Hablando de Cultura y lo Cultural

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@mateamargouy

Compartimos con ustedes hoy este texto de la sabia, estudiosa y argumentada pluma del antropólogo Daniel Vidart, para seguir reflexionando sobre temas culturales que nos permitan ir conociéndonos, entendiéndonos , elaborarnos como Nación con Identidad propia y en el camino hacia su definitiva Liberación.

Ricardo Pose

LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD NACIONAL

Hacia una definición de la cultura

Se han propuesto muchas definiciones de la cultura objetiva y científicamente considerada. Dos eminentes autores estadounidenses realizaron, hace algunos decenios, un completo catálogo sistemático de las mismas (10).

Quien no quiera sumergirse en la detallada consulta de ese inventario abigarrado y por momentos fatigante, aunque utilísimo, puede atenerse a la inicial definición descriptiva de Tylor y a los que organizaron y pautaron posteriormente los contenidos de aquella, según la selección que de inmediato ofrezco. Si el lector, mediante el empleo de una enriquecedora ars combinatoria, se aventurara a coordinarlas e integrarlas podría decantar una idea relativamente esclarecedora sobre lo que trata y abarca la cultura en su doble calidad de continente y contenido.

Las definiciones de la cultura que considero básicas son las siguientes: “es aquel todo complejo que incluye conocimientos, creencia, arte, moral, ley, costumbre y cualesquiera otras capacidades y hábitos adquiridos por el hombre como miembro de una sociedad” (Tylor, 1871); “es la parte del ambiente hecha por el hombre” (Herscovits, 1948); “es la suma total de las normas de conducta aprendidas e integradas, características de los miembros de una sociedad y que, por lo tanto, no son el resultado de la herencia biológica” (Hoebel, 1954); “es el conjunto de modelos de vida históricamente creados, explícitos e implícitos, racionales, irracionales y no racionales, que existen en un tiempo dado como guías potenciales para el comportamiento de los hombres” (Kluckhohn, 1945)(11). En nuestros días, corroborando que no hubo modificaciones en la caracterización del concepto, el antropólogo español Esteva Fabregat expresa: “definimos como cultura, sobre todo, el modo común de pensar organizado de los individuos de una sociedad en orden a producir actividades sociales coherentes, tanto de acción material como de acción espiritual” (12). En ninguna de las definiciones escogidas se habla de cultura material. La cultura puede objetivarse, pero esos productos cosificados ya no son más cultura: se transforman en una segunda naturaleza, tanto o más importante que la natura naturata salida de los designios del Creador. La cultura es una aptitud, es una potencia existente en la sociedad humana; es, para decirlo metafóricamente, la honda que dispara la piedra y no la piedra misma. Si un grupo humano pierde sus bienes está capacitado para reconstruirlos. La cultura va por dentro, no por fuera de los hombres. Los dispositivos tangibles, sustantivos, tridimensionales que se incorporan al mundo de los objetos, son productos y/o extensiones de la cultura pero no la cultura propiamente dicha.

El anterior desarrollo, demasiado amplio y árido, quizá pueda iluminar esos resquicios más o menos penumbrosos que las nociones de identidad, carácter nacional, psicología de los pueblos y otras semejantes dejan por el camino. Como en todas ellas se alude, expresa o tácitamente, a determinadas escalas de valores resulta legítimo y congruente entonces que el orden cultural constituya el obligado telón de fondo sobre el que dibujan, más o menos precisas, más o menos borrosas, sus fugitivas sombras.

El cómo somos del “carácter nacional” y el quiénes somos de la identidad cultural

Si ahora abordamos el tema de la identidad nacional, o étnica, o histórica, o como quiera que se la denomine, tenemos adelantado un importante trecho: la identidad apunta a configuraciones que se dan en el seno de la cultura y dicha cultura, en sus rasgos más incisivos por lo menos, ha quedado a mi juicio suficientemente caracterizada. A esta altura del discurso en consecuencia puede afirmarse que no existen hombres incultos, distintos e inferiores a los hombres cultos, y que la cultura es un rasgo común a toda la especie humana. La distinción establecida por Lagache entre el acto de identificar un objeto y el acto de identificarse con un objeto permite iniciar el diseño de este marco teórico con un planteamiento clarificador. Efectivamente, el carácter nacional, la psicología de los pueblos, la personalidad de base, el ethos comunitario y otros tipos de caracteriza¬ción-objeto son estudiados desde el punto de vista de un sujeto que contempla y define. En cambio la identidad, o su búsqueda, puesto que esta es una demanda de tipo dinámico y contenidos cambiantes, suponen la identificación del sujeto con un determinado modelo, real o ideal.

