Por Carlos Fazio (*)
Dibujo Adan Iglesias Toledo (**)
El ataque a traición con alevosía y premeditación de Estados Unidos e Israel contra Irán ha entrado en su décimo tercer día. Y parece razonable concluir que más allá de la niebla de la guerra y la propaganda de uno y otro bando, el dúo agresor, Donald Trump y Benjamín Netanyahu, no han logrado sus principales objetivos bélicos: el cambio de régimen.
Instigados por Netanyahu, Trump y sus principales asesores –su yerno Jared Kushner y Steven Witkoff, ambos judíos sionistas acérrimos– apostaron que con un ataque furtivo de decapitación, bajo la cobertura de negociaciones falsas durante el Ramadán (el mes sagrado musulmán), desencadenarían una insurrección interna para derrocar al gobierno iraní. De esa manera, lograrían una victoria rápida (de 4 a 5 días, según la primera estimación de Trump) y evitarían cualquier represalia grave.
La realidad no ha salido exactamente como esperaban. Pese a las graves pérdidas en vidas e infraestructura crítica, el gobierno de Irán no capituló. Al contrario, ha contraatacado y ahora parece llevar la iniciativa. Tampoco se ha fragmentado ni se han levantado las masas contra el régimen. Al revés, el pueblo mayoritario se ha unido y reunido en torno a la bandera y la defensa de la soberanía nacional. En resumen, Estados Unidos e Israel acaban de dar una patada a un avispero. Sus partidarios celebran el asesinato a traición del ayatolá Alí Jamenei y los bombardeos de saturación de ciudades iraníes, como el que eliminó a 175 colegialas en Minab, impactadas por un misil Tomahawk,
Una primera constatación es que EU e Israel hicieron lo mismo que durante la llamada “guerra de los 12 días” contra Irán de junio de 2025. Repitieron la táctica terrorista de “decapitación” que han llevado a cabo en numerosas ocasiones: con los negociadores de Hamás y Hezbolá; con científicos nucleares iraníes; con el presidente Nicolás Maduro en Venezuela, y con Ebrahim Raisi, el último presidente iraní que murió en un “accidente” de helicóptero en mayo de 2024. La misma táctica que el aliado de EU, Ucrania, asesorado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), ha desplegado repetidamente contra generales rusos. El Estado sionista de Israel y su vasallo, Estados Unidos –como solía señalar James Petras– han sido pioneros en este comportamiento ruin desde la guerra fría. Ahora, han caído a un nuevo mínimo.
Otro elemento a valorar, es que el éxito de una campaña militar no se mide por el número de bombas lanzadas y el número de personas asesinadas. Según esos criterios, Estados Unidos ganó la guerra de Vietnam. La verdadera victoria se mide por el logro de los objetivos políticos. En este caso, el objetivo político último de la guerra de EU e Israel contra Irán es el cambio de régimen. Y como dice el observador geopolítico chino Hua Bin, Irán ganará siempre que sobreviva y desafíe el objetivo bélico de sus agresores. En otras palabras, Irán no tiene que ganar, solo no perder. Además, a medida que la guerra se amplía para involucrar a todas las petro-monarquías del Golfo Pérsico, se está convirtiendo en un conflicto prolongado. En este tipo de conflictos, ganar no solo depende de quién tiene la capacidad de infligir daño, sino también de quién tiene la resistencia para absorberlo. Irán está demostrando su capacidad para absorber los ataques mientras inflige su propia destrucción a sus enemigos. Irán está preparada para una guerra de desgaste. Estados Unidos e Israel, no.
Durante años, Trump vendió la fantasía de la guerra rápida. Ataques quirúrgicos, operaciones relámpago, victorias fáciles y baratas que se podían anunciar en rueda de prensa o celebrar en su red social. Pero la realidad de las guerras asimétricas modernas es menos cinematográfica y mucho más costosa. Y ahora el propio Trump empieza a descubrir que bombardear es fácil, pero mantener una guerra, no tanto. Máxime, si suben los precios del gas licuado y del petróleo y se va al bolsillo de los consumidores estadunidenses de a pie.
