Por Martín G. Delgado Cultelli (*)
Dibujo Adán Iglesias Toledo (**)
Hace un año asumió su segundo mandato presidencial Donald Trump. Su nuevo gobierno viene mucho más recargado, autoritario e intervencionista de lo que fuera el primero (2016-2020). Trump no solo está desmontando el sistema republicano federativo norteamericano y caminando hacia una dictadura, sino que ha organizado y ejecutando el mayor programa de deportaciones masivas de migrantes (especialmente latinoamericanos) de la historia contemporánea, su apoyo incondicional a Israel en el Genocidio Palestino (así como el plan colonial para Gaza) y la invasión a Venezuela del 3 de enero y el secuestro de su presidente.
El pasado 5 de diciembre (la misma fecha en que el Presidente James Monroe proclamara su famosa estrategia de hegemonía continental) el Departamento de Estado publicó su Estrategia Nacional de Seguridad titulado “Corolario Trump de la Doctrina Monroe”. Allí sostiene que Estados Unidos se centrará únicamente en fortalecer su hegemonía en el continente americano (desde Groenlandia hasta Tierra del Fuego) y en el Pacífico y que Europa solo recibirá apoyo si implementa políticas de deportación masiva y limpieza étnica (como hace Israel). Esto es lo que se ha denominado en llamar la “Doctrina Donroe” (de Donald y Monroe).
Esta política agresiva basada en el autoritarimos interno y un hard power hemisférico nos obliga a repensar toda la teoría política de la izquierda post Muro de Berlín. ¿Realmente la teoría política de la izquierda y el progresismo de los últimos 30 o 40 años sirve para este escenario? ¿No tendremos que repensar nuestras estrategias políticas? Repasemos las principales teorías políticas de los últimos 40 años y evaluemos si nos sirven para frenar a esta maquinaria de muerte.

Post-estructuralismo
De plano, toda la teoría política del post-estructuralismo queda en entredicho y en duda su utilidad para interpretar y sus posibilidades de cambio social. El principal defecto de las corrientes encabezadas por Lyotard, Foucault, Delleze y Guatari, entre otros, es que en su interpretación no existe el Imperialismo. O el Colonialismo es considerado como algo de otras épocas, pero que no sigue estructurando el mundo. Si no somos conscientes de que el Imperialismo sigue operando y el mundo se sigue ordenando colonialmente, no nos sirve como herramienta de lucha. Si no tenemos en cuenta al Imperialismo, hacemos un juego de niños en política.
Esto también nos habla del problema de la caracterización del poder. Si bien la cuestión de los micropoderes nos es muy útiles para interpretar las articulaciones, identificaciones y significantes atrás de la legitimación neofascista, si nos centramos solamente en el problema de los micro poderes, corremos el riego de olvidar que existe el “Poder” con mayúscula. Poder que es ejercido por mandatarios de Super Potencias, comandantes militares y CEO´s de grandes Corporaciones Trasnacionales.
Esta misma problemática del post-estructualismo al no concebir el problema del Imperialismo también afecta a la “Tercera Vía” de Giddens, la social-democracia posmoderna. El hecho de que Giddens haya terminado participando del gobierno de Tonny Blair, quien acompañó a Bush en la invasión a Irak del 2003, debería ser suficiente ejemplo de lo problemático que es no concebir al Imperialismo. Pero, debemos recordar que ahora Blair es el “hombre ideal” para implementar el proyecto colonial sobre Gaza. Además, la mayoría de los impulsores de esta corriente han devenido, en lo que Nancy Fraser ha denominado como “neoliberalismo progresista”.
Por otro lado, la posverdad y la “guerra cognitiva” dificultan enormemente las disputas simbólicas y de narrativas. Especialmente porque los medios de manipulación de masas se han sofisticado con las redes sociales. Redes sociales que son contraladas por Mega Corporaciones aliadas a Trump. Lo cual nos obliga volver al problema de la materia y dejar un poco de lado la esfera idealista-simbólica. El Genocidio Palestino y la Crisis Climática no son narraciones, son hechos reales y materiales y suceden más allá de que creamos en ellos o no. Nuestra acción política debe estar basada en los problemas reales del mundo (que no es lo mismo que realismo), la gente crea o no en ellos.
