El trabajo hacia una juventud revolucionaria

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Cuando corren tiempos de revolución tecnológica, de mundialización absoluta y desbordante del capitalismo tardío, emerge un sujeto clave para el proceso histórico, más constreñido y atenazado que nunca; la juventud.

Sin acercarnos demasiado aún a la caracterización de este sujeto cabe destacar tanto el papel que este ha jugado en los países dependientes como en los países centrales, tanto en el período de decaimiento del mundo bipolar como durante el clímax del desarrollo del sistema imperial hegemónico. Desde el mayo francés hasta la guerra de Vietnam pasando por el movimiento “hippie”, los movimientos de liberación nacional del mundo colonial, el movimiento altermundista de la década de los noventa, hasta llegar, finalmente, a la resistencia de la crisis que aún no deja de llegar en Europa central.

Sin embargo, en nuestro continente es necesario observar la pérdida de centralidad de este actor, al momento en que Latinoamérica se debate entre la perpetuación de un nuevo largo período de dependencia o la liberación continental, mediante la nueva hipótesis estratégica planteada por la llegada de los gobiernos progresistas. En este marco el fenómeno del hiperconsumo tironea con suficiente fuerza a la juventud como lo hacen las necesidades de nuestros países dependientes al disponerse para cultivar de la manera más eficiente y exhaustiva el actual envión desarrollista, resultado del nuevo proceso de expansión periférica del capitalismo. Con el hipotético como improbable resultado de mejorar la “calidad de vida”. Por otro lado, en esa misma instancia, todo queda cuestionado cuando el mismo proceso comienza a arrojar resultados como los actuales; se ensancha la brecha de desigualdad, se profundiza el modelo de apropiación del capital, concentrador y centralizador, al momento en que las economías se primarizan perdiendo soberanía y vigorizando la dependencia con el mundo central.

Así, la lucha por la liberación nacional como preámbulo y anverso del socialismo debe asumir para las nuevas generaciones, los jóvenes tercermundistas, una misión diferente a la que ha significado en las últimas décadas. Se debe partir de que han cambiado las características estructurales de la adversidad principal de los pueblos, que los que más en carne viva soportan las nuevas condiciones son los que apenas llegan, que debemos liberar el lastre de anteriores derrotas sin desconsiderar en absoluto el crudo aprendizaje, pero sin acarrear como pecado intimidatorio, inhibidor y vergonzoso los errores del pasado. Debemos volver a concebir y creerlo; la rueda de la historia camina hacia delante y aunque el socialismo no es la solución a todos los problemas, si lo es al principal: el capitalismo. Hay que atribuirse el derecho a un nuevo yerro, nuestro yerro, el de nuestras generaciones y atreverse a un nuevo salto, sin más convicciones que las que la historia misma ha demostrado. Tanto cuando en 1917 se inició un proceso que en solo veinte años, con la irrupción rotunda de las masas en el seno de la historia, un tercio de la humanidad cambió profundamente su modo de producción o cuando un pueblo de solo once millones de habitantes ha resistido luego de una revolución independentista cincuenta años a la potencia imperial más sanguinaria y opulenta que haya concebido la civilización. O cuando luego de setenta años de intentos de una construcción alternativa, lo sólido y un gran muro caen disueltos como una pizca de azúcar en un jarro de café. Y aunque podamos decir, también era nuestro muro, no fueron nuestras generaciones, albañiles constructores de la obra.

