Por Michel Torres Corona (*)
Portada Marina Cultelli, Oleo Pastel (**)
La victimodogmática es una disciplina (para algunos, un mero concepto) que estudia o intenta dilucidar la responsabilidad de las víctimas ante un hecho criminal. La idea con este enfoque, según la doctrina jurídica, implica establecer de manera fehaciente el nexo causal entre el hecho en sí y sus participantes, así como la gravedad de una conducta tipificada como delito.
De ese modo, hurtar al descuido un bien que no ha sido debidamente custodiado —con la diligencia de un buen pater familiae, dirían los romanos— constituye un ilícito más leve si se compara con el robo con fuerza en las cosas, es decir, el ladrón que rompe o burla una cerradura, o que penetra en un hogar por una vía no concebida para el acceso (dígase, por ejemplo, una ventana).
En los delitos contra la administración pública, la óptica victimodogmática implica juzgar, a veces con severidad, a los titulares encargados de velar por un bien o por el correcto funcionamiento de una entidad que ha sido afectada por un hecho de corrupción o desvío de recursos. Estos, incluso siendo víctimas de engaños o de agresiones, al no haber tomado las precauciones requeridas o no ejercer a conciencia su cargo, pueden asumir una responsabilidad colateral.
En casos muy señalados, la actitud de la víctima puede incluso eximir de responsabilidad por completo a su agresor. Piénsese en el supuesto de un homicidio que resulta de un ejercicio de legítima defensa: un hombre ataca a otro y este último, al rechazar ese ataque, le da muerte. ¿Es un homicida? Sí, pero al haber actuado por un instinto de autoconservación elemental no se puede articular un juicio de reproche, base lógica fundamental de un proceso penal.
Nadie esperaría que una persona, al ser agredida, no se defendiera. Poner la otra mejilla puede ser una postura moral muy digna pero no un imperativo jurídico.

Para todos estos supuestos existen requisitos y principios que contribuyen a que no se incurra en apreciaciones injustas. El despiste de una persona —o su irremediable estupidez— no exonera al que se aproveche de ella, a conciencia o no, para robarle. Dejar un automóvil parqueado con las puertas abiertas y la llave en el encendido es una tontería casi incomprensible pero el que se monte en ese vehículo ajeno y se lo apropie sigue siendo un ladrón.
De igual manera, que un funcionario sea un incompetente y no controle los activos puestos bajo su custodia no convierte al que medra con el patrimonio público en un hábil administrador: sigue siendo un corrupto; y que un malandro mate a un pobre infeliz aludiendo que se sentía amenazado no lo convierte en un previsor: sigue siendo un asesino.
Mas el peligro mayor del enfoque victimodogmático es el de desplazar la culpa de forma desmedida hacia la víctima o, incluso, volver a vulnerar sus derechos en ese empeño de forma accidental o intencional. A esto se le conoce en el argot criminológico como “victimización secundaria”, y es la que sufren las víctimas por parte de las autoridades que deben desempeñar el rol fiscal o investigativo ante la ocurrencia de un delito.
Un rasgo fundamental de la guerra cognitiva —esa que se libra en las mentes y corazones de los seres humanos para alterar no solo su percepción de la realidad sino la manera misma en la que una persona conoce, piensa y asume la realidad que la circunda— es el de desplazar la culpa de un hecho hacia la víctima, de modo que en la esfera pública se le convierta en responsable total o, incluso, en virtual victimario.
Modificar la manera en la que un “público meta” pondera a un individuo o a un colectivo (dígase pueblo, nación, clase o grupo cualquiera) y hacerlo repetir un discurso de odio irracional, de enjuiciamiento inverosímil, de hacerlo incluso sentir que, de esa forma, lucha por “lo justo”, es uno de los grandes aciertos tácticos de aquellos que se dedican a ese tipo de contienda psicológica, casi siempre con propósitos innobles.
Lograr que se hable más de lo que hizo o no hizo el ejército venezolano para repeler la invasión estadounidense e impedir el secuestro del legítimo presidente de ese país, Nicolás Maduro, es un claro ejemplo de la victimodogmática aplicada a la guerra cognitiva. En la mayoría de los foros se discute acaloradamente sobre la postura que debió mantener (o debe mantener) la nación agredida, pero prácticamente se naturaliza el hecho extraordinario y conmovedor —en su peor acepción— de que una flota de helicópteros, aviones y drones haya bombardeado una ciudad y que tropas élites hayan masacrado a decenas de venezolanos y cubanos, con alevosía, ensañamiento y nocturnidad.
¿Quién juzga a los atacantes? ¿Quién los castiga? ¿Qué les impide repetirse, si ni siquiera se logra un consenso sobre la máxima responsabilidad, atribuible al imperialismo, en la violación de la soberanía de un país?
Cuando se habla del bloqueo estadounidense a Cuba —o se le llama “embargo”, que de por sí ya es un blanqueamiento al asedio de una potencia contra una pequeña isla— y se tilda a su modelo económico de ineficaz, se hiperbolizan sus casos de corrupción, se intenta mostrar una situación de descontrol caótico y de inoperancia de todos sus servicios públicos, minimizando el efecto de ese bloqueo o, en el peor de los casos, desestimándolo como simple excusa: ¿no se está culpando a la víctima? Y, sin embargo… ¡qué ejemplo más frecuente!
