Guerra relámpago versus guerra de desgaste: Israel se empantana pero intensifica genocidio necropolítico

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Por Carlos Fazio (*)

 

La operación el Diluvio de Al-Aqsa protagonizada por Hamas y otros movimientos de la resistencia palestina el 7 de octubre de 2023, desencadenó la ejecución de una tecnoestrategia de conquista colonial híbrida y asimétrica, fríamente planeada por el régimen sionista de Benjamín Netanyahu pero realizada en caliente, que incluye el castigo colectivo de la población gazatí, la limpieza étnica como la eliminación del grupo enemigo, masivos crímenes de guerra y genocidio. Todo un plan de exterminio con eje en un necropoder al margen de las leyes internacionales y donde la “paz” suele tener el rostro de una guerra sin fin, lo que retrotrae a Israel al estado de cosas anterior a la paz de Westfalia (1648); evoca la fría barbarie nazi en el gueto de Varsovia y los bantustanes del apartheid sudafricano, y exhibe ahora de manera descarnada ante el mundo entero su naturaleza como un rogue state (Estado canalla) similar a Estados Unidos con su “orden basado en reglas”.

En su lucha anticolonial y de liberación nacional, los grupos insurgentes que protagonizaron el Diluvio de Al-Aqsa revivieron y pusieron frente al mundo a la Palestina olvidada, con sus cuatro dimensiones fracturadas: el archipiélago de Cisjordania, la Franja de Gaza, Jerusalén Este y la que coexiste en los países de refugio y emigración (Jordania, Siria y el Líbano). También representó un nuevo comienzo en la larga historia de la resistencia palestina a la ocupación del régimen colonial y necropolítico israelí (con su esquema de “hacer morir y dejar vivir”), más allá de si es posible la solución de dos Estados, un Estado binacional o una confederación.

Cabe recordar que los tres objetivos principales de la operación el Diluvio de Al-Aqsa, fueron la creación de un Estado palestino independiente, la liberación de los prisioneros palestinos encerrados en las cárceles israelíes y el fin de las incursiones de colonos supremacistas y los policías israelíes en la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén. Casi ocho meses después, la realidad sobre el terreno indica que pese al terrorismo de Estado, la aplicación del clásico genocidio de manual por el régimen de Tel Aviv y la campaña de intoxicación (des)informativa de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, el Reino Unido e Israel a través de los medios hegemónicos occidentales, el ejército de ocupación registra pérdidas estratégicas, ya que no ha logrado exterminar a Hamas ni recuperar a los prisioneros israelíes retenidos por la insurgencia; quedaron erosionados los mitos sobre la invencibilidad del ejército, la inteligencia del Mosad y la capacidad de disuasión israelí como portaviones terrestre de EU en Medio Oriente, y tampoco puede proteger sus barcos, los territorios ocupados y el propio del impacto de misiles provenientes de miles de kilómetros de distancia, lanzados por fuerzas irregulares (actores no estatales) de Líbano (Hezbolá), Yemen (hutíes) , Siria e Irak (Badr, Kataeb Hezbolá y Asaib Ahl al Haq), que junto con la Guardia Revolucionaria de Irán conforman el eje de la resistencia.

La orgía de sangre y muerte de proporciones bíblicas desatada por Israel como un acto burocrático de “mantenimiento del orden” dirigido a imponer a Hamas la rendición incondicional en una mesa de negociaciones fracasó, y ante el empantanamiento de las tropas del ejército de ocupación ante la guerra de desgaste de las guerrillas palestinas, la administración Biden se vio obligada a cambiar la estrategia en su enclave imperialista en la región, manipulando con fines propagandísticos para consumo público en tiempos electorales, la eventualidad de un Estado palestino, mientras facilita las armas para el exterminio y utiliza su poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU para impedirlo.