El problema de la posverdad y la “guerra cognitiva” no solo es un problema para el giro lingüístico y el post-estructuralismo, es un problema para el populismo tal cual lo propuso Laclau hace 40 años. Si la movilización del pueblo solo se basa en significantes amplios, estos también pueden ser robados e instrumentalizados para generar una legitimación de proyectos autoritarios y/o de subordinación colonial. Y uno de los grandes problemas de los proyectos políticos progresistas es que sus significantes de transformación social, muy pocas veces van acompañados de procesos materiales de transformación de las relaciones sociales. La brutalidad del capitalismo contemporáneo hace que, si no hay verdaderas interpelaciones sistémicas y solo nos quedamos en eslóganes populistas, en las próximas elecciones la gente va a votar a la derecha (incluso un Kast o un Milei).
El “desarrollismo” cepalino de los 90
Creer en el Desarrollismo, tal cual lo planteara la CEPAL en los 90, no es solo una quimera, sino una tarea que ya no es posible. En primer lugar, porque Trump se ha encargado él mismo de desmantelar a los organismos multilaterales producto de esa época. En segundo lugar, porque tanto la Pandemia del COVID 19, como la guerra entre Rusia y Ucrania y la guerra comercial y arancelaria entre Estados Unidos y China han desmantelado lo que en algún momento se conoció como la Globalización Neoliberal. Ya no existe la Globalización. Esos postulados de la CEPAL habían surgido como una respuesta a la brutalidad del neoliberalismo crudo de los noventa, pero manteniendo los postulados y marcos de Capitalismo Mundial Integrado. Pero ese tipo de capitalismo ya no rige el mundo. Además, como demuestran los casos de Grecia, Argentina y las intentonas del bolsonarismo en Brasil, aquellos países que realmente tienen potencialidad de volverse “Desarrollados” son obligados a volver a subdesarrollarse y mantenerse en una situación de subordinación colonial.
Estado y Democracia
El problema de Hardt y Negri, así como de los autonomistas es que subestimaron la importancia del Estado. Hay Estados, como el norteamericano, que siguen siendo “El Imperio”, y es dicho Estado, no una corporación o una plaza financiera. Además de que el conflicto contra Venezuela demuestra que la soberanía en términos estatales sigue siendo sumamente determinante en la disputa antimperialista.
No solo las identidades étnicas, religiosas y nacionales siguen siendo determinantes para estructurar las lealtades políticas, tirando por tierra los postulados modernistas del siglo XX; sino que los postulados multiculturales para garantizar un mundo democrático pluralista en el siglo XXI han sido totalmente ineficientes para combatir el racismo. La política expresamente racista anti-latina de la administración Trump, la limpieza étnica y sistema de apartheid israelí sobre la población árabe-palestina y el éxito electoral de la derecha populista demagógica con discursos abiertamente anti-indígenas y anti-migrantes en Latinoamérica y Europa, muestran como vamos avanzando a un mundo post-multicultural. El multiculturalismo es totalmente ineficiente para combatir a los neoconservadurismos y las reactualizaciones del racismo. Hay que pensar otras formas, discursos, prácticas y estrategias para enfrentar al conservadurismo y al racismo. Las identidades siguen siendo tremendamente relevantes, el problema es cómo desmontamos la jerarquización y relevancia de las identidades blancas, cristianas y nacionalistas conservadoras.
Es necesario complejizar la discusión sobre la Democracia. La mayoría de las nuevas derechas han llegado al poder por vías “democráticas” electorales. Desde adentro mismo de los sistemas electorales van erosionando a la Democracia hasta volverla solo un eslogan. Además, muchas de estas nuevas derechas que recortan derechos y precarizan la vida social, tienen una gobernabilidad totalmente autoritaria, pero mantienen las formalidades electorales para que no sean acusados de “Dictaduras”. Sin embargo, las elecciones son máscaras vacías que encubren regímenes autoritarios, demagógicos y hambreadores.
