Frente Amplio: 50 años por la democracia y la justicia social

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@mateamargouy

Agustina Castro

Fue un 5 de febrero de 1971, en el salón de los pasos perdidos, en el que las fuerzas políticas de la izquierda uruguaya consolidaron un “Frente Amplio”. La historia, hasta ese momento, le había reservado a los “partidos de ideas” un lugar marginado, sin incidencia en la actividad política, manejada hegemónicamente por los partidos tradicionales y su concepción política liberal.

Lejos de ser un acto administrativo, fue una resultante de la dramática situación del país, el desarrollo de las fuerzas de izquierda, y la necesidad -de éstas- de encontrar una alternativa colectiva, uniendo lo que hasta ese momento no se había podido materialmente unir: tupamaros, socialistas, demócrata cristianos, independientes, comunistas, nacionalistas y batllistas consecuentes.

De otra forma no habría sido posible un acto, como el del 26 de marzo de ese mismo año, con 300.000 personas, estudiantes, trabajadores, que se amucharon para decir presente, pero que lejos estaban de ser una muchedumbre y Seregni así lo interpretaba ese día, desde el estrado:

“¿Cómo y por qué ha sido posible el Frente Amplio? ¿Cómo surgió este incontenible movimiento popular que tardó tanto en nacer y ha sido tan rápido en propalarse? Tiene que haber profundas razones que lo expliquen. ¿Es que acaso es como dicen nuestros detractores, una suma de retazos ? No, ésta es una observación frívola, superficial, que demuestra muy escaso entendimiento de lo que hoy sucede en nuestro país. Pero eso también merece una explicación. ¿Es que es acaso una corriente popular que busca como cuestión de vida o muerte, en las dramáticas circunstancias que vive el país, nuevos cauces, cauces nuevos que salten por encima de viejas y anacrónicas estructuras partidarias que ayer fueron potentes y configuradoras del Uruguay y que hoy se debaten en la incapacidad y una inepcia huérfanas de toda vida arraigada en el pueblo?”

Un “movimiento auténticamente popular, profundamente antiimperialista, de claro sentido de liberación nacional para alcanzar la verdadera justicia social y una democracia auténtica”, así también describiría el General Seregni a esta nueva coalición – movimiento de izquierdas. Una fuerza política que nace para reivindicar el Ideario Artiguista y llevar a la práctica la línea de pensamiento que siembra nuestro Prócer durante la primera mitad del siglo XIX, no es solamente una reacción al gobierno de Pacheco y la inminencia de un Golpe de Estado, es la idea de una acción política permanente, una alternativa de poder para el pueblo organizado.

Unidad y amplitud

Hoy, a 50 años de aquel 5 de febrero, el aniversario lleva el emblema “50 años de unidad”, la visión Artiguista revolucionaria de los precursores de nuestra fuerza política nos deja de manifiesto que no hay posibilidad de enfrentar al adversario ideológico, a modo de coronel que trabaja por su cuenta, con su propio cañón al hombro.

Al Frente Amplio lo define la unidad, somos diversos, pero somos uno. Esa fuerza de base es la que también resulta imprescindible rescatar, cuidar y nutrir. Es en la unidad que los procesos de acumulación transitados se pudieron cristalizar en victorias, en avances por y hacia la justicia social, hacia la construcción efectiva de un mejor Uruguay.  La división es la derrota asegurada, por las fisuras no se irá el frenteamplista, por las fisuras entrará el adversario.

Son tiempos de incertidumbre, el distanciamiento social no pudo haber elegido un peor momento para venir que luego de una derrota electoral tras 15 años de ejercicio de gobierno. Afuera parece reinar el caos, porque en el caos el adversario teje y desteje sin miramientos, borrando -a fuerza de embestidas- una construcción de la que el Frente Amplio fue su principal artífice. Con la gente proponiendo, por supuesto, pero sin Gobierno que valga no hay propuesta que salga. Y esa síntesis pareciera querer asomarse entre tanta hegemonía mediática y política circense con la que este neoherrerismo ruralista pretende someternos, entreteniéndonos para alejarnos de los debates más importantes.

Hoy, entonces, nos interpela el sentido de la amplitud, la necesidad de que las ideas converjan efectivamente en torno a la fuerza política. Y, ésta, se funda en el accionar de una sociedad que comienza a entender el estado de desprotección en el que se encuentra.

Es un tiempo nuevo, inexplorado, que requiere de otras formas de diálogo y entendimientos. Nuestro desafío está en generar el encuentro, un encuentro liso y llano con el otro, un encuentro de ideas que nos amuchen otra vez. Para que, a partir de allí, también entendamos la importancia de ir a buscar a aquellos que jamás se van a embanderar a favor de determinadas ideas partidarias pero sí a favor de retomar el camino del crecimiento, sí en contra de este gobierno para pocos…poquísimos.

Todo proceso necesita tiempo, y todo tiempo necesita de hechos para dotarlo de sentido, quizá la cuestión radique en agarrarnos fuerte de los principios -o, las ideas fundantes, para no encorsetarnos-  y establecer que, como mínimo, al decir de Artigas: “No venderé el rico patrimonio de los orientales al bajo precio de la necesidad”.

Hay un algo común que nos sostiene, este es nuestro tiempo, este es el hecho al que seguiremos dotando de sentido. Juntas y juntos, escribiendo la historia desde la unidad y con los compromisos claros.  ¡Con la gente todo, sin la gente nada!

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