En la coyuntura, sendos pronunciamientos tardíos de la Corte Penal Internacional (CPI) y la Corte Internacional de Justicia (CIJ), que instaron a solicitar órdenes de detención contra el primer ministro Netanyahu y el ministro de Defensa Yoav Gallant (quien el 7 de octubre pasado, recogiendo la visión del judaísmo más extremista dijo que los palestinos “son animales humanos”) por crímenes de guerra, y el cese inmediato de la operación militar en la ciudad gazatí de Rafah, significaron un serio revés para Israel según consignó el Financial Times; a lo que se sumó el reconocimiento como Estado a Palestina por los gobiernos de España, Irlanda y Noruega a partir del 28 de mayo, lo que aumenta el aislamiento político de Israel.

Atrapado en un callejón sin salida y en medio de pugnas de poder internas −incluido el intento de Washington de remplazarlo con el general Benny Gantz, actual miembro del Gabinete de Guerra y ex ministro de Defensa−, Netanyahu no puede salir de Gaza porque eso significaría el fin de su carrera política ya que iría a prisión por cargos de corrupción, por lo que fiel a la “teoría del loco” –concepto atribuido a Richard Nixon pero ideado en Israel en los años cincuenta por el Partido Laborista, según recordó en su diario el expremier israelí Moshe Sharett: “nos volveremos locos (nishtagea) si nos enfadamos”− ordenó intensificar los bombardeos en Rafah.

En ese contexto, y no obstante los atisbos de salir de su auto confinamiento etnocéntrico respondiendo críticas de Londres y Washington hacia su fallo en una entrevista concedida a The Times, cabe citar el falso equilibrio y el doble estándar utilizado por Karim Khan, fiscal de la Corte Penal Internacional, al librar también órdenes de detención contra los dirigentes de la resistencia palestina Yahya Sinwar, jefe de Hamas en la Franja de Gaza, Mohammed Diab Ibrahim al-Masri, conocido como Deif (comandante del ala militar de Hamas, las Brigadas Al-Qassam), e Ismail Haniyeh (jefe del Buró Político de Hamas), tratando de equiparar los pogromos y crímenes de lesa humanidad continuados de Israel desde 1948 con la “violencia al por menor” (en respuesta a la “violencia al por mayor” de los colonizadores, Noam Chomsky dixit) producida en el marco de la operación el Diluvio de Al-Aqsa. Un falso equilibrio entre el victimario y la víctima que ha sido ejemplificado por Pablo Jofré Leal, con la hipotética detención de los líderes de la resistencia partisana o el maquis francés después de la Segunda Guerra Mundial, para “compensar” la de los jerarcas nazis juzgados en Nüremberg.

Como señala Amos Goldberg, profesor de Historia del Holocausto en la Universidad Hebrea de Jerusalén, el hecho de que lo que sucede en Gaza no se parezca al Holocausto: no hay trenes de la muerte, cámaras de gas, incineradoras ni fosas de exterminio, no significa que no sea genocidio. Goldberg asegura que las “zonas seguras” a las que los militares israelíes han ordenado desplazarse a un millón de gazatíes, se han convertido en trampas mortales y zonas de exterminio deliberado, además de que en esas áreas de “refugio”, como método de guerra, Israel está matando de hambre a la población. Y recuerda que en la mayoría de los casos de genocidio los autores dijeron que actuaban en defensa propia; igual que Netanyahu ahora.

 

Correr, correr, correr

 

Durante casi ocho meses, el mundo ha sido testigo a través de sus televisores y teléfonos celulares, de cómo miles de refugiados palestinos, en su mayoría mujeres y niños, se han visto obligados a huir de sus campamentos a otras zonas de la Franja de Gaza como parte del sádico manual israelí de desplazamiento forzoso. La orden del ejército de ocupación es correr o morir bajo el estallido de las bombas cargadas con 2,000 libras de explosivos (como ocurrió el domingo 26 de mayo en las tiendas de campaña ubicadas en los almacenes de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos [UNRWA] en Rafah, al sur de la Franja), las balas de los drones equipados con ametralladoras, el fuego de la artillería, los proyectiles de tanques o los disparos de los francotiradores.