La confusión entre ambos tipos lleva a peligrosos extremos. El sociólogo y el antropólogo que establecen las características del ser y el quehacer de determinados grupos humanos, pueblos o naciones, obran como observadores ubicados detrás de la baranda. En el ruedo actúan los protagonistas sociales y se desarrolla la teatralización humana de la cultura. El científico social estudia esos sujetos colectivos directa o indirectamente, mediante monografías, muestreos de opiniones, análisis de actitudes y de casos, estadísticas, etc. La batería metodológica es puesta en marcha para caracterizar del mejor modo posible esas difusas configuraciones culturales que siempre, antes y después dé Heródoto, solicitaron el interés de los etnólogos avant la lettre, de los historiadores y los filósofos. Pero también han intervenido en esta caracterización, y con destino vario, los ensayistas, los periodistas, los glosadores de la vida cotidiana. Ellos, desde el andarivel de su clase o de su especialización, auscultando las preferencias y actitudes del grupo propio, atentos, sobre todo, a los estereotipos que bullen en su intimidad, se han atrevido a pergeñar modelos que pretender abarcar el sentir y el pensar de todos los integrantes de la sociedad global. Demás está decir que estos pretendidos denominadores generales en la mayoría de los casos han resultado ser incompletos, parciales, o, lo que es peor, caricaturescos.

Fijemos previamente nuestra atención en las descripciones y valoraciones que a lo largo de dos siglos ha experimentado el carácter de los nacidos en lo que hoy es la República Oriental del Uruguay. Los orientales primero y los uruguayos después, en tanto que integrantes de los sectores urbanos y rurales, han sido objeto de los más extraños, pintorescos y a veces descabalados juicios. Cronistas de toda laya han pergeñado un largo rosario tipológico, unas veces muy expresivo y agudo, otras veces desmañado y caprichoso, y del mismo modo procedieron los viajeros, los hombres de ciencia, los escritores y artistas que nos visitaron.

Cuando Darwin recorre el país en el año 1833 apunta en su diario de viaje: “Durante los seis últimos meses he tenido ocasión de estudiar el carácter de los habitantes de estas provincias. Los gauchos, o campesinos, son muy superiores a los habitantes de las ciudades. Invariablemente el gaucho es muy obsequioso, muy cortés, muy hospitalario. Lleno de modestia cuando habla de él o de su país, es al mismo tiempo atrevido y bravo”. Hasta aquí llega la caracterización idílica. En las comarcas donde viven estos seres tan singularmente amables “se oye hablar constantemente de robos y homicidios, siendo la causa de estos últimos la costumbre de ir siempre armados de facón. Es deplorable pensar en el número de homicidios que son debidos a insignificantes querellas”. Luego de haber echado la culpa a la profusión de cuchillos y no a las pocas pulgas de quienes los portan examina el viajero inglés el lado negro de aquellos corteses jinetes: “Los delitos provienen naturalmente de las arraigadas costumbres de los gauchos por el juego y la bebida y de su incultura”. Pero si quien comete un crimen “es rico [¿hubo alguna vez un gaucho rico?] y tiene amigos puede contar con que el asunto no tendrá para él ninguna consecuencia”. A renglón seguido Darwin borra con el codo lo que había anteriormente escrito con la mano. En efecto, para transitar aquellos campos poblados por gentilhombres ya que no por gentlemen farmers, “un viajero no cuenta con otra protección que sus armas de fuego, y la constante costumbre de llevarlas encima es lo único que impide que los robos sean más frecuentes”. Cuando describe a las gentes urbanas Darwin realiza una operación contraria: primero las denigra para luego exaltar sus positivos “rasgos característicos”. En las clases elevadas de las ciudades “se notan la sensualidad, la irreligiosidad, la más desvergonzada corrupción llevada a grado supremo. Casi todos los funcionarios públicos son venales y hasta el director de Correos vende sellos falsos para el franqueo de los despachos; el presidente y el primer ministro (sic) están de acuerdo para estafar al Estado”. No obstante estas lacras los orientales no salen tan mal al finalizar la semblanza: “Cuando por vez primera se penetre en la sociedad de esos países, de momento ya llaman la atención dos o tres rasgos característicos: las maneras dignas y corteses que se notan en todas las clases sociales, el gusto excelente de que dan prueba las mujeres en la elección de sus vestidos y la perfecta igualdad que reina en todas partes” (13).