¿Qué es la juventud?
Condiciones históricas

Digamos que ninguna definición concreta podrá satisfacer la búsqueda de la juventud que queremos, porque ella misma está en gran medida determinada por lo que nosotros mismos, actores, podamos hacer de ella. Es decir, en primer lugar, hablamos de un sujeto colectivo de nuestra sociedad que si bien entendemos y lo mencionaremos más adelante, se encuentra en cierta medida determinado por variables estructurales y ajenas a nuestra acción, también es lo que queremos que sea, lo que otros quieren que sea y lo que en definitiva esperamos que de alguna manera sea. Es decir, que si bien podemos afirmar que existe un grupo con características tales y tironeado por tales y cuales condiciones, de tal manera que es identificable y clasificable de otros grupos de nuestra sociedad, este mismo también está determinado por lo que nosotros mismos creemos que es en contraste con lo que otros actores y fundamentalmente el enemigo pretende que sea. Uno de los logros más importantes del Marxismo y concretamente de Carlos Marx y Federico Engels fue convencer al conjunto de los trabajadores de lo que ellos mismos eran y el rol fundamental que les tocaba desempeñar en el capitalismo moderno. Es decir que la clase trabajadora si bien es clase en tanto se encuentra desposeída de los medios de producción a pesar de ser la fuerza creadora de la sociedad moderna, es más clase en la medida que concibe su lugar colectivamente, lucha por liberarse de las condiciones externas que le son impuestas y que la oprimen. Es decir, desarrolla conciencia de clase. Estas breves puntuaciones por el contrario a lo que alguien pueda aún pensar, en los tiempos que corren se tornan elementos cada vez más necesarios a tener en cuenta. Y veremos por qué más adelante.

En primer lugar es necesario reafirmar que la contradicción esencial en nuestro tiempo es capital-trabajo. La historia actual se hace como hace mucho, con el trabajo de unos que no dejan de acumular en cuanto a pobreza y desilusión y la opulencia de otros que no dejan de acumular en cuanto a avaricia y explotación. Capitalismo, aunque tardío, inconmensurable proporcionalmente en cuanto al desarrollo de su capacidad productiva con cualquier otra época a la que se la pueda comparar. Por tanto cuando hablamos de juventud, lo hacemos en cuanto a qué nuevas luces agrega este concepto, a lo que significa y resulta de la vieja contradicción fundamental y las clases que de esta resulta. Entre los que nada tienen y por tanto asisten al saqueo de sus propios cuerpos y aquellos a los que a pesar de haber sobrepasado hace varios siglos las condiciones de subsistencia, continúan expoliando y arrancando el aliento a sus pares de carne y hueso.

Veamos estas luces y hablemos entonces de los jóvenes que necesariamente viven de su trabajo o estarán en un futuro obligados a hacerlo.

Mucho se ha intentado, sin lograr demasiado en ese sentido, estudiar el fenómeno de la juventud desarraigado completamente de las condiciones históricas específicas que la determinan de alguna manera. Se habla lógicamente de un período de la evolución del cuerpo humano, de un período determinado por los cambios biológicos, aunque esto, pocos resultados arroja en cuanto a nuestras pretensiones de encontrar en la juventud características específicas que pauten cierta mayor disposición a pretender transformaciones revolucionarias que otros grupos. No ha sido fácil en este caso (el de la clasificación fisiológica) explicar ni los conflictos, ni las características específicas de un grupo llamado juventud. Así dejamos descartado por el momento ese camino, con la hipótesis de que sí hay mayor disposición en este grupo que en otros, a la hora de buscar cambios profundos en nuestro tiempo y en nuestras sociedades. Preliminarmente concluimos, que el concepto de juventud sirve en el caso de que desde aquí se pueda aportar en la lectura profunda de la cuestión de clase, aunque no sirve siquiera el término, despegado y alejado de estas condiciones históricas, o sea, la sociedad de clases.