Por otro lado, las elecciones cada vez dependen más de maquinarias electorales vacías de contenidos, donde los medios de comunicación de masas y, por tanto, el financiamiento son centrales. O sea, incluso en los países “progresistas”, su “democracia” depende de Corporaciones Mediáticas y de millonarios financistas, lo cual hace dudar mucho del grado democrático de las mismas. Y si bien la discusión Democracia vs Autoritarismo es importante, no nos olvidemos que también estamos atravesados por la discusión Coloniaje vs Soberanía. Si no tenemos en cuenta el problema colonial que nos esta atravesando, la discusión sobre la Democracia se vuelve irrelevante.
Necesitamos repensar la categoría “Democracia” por completo. Porque, así como esta, no nos sirve.
Una omisión importante de la teoría política izquierdista contemporánea, es la no discusión del factor militar. Como reafirma Lazzaratto, la guerra sigue estructurando al capital igual que hace 500 años. Tenemos que discutir la guerra y no solo desde un ámbito moral. Y tenemos que tener en cuenta que, con la guerra de Ucrania, el Genocidio en Palestina y la invasión a Venezuela, el derecho internacional ha desaparecido por completo. Queda solamente la correlación de fuerzas de los pueblos. Y la correlación de fuerzas además de ser capacidad de movilización social, también es capacidad de disputa en sectores estratégicos y también es capacidad de fuego. Tal vez debemos volver a pensarnos como “militantes” y no tanto como “activistas”.
El Giro Decolonial y la ecología política
Pero no toda la teoría política post Muro de Berlín es problemática para pensar los problemas contemporáneos y la estrategia “Donroe”. Hay dos corrientes que cobran particular trascendencia. La primera es el Giro Decolonial, dónde se muestra el problema colonial como central en nuestro tiempo. El mundo se sigue ordenando de forma racial y colonial. Además, que nos ayuda a entender las articulaciones entre los Imperios del Norte Global y las elites criollas latinoamericanas que ayudan a nuestro saqueo. La decolonialidad nos ayuda a entender como es que hay latinoamericanos que piden a gritos ser una colonia gringa.
La segunda corriente es la ecología política, más allá de todas las reflexiones sobre el capital financiero y el tecnofeudalismo, queda en evidencia que vivimos en un sistema adicto a los combustibles fósiles. La dependencia sistémica de los hidrocarburos es tal, que no importan las normas internacionales, la soberanía de los países y las alianzas políticas previas. Todo se puede sacrificar con el objetivo de controlar y asegurar el flujo energético. No importa la soberanía venezolana, tampoco la alianza de la OTAN. Todo sea por hacerse con los recursos de Venezuela y Groenlandia. Y ese problema energético sistémico nos lo viene planteando la ecología política hace tiempo.
Otro planteo en que coinciden la ecología política y el giro decolonial y que también cobra especial vigencia es la lucha anti-extractivista. El extractivismo sigue siendo determinante en la colonización territorial, el control poblacional y la dependencia económica latinoamericana. Lo ha dicho Trump, vienen por nuestros recursos. Las gobernabilidades que ellos imponen son para facilitar el extractivismo y sin ningún margen de negociación. De ahí que la disputa antiextractivista sea central, tanto a nivel de los pueblos como de los estados.
No toda la construcción de los últimos 40 años es irrelevante, tenemos que seguir problematizando los micropoderes, tenemos que seguir construyendo significantes de pueblo y tenemos que seguir construyendo democracias que sean anti-racistas y garanticen derechos para todas y todos. Así como la justicia social y la justicia para los pueblos borrados por genocidios y extractivismos debe ser nuestra bandera moral, el escenario que se nos presenta, nos obliga a pensar nuevas estrategias de lucha.
(*) Martín G. Delgado Cultelli, militante charrúa y del movimiento Indígena latinoamericano. Experto en Pueblos Indígenas, Derechos Humanos y Cooperación Internacional, Universidad Carlos III de Madrid.
(**) Profesor Adán Iglesias Toledo, Dibujante Gráfico Cubano, Caricaturista Editorial y Director del Medio humorístico DEDETE del Periódico Juventud Rebelde, miembro de la UNEAC, la UPEC y la REDH (Capitulo Cuba). Colabora con varios medios de prensa en su país y en el extranjero. Autor de varios logotipos, y campañas publicitarias, posee en su haber múltiples exposiciones individuales y colectivas, talleres e intervenciones nacionales e internacionales y ha sido premiado por más de 40 veces en su país y otros países.