Otro hecho verificable, señalado en varias entregas anteriores para Mate Amargo, es la perfidia de Estados Unidos, considerada un crimen de guerra por los Convenios de Ginebra de 1977. Al igual que su predecesor imperial, Gran Bretaña, EU es un Estado canalla y sin escrúpulos en el que no se puede confiar. Al igual que la “pérfida Albión”, EU ha demostrado una habitual mala fe y traición en la diplomacia. En menos de un año, lanzó dos ataques por sorpresa contra Irán bajo la cobertura de las negociaciones. No hay engaño: todo el mundo conoce ahora la verdadera naturaleza de la bestia.

Irán y la guerra de desgaste
Como dice Xavier Villar, el error recurrente en parte de los analistas occidentales consiste en medir a Irán por parámetros convencionales. Se evalúa su capacidad aérea, su tecnología o la exposición a bombardeos de precisión y se concluye que la superioridad técnica de EU e Israel equivale a vulnerabilidad estratégica de Irán. La historia reciente demuestra lo contrario. La República Islámica no compite por simetría. Su estrategia se construyó para absorber golpes iniciales, preservar el núcleo estatal y convertir la superioridad militar ajena en desgaste político prolongado del enemigo. Esa lógica se ha confirmado: la cadena de mando política-militar-religiosa iraní funciona (había tres o cuatro estructuras de recambio en caso de decapitación), no hay fracturas visibles, y la anunciada y reiterada respuesta misilística contra las bases militares de EU en Medio Oriente, ha sido activada sin improvisación.
Además, la República Islámica continúa su respuesta militar contra Israel de manera calibrada. Según los indicios de los últimos días, los ataques iraníes son sostenidos, pero más cualitativos que cuantitativos: buscan mantener la presión sin comprometer reservas estratégicas. En paralelo, se desarrollan acciones que afectan indirectamente a los países del Golfo Pérsico, buscando regionalizar la estructura de costes del conflicto.
A su vez, el regreso de Hezbolá a la lucha contra Israel amplió significativamente los límites de la escalada sionista. La participación de la guerrilla chiíta libanesa, con el consiguiente y desproporcionado bombardeo de retaliación de Israel sobre Beirut, aumentó simultáneamente la presión internacional por desescalar el conflicto. Esto se alinea con la doctrina de Irán, consolidada durante décadas: expandir geográficamente el conflicto para diluir la presión directa sobre el territorio iraní y transformar la superioridad militar del adversario en una carga política prolongada. El mensaje público de Irán los últimos días continúa rechazando negociaciones en esta etapa. El gobierno iraní parece apostar menos por revertir resultados en el campo de batalla y más por la fatiga política de actores externos, especialmente en Estados Unidos y entre los “socios” petroleros del Golfo Pérsico. La premisa subyacente es que las potencias externas buscarán contener el conflicto antes de que se transforme en una amenaza existencial para la supervivencia del régimen.
El control iraní sobre el Estrecho de Ormuz, una ruta marítima estratégica crítica para el petróleo mundial, y las sucesivas oleadas de misiles balísticos y drones contra objetivos militares y bases de Estados Unidos en Arabia Saudita, Jordania, Baréin, Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Omán e Irak, no fueron improvisaciones. Forman parte de un diseño calculado para redistribuir el impacto del conflicto, ampliando el perímetro de presión sin exponerse de manera directa. La superioridad tecnológica de la coalición EU/Israel/monarquías del Golfo pierde parte de su eficacia cuando el escenario se fragmenta y obliga a tomar decisiones bajo incertidumbre y riesgo.
Como apunta Villar, esa profundidad no es táctica; es estructural. Cada actor regional es un multiplicador de influencia y un amortiguador frente a presión directa. La elasticidad del sistema iraní convierte la asimetría militar en ventaja estratégica: Teherán no necesita dominar el espacio aéreo para mantener el control del conflicto. Su ventaja reside en tiempo, coordinación y resistencia sostenida. Usa la guerra de desgaste como factor estratégico. La duración del conflicto como arma. Un conflicto abierto y sostenido genera presión sobre infraestructuras críticas y mercados. Las monarquías del Golfo se tambalean. Según señaló Alastair Crooke, la ‘marca’ del Golfo –prosperidad, grandes cantidades de dinero, inteligencia artificial, playas y turismo– probablemente haya llegado a su fin. Israel también podría no sobrevivir en su estado actual.