Hemos señalado parcialmente más arriba las características específicas del contexto actual aunque queda mucho por decir en ese sentido. Sin embargo pongamos un ejemplo para continuar despejando el análisis. Partiendo como hemos dicho más arriba, de la contradicción esencial capital/trabajo, del desarrollo de esta misma contradicción en las condiciones actuales, del capitalismo tardío y de consumo; donde la nueva pulsión expansionista del capital semeja a mayor prosperidad en los países dependientes, colocando a estos en la estrecha carrera de optimizar las condiciones de recepción de estos flujos; en verdad lo que sucede es que se incrementa la expoliación de riqueza a través de las nuevas tecnologías y la mundialización del capital, se vigorizan los lazos de dependencia en la medida de la no industrialización de estos países y fundamentalmente a partir de la debilidad de sus clases dominantes y sus estados respecto a la capacidad de producción tecnológica y científica. Así, aunque la dudosa prosperidad aparece con un nuevo auge de la fuerza de trabajo, esta se caracteriza por ser más tecnificada y calificada, además de desarrollarse en condiciones más flexibles que las tradicionales. Es decir, como primer elemento, exige mayor tiempo de preparación de la mano de obra y ofrece menos garantías respecto al trabajador, sea por el nuevo formato de los contratos o la constante y precipitada actualización y cambio tecnológico, como por la dinámica de los mercados mundializados. Por otro lado, la calificación en los países dependientes es solo para unos pocos o poco reditúa la mayor calificación para el trabajador, ya que el negocio se ejecuta respecto a las ventajas del bajo valor de la fuerza de trabajo y principalmente y por tanto, por bajo costo de las materias primas o su poca elaboración. De esta forma, si tradicionalmente el trabajador que más produce es el más explotado, pensémoslo en este contexto y veremos la gravedad de la situación, cuando el período de capacitación es cada vez más largo y por lo tanto tiene mayor costo, para ganar menos, proporcional y directamente(1). Así, si concebimos el incremento brutal de las fuerzas productivas que arrojan por tanto mayores ganancias y una enorme desvalorización del trabajo, el incremento de las exigencias en cuanto calificación y tecnificación del trabajo a costa del salario y el tiempo del obrero, en contraste con el deterioro de las condiciones de vida de una gran mayoría, concluimos preliminarmente que cuanto más se desarrolla y expande el modo capitalista de producción más adversas son las condiciones de existencia para los que viven de su trabajo. Sea estrictamente intelectual o manual y siempre considerando que cuanto más valor de cambio sea capaz de producir la fuerza de trabajo, más se expande la tasa de ganancia y más se ensancha la desigualdad entre capital y trabajo.

Vayamos entonces, a situar en este mapa a nuestro extraviado sujeto, la juventud trabajadora.

Frente a la demanda de trabajo calificado tenemos no solo la difícil carrera por obtener los pocos puestos, sino la constante y sonante devaluación de los oficios y títulos a los que acceden como es lógico, los que vienen más rezagados; es decir, los jóvenes pobres. Mientras una vida de extenuantes sacrificios de un hogar de padres obreros por proveer a sus hijos de un título que les permita el ascenso, del cual ellos mismos fueron privados, cuando llega el fruto, el mismo está devaluado. Las mismas condiciones que hacen que sea posible alcanzar un título, son las que habilitan a que el mismo prolifere y por lo tanto se devalúe. Esto responde sencillamente a que el desarrollo de la técnica y el conocimiento científico, está determinado absolutamente por su base material, en este caso el mercado capitalista. Es decir, ningún conocimiento se desarrollará si no es necesario para el subsiguiente desarrollo de la acumulación de riqueza o no se desarrollará si pone en peligro el valor de otro. Sobre todo cuando hablamos de países dependientes que encuadran sus modelos de acumulación en función estricta del capital transnacional y por tanto son incapaces de desarrollar conocimientos científicos propios (resultado quizá de la debilidad de sus clases burguesas a la hora de conducir un proyecto de desarrollo nacional). Así las condiciones en el mercado de trabajo, como en el contexto de formación técnica y científica, son mucho más terribles y estructuralmente desfavorables para quien nada tiene excepto sus manos y su intelecto, cuanto más avanza el modelo capitalista. El desafío mayor, como es lógico, lo enfrentan los de menor edad o las últimas generaciones, más allá de las dificultades tradicionales (como puede ser no contar con una vivienda o tierra), a la vez que las expectativas y aspiraciones son mayores.