Al igual que Darwin los anteriores y posteriores retratistas del homo uruguayensis, tanto los extraños como los propios, se guían por las primeras impresiones o por sus personales prejuicios, actitudes que los llevan a generalizar el talante grotesco de algunos personajes o a exaltar frívolamente ciertos aspectos del ser colectivo.

De tal manera “El país de la cola de paja” de Benedetti (14) se convierte en “el país petizo” de Hugo Achugar (15) mientras que por la vereda de enfrente desfilan los “uruguayos campeones” y las infinitas variaciones del dicho “como el Uruguay no hay”. Debe advertirse que un país no puede ser calificado del mismo modo que una sociedad. Los países son llanos o montañosos, fríos o tórridos, desiertos o selváticos, ricos o pobres en recursos. El nombre de país deriva de la voz latina pagus, lugar de tierra adentro. Un país es, en definitiva, un grupo de paisajes, un territorio que alberga un conjunto de paisanos que forman o no una nación, que se hallan regidos o no por un Estado. A los países, en cuanto que entidades geográfico ¬políticas no se les puede dotar de valores como a las personas ni se les puede confundir con las sociedades y culturas que albergan dentro de sus fronteras.

Carlos Maggi, con fino espíritu y convincente escritura, intentó más de una vez captar los acentos distintivos del carácter nacional. Lo hizo desde la ciudad de Montevideo, socialmente ubicado en el seno de la clase media y en el ejercicio de su eminente papel de intelectual –el intelectual es quien lee las realidades por dentro– circunstancias que califican y subjetivaban su perspectiva. Existe en el país una sociedad rural y otra asentada en las capitales departamentales que no responden necesariamente a la caracterología atribuida a la sociedad montevideana. Del mismo modo los juicios del político, del comerciante, del obrero, del margina¬do y demás representantes de distintas formas y estilos de vida dan cuenta de otros modos de mirar y de ver las “características típicas” de lo que se ha dado en llamar, temerariamente, el carácter nacional.

¿Qué dice Maggi acerca del ser del, uruguayo medio? “Nuestra gente es inteligente por naturaleza, vivaz, sufrida, capaz de inventar cosas y aguantar adversidades. Y sin embargo la holgura pasada nos marcó. Nos empacamos. Encaprichados en no ver lo que pasa, no queremos sofocar la pobreza creciente; exigimos que se disipe porque sí, sin el esfuerzo de nadie. Nos enojamos con la realidad y no le hablamos; le damos vuelta la cara en vez de domarla, montarla y hacerla trotar a nuestra rienda” (16). Y al referirse a la garra charrúa y a la viveza criolla expresa: “Gozamos, por ejemplo, de un hemograma de fantasía que nos permite creer en una mayor reciedumbre del oriental; es el mito de la sangre charrúa. Y parece lógico y cierto que seamos más rústicos y más prontamente ásperos que los europeos y más fuertes y saludables que los aindiados, caríbicos y sesteado res cercanos al trópico. Hay quienes sostienen que tenemos sangre charrúa porque no tenemos charrúas. El segundo mito destinado a nuestra vanidad es la viveza criolla, especie de relámpago de nuestra inteligencia que nos hace lograr la solución inesperada cuando ya pisamos el Perfil del desastre. Lograr la solución en tal momento implica sobrar a los demás, vencerlos y, por añadidura, burlarlos; es el driblan Así como la sangre charrúa deriva hacia la prepotencia y la patota, la viveza criolla puede decaer en la ventajita indebida, la cachada, la pura guaranguería” (17).

No sigo con estas “interpretaciones”, muy respetables y penetrantes por cierto, pero no científicas. Según el dictamen de los espíritus críticos, atentos al miserabilismo y la minusvalía por ellos detectados en los rasgos distintivos del carácter nacional –una entidad vagarosa, sujeta a la discutida naturaleza del predicado nación, aquí no definido para no dilatar aún más estos razonamientos ¬nuestra gente, al barrer, es considerada como conservadora, pacata, anti heroica, guaranga, umbilicalista, sobradora, ventajera, haragana a fuerza de tomar mate mañana y tarde, enemiga de la grandeza propia y propensa a minimizar la ajena. El catálogo de lástimas no se agota con estos trazos sombríos, pero el parcial inventario ofrecido alcanza para señalar el sesgo de una detracción sistemática que comúnmente corre por cuenta de los intelectuales perfeccionistas o principistas, diz que situados en un plano moral y mentalmente más alto que el de la ganga política, mercantil o simplemente vulgar (vulgus significa pueblo) del contorno.

