Gabriela Cultelli (*)
Dibujo Prof. Adán Iglesias Toledo (**)
Frecuentemente escuchamos que la mujer se integra al trabajo y no nos convence. Parece que así también se esconde o invisibilizan sucesos. En este caso relaciones esenciales que hacen al sistema económico y por tanto social que habitamos o nos habita. Son relaciones de explotación, que como tal son muy violentas y engendran de por sí violencia de género, expresada en todas las esferas sociales (intrafamiliar, desde otros colectivos o individuos, social).
Fue Isabel Largía, Argentina, quien en la Cuba de 1969 y como no podía ser de otra manera, descubre la categoría que ella denominó como trabajo invisible, luego vinieron las otras, Federici entre ellas, pero la rigurosidad de Largía creo que no se ha superado aún. Es que muy valiosos trabajos descriptivos encontramos hoy sobre nuestra situación laboral, y las características del mercado de trabajo (empleo, salario) y otras que hacen a la vida intrafamiliar, la violencia desatada, etc., pero muy poca cosa encontramos sobre la explotación de nuestro trabajo, su esencia e implicancias prácticas. En lo personal, valoro tanto el trabajo de Largía, como el de Gramsci u otros gigantes aportes a la ciencias sociales del siglo XX.
Despejemos sin más rodeos y muy sintéticamente qué entendemos por trabajo y por salario como categorías económicas, para luego echar un vistazo a cómo se desarrolló en Uruguay el proceso de mercantilización de la fuerza de trabajo de las mujeres, así como la comparativa de esta jornada invisibilizada hoy en varios países de América Latina. A ello apuntará el artículo de hoy.
¿Qué es trabajo como categoría económica?
Desde la economía política, afiliamos a las escuelas que definen TRABAJO como aquella actividad humana (por tanto, consciente, pensada, esfuerzo físico y mental, pero siempre social) encaminada a un fin determinado, a la creación de bienes materiales e inmateriales concretos, útiles. Lo expuesto se afirma, aunque su utilidad emane de razones económicas y por tanto sociales. Dicho de otra manera, EN UNA SOCIEDAD MERCANTIL puede el trabajo definirse como aquella actividad humana encaminada a crear valores. La capacidad de trabajar es lo que se llamó fuerza de trabajo.
El problema estaría en que al menos directamente el trabajo en el hogar, cuando no es cubierto por el mal llamado “servicio doméstico”, no parece tener valor. El problema estriba en que esa aplicación de fuerza de trabajo, ese gasto de energías mentales y físicas no se da en un proceso mercantil DIRECTO. Dicho de otra manera, pareciera que el trabajo del hogar no fuese mercancía, al menos en apariencia. O sea, las mujeres no salen al mercado a vender su capacidad para trabajar en su propia casa (puede ser en la casa de otros si fueran “trabajadoras domésticas”, pero en ningún caso en la propia). Es que no se mercantiliza directamente esa tarea para reproducirse a sí mismas y reproducir a toda su familia en condición de trabajadora/es.
Este hecho complejiza mucho más esta forma de explotación del trabajo ajeno. Es que, en una sociedad mercantil, lo que no se mercantiliza directamente, pareciera no existir, se invisibiliza aumentando con creces los grados de explotación. Con esta categoría económica “trabajo invisible”, la argentina Isabel Largìa escribiendo en la Cuba revolucionaria de 1969, hacían uno de los aportes más trascendentales a la ciencia económica del siglo XX.
Razonemos sobre el trabajo de las mujeres. Sobre la utilidad de la fuerza de trabajo de las mujeres aplicada en sus hogares, no hay duda alguna, aunque no se quiera ver, aunque corresponda desde niñas estas labores a las mujeres y prácticamente solo se dejen con la muerte. Alimentarse requiere de trabajos, pues el arroz no solo hay que comprarlo o cultivarlo para comerlo, sino que además hay que cocinarlo y servirlo. El vestirse, la limpieza necesaria a la subsistencia humana y muchas otras labores, culminan configurando una especie de fábrica en las casas, cuyo rol de echarla a andar por razones históricas corresponde sustancialmente a las mujeres. Si a ello sumamos el rol educativo, afectivo, que juegan las mujeres en el colectivo hogar, tendremos una aproximación a la importancia que tienen como reproductoras sociales de fuerza de trabajo.
En Uruguay, el solo el 11.6% de las mujeres se dedican exclusivamente a labores domésticas según datos de CEPAL para el 2023. Para el caso América Latina un poco más, pero solo el 27.6% para el 2023. En Uruguay, el 46% de la fuerza de trabajo mercantilizada es mujer (INE), o sea de las trabajadoras y trabajadores en el mercado de trabajo, fuera del hogar, ya casi la mitad son mujeres.
Pero aun cuando las mujeres masivamente venden en el mercado su fuerza de trabajo, a ello suman 35 horas semanales mensuales de su tiempo de trabajo dedicado a labores no remuneradas directamente, mientras que los hombres dedican 21 horas según datos CEPAL, concluyendo en jornadas laborales de 14, 16 o más horas diarias en total. Al mismo tiempo este sector de la población es más castigado por el llamado desempleo, con brecha descendente en los últimos años, pero que aún se sitúa en un 27% más que los hombres según datos del INE, todos en este caso referidos a Uruguay.

¿Qué es salario como categoría económica?