Este análisis arroja otro elemento importante, tan cuestionador del modelo como el primero; la revolución científica y tecnológica no hace más que profundizar la desigualdad, (desarrollo desigual y combinado) a la vez que la dependencia, además de agudizar las adversidades estructurales que avanzan desde largo tiempo por los subterfugios de los últimos siglos. Así, y pesimismo aparte, la dichosa “sociedad del conocimiento” no será para nuestras generaciones del mundo dependiente más que una proletarización tecnológica en masa liada al frustrante y anómico hiperconsumo.

El Uruguay; un rincón de viejos en el continente joven.

Para finalizar con un breve recuento de las condiciones históricas en las que consideramos conveniente discutir el tema juventud, es necesario agregar al análisis algunas condiciones específicas de nuestro país, que creemos aportan y mucho.

Nuestro país ha sido por largo tiempo singular y atípico respecto al resto de la región. En algún momento del siglo que no deja de terminar, esto se debía a sus indicadores económicos y sociales, “la Suiza de América”, hoy se debe a su perfil demográfico y no ya a las épocas que con nostalgia recuerdan nuestros abuelos. Un país en el que se nace poco a la vez que se muere poco. Un rincón no solamente de viejos, sino sin jóvenes en el continente con mayor población joven del mundo.
En nuestro Uruguay se combinan problemas que tienen que ver con las características del subdesarrollo y la dependencia tercermundista, junto con fenómenos propios de los países desarrollados, como el envejecimiento y la tasa baja de fecundidad que “…está a punto de caer por debajo del nivel de reemplazo…”(2). Así, emerge brutalmente como problema agregado, un dato típico de la actualidad de nuestro país, que viene para interpelar, entre los que ya hemos señalado, el modelo de acumulación, como a señalar con crudeza los desafíos que tenemos por delante. Pero esta cuestión continúa si seguimos analizando nuestro perfil demográfico.

Si vamos a observar más de cerca como se distribuye este problema, que atañe estrictamente a la reproducción social, en cuanto a grupos económicos observaremos que a la poca fecundidad se suma que ésta se enmarca entre los sectores más empobrecidos. Mientras los sectores más pudientes acceden a planificar la familia y postergar la emancipación del hogar debido a la extensión del período de formación/capacitación, los más pobres deben necesariamente volcarse, antes de abandonar la adolescencia, al mercado de trabajo. Con esto, los primeros, los que cuentan con mayores recursos, tienen menos hijos y más tarde, mientras los segundos, los más empobrecidos constituyen hogares más tempranamente y por tanto tienen más hijos. Además, si también consideramos los nuevos arreglos familiares, sea el incremento de divorcios como el aumento de hogares mono parentales, donde las más de las veces es la madre la que debe recurrir al mercado de trabajo a la vez que cuidar a sus hijos, cuando no también a algún abuelo, salta a la vista un enorme déficit de cuidados.

Baja fecundidad nacional y en condiciones de pobreza, aumento de las expectativas de vida y poco cuidado, sea para los más viejos como para los más jóvenes; el resultado es poco promisorio. Así, en nuestro país el resultado de la apertura y ajuste neoliberal lo ha soportado principalmente la familia trabajadora. Todos los integrantes han debido incorporase al mercado de trabajo a la vez de solventar todos los gastos y el tiempo de cuidado, del cual antes se encargaba un estado social ahora replegado a la órbita punitiva. Frente a problemas como la deserción escolar, la infracción por parte de los más pequeños y la droga, la “culpa”, también la tiene la familia. A pesar de todo este escenario, similar al resultante de una guerra, se le atribuye a la familia la causa y la consecuencia de la desesperante realidad, cuando nuestras clases dominantes y muchas veces el sentido común de nuestros vecinos convocan: “hay que meter preso a los padres”, “hay que meterlos presos a todos”, “hay que endurecer las penas a los menores”.

