Raspando la olla – Municipio G  y el  Club Villa Teresa

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@mateamargouy

Ismael Smith

Como decíamos en el artículo anterior, nos encontramos, recorriendo el Barrio Conciliación, con el concejal Vecinal y viejo conocido, Daniel.

En este periplo de mantener las ollas populares, tratando de organizarse para paliar las distintas vulnerabilidades que se han agravado en estos meses, y principalmente la alimentaria, los concejales del Municipio G han dado seguimiento, monitoreando las ollas de la zona, para poder organizar los recursos que han llegado al municipio.

Daniel, que pasaba junto a otros integrantes del concejo, justo cuando estábamos en el Brandi, nos cuenta un poco de qué va esta recorrida.

Luego de nuestro encuentro, volvimos a mantener contacto con Daniel, quien nos alertaba de que se estaba dando un descenso por cierre del número de ollas, muchas de ellas por falta de recursos y disminución de las donaciones, o como veremos, por comienzo de actividades laborales, o en el caso de clubes deportivos, por el comienzo de las actividades deṕortivas.

Por los datos que manejaban desde el comunal, de 28 ollas y merenderos, hoy están funcionando alrededor de 20.

Continuamos la recorrida visitando la olla ubicada en el el Club Villa Teresa. Cuando nos arrimamos a hablar con los vecinos del Villa, hace ya unas semanas, nos encontramos con un grupo humano que encaraba la tarea diaria con alegría y compromiso.

Las tareas diarias para sostener las dos ollas que alimentaban las 100 familias que se arrimaban a levantar la vianda, y el trabajo práctico que esto implicaba, se sostuvo por un grupo de vecinas y vecinos, en su mayoría vinculados al Club Deportivo.

Al momento de cerrar la nota, nos enteramos que la olla del Villa cerró el día 101 de actividad continua.

101 días organizados para resolver la comida de los vecinos de su territorio.

Y no nos queríamos quedar sin una última conversa, para saber que queda como síntesis de esta experiencia:

Algo que repetiremos hasta el hartazgo, es que es imposible romantizar, tanto la pobreza, -y los síntomas sociales de la pobreza crónica-, como la respuesta colectiva  del surgimiento de las ollas como “alternativa” al estallido del hambre .

Sin caer en recursos lacrimógenos, estas recorridas nos enfrentaron a realidades crudas y descarnadas:

 En principio, el hecho de tener que “amucharse” para llenar el plato propio como el de tu familia y la “tragedia” que esto puede significar. El relato de los vecinos que se organizan como pueden para solucionar un tema urgente, para afrontar  situaciones que hacía años o décadas que no  veían. La angustia de que te golpeen la puerta cuando la olla aun no abre, o cuando ya cerró, para ver “si quedó” algo. O el relato -imposible de re transmitir-, del “reconocer la vergüenza” en los ojos del laburante  que se arrima a levantar un tupper de comida, sumado a la impotencia que transmite por no poder “bancar la olla” por sus propios medios.

Y si enfatizamos esto, es porque queremos recalcar que la iniciativa solidaria de armar espacios y organizarse, surgen y se sostienen para emparchar las carencias originadas por un Estado Ausente, o un estado que impulsa medidas insuficientes con recortes en políticas públicas , -con su modo motosierra  de “administrar la crisis”-, con el acento puesto en “dar una buena imagen” y satisfacer “los relatos periodísticos” con un buen cuentito, pero siendo cada vez más distante e indiferente a la situación cotidiana de miles de uruguayos.

Estas iniciativas solidarias merecen todo nuestra admiración,  respeto y apoyo militante.

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