El SALARIO es la forma en que se expresa el valor o precio de la fuerza de trabajo, por tanto, es el precio de esa capacidad que tienen hombres y mujeres de gastar energía física y mental en un determinado proceso de producción.
El salario será entonces el equivalente a la multiplicidad de valores que intervienen en la reproducción de esa fuerza de trabajo. Equivale a una especie de canasta de subsistencia de la familia trabajadora, no es una simple canasta de bienes. Indirectamente en él está contenido todo el trabajo pasado necesario para dar vida a ese o esa trabajador o trabajadora. No es una simple suma de valores o precios de bienes materiales, pues, repito, es el equivalente de todos los medios de vida que la familia trabajadora requiere para su reproducción.
Es así como la relación salarial implica una suerte de doble explotación para las mujeres, constituyéndose en una relación de dominio y violencia, de poco reconocimiento social.
Entiéndase que, si el salario es el equivalente al valor de reproducción de la fuerza de trabajo, entonces por una sola jornada de trabajo se está pagando por lo que se trabaja en dos, porque la jornada de labores hogareñas es también una jornada de trabajo. Muchas veces recibe salario por la primera jornada de trabajo, solo los integrantes varones del hogar, otras es el varón quien por esa primera jornada recibe una remuneración mayor. De hecho, todo esto refuerza la estructura patriarcal sobre la cual descansa esta mayor explotación, porque por la segunda jornada y su desgaste nadie habla, a la vez que la sociedad patriarcal refuerza las ganancias del Capital. Se trata de una relación desequilibrada, entre ambos sexos, aunque hoy muestre tendencia a mejorar por la propia incorporación mayor de la mujer al trabajo, pero sin duda porque también avanza el auto reconocernos como personas.
Recordemos, además, al mismo tiempo, que ese salario conseguido en una parte de la jornada de trabajo suele diferenciarse por sexo. De acuerdo a lo publicado por MIDES, y en términos generales en Uruguay las mujeres tienen ingresos por hora de trabajo casi un 6% menor que los de los hombres.


Mujer y Organización
Aquí preguntas más que respuestas, y una necesidad urgente de transformación. Es que, si concebimos a la masa trabajadora como aquella fuerza más dinamizadora de las transformaciones sociales, en tanto que componente revolucionario de la contradicción capital – trabajo, tendremos entonces que admitir sus cambios. Uno de los cambios estructurales más importantes acaecidos en su seno en las últimas décadas es precisamente el que tratamos aquí, o sea que casi la mitad de la clase trabajadora hoy son mujeres que venden su fuerza de trabajo en el mercado, además de observar a las restantes (a las que les dicen “amas de casa”) también como trabajadoras en si mismas con una labor social.
Si en tiempos en que el MLN-T se levantaba en armas, las mujeres éramos el 26% de la Fuerza de trabajo mercantilizada o vinculada directamente al mercado de trabajo y según el censo de 1963, hoy y como decíamos antes, el 46% somos mujeres. ¡Vaya si hay un cambio! Mujeres además con sus roles y conductas sociales derivados de largos procesos históricos, pero en definitiva diferentes.
¿Están preparadas las organizaciones sociales (en Uruguay fundamentalmente sindicatos) para albergarlas? Y más aún, ¿Están preparadas las organizaciones político-partidarias que se respaldan en la participación popular para esta nueva característica de la masa obrera? Los cambios son urgentes, y ya han comenzado a darse, y de manera rápida en términos de tiempos históricos.
No por gusto el fascismo que hoy toma nuevos bríos renaciendo por unas y otras partes del mundo nos toma como enemigas declaradas. No por gusto este 8 de Marzo en Uruguay, y de forma similar en otras partes, la consigna fue “8M Acción Feminista Antimperialista por la soberanía de los pueblos. No pasaran”, no por gusto molestó tanto esa consigna, y no por gusto es esa la movilización más participativa de los últimos tiempos.
(versión ampliada de esta publicación en Mate Amargo de 10/3/2025, puede verse también https://revistas.uh.cu/econdesarrollo/article/view/1892 “La mercantilización de la Fuerza de Trabajo de las Mujeres: Una visión desde la Economía Política” Revista Economía y Desarrollo de la Universidad de La Habana, pero sobretodo “Hacia una ciencia para la Liberación de la Mujer” de Isabel Larguía y J. Demoulin https://dokumen.pub/hacia-una-ciencia-de-la-liberacion-de-la-mujer.html. Esta versión aquí publicada fue preparada para FDIM diciembre 2025)
(*) Gabriela Cultelli, Licenciada en Economía Política (Universidad de La Habana), Mag. en Historia Económica (UdelaR), escritora, columnista y Directora de Mate Amargo. Coordinadora del Capitulo uruguayo de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (REDH)
(**) Profesor Adán Iglesias Toledo, Dibujante Gráfico Cubano, Caricaturista Editorial y Director del Medio humorístico DEDETE del Periódico Juventud Rebelde, miembro de la UNEAC, la UPEC y la REDH (Capitulo Cuba). Colabora con varios medios de prensa en su país y en el extranjero. Autor de varios logotipos, y campañas publicitarias, posee en su haber múltiples exposiciones individuales y colectivas, talleres e intervenciones nacionales e internacionales y ha sido premiado por más de 40 veces en su país y otros países.