¿Qué es la juventud?: Elementos subjetivos

Hemos señalado los elementos más destacables de las condiciones históricas en las que se debe considerar el fenómeno juventud, pero falta algo tan importante como lo primero; la cuestión subjetiva o como nos gusta llamarla, la cuestión hegemónica. Y decimos “tan importante como la primera” por varias razones; la primera debido a que la juventud no es un concepto que solamente esté ligado a las condiciones históricas, sino que ha variado a lo largo del tiempo, significando distintas cosas en distintos momentos; otro elemento es que es un concepto en puja como muchos otros, como “mujeres”, como “viejos”, etc. Son conceptos que están determinados por la correlación de fuerzas ideológica, cultural, política de los grupos que pujan por definirlos. Por la puja de clase, pero también por la puja entre viejo y joven; el tercero es la sencilla razón de que la estrategia instrumentada por nuestros pueblos requiere de una intervención a largo plazo, profunda, de disputa de este concepto como de muchos otros, contra la hegemonía burguesa de mercado y su modo de apropiación del mundo. En esto, creemos, venimos perdiendo desde hace mucho, sea por la condición favorable de las clases dominantes, como por nuestra incapacidad en este plano de la lucha. Pongamos ejemplos para comprender mejor este asunto; en el caso del deporte, pensemos en el fútbol, las cualidades que se destacan para un comentarista deportivo, por ejemplo, son la exuberancia física en contraste con un déficit crítico, en la que los jóvenes terminan representados por una especie de bestia hermosa y dócil, que no tiene más para aportar que cierta torpeza instintiva, fácil de domesticar. Para los medios y la derecha, hoy los jóvenes no son jóvenes o por lo menos no los que encontramos en masa en las calles. Esos son “menores”. Sencillamente clasificados como asesinos pero distinguidos del resto de los asesinos por la condición de que no pueden ser imputados penalmente por la justicia. Todos estos enfoques chocan y oponen fuerzas en la dura batalla por tallar la significación colectiva del concepto de joven para nuestra sociedad.

La misma izquierda ha escogido representar a este grupo como el de menor compromiso, con menor interés por el sacrificio y como al que hay que seducir mediante propuestas estéticas que intercepten muchas veces los instintos como las pulsiones de deseo más superficiales. De hecho, de la mayoría de las discusiones entre los sectores más comprometidos de nuestra izquierda resultan conclusiones que tienden a reforzar este prejuicio disolvente y discriminatorio; “…los jóvenes no vienen porque les exigimos leer a Lenin”, “Los jóvenes no vienen por que les exigimos sacrificios que implican dejar insatisfechas las cosas de los jóvenes, como ir a bailar o dormir hasta tarde…” o “los carteles son poco llamativos”. Lo que no nos cuestionamos es lo que tenemos para ofrecer, que el proyecto no exige porque no tiene nada para dar. No nos cuestionamos que los jóvenes no vienen justamente porque no les exigimos y cuando no es necesario el compromiso significa que lo que allí se decidirá no es demasiado importante o para nada responde a las condiciones más acuciantes de la realidad de este grupo. O, que no los convencemos de acercarse porque ya ni siquiera estamos convencidos de que nuestra lucha sea necesaria. “…Apenas el socialismo había dejado el escenario histórico cuando el Foro Social Mundial proclamó su esperanza de que Otro Mundo es posible. ¡Como si la lucha política hubiese sido reducida a la mera afirmación de que la historia no se había acabado, el horizonte no se había cerrado y todavía quedaban alternativas!…”.(3)

En la subestimación, como en el lugar de lo “posible y lo prudente” asumido, lo que hacemos en definitiva es incurrir en uno de los modos discriminatorios más terribles, como no exigir a quien es capaz. No llamar a la lucha a quien puede y debe luchar.

