Recordando a Arturo Dubra Díaz

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@mateamargouy

Andrés Cardozo

Cuando te piden que escribas sobre Arturo Dubra lo primero que te viene a la cabeza es el inexorable paso del tiempo, hay muchos compañeros que no lo conocieron y la tarea no va a ser fácil.

Si me pidieran que describiera como es el viento -o el mar- a alguien que nunca lo podrá ver, también lo sería, pero lo voy a intentar lo mejor que pueda.

Como todas las personas, Arturo fue muchas cosas. Vivió una época muy fermental y agitada, por lo que comprenderán que voy a tratar de ser sintético.

Al escribir su semblanza no puedo olvidar su origen familiar de gente bravía, por el lado de los Dubra y por el lado de los Díaz, con historia en las convulsionadas revoluciones del siglo XIX y principios del XX. Por lo tanto es de comprender que la mezcla de esas sangres dio unos retoños a su imagen y semejanza: la querida Elsa, Arturo hijo, y -el un poco recordado pero inolvidable- Pedro.

Tampoco olvido su crianza en Pocitos, su simpatía por Trouville, donde Pedrito jugaba desde botija y -donde un día si y otro también- se peleaba. Siempre con el estoico apoyo de su hermano mayor y los cuidados de su hermana cuando volvían magullados. Los veteranos que vieron esas reyertas deportivas solían decir: “Caso serio, dos hermanos Dubra nunca daban una por perdida , aunque en estos casos era casi siempre”.

Como las piezas de un rompecabezas tendría que escribir sobre su vida política que -comprenderán- empezó desde su infancia, acompañando a su padre en el Partido Socialista y luego abrazando la causa tupamara hasta el final de su vida.

Su participación fue muy activa, incansable: acciones, enfrentamientos, detenciones, fugas, cárcel. Torturas, donde se ganó el respeto de sus captores y fue baluarte de sus compañeros, quizás en los peores momentos fue cuando mostró su entereza en un grado superlativo, difícil de comprender para quienes no pasaron situaciones límites.

Sus largos años de cárcel no mellaron su carácter y a la salida participó activamente en la reorganización del MLN, y con los años en la fundación del MPP donde llegó a asumir como Senador.

Después de una larga pelea contra el cáncer falleció en el 2003, con 62 años.

Hasta aquí tracé una sintética biografía para los que no lo conocieron, ahora voy a liberarme de esta tarea y recordar al hombre que fue nuestro compañero, particularmente nuestro amigo.

Arturo fue de esas personas que pasaron por nuestras vidas dejando su marca en nuestros corazones. Dejó enseñanzas en cada persona que lo conoció.

Fue ejemplo de jóvenes compañeros, sin querer serlo. Formaba sin libros ni manuales y repartía valores sin esconder los defectos, de los dos tuvo muchos, pero nos mostró que unos no contradicen a los otros.

Tenía la capacidad de hacernos entender que cualquiera de nosotros podía ser capaz de todo aunque nos sintiéramos incapaces para hacer nada. A su lado todos éramos humildes ya que quién podría ser soberbio frente a él. A su lado todos nos sentíamos valientes aunque por dentro no nos sintiéramos así.

Nadie le podía negar nada ya que él lo daba todo, era el primero en ofrecerse por humilde o complicado que fuera el pedido.

De mirada alegre y carácter jovial, tenía predilección por los niños y jóvenes que lo rodeaban con alegría donde quiera que lo encontraban.

Siempre tenía tiempo para escuchar los problemas de los demás, que lo requerían para que los aconsejara o como paño de lágrimas, era muy curioso ver esto y al preguntarle que querían, daba grandes explicaciones antes de sonreís y encogerse de hombros.

Era muy difícil discutir con él ya que no se daba por vencido y uno corría el riesgo a que, grapa con limón de por medio, la discusión durara varias noches.

Hacía amigos por todos lados, aún en lugares donde otros ojos menos tolerantes no verían nada bueno.

Siempre desarmaba cosas rotas y después intentaba convencer de todas las ventajas que se conseguían con su rearmado.

Arturo no vive en nuestros corazones, nosotros vivíamos en el de él, y al morir no nos dejó, sino que nos acompaña en cada tarea, por más humilde o complicada que sea.

Cuando quieran recordarlo háganlo con hechos y no con palabras. No fue un hombre de bronce, fue un hombre bueno, amigo y compañero.

Por ahí andará, tomándose una grapa con Nene, el Ñato, el Viejo Julio, bajo la mirada de su querida Yayo.

Salú!

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