Por su parte, otro grupo más grande aun de optimistas y conformistas destaca que el carácter nacional uruguayo, que ayer distinguía a un pueblo valiente, desinteresado, sufrido, ecuestre y por ende señorial, en nuestros días continúa condecorando a los campeadores de las canchas de fútbol, hasta hace poco reconocidos como los mejores “de América y el mundo” y a la piccola gente que aún conserva los arrestos de una antigua garra, el don de la hospitalidad, la nobleza de los sentimientos solidarios, la primavera del coraje, la inteligencia viva y rápida, el acierto en los dictámenes cívicos, la plenitud de las virtudes sencillas y fami¬liares, amén de otras cualidades que el ego nacional, contemplando su ombligo, se encarga de vestir con adjetivos munificentes. A contrario senso, las otras socieda¬des de Sudamérica, para quedarnos en este continente, no resisten la comparación con nuestras excelencias superlativas y nuestros hombres fuera de serie.

Esta contradicción no se puede resolver en una síntesis superior porque ha surgido del parecer, de la opinión personal, de la audacia aventurera del pensamien¬to. Cuando se quiera saber algo relativamente verosímil acerca de las actitudes colectivas de nuestra gente habrá que organizar un muestreo representativo en el campo y en la ciudad, a lo ancho del espectro clasista y según las edades y sexos de los portadores de la opinión pública. Y como la pugna del cuadrado de las fuerzas se expresa a veces mediante resultantes harto contrapesados, y por ello poco significativos, la superación dialéctica de esas contradicciones quizá nos impida conocer las precisas escalas de valores que distinguen a nuestro carácter nacional, si es que éste verdaderamente existe.

Los psicólogos sociales, desde muy temprano, han tenido en cuenta dichas dificultades. Klinenberg expresa que “la tarea de comprender las características de las naciones sigue siendo sumamente difícil” y cita al respecto dos comentarios de Barzun. En el primero este afirma, y con razón: “de todos aquellos libros que nadie puede escribir, los dedicados al estudio de las naciones y del carácter nacional son los más imposibles”. En el segundo ofrece algunos detalles a tener en cuenta para no confiar en los resultados de dichas tentativas: “un pueblo es demasiado numeroso, demasiado vario, constituye demasiado un epítome del género humano para que se le juzgue a través de una fórmula o inclusive de una serie de fórmulas que se modifiquen y se anulen las unas a las Qtras” (18).

Los estudios sobre la psicología de los pueblos emprendidos por los alemanes y los franceses (19) así, como el rastreo de la personalidad de base a cargo de los estudiosos estadounidenses (20), proporcionan un catálogo de intentos que, si bien pueden ser fructuosos para esclarecer las actitudes, motivaciones y escalas de valores de un grupo o inclusive de una pequeña ciudad, fallan al aplicarse a escala nacional.

¿Qué hacer entonces? ¿Insistir con las caracterizaciones impresionistas, pinto¬rescas, limitadas a los sectores urbanos y a las visiones elitistas del imaginario social o resignamos a participar, como todo pueblo, en el universal abanico de valores y desvalores comunes a las sociedades humanas esparcidas por el planeta? Ambos extremos son frustrantes. Por otra parte debe separarse la versión ajena, referida al cómo son, a cargo de intérpretes alienígenos, de la versión propia, atingente al quiénes somos, que corre por cuenta de nuestra personal o colectiva demanda de modelos arquetípicos, prestigiosos, para espejarnos y reconocernos en ellos. Los debeladores del carácter nacional, sean navegantes a ciegas o estén asistidos por los instrumentos orientadores de la ciencia, se refieren a la identidad como objeto de conocimiento y, en tal sentido, pasan revista a un cuerpo de rasgos cualitativos que atribuyen a los integrantes de una nación poniéndolos, por así decirlo, en el foco de un telescopio social. Por su lado, quienes indagan la propia identidad emprenden una inquisición que los obliga a efectuar un buceo, a veces angustioso, en las profundidades del océano existencial. En definitiva, las pregun¬tas de estos nostalgiosos del Paraíso Perdido, donde vagan las sombras prístinas del Yo o del Nosotros, se orientan hacia el ser de su persona y la filiación de su grupo, ya racial, ya culturalmente considerado, o ambas cosas a la vez.

Los acentos culturales del espíritu criollo

Si practicamos un corte a lo largo de la historia de este pueblo que se llamó oriental hasta la avalancha migratoria del siglo XIX y que luego de la misma se convirtió en uruguayo, pueden descubrirse algunos hitos identifica torios que varían con las coyunturas sociales y los consiguientes códigos de conducta.

