La felicidad de los infelices

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Hablar de violencia y valores el día en que se conmemora el nacimiento del General José Artigas parece que causó revuelo y desconcierto en algunas cabecitas criollas

Hablar de violencia en tiempos violentos parece no ser tarea de un Presidente de la República, ya que para algunos la violencia solo se soluciona con violencia o en su defecto con leyes y decretos violentos que tiendan a tener la mayor cantidad de gente presa posible, esa debe ser la tarea de un Presidente. ¿Para qué “perder el tiempo” intentando que la sociedad tome el tema, reflexione y profundice en el mismo, si todo se soluciona metiendo gente tras las rejas y arruinándole la cara a trompadas?

Sin dudas hay algunos que de la historia no han aprendido nada, tal vez porque nunca la han respetado y solo se han encargado de burlarse de la misma. Estos mismos son los que se encargaron de “banalizar” el tema incluso antes de que el documento de medidas para la convivencia ciudadana (anunciado el día anterior por el Pepe) fuera presentado.

Queda claro (al ver la cobertura anterior y posterior realizada por varios medios de prensa) que cuando el Secretario de Presidencia Alberto Breccia pedía que el asunto no fuera “banalizado” el recién nacido tenía por lo menos ya 24 horas o más de “banalización” en su haber. Cabe decir además que estos operadores-políticos o políticos operadores son también los que nos invitan a no llorar más a asumir la responsabilidad de una fuerza política que hace 7 años es gobierno (como si no lo hiciéramos) y son quienes afirman que nada tiene que ver el sistema de consumo, los medios de prensa y los gobiernos anteriores, dejen de echarle culpa a la sociedad por lo que ustedes no saben hacer. Solo la arrogancia, la mediocridad, la falta de autocrítica y un brutal narcisismo es lo que los puede llevar a estar tan seguros de eso. Salvo que a estos señores no les interese un carajo solucionar los problemas en cuestión o que piensen distinto y nos estén mintiendo.

Es más fácil “banalizar” que hacerse responsable, proponer y discutir de forma seria. Lleva escasos minutos, tal vez segundos, hacerlo. Si yo lo quisiera hacer (banalizar) armaría una nota cuyo título fuera “El Pepe, la violencia y otras yerbas”, si fuera tapa de periódico las letras serían en colores rojo amarillo y verde con cuadros de Lennon, Marley y el Wooodstock del 68 en el despacho presidencial, pero dejemos eso a la gente de los diarios que suele regalarnos esas tapas y títulos tan ingeniosos e hilarantes como atrevidos y desfachatados.

Pepe pegó duro, pegó donde duele, en las entrañas. Ahora todos a nuestra tarea.

La violencia se nos presenta día a día en los más diversos campos y en variadas expresiones. Sin padre y sin madre forma parte de nuestra vida cotidiana y nadie se salva de sus consecuencias, ni siquiera este hermoso planeta que habitamos.

Mientras tanto, como para calmar la angustia y la inseguridad que esta nos genera, consumimos “a cara de perro” para poder sentirnos un poquitito mejor al menos por unos momentos.

Aparte del palo y las rejas, consumir y comprar a un ritmo alocado parece ser “la salvación”, “lo único que tenemos”.

Violencia en el deporte, violencia en las escuelas, violencia en los liceos, violencia hacia las mujeres, hacia los pobres, hacia los recursos naturales. Violencia, violencia, violencia. En definitiva violencia en el sistema, violencia de consumo expresada en menosprecio del ser humano, en menosprecio de la vida, en despilfarro de recursos, violencia incluso para el lugar que habitamos, la tierra.

Hace rato es hora de ponernos a pensar cuál es nuestro futuro, qué nos quedará de aquí en más. Por si no nos dimos cuenta nuestro este es el único lugar que tenemos para habitar y cabe preguntarse: ¿si lo destruimos, dónde vamos a ir a parar?