La respuesta iraní “ciega” los radares de la Quinta Flota
Los estrategas militares iraníes han demostrado especial interés en destruir la infraestructura de la Quinta Flota de Estados Unidos en Bahréin. La Quinta Flota constituye la columna vertebral de la hegemonía regional del Pentágono. La flota cubre tres puntos estratégicos vitales: el estrecho de Ormuz, el canal de Suez y el estrecho de Bab al-Mandeb (paso natural entre el mar Rojo y el océano Índico por el golfo de Adén). Y su cuartel general no es solo un puerto. Es un centro integral de radares, inteligencia y bases de datos. Irán ha logrado destruir los radares y gran parte de la infraestructura logística y administrativa del puerto de Baréin.
De acuerdo con un análisis de mpr21, la respuesta iraní ha “cegado” los radares de la Quinta Flota. Las últimas evaluaciones de daños de combate en el Golfo dibujan no solo una campaña de represalia iraní sino el intento de desmantelar la arquitectura de sensores del Comando Central del ejército Estados Unidos en Medio Oriente (CentCom). Si la información de la Guardia Revolucionaria es precisa (y el silencio del CentCom es revelador), estamos presenciando el ataque balístico más sofisticado jamás realizado contra la infraestructura de guerra electrónica en la historia. Irán apunta a los ojos, a los radares instalados en Qatar y Bahréin.
El objetivo principal es el radar de alerta temprana mejorado AN/FPS-132 en la base aérea de Al Udeid, en Qatar, la joya de la corona de la maquinaria de guerra estadunidense. No es un simple radar de búsqueda; es un sistema de matriz en fase de estado sólido con un alcance de casi 5.000 kilómetros. Está diseñado específicamente para rastrear misiles balísticos, distinguir ojivas de señuelos y transmitir datos de seguimiento directamente a interceptores como el SM-3 y el Thaad. Según la información, al destruir el FPS-132, Irán no sólo voló unas instalaciones; creó una brecha en la red de sensores. Redujo el tiempo de reacción de las baterías Patriot o Thaad restantes en la región. Cegó a los agresores de su visión más allá del horizonte, transformando un sistema de defensa aérea integrado de alta gama y astronómicamente costoso en una colección de sistemas de defensa puntual de corto alcance. Esa operación no ha sido la única. Era un objetivo coordinado. Como se dijo arriba, los ataques también tuvieron como objetivo la base naval de Al Juffair en Bahréin, sede de la Quinta Flota y Navacent.
La respuesta iraní exhibe un cambio de la “saturación de área” a la “saturación y destrucción de sensores”. Esto demuestra que no sólo pueden llegar a las bases estadunidenses ubicadas en toda la región, sino también apuntar a equipos electrónicos específicos y de gran valor en los que se basa toda la doctrina de defensa del Pentágono. El plan militar estadunidense consiste en sincronizar las redes de radar de cada base para crear una imagen unificada. Pero si el sensor más potente de la red, el FPS-132, ha sido destruido y el centro de mando en Bahréin funciona con generadores de respaldo, la sincronización se vuelve irrelevante.
Estados Unidos ha gastado cientos de miles de millones en construir una red de sistemas. Irán acaba de demostrar que está dispuesto a gastar unos pocos millones para destruir los elementos más críticos. El ejército iraní no posee la formidable potencia de fuego de sus adversarios, pero ha demostrado una capacidad sorprendentemente asimétrica. El aventurerismo militar siempre conlleva un riesgo. Y parece que con Irán, el riesgo es total. Si la situación no cambia, Washington sólo tendrá dos opciones: negociar un cese de las hostilidades a través de un tercer país para limitar los daños y volver a una estrategia de guerra híbrida más eficaz para inducir un cambio de régimen en Teherán, o hacer todo lo posible con plena potencia de fuego, arriesgándose a un caos interminable con consecuencias desconocidas, que serán contrarias a los intereses de Washington en las próximas décadas.
(*) Carlos Fazio, escritor, periodista y académico uruguayo residente en México. Doctor Honoris Causa de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Autor de diversos libros y publicaciones. Miembro de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (Capítulo México)
(**) Profesor Adán Iglesias Toledo, Dibujante Gráfico Cubano, Caricaturista Editorial y Director del Medio humorístico DEDETE del Periódico Juventud Rebelde, miembro de la UNEAC, la UPEC y la REDH (Capitulo Cuba). Colabora con varios medios de prensa en su país y en el extranjero. Autor de varios logotipos, y campañas publicitarias, posee en su haber múltiples exposiciones individuales y colectivas, talleres e intervenciones nacionales e internacionales y ha sido premiado por más de 40 veces en su país y otros países.