Los hijos de los españoles y portugueses llegados con las carabelas y protago¬nistas de la imperial empresa de explotar las riquezas y evangelizar los habitantes del Nuevo Mundo, se sentían identificados con el status de su genitor, fueran ya concebidos por madre europea o por madre indígena, siempre que formaran parte del grupo asentado en un hogar presidido por la figura del paterfamilias. No sucedía lo mismo con los hijos de los vientres fecundados por el paso de los violadores y forzadores de mujeres aborígenes: los mestizos se incorporaban al grupo tribal sin ser cuestionados por sus rasgos físicos híbridos aunque, una vez consolidada la conquista y establecidas las ciudades, los ejidos y las tras tierras urbanas –pensemos en la jurisdicción de Montevideo–, su situación iba a variar y se convertirían en marginales del mundo indígena y del mundo europeo a la vez. El régimen de castas, muy acentuado en ciertas regiones de América, da cuenta de una jerarquía que iba desde la pureza de sangre de los españoles, los “hombres verdaderos”, hasta los cuasi bestias, o sea los relegados integrantes de la base de una pirámide de pigmentaciones que a la vez era de capas sociales con privilegios decrecientes y servidumbres en continuo aumento (21).

En el caso del guaranítico Paraíso de Mahoma, ubicado en el Paraguay, la situación fue distinta. Los españoles habían organizado, con la anuencia y a menudo la complacencia de los caciques, verdaderos serrallos de concubinas que trabajaban los campos y abastecían a los machos ociosos con el yantar y con el folgar. En este caso los “mancebos de la tierra”, es decir, los mestizos, tenían escindida su fidelidad cultural aunque reconocieron y acataron desde el comienzo los padrones políticos y económicos impuestos por sus progenitores europeos (22).

Los hijos de padre y madre peninsulares o insulares –no olvidemos a los azorianos y a los canarios– se consideraban españoles o portugueses nacidos en las Indias, y sólo en lo atingente con el lugar de origen –el jus sanguini predominaba sobre el jus soli– diferían de sus padres de la Península Ibérica. En todo lo demás se identificaban con los valores trasplantados por la cultura de conquista, cuyos rasgos fueran analizados por un renombrado investigador estadounidense (23).

Por otra parte la cultura no se adopta en función de un querer social sino que es implantada en el grupo por un poder, sea este explícito o implícito. De tal modo los hijos de los hogares españoles y portugueses adoptaron los valores de la cultura dominante, impuestos a los naturales de las Indias por la espada y sacralizados por la cruz. El Inca Garcilaso de la Vega, si bien contemplaba con simpatía admirativa la civilización de los vencidos, se proclamó como católico militante y español acérrimo, al punto que, no obstante ser el hijo de una ñusta incaica, se fue a vivir a España y orientó su vida según las normas del humanismo europeo, más compatible con su formación que la sabiduría de los amautas peruanos.

A la primera etapa de los españoles nacidos en las Indias sigue la de los criollos. La voz criollo es de humilde y humillado origen. Tan humilde y tan humillado que fue aplicada inicialmente a los hijos de los negros esclavos llegados desde el África en calidad de “piezas”, como si fueran objetos, o de “cabezas”, como si se tratara de ganado. El esclavo africano desembarcado en el Nuevo Mundo es un negro “bozal”, pero su hijo, a partir de 1590, época en que parece surgir el término, se convierte en “criollo”. El referente “bozal” alude al trebejo de cuero que se utiliza con los caballos o con los perros: de tal modo el negro recién llegado de su tierra africana es como un animal mañero o bravo, al que se debe embozalar para transformarlo en dócil y doméstico. La palabra bozo, vello precursor del bigote, señalada como fundamento de una etimología más atendible que la anterior, se refiere a la condición de joven, bisoño e inexperto. Esta última cualidad sería al cabo, la distintiva del esclavo recién desembarcado y vendido en pública subasta. De todos modos no existe aún opinión definitiva sobre la etimología correcta. La voz criollo deriva del portugués crioulo, “esclavo que nace en la casa de su señor”, “negro nacido en las colonias”, y tiene que ver con el acto de la crianza. El crioulo, criollo o créole, es el hijo de servidores africanos nacido y criado en el Nuevo Mundo. Con el insidioso vocablo cría reaparece la adscripción zoológica. La cría alude a la crianza del ganado que va al degüello, a diferencia de la calidad doméstica de los perros, gatos, loros, etc., incorporados al domus, a la casa, en tanto que auxiliares o mascotas. El negro esclavo, al igual que la cabeza de ganado, se cría para ser consumido en vida a fuerza de tareas brutales, cumplidas sin remuneración alguna. Y de aquí proviene el término criollo, que con tanto orgullo ostentarán, luego de una deriva semántica, los hijos de españoles. José Juan Arrom al referirse a la “Definición y matices de un concepto” dice en la Revista Colombiana de Folklore, N° 2, junio de 1953, que criollo “designa lo americano, pero de puro origen europeo” y cita, en su apoyo, lo expresado por el cubano Juan de Arona: “Criollo, en su sentido traslaticio, significa lo nacional, lo autóctono, lo propio y distintivo de cada uno de nuestros países”. Y como el zumo más gustoso de la tierra: se destila país adentro, la literatura hispanoamericana primeriza será de ambiente rural antes que urbano. El criollismo literario constituirá una constante en la primera etapa de nuestras letras. Pero esto es ya harina de otro costal.