La idea hoy de que la felicidad es tener todo lo que precisamos, y que este modo de felicidad y libertad que se nos impone hoy nos va a llevar al camino de la liberación, es una gran mentira. En realidad es el camino a la destrucción total sin retorno que nos terminará haciendo más infelices y sobre todo más esclavos en términos de supervivencia, si todavía tenemos la suerte de estar vivos.

Todos consumimos y tenemos responsabilidad en esto. Pero obviamente están los aniquiladores, los que consumen más y por lo tanto destruyen más. Un sistema de consumo como el norteamericano, por ejemplo, en caso de reproducirse en otros países nos llevaría a la destrucción total del Planeta. Estudios científicos dan muestras claras de esto, los recursos serían aniquilados si el patrón de consumo de la humanidad fuese el mismo que el de los yanquis y su imperio.

Hay que tener bien claro quiénes son los que se benefician con esto, quiénes amparan a este sistema violento y asesino sin darse cuenta que tarde o temprano el resultado final será que aquí no tendrá lugar nadie, ni siquiera ellos mismos.

¿Qué es lo que nos está llevando a este ritmo de vida extrema, de violencia feroz, en síntesis a esta depredación y despilfarro mundial generalizado?

Éxito, semejante palabrita Éxito. Éxito que todos al parecer queremos y si no lo queremos de una u otra forma alguien nos va a convencer de que lo tenemos que querer, con estrategias muy elaboradas o incluso a través de un razonamiento tan mundano como que pa llegar a ser alguien hay que ser un poco ambicioso en la vida. Somos “exitosos” si tenemos más y “fracasados” si tenemos menos, la sociedad nos reconoce por eso, entonces ¿para qué ser honesto, laburante y buena gente si en realidad el lugar en la sociedad me lo va a dar el par de championes que tengo o no puestos? En el caso de los estudiantes, sobre todo en secundaria, es claro que no es más reconocido por sus pares aquel que estudia y trata de superarse, sino el que tiene tal o cual celular que acompaña , fortalece y le da un plus a su imagen temeraria y su conducta auto destructiva. Por supuesto que los pobres hijos de trabajadores son en definitiva quienes se ven más acorralados por esta disyuntiva de destapar (o no) la felicidad y ser parte del lado coca-cola de la vida, animarse a más, ser parte del mundo…y si para ser parte del mundo no importa por ejemplo ser honesto si no tener el par de championes que mi padre un laburante más no puede comprar, tendré que conseguirlos no importa como: Just do it, solo hazlo, no importa el resultado, lo único que importa es que lo hagas y ten en cuenta que de ahora en más alguien te verá a ti y a tu par de championes y dirá me encanta.

Nos vendemos, damos nuestras horas y nuestra vida para tener más y alimentar un mundo del absurdo, totalmente irreal, una especie de dimensión paralela, un inexistente.

Sin darnos cuenta ponemos el valor del consumo por encima del valor de la vida misma.

Existe un gran profesionalismo e irresponsabilidad a la hora de “manejarnos la cabeza”.

Para tratar de entender como funciona toda esta máquina infernal y como se maneja la mente humana en este sentido tomaremos algunos párrafos extraídos de un artículo publicado en la página web cubadebate1ÁLVAREZ, Lilian: Las trampas del consumismo. En www.cubadebate.cu 28/11/2011.

“En 1955 Víctor Lebow definió el pensamiento consumista norteamericano, como imprescindible para el desarrollo económico del sistema.

“Nuestra enorme capacidad productiva demanda que hagamos del consumo nuestro modo de vida, que convirtamos las compras y el acto de usar bienes en rituales, que busquemos la satisfacción espiritual y del ego en el consumo.

“La medida del status social, de la aceptación social, del prestigio deberá estar determinada por nuestros patrones consumistas.

