Crónica de denuncia: el rostro humano de la asfixia

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Por Marilys Zayas Shuman (*)

Fotografía de Ezequiel Luque (**)

El bloqueo contra Cuba no es una abstracción diplomática ni una cifra en un informe. Es un cerco que se siente en la piel, en los hospitales, en las cocinas, en las aulas. Es un mecanismo de asfixia que busca quebrar la vida cotidiana, pero que se encuentra con un pueblo que se organiza, que resiste y que transforma la adversidad en fuerza.

El Estado cubano despliega estrategias colectivas: hospitales que priorizan áreas críticas con plantas eléctricas, comunidades que crean huertos medicinales y parcelas de alimentos, universidades que sostienen la investigación científica en condiciones precarias. Pero la resistencia no se mide solo en estructuras: se mide en personas, en mujeres que cargan sobre sus hombros la doble responsabilidad de sostener la familia y la sociedad.

Recientemente, en la prensa cubana y otros medios, aparecen con frecuencia historias sobrecogedoras que, por cercanas, impactan aún más en el alma. La salud pública es uno de los sectores que más ha sufrido, pues el bloqueo daña directamente a las personas.

Emma Doris Ricardo Santana, maestra de enseñanza superior, enfrentó un cáncer de mama sin los sueros citostáticos necesarios. Recorrió tres hospitales, sostenida por la solidaridad de su comunidad y su familia. Hoy acompaña a su hija Claudia, que necesita hormonas de crecimiento que no llegan por el bloqueo. “Las medicinas sanan, pero también cura la solidaridad. Estoy con las botas puestas. La rendición en el cubano no cabe”, afirma con firmeza.

Rocío Rincón, trabajadora civil de 29 años, padece un tumor en la hipófisis. Su deseo de ser madre se ve truncado por la falta de medicamentos. “Lograr tener un bebé es mi objetivo en la vida”, dice con tristeza. Denuncia que las medidas de Trump buscan “asfixiarnos, ponernos de rodillas”, pero asegura que nunca lograrán rendir a Cuba.

En los hospitales, la heroicidad silenciosa se mide en gestos mínimos. Una profesional confiesa: “No hemos perdido a nadie. Eso sí no ha sucedido”, mientras sostiene la vida con celulares en mano en medio de un apagón.

Diego, joven de Villa Clara, enfrenta el cáncer con miedo a que los equipos se apaguen en medio de un tratamiento. Su madre Licet es sostén y esperanza. “Con mi madre al lado, ¿quién se puede sentir mal?”, dice con orgullo.

Y anda la vida de cubanas y cubanos que no se rinden, que con terquedad incomprensible se levantan cada día y reorganizan sus comunidades, porque la vida diaria bajo el asedio económico obliga a reinventar rutinas.

Rocío cocina con carbón en la entrada de su casa; y trabajadoras como María Eva Puentes, repostera de más de 60 años, ven paralizado su oficio por los apagones. Su hija estudiante tampoco puede asistir a clases presenciales por falta de transporte y electricidad. “Vamos a resistir con creatividad y a buscar alternativas para seguir adelante”, afirma María Eva.

La comunidad Manuel Isla Pérez, con más de mil habitantes, se organiza para enfrentar la escasez: parcelas de alimentos, ferias agropecuarias, huertos medicinales y vigilancia colectiva. La resistencia se convierte en práctica cotidiana, demostrando que la solidaridad es la primera línea contra el bloqueo.

Es hoy un asunto de todas y todos: niñas y niños, adolescentes y juventudes, personas adultas mayores. Cada cual es parte de una denuncia colectiva ante un acto criminal que no distingue rostros, sexo ni edades.

Ariadna, estudiante de Ciencias de la Computación, investiga inteligencia artificial desde apagones y transporte precario. Su proyecto busca que la IA comprenda la identidad cultural cubana. La ciencia continúa, a pesar de la asfixia.

Y en la voz de la infancia, la resistencia se vuelve consigna. Ainara Neira, pionera de 11 años, entiende que el bloqueo afecta su educación: falta de cuadernos, transporte y materiales escolares. Pero también sabe que Cuba no se rendirá. “Nosotros estamos pasando por un momento difícil. En caso de que ustedes pasen por un momento igual, nosotros desde aquí los vamos a apoyar. ¡No se dejen vencer!”, dice con firmeza.

El bloqueo significa para las cubanas una carga multiplicada: sostener la familia, aportar profesionalmente, enfrentar la escasez y, al mismo tiempo, defender la dignidad nacional. Significa cocinar con carbón, estudiar sin luz, atender a hijas e hijos enfermos sin medicamentos, y aún así levantarse cada día con la certeza de que rendirse no cabe en el vocabulario de Cuba. Ellas transforman la adversidad en solidaridad, convierten la escasez en creatividad y sostienen la esperanza en medio de la asfixia.

El bloqueo es criminal porque niega derechos básicos, porque convierte la vida en un desafío constante. Pero la respuesta cubana es clara: la vida se abre paso, la resistencia se multiplica, y la rendición no cabe en este pueblo que se sabe acompañado de la solidaridad internacional, que sabe que su denuncia se multiplica en voces justas de todo el mundo, que sabe que la justicia tendrá que triunfar porque en ello también va el destino de la humanidad.

(tomado de: )

 

(*) Marilys Zayas Shuman, directora de la Editorial de la Mujer, de Cuba. Periodista y miembro de la Federación de Mujeres Cubanas, desde donde las mujeres se organizan para sostener la vida y apoyar las transformaciones necesarias de los barrios.

(**) Ezequiel Luque, periodista Argentino, fotógrafo Fundador y parte del equipo editorial de La tinta.

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