En nuestro país el término paleo criollo, que yo he inventado por razones taxonómicas, distingue a los orientales de la Patria Vieja y del período independiente hasta mediados del siglo XIX.

Estos criollos primerizos tienen una cosmovisión marcada por las escalas de valores de la cultura hispánica básica. Al margen del criollismo están, en una primera hora, los indios, los pardos, los mulatos y los zambos. Pero la voz criollo, en un principio teñida de desprecio, se convirtió al correr de las generaciones en el patrimonio de los descendientes de españoles, quienes, luego de la emancipación política, serían los representantes del patriciado, es decir, los dueños de aquellos abundantes bienes y regalías heredados del antecesor peninsular que los separaban con un ancho foso de los indígenas, los mestizos y los blancos pobres. No obstante, durante los inicios del siglo XIX, pautado primero por la epopeya antigüista y luego por los episodios. de la independencia, el sentido de lo criollo y el criollismo se democratiza. Lo criollo supone la solera de la costumbre, el visto bueno del paisaje materno, el dominio del código de un “nosotros” fraterno, la convivencia ágil y diestra con los continentes telúricos y los contenidos humanos de la patria oriental. Ser criollo supone asumir la hípica y la épica del hombre de a caballo, ejercitar sin titubeos la práctica del coraje cotidiano y el machismo social, regodearse con el conocimiento del contorno físico y los ecosistemas naturales, tal cual lo hacía Frutos Rivera, quien identificaba por el sabor de los pastos la comarca por donde cabalgaba durante la noche. Conversar sin gramáticas ni circunloquios con los seres y objetos del mundo cotidiano, con los útiles y los tiempos del trabajo, con los signos y los símbolos lúdicos del ocio, significa, para este primer criollismo, conocer al dedillo las sociedades de los pagos y los paisajes de las travesías, invisibles para los alienígenos y en consecuencia desconocidos por ellos.

De tal modo el criollismo fue el estilo americano de enfrentarse tanto a la “melancolía” y la “malicia” del indígena, provocadas por el avasallamiento secular del Otro, cuanto al autoritarismo y bisoñería de los peninsulares venidos a mandar, administrar y prohibir. Por ello al bando se le contestó con el contrabando, ya de bienes, ya de ideas, ya de conductas.

Parra marcar claramente la cancha ante el godo, el gachupín, el chapetón o el maturrango –distintos nombres para la común condición del recién llegado de España– el criollo desplegaba, lujosamente, socarronamente, sus experiencias y sus sapiencias acerca del medio natural y humano, su dominio intuitivo de la geografía y la historia: era el baqueano, el rumbeador, el rastreador, el lenguaraz, el siete oficios, el señor de los cuatro rumbos del espacio. Este criollismo terruñero se identificaba con la raíz cristiana y jerárquica de una cultura hispánica fundamen¬tada en los valores de la dignidad personal, de la hidalguía heredada, de una visión trágica y heroica de la vida. Pero cuando se encuentra invadido por el malón transatlántico y los gorriones humanos que venían con hambre de siglos comienzan a picotear el patrimonio hasta entonces desdeñado de un país que ofrecía sus infinitas pasturas a las vacas, que ensangrentaba sus campos con guerras caudillescas y dilataba los círculos concéntricos de los ocios sociales en las ruedas de mate amargo y juegos de destreza y de azar, aquel criollo enemigo de los trabajos agrícolas y la verdura como alimento se siente sometido al fuego cruzado de culturas y humanidades, de idiomas y costumbres, de formas de ser y actuar distintas a las suyas.

