Ramón Benítez: el “Che” en Uruguay

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 @mateamargouy

Carlos Pereira Das Neves

Los primeros días del mes de agosto de 1961 se llevó a cabo en Punta del Este-Uruguay la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES), organismo dependiente de la OEA, en la que se elaboró y debatió -principalmente- aspectos relacionados a la “Alliance for Progress”.

La Alianza para el Progreso fue un programa estadounidense de ayuda económica, política y social para América Latina. Unos 20.000 millones de dólares que, a través de agencias financieras multilaterales, se invertirían entre 1961 y 1970 para intentar contrarrestar la influencia de la revolución cubana en el continente.

Estados Unidos ya había intentado la vía de las armas, apoyando la invasión de cubanos exiliados por la Bahía de Cochinos del 15 al 19 de abril ese mismo año, y fue el fracaso militar y político de dicho desembarco que lo llevó a probar esta maniobra diplomático-económico-publicitaria.

Ernesto Guevara es enviado a nuestro país en representación de Cuba.

Adónde fue a parar

La economía uruguaya funcionaba desde la década de 1930 con un modelo de sustitución de importaciones. Pero las transferencias del sector ganadero al urbano empezaron a incomodar a ciertos actores del campo, que terminaron de incomodarse con la caída de los precios de la lana luego de finalizada la guerra de Corea.

Desde 1951 existía en nuestro país la Liga Federal de Acción Ruralista, de tendencia conservadora. Su líder fue Benito Nardone, popularmente conocido como “chicotazo”, que en 1958 es convencido por Luis Alberto de Herrera y acompaña al Partido Nacional en las elecciones de ese año, permitiendo el triunfo electoral de este partido y presidiendo el Consejo Nacional de Gobierno en 1960. Gobierno que se conoce como “el primer colegiado blanco”.

El regreso del Partido Nacional al gobierno(1), de la mano de Nardone que logra convocar a gente muy poderosa y de todo tipo de extracción (político y/o económica), es considerado de tal importancia regional que la Central de Inteligencia Americana (CIA) lo recluta y pasa a ser un agente desde 1958 a 1963.(2) Aunque, como expresa la historiadora Magdalena Broquetas: “…desde el inicio de la Guerra Fría, Uruguay se había mantenido alineado a la órbita estadounidense y había sido permeable a las manifestaciones de anticomunismo de ese país”(3). Blixen incluso habla de una “…’solidaridad hemisférica’ que de hecho le impedía comerciar con la Unión Soviética.”(4)

La crisis económica que dio lugar a la victoria del Partido Nacional continuó agrabándose a pesar de las medidas que este tomó para acabar con el modelo urbano-industrial batllista, intentando combatir -así- el atraso tecnológico y productivo del sector agropecuario. Pero el ingreso a la senda del liberalismo fue más difícil de lo previsto, el sector agroexportador derivó las ganancias obtenidas hacia actividades improductivas, aumentando la expansión del sector financiero y profundizando el endeudamiento externo del país. Uruguay no pudo cumplir con las políticas correctivas que había acordado en su Carta de Intención con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el organismo internacional endureció sus condiciones de préstamo.

Los trabajadores, por su parte, venían de un proceso de consolidación a partir de los años 40’, creciendo de 90.000 a casi 200.000 para 1951 y atravesando un proceso de unidad a partir de 1956 que reforzó su capacidad de negociación y presión. A su vez, desde fines de los años 50’, el movimiento sindical fue afianzando el vínculo con la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU), que en 1958 -y nutriéndose de la solidaridad obrera: “obreros y estudiantes, unidos y adelante”- lograron la sanción de una nueva ley orgánica para la Universidad de la República. Se lleva a cabo el Congreso de Unificación Sindical, que va desde diciembre de 1959 a junio de 1961 en el que finalmente se crea la Central de Trabajadores del Uruguay (CTU): “60 organizaciones (las más importantes: textiles, metalúrgicos, trabajadores de la construcción, del puerto y los transportes, municipales, obreros de la lana y empleados de comercio), se agruparon en esa central, que superaba viejas divisiones.”(5)

El concierto internacional

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y hasta 1960 el campo socialista se fue expandiendo, de revolución en revolución: China en 1949; después les tocó el turno a Birmania, Indonesia, Ceilán; Vietnam derrota a los franceses en 1954; Nasser asciende en Egipto y revoluciona Medio Oriente; la Guerra de Independencia de Argelia; la rebelión del África Negra y la Independencia de Ghana en 1957; mientras que en nuestro Continente Guatemala y Bolivia iniciaron el camino que después recorrerían los barbudos cubanos.

Pero como diría Vivián Trías: “Si entre 1945 y 1960 vivimos una década y media de predominante revolución, desde 1960 -muy claramente a partir de 1962- hasta 1968 hemos sufrido una década de predominante contrarrevolución.”(6) Que no fue solo militar y que empezó mucho antes, allá por julio de 1944 cuando la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas (conocida como “los acuerdos de Bretton Woods”) parió al FMI, al “Gold Exchange Standard” y al Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF), con los que Estados Unidos afianzaría su condición de imperio, en el marco de la fase keynesiana del capitalismo y coincidiendo con la estabilización de un nuevo modelo de hegemonía burguesa.