¿Cuántos no acuden a la crítica mordaz o al llamamiento a reformas inconclusas tras el recrudecimiento del cerco imperial, al impedirse todo ingreso de combustible? La mayor victoria del bloqueo estadounidense no es la escasez, es la traducción ideológica de esa escasez como fracaso del socialismo cubano, como negligencia de sus dirigentes o incapacidad genética de su pueblo.
¿Se puede pensar en víctima más nítida que la República Islámica de Irán? Su líder espiritual asesinado con bombas, en brutal demostración de fuerza; una escuela llena de cadáveres de niñas por el impacto de un misil que ya no pueden negar fue disparado por el ejército estadounidense; un país destruido en segundos sin haber agredido, con ánimo pacífico y en medio de negociaciones con el propio agresor, quien atacara por sorpresa, a traición.
¡Ah, pero la víctima no es impoluta! Sí, niñas mutiladas pero mejor hablar de la “misoginia musulmana”. Sí, el ayatolá era un anciano al que le dejaron caer bombas, masacrándolo a él y a su familia, pero lo correcto es hablar de su “reinado del terror”, de su estilo dictatorial. Sí, hay destrucción, pero Irán era un país que podía desarrollar armas nucleares, en algún momento, había que detenerlos a cualquier costo. Da igual si no las desarrollaban nunca, en definitiva: por si acaso, bombardeemos.
Las naciones europeas (con la excepción de España, más comedida), ¿a quién condenaron? ¿A su hegemón trumpista y su sionista sicario? No, condenaron la “desmedida reacción” de Irán, la nación agredida. Cualquiera de esos líderes, que se arrogaron la potestad de reprocharle a los iraníes su actitud, de encontrarse ante una agresión similar en sus propios países… ¿qué harían?
Pues no hay que imaginar mucho. Ahí está la Francia de Macron, aumentando su arsenal nuclear y afirmando que no dudarían en usarlo si fuera menester… justo lo que se le reprochó a Irán, lo que quizás algún día podría llegar a hacer.
La guerra cognitiva construye, de forma subrepticia a veces y otras con alarde de dramatismo hollywoodense, un relato en el que se van reconfigurando los roles de la geopolítica internacional: Estados Unidos, con Trump a la cabeza, no anda por el mundo asesinando, secuestrando, esquilmando… No, son los liberadores, los que van repartiendo justicia. Y las naciones que van devastando no son víctimas sino “el enemigo”, “la amenaza”, aquello que se debe borrar by any means necessary.
Los que defiendan a esos países —Venezuela, Cuba, Irán— no son personas decentes alarmadas por el auge del neofascismo a escala global… No, son adoctrinados que no pueden ver la verdad.
Martí decía que a pensamiento era la guerra mayor que se le hacía a los cubanos, por parte del rival declarado, la metrópoli española, pero también por un enemigo taimado, un imperio en auge: el gigante septentrional. Y esa guerra había, hay que ganarla a pensamiento.
La resistencia armada es imprescindible en muchos escenarios pero si no logramos librar esa batalla en los corazones y las mentes de los que pueden contemplar la injusticia y callar o, incluso, de los mismos agredidos que pueden sufrir de una suerte de Síndrome de Estocolmo, entonces esa resistencia será infructuosa.
El enfoque victimodogmático puede ser útil para hallar balance a la hora de impartir justicia, pero la lógica de enjuiciar a la víctima de modo que el agresor quede siempre exonerado de culpa solo contribuye a la impunidad. Un ejemplo clásico es el de la mujer que es violentada sexualmente.
Sobran, para escarnio de la especie humana, los argumentos de fiscales, abogados y jueces que orbitan alrededor de la forma en que iba vestida, o en su “reputación”, o en el modo que resistió o no esa violencia ejercida sobre su cuerpo. Pero la culpa siempre será del violador, del agresor. O, al menos, siempre debe serlo.
Llevemos esa aspiración de justicia a la geopolítica y podremos esclarecernos de cómo se intenta convertir, en los medios hegemónicos y en las redes digitales, a la víctima en victimario. Y viceversa.
(*) Michel E. Torres Corona, abogado y comunicador cubano, conductor del programa «Con Filo» de la Televisión Cubana. Director del grupo editorial Nuevo Milenio, es además colaborador de varios medios de su país y el mundo.
(**) Marina Cultelli: Es una de las artistas uruguayas contemporáneas más versátiles, integrante de la RedH y de su colectivo feminista Libertadoras. Es Licenciada en Artes Escénicas, Magister y fue Profesora en Facultad de Artes (UDELAR), donde integró órganos directivos además de dictar cursos en otras universidades latinoamericanas. Recibió premios nacionales e internacionales. Fue Asesora en Educación y Arte. Desarrolló trayectoria teatral y es autora de varias publicaciones individuales y colectivas. Realizó exposiciones de pintura y performances.