Las frases ya citadas (pág. 27) del Dr. Elías Regules, fundador de La Criolla, sociedad tradicionalista que reivindica la axiología, por momentos mítica, del gaucho en tanto que prototipo epónimo, transmiten con claridad el estado de ánimo de un sector etnocéntrico de la opinión nacional. El gaucho es ungido entonces como el portaestandarte del criollismo y, en tal carácter, su figura y su leyenda deben levantar una barrera contra la extranjería de parlas arrevesadas y cosmovisiones reñidas con los valores de “la raza”. Esa “raza” –otro engendro mítico e ideologizado ¬está representada, empero, por un sujeto histórico que fue el estuario de tres etnias. En efecto, el indígena, el negro y el europeo blanco mezclan sus cuerpos y sus almas en las cuchillas de tierra adentro y el producto mixigenado que surge, el “campes¬tre” genérico de Azara antes que el gaucho específico del prontuario colonial y el desprecio del patriciado, constituye una encrucijada de etnias declinadas por la cultura matriz hispánica, todopoderosa y ubicua. Cuando se inaugura la Sociedad Criolla el Dr. Regules expresa en su discurso que la apología del gaucho y la tradición por él fundada responden a la necesidad de poner dique a lo foráneo, a lo extranjero, al acarreo de ideas antinacionales y costumbres reñidas con la dignidad de la “raza” (24).

El gaucho y la poesía gauchesca, nacida con Hidalgo en la época de Artigas como un manifiesto político y culminada por Hernández con el etnocéntrico manifiesto social de Martín Fierro, serán los emblemas del paleo criollismo, atento a las vacas y caballos de los potreros, a la insurgencia de la montonera y a la demanda autonomista de los pagos. Cuando los extranjeros llegados al país en el siglo XIX y los criollos orientales se mezclan surgen los neo criollos uruguayos, cuyo emblema coreográfico, musical y poético será el tango, convertido en el orbe social y cultural de los creadores del manifiesto de las orillas donde dialogan los ciudadanos, los paisanos llegados en alas del éxodo rural con los representantes del “malón gringo”.

En una tercera etapa, que podemos ubicar a partir de los mediados de este conmovido y conmovedor siglo, cuando ya están digeridos los legados culturales de América y Europa por la potente síntesis de una nueva cosmovisión rioplatense, aparecen, una tras otra, la invención urbana de un improbable “folclore” terrígeno, la vocación, revolucionaria para unos y revoltosa para otros, del “canto popular”, y el relativamente reciente desembarco del rock, con toda la carga de desamparo, agresividad, frustración, tribalismo y angustia que traen al hombro los “tiempos oscuros”, las dark ages. Se inaugura así una época signada por un imaginario colectivo que deja de lado al gaucho, esquiva al tango y reclama, dando un salto en el vacío, una inexistente sangre charrúa y una menos requerida pero históricamente más intensa herencia guaraní. El paleo criollismo que exaltaba los valores del mundo rural y el neo criollismo que recalaba en los arrabales de Montevideo y Buenos Aires, cunas compartidas del tango, son reemplazados por este actual pos criollismo que empren¬de un nuevo rastreo de la identidad, más intenso y dramático que los anteriores. Ya no se trata de rescatar los legados folclóricos y aun filosóficos del gaucho y del paisano; ya han desaparecido las figuras borgianas, artificiales a fuerza de ser exageradas por la evocación nostálgica, de los taitas, las percantas y los musolinos; ahora, en medio de la tempestad de sentimientos e ideas desatada por el Quinto Centenario se yergue, reclamando las más hondas raíces posibles, el arquetipo del indio, con su garra y su lucha afirmadora de una primitiva y fulgurante libertad.

Pero esta es una de las caras de la luna. En la otra se dibuja el agujero negro de la contemporaneidad que engulle tiempo y espacio, que borra las memorias, que rueda como una bola le billar sin rumbo en la mesa del absoluto presente. En este escenario no hay esquinas donde un hombre solo fuma y espera sino bultos de carne y piel y apenas entreabiertos ojos, cegados por el Demonio del Mediodía. Allí, ovillado como el uroboros, devorándo su propia cola, se recorta el neblinoso perfil del que nada espera del mañana, del que se consume en su propia acedía, del que sucumbe al aburrimiento de las almas y la pereza de los cuerpos, del que por horas contempla el resplandor de las pantallas de los televisores y los ordenadores. Los unos para alimentarse, como los parásitos, de las vidas virtuales de un mundo imaginario, y los otros escribiendo naderías, moliendo chismes, barriendo debajo de la alfombra del pensamiento una fraseología en clave, las alegorías del tedio, los muertos testimonios de la soledad. Y planeando sin ruido sobre este paisaje tecnocrático, vuela la proclama cabizbaja de los ni ni, esos muchachos ladeados que nada esperan y todo lo ignoran, comenzando por la inútil vacuidad de sus propias vidas.

