Por Andrés Correa (*)
La Plaza de Mayo se transformó el pasado martes, 24 de marzo, en un océano de voluntades que desbordó las calles y avenidas mucho. Fue un plebiscito callejero contra el negacionismo: una marea compacta donde los pañuelos blancos de las Madres y Abuelas oficiaron de brújula para una multitud intergeneracional que caminó codo a codo, uniendo a quienes vivieron el horror con jóvenes que apenas asoman a la vida política.
El aire vibraba con la consigna que memoria, verdad y justicia, más que una frase, se sintió como un escudo colectivo: frente al intento de reescribir la historia con el lenguaje del mercado y el garrote, la respuesta fue una ocupación pacífica y monumental del espacio público, recordándole al poder de turno que hay silencios que este pueblo ya no está dispuesto a guardar.

Cosas del poder económico y político
En 1977 el periodista Rodolfo Walsh advertía que el terror no era un exceso, sino un método; y que la dictadura no era un paréntesis, sino un plan de transferencia de riqueza. Hoy, bajo el barniz de la legitimidad democrática, se despliega una lógica idéntica: la concentración del poder económico exige, por diseño, la demolición de todo tejido social que ofrezca resistencia.
En el pasado, el golpe civil y militar persiguió un objetivo que trascendía la represión física: reordenar la arquitectura financiera en favor de los grupos económicos concentrados. Las leyes del mercado no eran más que un pretexto para desmantelar el trabajo organizado y la industria nacional.
Hoy, el escenario ha mutado pero el guion persiste. Hay quienes operan desde la impunidad digital con retórica bélica como las autodenominadas «fuerzas del cielo” que funcionan como la infantería de ese mismo poder concentrado. Sus objetivos son los pilares históricos de la resistencia colectiva nos referimos al movimiento sindical organizado, a los clubes de barrio, a las organizaciones populares y al periodismo alternativo.
Si bajo la dictadura se apeló a la intervención y la persecución de sindicatos y sindicalistas, hoy el ataque es jurídico y simbólico. Se busca asfixiar la personería gremial, estigmatizar la negociación colectiva como una «mafia» y empujar al trabajador a una soledad absoluta frente al capital, donde la libertad no es más que la libertad de aceptar la precariedad.
El club es una célula organizativa vital en la sociedad argentina, constituye un modelo de comunidad desde dónde se puede servir para fortalecer lo social y combatir el avance del odio y el individualismo que apuntan a la desintegración social y la ruptura de los lazos hoy el gobierno libertario enfrenta a los clubes, las asociaciones civiles sin fines de lucro, con su caballito de batalla que son las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD).
Distintas organizaciones territoriales y populares de nuestro pueblo como bibliotecas populares, ollas o merenderos, cooperativas de trabajo, etc. hace 50 años eran tildados como focos de «subversión»; hoy se los etiqueta como «casta» o «vivos que viven de la tuya» para justificar el desfinanciamiento y la quita de personerías.
Junto a los sindicatos, los clubes y las organizaciones populares, hay otro blanco que nunca desapareció del radar del poder: la comunicación popular y la prensa libre. En la dictadura, la censura previa, las listas negras de periodistas y las redacciones allanadas fueron el método para garantizar que sólo una voz tuviera derecho a contar lo que pasaba. Hoy el método es más sutil pero igual de eficaz: se asfixia retirando la pauta oficial en medios alternativos y populares, no hay fondos concursables, se margina con desprecio público a quienes no “banquen” al gobierno. Además la reciente derogación del Estatuto del Periodista no fue una casualidad ni un tecnicismo: fue un hachazo a la posibilidad de que los trabajadores de prensa ejerzan con independencia, sin el terror de quedar en la calle por defender su oficio. Porque un periodista sin estatuto es un trabajador sin red: puede ser despedido por una línea editorial o silenciado por un llamado telefónico.