En 1961 se promulgó la “Ley de ayuda a los Estados extranjeros” y se fundó la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID), que actuó como organismo semi-autónomo en la órbita del Departamento de Estado y que desde su creación tiene una larga trayectoria de apoyar -junto a la CIA- fuerzas políticas opositoras a gobiernos democráticos de izquierda en América Latina.

Y esto ocurrió porque a la necesidad de hegemonizar el proceso dentro del bloque capitalista, a partir de 1959 a Estados Unidos le surgió un gran problema. Mientras se ocupaba por contener el avance soviético en Europa, a 530km de sus costas triunfaba la Revolución Cubana. Un gran problema o 3 problemas a la vez: el estallido revolucionario, la continuidad del mismo y la posibilidad del contagio. Contra el estallido no hubo posibilidades de acción porque al momento de percatarse ya era una realidad concreta y contra la continuidad tampoco porque el Imperio poseía los medios tangibles pero subestimaba el compromiso de todo un pueblo. Tampoco entendía el proceso, porque como dice Boron, en Cuba “Había una concepción teórica que orientaba la acción, que guiaba la praxis insurgente. Pero, a diferencia de otros procesos, esta concepción nunca fue concebida como una cárcel en la cual apresar la realidad o encerrar las ideas sino, en la mejor tradición leninista, como una caja de herramientas de la cual extraer los mejores instrumentos para hacer realidad la Tesis 11 de Marx: cambiar el mundo y no solo interpretarlo.”(7)

El propio Che Guevara lo señalaba como uno de los tres aportes fundamentales de la Revolución Cubana a la mecánica de los movimientos revolucionarios en América: “No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede desarrollar condiciones subjetivas sobre la base de condiciones objetivas dadas.”(8)

De vuelta a la Universidad

Aprovechando que el Che Guevara todavía se encontraba en el país, el día 17 de agosto de 1961 se realizó un acto en el Paraninfo de la Universidad junto a autoridades universitarias y estudiantiles, dirigentes del movimiento de solidaridad con Cuba y el presidente del Senado de Chile, Salvador Allende. Un mar de gente colmó la Universidad y las calles adyacentes.

Durante todo el día, bandas fascistas habían estado intentando impedir el acto en la Universidad. A su término, cuando el Che salía por una puerta lateral junto con Allende, una bala que le estaba dirigida alcanzó y mató al profesor universitario Arbelio Ramírez.

El discurso fue un verdadero discurso de masas, por la gente que se reunió a escucharlo y porque el foco del discurso estuvo en la gente, en la necesidad de organizarse, de hacerse escuchar. Contó las medidas económicas que se estaban tomando en la isla, y las que se pensaban tomar, y como ellas no estaban pensadas como un fin en si mismas sino en función del desarrollo social planteado: la dignificación del ser humano.

205 fábricas se construirían para producir riquezas y producir los materiales necesarios para la construcción de casas, escuelas, vestimenta, salud y para la generación de trabajo. La mayoría de esas 205 fábricas serían para suplir el consumo interno y algunas pocas para ir preparándose para ser exportadores de productos terminados.

La planificación iba a estar en manos de los trabajadores, los obreros en las fábricas y los campesinos en las cooperativas de producción, en asambleas de producción se iban a ver y rever los planes. El objetivo era desarrollar la industria pesada y convertirse en un país agrícola con cierta base industrial e ir gradualmente hacia la industrialización completa.

El Che también tocó el valor de la solidaridad en la interna de los pueblos y entre pueblos, la necesidad de que América se reconociera a sí misma, unir nuestros pueblos de todas las formas posibles, tanto para la ayuda como para identificar y enfrentar el enemigo en común. Y por último habló de ciertas condiciones en nuestro país, sobre todo en la comparación con los países de la región -más que de manera determinista- de forma que siempre esté el bienestar del pueblo como objetivo principal en el trazado de nuestras acciones.

NOTAS

1. La última vez había sido en 1865.

2.El reclute de la CIA habrá sido antes o después, pero a mediados de diciembre de 1958 hubo una entrevista en la fábrica textil “Lanasur” entre el señor Nardone y el Embajador de los EE.UU.

3.Broquetas, Magdalena. La trama autoritaria. Derechas y violencia en Uruguay (1958-1966). Ediciones de la Banda Oriental; Montevideo; 2014; Pág. 49.

4. Blixen, Samuel. Sendic. Ediciones Trilce; Montevideo; 2000; Pág. 38.

5.Machado, Carlos. Historia de los Orientales. Ediciones de la Banda Oriental; Montevideo; 2019; Pág. 598.

6.Trías, Vivián. La crisis del imperio. Ediciones de la Banda Oriental; Montevideo; 1989; Pág. 16.

7.Boron, Atilio. Crisis civilizatoria y agonía del capitalismo. Diálogos con Fidel Castro. Ediciones Luxemburg; Buenos Aires; 2009; Pág. 99.

8. Guevara, Ernesto. La Guerra de Guerrillas. Ocean Sur; Bogotá; 2006; Pág. 13.

 

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