Por otro lado, esto mismo es resultado de cierto prejuicio falso y demostrado tanto como por la historia y las determinantes estructurales de las que hemos hablado, como por la realidad subjetiva del grupo. Por la historia, en el mismo momento en que hemos demostrado que son a las últimas generaciones que comienzan a navegar en ella a las que les depara un desafío más terrible y unas condiciones estructurales adversas más difíciles de modificar. Por la subjetividad, cuando son estas mismas generaciones las que tienen menos que perder (en el sentido del compromiso con el modelo) y más expectativas respecto al tiempo biológico que les queda por luchar. Ni que decir si recordamos la caravana interminable de ejemplos sobre el lugar que han ocupado los jóvenes en los grandes intentos por cambiar el mundo.

Cuando comienza a parecer raro que un joven tome un lugar en la lucha, lo raro no es ese mismo sujeto sino las organizaciones que se pretenden revolucionarias y no han logrado abrir el frente para que a este se sumen todos los oprimidos, con los jóvenes como vanguardia.

Ante esto las izquierdas claman en el desierto pero ya sin profecías de un mundo mejor, mendigan cierta opinión a favor, sin soñar con la voluntad y el poder popular, mientras negocian con el diablo para que las cosas no sean peor de lo que están. En este mismo momento la verdad y la moral revolucionaria quedan reducidas a lo menos malo en términos de resistir, está prohibido exigir cuando corre riesgo lo que se ha ganado y en definitiva la prudencia y la posibilidad reducen la acción y el proyecto a lo seguro, conservar lo que ya existe. Así se desacumula en el plano estratégico, perdiendo no solo las posibilidades de avance sino engrosando los riesgos de una posible contraofensiva del enemigo. Mientras tanto la historia avanza por su lado negativo e indudablemente acumula fuerzas que nos sorprenden día a día frente a lo imprevisible y bárbaro, pero lo que es peor sin un sujeto colectivo capaz de dar el salto cuando sea necesario.

¿Qué hacer hacia la Juventud Revolucionaria?

En primer lugar, esto requiere no solo de un gran debate, profundo y crítico, sino que el tema sea tomado como generación más allá de tiendas políticas. La discusión más importante y la tarea ineludible es lograr que nuestra generación emprenda, más allá de otras pertenencias, la más crítica, cruda y radical proyección, en el contexto actual y respecto a la liberación nacional y el socialismo.
Tras el breve análisis y un poco de sentido común debemos observar que el modelo está completamente cuestionado; un conjunto importante de compañeros apostaban a que el crecimiento económico traería desarrollo y con algunas políticas sociales se revertiría gran parte de los daños que el sistema ha provocado hasta nuestros días. Sin embargo, hoy crecen las tasas e indicadores en cuanto a crecimiento económico, pero también lo hacen la violencia y la criminalidad, además de que las políticas sociales significan la pretensión de resolver los agudos problemas de pobreza sin siquiera rozar la riqueza. Si bien es ampliamente conocida la relativa determinación de los fenómenos económicos respecto a la criminalidad y la violencia, se debe decir que mientras nuestra sociedad ha ampliado las expectativas respecto al ascenso de clase, más que nada reflejado y pautado en el aumento del consumo, también lo ha hecho la desigualdad, y esto nos conduce a un gran problema. Es decir, en el Uruguay de hoy, colisionan las viejas estrategias de resistencia y supervivencia, con las nuevas aspiraciones a mejorar la calidad de vida pero pautada sobre los parámetros de consumo del capitalismo actual, con cierta desigualdad que por el contrario de ceder se ensancha y profundiza. Sin embargo lo cuestionado aquí, no debe ser solamente la desigualdad y las estrategias frustradas frente a la sociedad actual, sino también las pautas y objetivos que esta misma propone. De esta manera el crecimiento se vuelve una carrera desenfrenada para los más pobres, en la que se abandona toda libertad en busca de confort, se lucha y compite con los semejantes para alcanzar dichos valores, teniendo como resultado la decisión de escoger el camino más difícil para los objetivos más equivocados. Así resulta incomprensible para un amplio conjunto de trabajadores, que en una sociedad con un índice de desempleo que no sobrepasa el 6% crezca el índice de criminalidad, la cantidad de presos y la violencia. Pero si observamos lo planteado anteriormente esto no debe sorprender. Cuando la “sociedad del conocimiento“ queda reducida a una laptop por niño, cuando lo que asigna cierta distinción, confort, belleza, son los mismos elementos que nos alejan de la mejor realidad posible, la de un país solidario y soberano, nada es difícil de comprender. No es difícil de comprender que se exija en masa la baja de la edad de imputabilidad, la represión en masa, cuando los que comienzan a acceder a los objetos más preciados por el modelo, como un teléfono determinado, o ciertas prendas determinadas, o un televisor de última tecnología, ven peligrar lo que han logrado frente algún innovador que no lo ha logrado y lo conseguirá a pesar de correr el riesgo de pasar varios años en la cárcel.(4)