Hay numerosos periodistas echados de sus medios desde diciembre 2023, se cerró la agencia de noticias Telam. A veces hay una llamada desde un despacho oficial o una sugerencia “amistosa” del dueño del medio que también tiene negocios con el Estado. El resultado es el mismo: la redacción se autoregula, el editor se cuida de poner un título que moleste, el cronista de terreno sabe que si cubre determinada lucha social su contrato no se renueva. Así se construye el pensamiento único, no con decretos sino con acciones extorsionadoras y el miedo a perder el empleo.
Además de periodistas heridos por las fuerzas de seguridad en distintas manifestaciones mientras realizaban la cobertura perfectamente identificados como prensa.
Así se construye un enemigo: del «subversivo» al «que vive de la tuya»
El método no ha cambiado, sólo se ha tecnificado. Si las dictaduras construyeron la categoría del «subversivo» para deshumanizar al oponente y justificar la atrocidad, la nueva derecha mediática ha perfeccionado el mecanismo. Ya no hay debate de ideas; hay una batalla cultural donde el adversario es despojado de su derecho a la existencia política.
Cuando desde cuentas anónimas se exige el cierre de sindicatos o la privatización de los clubes, se repite el gesto fundacional del autoritarismo: negar la legitimidad de lo colectivo. Ayer fueron decretos de aniquilamiento; hoy son algoritmos de odio y proyectos de ley que buscan la indefensión del pueblo organizado.
Hay un cambio de paradigma en la gestión del orden público y la seguridad interior bajo la administración de Javier Milei, donde la protesta social ha dejado de ser considerada un derecho para ser tratada, en la práctica, como un hecho delictivo o una «amenaza al orden constitucional».
Durante 2024 y 2025, las protestas de jubilados frente al Congreso se convirtieron en el foco de mayor violencia institucional.
El protocolo antipiquetes custionado judicialmente pero aplicado por la ex ministra de Seguridad Patricia Bullrich, que permite que las fuerzas federales intervengan sin orden judicial ante cualquier obstrucción de la vía pública, eliminando la instancia de mediación.
También se han implementado mecanismos para identificar a manifestantes mediante cámaras de reconocimiento facial y ciberpatrullaje, además se ha enviado las «facturas» por el costo de los operativos a las organizaciones sociales o sindicales.
En las movilizaciones contra la Ley Bases, el Ministerio de Seguridad y sectores de la justicia intentaron encuadrar las protestas bajo la Ley Antiterrorista, elevando las penas y permitiendo prisiones preventivas prolongadas bajo la acusación de «intento de golpe de Estado».
La democarcia y el contenido
En 1983 Argentina recupera la democracia, es cierto. Pero enfrenta a sectores que toleran las urnas solo mientras estas no alteren los privilegios del poder económico. Se pretende que el voto sea un cheque en blanco cada cinco años, vacío de cualquier correlato en la organización social cotidiana.
Atacan a los sindicatos porque son la memoria viva de que el trabajo tiene poder. Atacan a los clubes porque son el último bastión de lo comunitario en un mundo que nos prefiere solitarios frente a una pantalla. Atacan a las organizaciones sociales porque en ellas late la potencia de un pueblo que se sabe indestructible cuando camina junto.
Preguntas para el presente
Hace cinco décadas, la pregunta al poder era cuánto duraría el reinado del terror. Hoy, la pregunta debe invertirse hacia la sociedad civil: ¿Cuánto tiempo más permitiremos que, bajo ropajes democráticos, se ejecute un plan de disolución de la vida popular?
¿Hasta cuándo aceptaremos que se llame “modernización” a la desprotección del trabajador, “libertad” al remate de nuestra identidad barrial y deportiva, “transparencia” a la persecución de quienes defienden a los más humildes?
No hay democracia plena con un pueblo desorganizado y sin pluralidad de voces. La historia nos ha enseñado que la resistencia no es un acto nostálgico, sino una práctica presente. La organización sigue siendo la única garantía frente a este nuevo autoritarismo de algoritmos y encono.
(*) Andrés Correa, Periodista argentino-uruguayo, director y conductor principal del Programa Radial «De Fogón en Fogón», corresponsal de Mate Amargo en Buenos Aires, Argentina.
(**) Foto de Portada, Andrés Correa