Armenia, ajedrez y migas de pan.

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@mateamargouy

David Graña

Hay un pequeño país de tres millones y medio de habitantes que se ha dado a conocer al mundo por sus logros deportivos, superando a sus vecinos, de mayor poderío.

¿Les suena? Seguro que sí, pero no hablo de Uruguay, hablo de Armenia, el país más pequeño que contuvo la URSS.

Que hoy por hoy nuevamente se encuentra bajo un conflicto que involucra a Azerbaiyán disputando un viejo territorio que se encuentra bajo su frontera -es verdad- pero que contiene un 95% de población armenia, y que casualmente es pasaje de gasoductos y oleoductos que son el alimento de combustible de Europa… ¿Les suena de algún otro lado? A mi también.

Se presume que los árabes trajeron el ajedrez a Armenia, tal vez ya en el siglo IX. En los siglos XII al XIII, el ajedrez empieza a aparecer en los manuscritos armenios, que se conservan cuidadosamente en Matenadaran, el Instituto de Manuscritos Antiguos de Ereván.

Comenzaremos a rastrear el desarrollo del ajedrez armenio desde principios del siglo XX, poco después de que Armenia se convierta en parte de la Unión Soviética. La fuerza motriz clave en esos días fue Genrikh Kasparyan (1910-1995), el padre fundador del ajedrez armenio.

El siguiente motor del ajedrez armenio fue el gran Tigran Petrosian (1929-1984).

Que como Kasparyan, no nació en Armenia. Tanto Kasparyan como Petrosian crecieron en Tiflis (ahora Tbilisi) e hicieron sus primeros pasos en el ajedrez en Georgia. Ya que el pueblo armenio no se encuentra solamente en la región delimitada por la república.

Petrosián se convierte entonces en un referente nacional, un impulsor de una pasión que perdura hasta hoy en el único país que tiene desde 2011 ajedrez obligatorio y curricular en las escuelas.

Muchas cosas se podrían decir de Petrosian, su carácter amable y alegre, su afición a la música a pesar de ser casi sordo, o por haber “inventado” la profilaxis en ajedrez, un recurso indispensable para todos los jugadores de hoy en día, y recordar que fué la piedra en el zapato de un jóven Spassky, que lo terminó venciendo luego de estudiarlo durante años, y quién también plantó cara a Bobby Fischer, de quien decía: “las victorias de Fischer son para mí un enigma” y a su vez Bobby Fischer decía del campeón armenio: «Petrosian sabía detectar y alejar el peligro veinte jugadas antes de que éste surgiera».

Pero hoy quiero recordarlo con una anécdota que me contó un ajedrecista de larga trayectoria a nivel nacional que me parece que lo pinta de cuerpo entero:

En una entrevista, en su casa, cuando ya contaba con todo su palmarés ajedrecístico y siendo un campeón de renombre el entrevistador le pregunta por su hobby de coleccionar juegos de ajedrez de todas partes del mundo.

Petrosian entusiasmado comienza a mostrarle al periodista distintos juegos, algunos de costo muy elevado, tanto por su material como por su valor histórico.

Luego de pasar un tiempo observando el periodista le pregunta a Petrosian cuál era para él, su juego más valioso.

Petrosian, decide mostrarle su juego más valioso, abre un cajón y extrajo una llave, con esa llave ingresan a una habitación donde había una caja fuerte y luego de abrirla, de su interior toma un pequeño paquetito.

Haciendo espacio en su escritorio, el pequeño paquete de una tela amarillenta extrae una hoja de papel con un tablero dibujado a mano, minúsculo. Dentro del paquete había piezas que no excedían los dos o tres centímetros de alto, fabricadas de migas de pan.

El periodista intrigado, esperando quizá la opulencia de algún juego que fuese una pieza de joyería le pregunta sobre el origen del mismo, y Petrosian le contesta más o menos así:

Este juego, fué fabricado en un campo de concentración por los prisioneros, a medida que iban muriendo lo iban pasando, de mano en mano, escondiéndolo minuciosamente de los nazis, ya que, luego de las largas y extenuantes jornadas de trabajo era el refugio mental y anímico de ese grupo de personas que encontraban en ese pequeño juego la conexión con su vida anterior. Este juego me fué regalado por uno de esos prisioneros que, al terminar la guerra y ser liberado lo rescató, como quién salva en un pequeño paquete de tela un pedazo de humanidad, una pieza sútil de memoria que recuerda que las personas que aman la vida siempre están dispuestas a aferrarse a ella aún, desde el hilo más pequeño, o desde una pequeña pieza de miga de pan.

Petrosian había perdido a sus padres en la segunda guerra y claramente sabía a qué cosas darle el valor que se merecen en la vida.

Cómo dijo Santayana: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo»

A ejercitar pues, la memoria, compañeras y compañeros, hay que pisarle las sábanas a los viejos fantasmas del pasado.

Fuentes:

fuente 1
fuente 2
fuente 3

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