“El significado real de nuestras vidas deberá estar expresado en términos de consumo. Deberá crecer la presión sobre los individuos por conseguir seguridad y aceptación según los estándares sociales, lo que hará que tienda a expresar sus aspiraciones y su individualidad en términos de lo que viste, lo que maneja, lo que come, su casa, su auto, su patrón de alimentación, sus hobbies.

“Estas comodidades y servicios deben ser ofrecidos al consumidor con especial urgencia. No solo debemos generar un ‘cambio forzado’ en los hábitos de consumo, sino que debemos generar también un consumo más ‘costoso’. Necesitamos que las cosas se consuman, se quemen, se rompan, se reemplacen y se desechen a una velocidad cada vez mayor. Necesitamos tener a la gente comiendo, bebiendo, vistiéndose, manejando, viviendo, en un esquema de consumo cada vez más complicado y costoso.”

Y más adelante dice:

“El diseñador industrial Clifford Brooks Stevens explica por primera vez en 1954, un tipo particular de ‘obsolescencia programada’, la llamada ‘obsolescencia percibida’. Este concepto se aleja de elementos tecnológicos propiamente dichos para situar la “necesidad” de compra, en el interior de la mente humana.

La obsolescencia percibida se define como “el deseo del consumidor de poseer una cosa un poco más nueva, un poco mejor y un poco antes de que sea necesario”. Es entonces cuando entra a jugar la maquinaria publicitaria. No se trata de obligar al consumidor a cambiar de tecnologías, sino de seducirlo para que sienta la “necesidad” de poseer el último modelo, aunque sus nuevas características sean en la mayoría de las ocasiones totalmente superfluas, o hasta un leve cambio de diseño o color. Esto es muy evidente en la ropa, los zapatos, y otros productos afines cuando se incita a que los cambios sean mucho más frecuentes de acuerdo a las temporadas o en los productos de alta tecnología que ofrecen día a día “mejoras” en cuanto a capacidad y otros elementos secundarios.

¿Por qué, por ejemplo, cambia cada vez más aceleradamente la moda en cuanto al vestuario, o la forma de los zapatos? No porque se descubra que son mejores para la salud, protejan más o menos del calor o el frío, o sean más duraderos. Simplemente, para que se compre más, lo cual es una necesidad para la economía capitalista. Usar un modelo anterior pone en evidencia que el consumidor no adquirió el producto nuevo, y por tanto, de acuerdo a los valores imperantes en una sociedad consumista, puede ser un indicador de que no tiene recursos suficientes, lo cual lo coloca en una escala inferior.

Este modelo de “felicidad” es en definitiva el que nos termina haciendo más infelices ya que todos nos queremos parecer a algo que no podemos y que probablemente no queremos ser, algo que probablemente ni siquiera exista, pero la necesidad de ser así se nos impone casi que sin darnos cuenta, entonces todos los métodos son válidos para ser aquello, sin importar la crueldad y el daño que terminemos generando en los demás y en nosotros mismos ya que en definitiva todos los problemas que podamos llegar a tener se solucionan de forma “fácil”: comprar y seguir comprando.

Obviamente que en definitiva esto termina afectando entre otras cosas nuestra identidad, nuestra soberanía, nuestra conducta y nuestros valores. Somos felices si tenemos esto, pertenecemos a aquel grupo si vestimos de tal forma, somos parte de esto si tenemos aquello.

Mientras tanto seguimos destruyéndonos a nosotros mismos, a nuestro planeta y sus recursos, poniendo en gran peligro y riesgo con esto a la supervivencia de nuestra gente, llevando adelante prácticas suicidas que no hacen otra cosa que ponernos en riesgo de vida a nosotros mismos.

Cabe entonces preguntarse si en realidad ¿consumimos para vivir? ¿vivimos para consumir? o ¿morimos por consumir?

Por: Martín Nessi

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Referencias   [ + ]

1. ÁLVAREZ, Lilian: Las trampas del consumismo. En www.cubadebate.cu 28/11/2011

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