A manera de ejemplo, cito textual un fragmento del periodista Chris Hedges:

Corran por sus vidas. Una y otra y otra vez. Empaca las patéticas pocas pertenencias que te quedan. Mantas. Un par de ollas. Algo de ropa. No nos importa lo agotado que estés, lo hambriento que estés, lo aterrorizado que estés, lo enfermo que estés, lo viejo o lo joven que seas. Correr. Correr. Correr. Y cuando corras aterrorizado hacia una parte de Gaza, te haremos dar la vuelta y correr hacia otra parte. Atrapado en un laberinto de muerte. De ida y vuelta. Arriba y abajo. Un lado a otro. Seis. Siete. Ocho veces. Jugamos contigo como ratones en una trampa. Luego te deportamos para que nunca puedas regresar. O te matamos” (Rebelión – 24/05/2024).

Y sin embargo…

A pesar de la intensificación y la brutalidad de la agresión israelí, el sábado 25 de mayo las Brigadas Al-Qassam, brazo armado del movimiento Hamas, golpearon a una fuerza militar sionista en uno de los túneles del campo de refugiados de Jabalia, el mayor campamento en Gaza ubicado al norte de la Franja, una zona controlada supuestamente por el ejército de ocupación israelí. Meses atrás, el mando militar israelí anunció la “limpieza” de ese campamento y el desmantelamiento de 20 de los 24 batallones originales de Hamas, lo que sirvió de excusa a Netanyahu para ordenar la invasión a Rafah; sin embargo, la resistencia en Gaza salió con esta operación a confirmar su disposición para continuar la lucha. 

Según el portavoz militar de las Brigadas Izz al-Din al-Qassam, los combatientes de la resistencia atrajeron y emboscaron a una fuerza israelí a uno de los túneles en Jabalia, la enfrentaron a quemarropa y detonaron artefactos explosivos contra el grupo de soldados enemigos que vino a socorrerla.

Todo indica, pues, que el equipo de la estructura militar del Batallón Jabalia estaba intacto y tomó el área como un punto principal para la defensa en el norte. Desde una perspectiva militar, la acción tiene una importancia cualitativa al provocar bajas en las filas israelíes entre soldados muertos, heridos y prisioneros, y apoderarse del equipamiento militar, ya que eso fortalece la posición de la resistencia y desestabiliza la imagen del ejército sionista.

Por otra parte, desde el punto de vista político, la acción constituye una carta adicional de la resistencia para consolidar su fuerte posición en las negociaciones para un alto al fuego en caso de reanudarse. Asimismo, la emboscada traumática acentuará la división interna del régimen israelí y sacudirá aún más al gobierno del primer ministro Netanyahu, y tal vez profundice la disputa entre él y el nivel militar y de seguridad sobre la conducción de la guerra y el arreglo de intercambio de prisioneros.

A nivel psicológico, una operación de ese tipo eleva la moral del pueblo de la Franja de Gaza a la luz de las masacres en curso y de la trágica realidad impuesta por la guerra. En sentido contrario, en el bando israelí la confianza del público en su ejército es cada día más inestable y su liderazgo político es casi inexistente. 

Cabe apuntar, también, que el jefe de Hamas en la Franja de Gaza, Yahya Sinwar, cuya captura o muerte sería el mayor trofeo de guerra de la ofensiva militar israelí, no cambió sus posiciones ni fue afectado por las recientes operaciones punitivas en Rafah, y siguió comprometido con el objetivo central: la supervivencia.

A la luz del estado de confusión dentro del ejército israelí, la operación en Jabalia envió a los soldados el mensaje de que sus esfuerzos fueron en vano, mientras la resistencia permaneció tan fuerte y capaz como para devolver a las fuerzas sionistas a la primera casilla en el norte de la Franja. También demostró a los colonos supremacistas en el frente norte (desplazados por los misiles de Hezbolá desde el Líbano) o en los asentamientos cercanos a la Franja de Gaza, la incapacidad del ejército israelí para protegerlos y que el regreso está sujeto a nuevas reglas de enfrentamiento elaboradas por el Eje de la Resistencia.

Además, Jabalia extendió su mensaje a Estados Unidos, la OTAN y la Comunidad Europea en su apoyo a Israel, porque la agresión trajo resultados negativos a pesar de todo el armamento y los recursos millonarios suministrados.

