27 de junio

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@mateamargouy

Malena Delgado


Este 27 de junio se cumplieron 46 años del Golpe de Estado en nuestro país. Hacer el ejercicio de escribir sobre los efectos de esta historia en nuestra sociedad actual, implica la dificultad de articular una narrativa con el “protagonismo generacional” de haber nacido en una incipiente democracia.
Esta generación, la generación pos-dictadura, inaugura un tiempo que es de algún modo bisagra entre el período del Terrorismo de Estado y el actual momento histórico. Una generación que llega al final de un período de la historia asediado por la violencia, por la violación constante de los derechos humanos, por el silenciamiento impuesto y autoimpuesto (como modo de supervivencia).

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En el Uruguay, aproximadamente 15 mil personas pasaron por los centros de detención de la dictadura uruguaya por razones políticas. Es una cifra extremadamente alta, para un país con una población que apenas supera los tres millones de habitantes, y es el indicio más claro sobre la especificidad de una estrategia de represión y control.
En la “Investigación Histórica sobre la Dictadura y el Terrorismo de Estado en Uruguay”, llevada a cabo por investigadores de la Universidad de la República y coordinada por Álvaro Rico, se afirma que “la detención masiva de personas y su confinamiento carcelario prolongado fue el mecanismo represivo principal aplicado por la dictadura uruguaya”. Se hace referencia a la utilización de los establecimientos carcelarios con el objetivo de la “destrucción física y psíquica de la persona” mencionando la tortura, los apremios físicos y la instauración de un cotidiano de “inestabilidad total” como sus instrumentos privilegiados. En este sentido menciona que estas y otras prácticas, como la censura previa de la prensa y la limitación o la prohibición total de toda forma de reunión o expresión grupal, constituyen el ominoso núcleo del concepto jurídico actual de “Terrorismo de Estado”, que tuvo el cometido específico de irradiar e instalar en la totalidad de la población una “cultura del miedo”, siendo uno de los efectos más importantes de esta situación la “restricción en las formas de solidaridad social (…), el miedo generalizado y el encierro de las familias y personas sobre sí” (Milán-Ramos, 2012, pp. 152-153).

Luego de finalizada la dictadura cívico-militar, la aprobación de la “Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado”, en 1986, y la demora en el reconocimiento por parte del Estado uruguayo de su responsabilidad en estos hechos, han sido considerados factores de “reactualización” o “revictimización”, con efectos de silenciamiento de las historias vividas por las víctimas del terrorismo de Estado, prolongados y profundizados
hasta el presente. Los efectos subjetivos de la violencia extrema permanecen vigentes en la trama social y en la organización psíquica individual y familiar, sea a través de los que la sufrieron directamente o a través de la transmisión intergeneracional.
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Una narrativa sobre los efectos de ese tiempo es una forma de reescritura de la historia, de reordenamiento del padecimiento, pero es también la posibilidad de construcción de un presente. Así como en la clínica, la narrativa del sufrimiento permite la producción de sentido y la modificación de la subjetividad, algo similar ocurre con los acontecimientos históricos.
El ejercicio de la memoria y de la comprensión de este tiempo es un modo de poder construir. Es fundamental para no olvidar, pero también para llenar de sentido el presente. No solamente con la finalidad de hacer algo con la historia, sino también como una especie de puente donde el presente se sustenta en tanto es producto también de la historia.
Al decir de Ignacio Lewkowicz, la memoria no debe ser entendida en un sentido determinista de la historia -donde pareciera no haber forma de reescritura-, pero tampoco es posible ubicarse en una ontología del presente, donde todo es por sustitución.

La relación entre individuo-sociedad, para abordar los modos de producción de subjetividad, ha sido objeto privilegiado de investigación de las ciencias humanas durante muchísimo tiempo. Sin embargo aún estamos distantes de disponer de perspectivas metodológicas que permitan articular de un modo satisfactorio el campo de los fenómenos políticos con el de la subjetividad individual/social. Esto quizás da cuenta, en cierta medida, de la complejidad de ese ejercicio. El ejercicio de poder “comprender cómo la historia violenta de un tiempo y lugar se introducen en la vida y el destino de la gente o cómo los seres individuales se inscriben en una Historia. En suma, cómo historia colectiva y destino personal se codeterminan” (Viñar, M., 1993, p. 111).

Las experiencias de ruptura de códigos, de desmembramiento social y del ejercicio del poder por medio de la violencia generan efectos a largo plazo. La experiencia de la Inquisición, del Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, de los genocidios en la historia de la humanidad han mostrado como los efectos sobre la subjetividad individual y colectiva perduran mucho más allá de que estos hechos hayan finalizado.

Cuando se destruye la trama social los efectos sobre el psiquismo se hacen presentes a largo plazo, en tanto lo social es fundante y sostenedor del psiquismo individual.
Durante la dictadura uno de los mecanismo de acción principal utilizados fue la anulación de la alteridad. El otro, en tanto sujeto, portador de ambivalencias propias de lo humano, es reducido al lugar del enemigo y transformado en objeto de aniquilación. La constante eliminación de otras formas de pensamiento y del otro como tal, anula la existencia de la alteridad y reduce todo, por medio de la violencia, a una sola forma posible.

Otro mecanismo de acción fue la destrucción del cuerpo y de la palabra. Si pensamos la palabra en relación con el cuerpo deseante como punto primordial originario de la condición humana, un ataque al cuerpo –como es la tortura- es también la caída de la palabra. Es la destrucción de toda posibilidad de articulación simbólica y por tanto la exclusión de la condición humana primordial. Una forma de violencia que ataca lo fundante en lo humano nos permite intuir, por tanto, un ataque a toda la comunidad, con efectos muy a largo plazo.

La figura del “Desaparecido” es un paso más allá aun, donde la eliminación del otro se constituye al margen de lo posible de la racionalidad humana. Ya no es la violencia de la muerte o de la tortura, si no la desaparición, que tiene justamente el objetivo de la eliminación total del otro, y que genera la imposibilidad de ubicar al otro en algún lugar.

La clínica es un espacio privilegiado de resonancia de los efectos de la historia. La gigante presencia una vez sí, y otra también, de sujetos atravesados por esa especie de desidia que produce el vacío de sentido no deja de resonar en esto de lo histórico. Existe sí, una angustia existencial inherente a lo humano que es la falta, está claro.
Pero uno puede visualizar, o intuir al menos, otras formas de la soledad, otras desestructuraciones que, podría pensarse, son producto de una historia. Una historia de violencia, de ruptura de redes, de desmembramiento de toda forma de producción colectiva, de eliminación de la alteridad, de vacío de sentido, de desestructuración psíquica.

No es la idea detenernos en un análisis exhaustivo de las formas actuales de las presentaciones clínicas del sufrimiento. Ni detenernos en los detalles de las características de las expresiones actuales de la Neurosis, ni en los modos de la patologización del sufrimiento humano. Pero es fundamental hacer el ejercicio de pensar en que si cambia la cultura cambia también su malestar y sus expresiones psicopatológicas. Y es entonces necesario poder pensar en el atravesamiento de lo político y lo histórico sobre las formas del sufrimiento humano, porque no es posible pensar al sujeto del inconsciente sin saberlo, al mismo tiempo, un sujeto político producto de su historia.

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