Otra navidad en las trincheras

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@mateamargouy

Ricardo Pose

Fue un 22 de diciembre de 1966, dos días previos a las fiestas occidentales y cristianas, donde caían en combate los primeros tupamaros, Carlos Flores y Mario Robaina, en aquel Uruguay de la “Cola de Paja”, de Mario Benedetti.

Cola de paja de ciertos integrantes de las clases pudientes y medias, que tras la pantalla de la gloria de maracaná y la tacita del plata, del Montevideo con arquitectura parisina, ocultaban el paisito latinoamericano, el de cantegriles y pueblos de ratas.

Cola de paja de la democracia republicana y liberal, que había dado por zanjadas sus guerras grandes, el golpe de estado de Terra, las Medidas Prontas de Seguridad aplicadas contra las huelgas frigoríficas, la mano dura como respuesta a los conflictos sindicales, e iba perdiendo de a poco, y bajo la presión del ruralismo, su convivencia política mas batllista.

No fue en los 60, una marcha de ahorristas venidos del departamento de Artigas, los que llegaron a Montevideo, asombrando en su largo camino por las rutas nacionales del país a ciudadanos urbanos que no reconocían como a uno de los suyos a aquellos niños, hombres y mujeres, habitantes y trabajadores de la explotación de la caña de azúcar.

Fue un asombro también en parte, para buena parte de aquella izquierda, demasiado urbanizada, como hasta el día de hoy, sumergida y convencida que la lucha de clases solo se daba en la capital.

Aquellos cañeros, su acento fronterizo, sus precarias condiciones de vida, no solo formaban parte del Uruguay desconocido o ninguneado, sino que se sumaba a la larga legión de trabajadores y ciudadanos empobrecidos de la América toda.

No había en Bella Unión, en varios pueblos de Artigas, en los cientos de pueblos de ratas del interior, detallados por las misiones socio pedagógicas del maestro Julio Castro, de los cantegriles que rodeaban Montevideo, ni noticias de la ejemplar república democrática.

Alguna escuela rural, vecina de alguna colonia alemana, izó la bandera nazi, influenciada por aquellos grupos que en los sesenta atentaban contra la comunidad judía.

Ciertos sectores de la oficialidad del ejercito veía con simpatía, la posibilidad de acceder al poder por la vía de un cuartelazo.

Haedo mateaba con el Che en punta del este, exasperando a ruralistas y terratenientes que combatían la organización sindical y negaban los derechos de los trabajadores rurales.

Seguir sosteniendo que Uruguay era una aldea democrática hasta antes de junio de 1973, es una visión hemipléjica de aquélla realidad, en caso de los ingenuos, y mal intencionada en otros.

Decir que las medidas de represión utilizados por los gobiernos constitucionales de Pacheco Areco y Bordaberry son las mismas que ahora se defienden de los gobiernos de Maduro y Ortega, es culpa, en parte, del abandono del relato de izquierda.

En aquella navidad varias compañeras y compañeros, la pasaron a campo, literalmente.

Y no sería ni la primera vez, y no sería de las peores condiciones, que muchos debieron afrontar mas adelante, en aljibes incluso de cuarteles del país.

Quizás fueron las circunstancias por las que optaron, pero en su opción, reivindicaban la lucha contra la injusticia, de los miles y miles de orientales que sin haber optado por poner su confort y su libertad en juego, pasaban las navidades en penurias.

Desde el primer gobierno electo que ungió a Fructuoso Rivera como presidente, han pasado 183 años.

Quince años de gobiernos progresistas parecen un suspiro o paréntesis histórico.

No debemos olvidar que no fue un corte en la historia y un día el Uruguay amaneció con un gobierno frenteamplista.

Fue la acumulación en buena parte de esos 183 años del movimiento popular y la izquierda que lo hicieron posible, y para cuando la crisis neoliberal estalló en el 2002, ya estaba preparada para asumir, o mejor escrito, dejar que asumiera.

Seguramente, los dueños del Poder, pensaron que la aventura progresista duraría menos, que el contagio de lo que pasaba en la región seria como una puntual y fugaz fiebre de aftosa.

Que finalmente el estado en que encontraron el país no daría lugar a ningún programa de cambio profundo en la relaciones de producción, que además de las reformas que sensatamente pudieran ser toleradas por los dueños del sistema financiero y productivo, estarían los zurdos sintiendo que tocaban el cielo con las manos, cuando consagraran derechos en coqueta agenda, sin afectar la concentración de las ganancias de los minoritarios y privilegiados sectores de siempre.

Que venían de izar banderas que planteaban un cambio radical del sistema, para, golpe de estado mediante, sostener el pendón de mantener la democracia y el estado de derecho, aun burgués y capitalista.

Que esta nueva derrota electoral de la izquierda, vuelve a bajar el techo de sus expectativas, y que el golpe emocional de dejar de ser gobierno, sembrará en su interna, viejas y nuevas contradicciones.

La UNIDAD, vuelve a cobrar, para la izquierda, nuevamente un valor estratégico.

Y volvemos, con el target de la experticia de haber sido gobierno, a las trincheras que ocupamos durante casi 168 años, a lo largo de la historia patria.

Otra vez, habrá que inventar un amanecer de medias lunas.

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