Guerra relámpago vs. de desgaste

La situación sobre el terreno en Yabalia revela algo más que un mero enfrentamiento militar entre una fuerza invasora y los combatientes de la resistencia que libran una guerra de guerrillas. La implicación más profunda es que Israel está mucho más enredado de lo que quiere reconocer, reflejando la experiencia de EU en su desastroso atolladero de Vietnam. Pero como indica un reporte de Khalil Harb para The Cradle, a diferencia de la Ruta Ho Chi Minh en Vietnam, Gaza es una franja de tierra llana que carece de cruces, pasos de montaña o bosques para que la resistencia pueda desplazar personal y armas con facilidad a través de extensiones de terreno. Egipto, que comparte el paso fronterizo de Rafah con Gaza, se ha distanciado de la Franja, y los gazatíes no comparten ninguna otra frontera con el mundo exterior.

Por tanto, el resurgimiento de la resistencia en Yabalia ha cogido desprevenido al ejército israelí y exhibe que su estrategia de primero “segar la hierba” para controlar el norte y el centro de la Franja, antes de centrarse en arrasar el sur, siempre fueron falsas y que la resistencia aún conserva su fuerza y liderazgo y está preparada para una larga guerra de desgaste.

Jabalia es una sonora bofetada al primer ministro Netanyahu y su Gabinete de Guerra, ante sus incesantes esfuerzos por abrumar a Gaza y declarar la “victoria”. Las tropas de ocupación siguen chocando contra el muro del Viet Cong palestino y su incesante despliegue de nuevas tácticas: engaño, emboscadas, sabotaje, espionaje, sacrificio y, lo que es más importante, paciencia estratégica.

Según fuentes de la resistencia, los combatientes palestinos salen de los escombros y del subsuelo para librar una auténtica guerra de la pulga contra los miles de soldados israelíes estacionados allí. Para ello utilizan diversas armas explosivas en emboscadas y ataques: bombas Al-Shuath y Tandem para destruir tanques de fabricación israelí Merkava y otros vehículos blindados; proyectiles Al-Yassin 105, y bombas y trampas explosivas en casas utilizando cohetes y proyectiles que no explotaron durante las incursiones anteriores, detonados cuando los soldados se ponen a cubierto dentro. A lo que se suman el accionar de los francotiradores, bombardeos de mortero y enfrentamientos repentinos cara a cara con soldados enemigos por parte de combatientes que emergen de los túneles.

Todo indica que el ejército de ocupación ha perdido en parte el control sobre el terreno, y que no está preparado para enfrentamientos largos y en varios frentes. Es decir, que su política de disuasión y operaciones preventivas está fracasando. Además, como decíamos arriba, no ha aniquilado a los líderes de Hamas y la Yihad Islámica ni liberado a los sionistas retenidos desde el 7 de octubre, y ha sido incapaz de destruir el laberinto de túneles de la resistencia

El periódico estadounidense The New York Times catalogó la supervivencia del jefe de Hamas en Gaza, Yahya Sinwar, después de casi ocho meses de bombardeo, como un símbolo del fracaso de la guerra de Netanyahu, en especial porque un objetivo prioritario del ejército de ocupación era matarlo, pero se vieron obligados a negociar con él, así sea de manera indirecta.

Hace pocos días, el general de división de la reserva del ejército de ocupación Yitzhak Brik, describió los sucesos en Gaza como una “guerra de desgaste”, y dijo que prolongarla “conducirá al colapso del ejército y la economía en Israel”. Brik reconoció la incapacidad del ejército israelí para derrotar a Hamas en Gaza, y cuestionó el regreso de tropas a zonas ya abandonadas tras operaciones anteriores.

En síntesis, Netanyahu y su Gabinete de Guerra están empantanados, pero siguen apelando a la “teoría del loco” pese a la presión internacional, mientras, con cinismo, el primer ministro califica como un “accidente trágico” el bombardeo premeditado del domingo en Rafah, con saldo de 45 muertos, varios de ellos calcinados.

Según Foucault, la Alemania nazi ha sido el ejemplo más logrado de Estado que ejerce su derecho a matar. Pero la necropolítica de Israel no le envidia nada.

 

(*) Carlos Fazio, escritor, periodista y académico uruguayo residente en México. Doctor Honoris Causa de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Autor de diversos libros y publicaciones

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