades militares o incluso provocar el colapso del gobierno, mientras la Casa Blanca gana tiempo para enviar más buques y montar una coalición de escoltas en el estrecho. Sin embargo, The Economist pone en tela de juicio que tal plan funcione, dado que Irán es capaz no solamente de seguir lanzando ataques contra objetivos en la región y mantener cerrado el estrecho de Ormuz, sino también de “golpear otros frentes” e intensificar ataques contra infraestructuras críticas en el golfo Pérsico.
De ahí la cuarta vía: “escalar para desescalar”, según las palabras del secretario del Tesoro, Scott Bessent. Trump podría cumplir su amenaza de golpear centrales eléctricas iraníes y ordenar tomar el control sobre la isla de Jarg, principal terminal petrolera iraní, o tres islas disputadas entre Irán y Emiratos Árabes Unidos, situadas en un punto estratégico cerca del estrecho. Pero este camino de escalada está lleno de riesgos: militares estadunidenses tendrían no solamente que tomar esas islas, sino también mantenerlas bajo un fuego casi seguro de drones, mientras que un asalto a instalaciones nucleares exigiría a los comandos asegurar territorio hostil durante días y los estados del Golfo quedarían aún más expuestos.
Al mismo tiempo, aunque Trump pueda declarar la victoria, aun así vería cómo Irán mantiene cerrado el estrecho, apostando a que encarecer aún más este conflicto disuada otro en el futuro. O sea, podría prolongar unas semanas la campaña y encontrarse después en el mismo punto muerto. La escalada no es un fin en sí mismo: si toma Jarg, ¿qué hace luego con la isla si Irán se niega a negociar un acuerdo? Así, habiendo iniciado esta guerra, Trump se enfrenta ahora a la conclusión de que ninguna de las salidas a su alcance es limpia ni barata, y no tiene una forma fácil de terminar lo que empezó.
En contrapartida, el miércoles 25 el medio iraní Press TV, citado por la cadena Russia Today, difundió la versión de un funcionario persa según la cual el momento en que concluya la guerra no lo determinará el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Dijo: “Irán pondrá fin a la guerra cuando decida hacerlo y cuando se cumplan sus propias condiciones”. El funcionario detalló, además, las cinco condiciones bajo las que Irán aceptaría poner fin a la guerra: un cese total de la agresión y de los asesinatos por parte del enemigo; el establecimiento de mecanismos concretos que garanticen que la guerra no se imponga nuevamente a la República Islámica; el pago garantizado y claramente definido de daños y reparaciones de guerra; la finalización de la guerra en todos los frentes y para todos los grupos de resistencia de la región; el reconocimiento y garantías internacionales del derecho soberano de Irán a ejercer autoridad sobre el estrecho de Ormuz.
En función de todo lo anterior, cabe citar como dato chusco al secretario de Guerra estadunidense, Pete Hegseth, quien adujo que lanzar ataques a Irán es una manera de negociar con ese país. “Nosotros nos consideramos también parte de las negociaciones. Negociamos usando bombas”, declaró Hegseth hablando ante periodistas y junto al presidente Donald Trump en la Casa Blanca. El evangélico sionista Hegseth fue más allá para añadir un matiz épico a sus declaraciones. “Nunca antes un Ejército moderno había sido aniquilado tan rápidamente y de forma tan histórica derrotado desde el primer día con una potencia de fuego abrumadora”. Agregó que la campaña aérea llevada a cabo por EU e Israel “ha sido, sin duda, digna de pasar a los libros de historia” (sic).
(*) Carlos Fazio, escritor, periodista y académico uruguayo residente en México. Doctor Honoris Causa de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Autor de diversos libros y publicaciones. Miembro de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (Capítulo México)
(**) Foto portada TeleSur