Y podríamos continuar poniendo ejemplos; todos los niños de primaria tienen computadores pero el 70% de ellos no termina la secundaria; todos acceden a un televisor pero la mayoría no tiene a donde ir o con quien quedarse cuando sale de la escuela; para los hogares más pobres es más redituable comenzar a trabajar tempranamente que cursar estudios y aspirar a un título.(5)

Desde aquí la plataforma mínima para nuestra generación, la que enfrenta los desafíos que hemos señalado, no puede ser menos que un cambio estructural pautado por la soberanía, el desarrollo de trabajo y conocimiento nacional, pero con cierta reflexión y actualización profunda de nuestros métodos, nuestra ideología y nuestras pautas culturales. Esta generación debe construir los puentes entre los más subyugados y desprotegidos, los más pobres de nuestro país junto a los que con más agudeza y profundidad deben enfrentar las adversidades estructurales del capitalismo actual y del porvenir con la pretensiones de reconfigurar al nuevo sujeto histórico capaz de forjar los cambios necesarios; los que viven de su trabajo.

“… La rebelión confusa –cuestionamiento del trabajo, la escuela, etc.- es global, pone en tela de juicio a todo el sistema escolar y se opone de manera absoluta a lo que era la experiencia del fracaso en el sistema tal como era antes (la experiencia no ha desaparecido por ello, claro; no hay más que escuchar entrevistas: “No me gustaba el francés, no me sentía a gusto en la escuela…”). Lo que se está dando a través de formas más o menos anómicas, anárquicas, de rebelión, no es lo que se suele entender por politización, es decir, por lo que los aparatos políticos están preparados para percibir y reforzar. Se trata de un cuestionamiento más general y más vago, una especie de malestar en el trabajo, algo que no es político en el sentido ya establecido, pero que podría serlo; es algo que se parece mucho a ciertas formas de conciencia política que son ciegas a ellas mismas porque no han encontrado su discurso, pero poseen una fuerza revolucionaria formidable, capaz de rebasar los aparatos y que se encuentran, por ejemplo, entre los subproletarios o los obreros de primera generación de origen campesino…” (6)

Y todo esto, si bien debe aún ser reflexionado profundamente, debe emprenderse cuestionando un conjunto variado de elementos que no termina de hacer mella en nuestra práctica; tanto la flaqueza inhibidora de no creer en la historia y en quienes la hemos producido, como la afirmación insoportable de que la revolución llegará dentro de 500 años. Nadie es tan altruista o nadie espera la redención en el cielo, o de lo contrario se hace seminarista. La lucha es hoy sin desconsiderar ni el mañana ni el pasado.