Este velocísimo paso por los tres momentos del criollismo y las respectivas identidades reclamadas por cada uno de ellos quizá pueda servir para que el lector medite en la posibilidad de inaugurar una vía objetiva y descriptiva, de identifica¬ción histórica antes que de auto identificación subjetiva y coyuntural, con el propósito de captar los fundamentos arquetípicos reclamados por nuestro pueblo, y, con ellos, los valores explícitamente asumidos por los segmentos más comprometidos, lúcidos y politizados del mismo. Así tal vez sea posible allanarle el camino a una metodología más segura, esto es, científica, para descubrir las probables raíces de un ser nacional que se ha transformado en muchos aspectos y que en otros conserva todavía hondas trazas de los modelos paradigmáticos iniciales.

Referencias bibliográficas

10. C. Kluckhohn; A.L. Kroeber. Culture. A critical Review of Concepts and Definitions. Vintage Books, New York, 1963.

11. Id. Ibid.

12. Claudio Esteva Fabregat. “El concepto de cultura in Mercedes Fernández Martorell” (ed.). Sobre el concepto de cultura. Editorial Mitre, Barcelona, 1984, p. 65.

13. Charles Darwin. Viaje de un naturalista alrededor del mundo. El Ateneo, Buenos Aires, 1951, pp. 183-184.

14. Mario Benedetti. El país de la cola de paja. Ediciones Asir, Montevideo, 1960.

15. Hugo Achugar, “Uruguay, el tamaño de la Utopía”, en Hugo Achugar, Gerardo Caetano (comp.). Identidad uruguaya: ¿mito, crisis o afirmación? Ediciones Trilce, Montevideo, 1992, pp. 149-163.

16. Carlos Maggi. El Uruguay y su gente. Editorial Alfa. Montevideo, 1963, p. 46.

17. Id. “Qué es un oriental”. Marcha, 24 de noviembre, Montevideo, 1961.

18. Otto, Klinenberg. Psicología social. Fondo de Cultura Económica, México, 1963, p. 357.

19. La psicología de los pueblos fue inaugurada en Alemania por los estudios de J. G. Herder (Filoso, fta de la historia de la humanidad, 1784-1791) y en más de un sentido culminados por G. Wundt (Psicología de los pueblos, tercera edición, 1911-1920). En una época intermedia –1860-1890¬– Moritz Lazarus y Heinrich Steinthal dirigieron la famosa Revista de la psicología de los pueblos. Entre los franceses fue muy citada –y criticada– la obra de Alfred Fouillée, Bosquejo psicológico de los pueblos europeos, 1902 y al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Abel Miroglio, Director del Institut Havrais de Sociologie Economique et de Psychologie des Peuples, fundó la Revue de Psychologie des Peuples.

20. Un autor francés resumió los estudios sobre Cultura y Personalidad llevados a cabo por R. Linton, A. Kardiner y su escuela: Mikel Dufrenne. La personalité de base. Un concept sociologique. Presses Universitaires de France, París, 1953.

21. José Pérez de Barradas. Los mestizos de América. Cultura Clásica y Moderna, Madrid, 1948. En el cap. IX, “La pigmentocracia o las castas en la Colonia”, el autor ofrece una lista de mestizos primitivos y secundarios que comprende 103 tipos, designados mediante un complicadísimo sistema de nombres pintorescos y/o denigrantes.

22. Consultése el capítulo VI, “El Paraíso de Mahoma”, en Alberto M. Salas. Crónica florida del mestizaje en América. Losada, Buenos Aires. 1960.

23. George M. Foster. Cultura y Conquista. La herencia española de América. Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras. Universidad Veracruzana. Xalapa, 1962.

24. Elías Regules. Versos criollos. Colección de Clásicos Uruguayos. Vol. 57, Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social, Montevideo, 1965, Discurso de inauguración de la Sociedad Criolla, pp. 163-165

(*) Antropólogo, escritor, poeta, Doctor Honoris Causa de la Universidad de la República

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