“…La revolución no puede experimentarse como una privación presente que tenemos que soportar por la felicidad y la libertad de las generaciones futuras, sino como la urgencia actual sobre la cual esta felicidad y libertad futuras ya han proyectado su sombra -allí, ya somos libres mientras luchamos por la libertad, ya somos felices al luchar por la felicidad, no importa cuán difíciles sean las circunstancias…”(7)

Debemos concebir estos desafíos con un compromiso estrecho, exigir lo que es exigible en función de las decisiones importantes que debemos tomar además de lo que es capaz nuestro pueblo, sin caer en discriminación ni subestimación, y aspirar a apropiarnos del lugar de decisión. Se debe trabajar incansablemente para la construcción de una juventud sólida y rebelde, crítica y organizada, que esboce el nuevo gremialismo, tanto a nivel sindical como estudiantil, como partidario, desde donde se desarrolló en desmedro de la ampliación de los mecanismos y la cultura estatista, el poder popular.

Todo esto sin el peso del sacrificio ni el pecado, solo concibiendo que es lo que debemos hacer porque es lo que nos hace felices. Recordamos así una consigna llamativa, pero muy significativa en este sentido, de los buenos vientos que soplaron en el 68; “cuando pienso en la revolución, me entran ganas de hacer el amor” (8)

Grupo de Base Bella Italia
Fogón Artiguista La Aripuca

1- “Al elevarse la productividad del trabajo, puede ocurrir que la misma cantidad de artículos de primera necesidad consumidos por término medio en un día baje de 3 a 2 chelines, o que, en vez de 6 horas de la jornada de trabajo, basten 4 para reproducir el equivalente del valor de los artículos de primera necesidad consumidos en 1 día. Esto permitirá al obrero comprar por 2 chelines exactamente los mismos artículos de primera necesidad que antes le costaban 3. En realidad, disminuiría el valor del trabajo; pero este valor mermado dispondría de la misma cantidad de mercancías que antes. La ganancia subiría de 3 a 4 chelines y la cuota de ganancia del 100 al 200%. Y, aunque el nivel de vida absoluto del obrero seguiría siendo el mismo, su salario relativo, y por tanto su posición social relativa, comparada con la del capitalista, habrían bajado. Oponiéndose a esta rebaja de su salario relativo, el obrero no haría más que luchar por obtener una parte en las fuerzas productivas incrementadas de su propio trabajo y mantener su antigua posición relativa en la escala social.”(Marx, Karl, “Salario, precio y ganancia”. Obras Escogidas. Editorial Progreso, Moscú 1969).

2- Berriel, F., Paredes, M. y Perez, R. (2005), “Sedimentos y transformaciones en la construcción psicosocial de de la vejez”, en Lopez, A.(coordinador), Proyecto género y generaciones. Reproducción Biológica y social de a población uruguaya, Tomo I, Montevideo, Trilce-UNFPA.

3- Sader, Emir. “El Nuevo Topo: Los Caminos de la izquierda Latinoamericana”. Editorial Siglo XXI, Argentina, 2009.

4- “…Esta es una de las características paradójicas de los subproletarios: el miedo de caer aun más abajo, es el miedo a que el desorden les quite lo poco que tienen. Por eso se pide una policía represiva, sin ver que la represión es para hijos y vecinos. La clase superior mira esto como un espectáculo, como se mira una serie por televisión…” (“La tolerancia cero es más cara que un plan social”. Entrevista realizada al Sociólogo Loic Wacquant. Editada por Página 12 el 25 de mayo de 2001).

5- El Observador, Economía, 25 de febrero de 2011, pág. 9.

6- Bourdieu, Pierre. “La “juventud” no es más que una palabra.” En “Sociología y cultura “. Editorial Grijalbo. México, 2002.

7- Zizek, Slavoj, “ A propósito de Lenin: Política y subjetividad en el Capitalismo tardío”. Editorial Atuel, 2003. Buenos

8- Hobsbaw, Eric. “Historia del siglo XX” Editorial Critica. Argentina, 1994.

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