Entre la negación del pasado y la construcción del presente. Itinerarios de la izquierda en Uruguay y la región

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El triunfo del Frente Amplio (FA) en Uruguay no obedeció, en sentido estricto, a una “acumulación” latinoamericana, sino a un proceso relativamente endógeno a la propia sociedad uruguaya. Así, si bien el triunfo de Tabaré Vázquez fue beneficiado por el “giro a la izquierda” y el estreno –exitoso- de Lula en Brasil (2002) y de Kirchner en Argentina (2003), el proceso de consolidación de la izquierda uruguaya se remonta a los años sesenta, y expresa características peculiares en el continente. Hechas estas salvedades, puede sin embargo afirmarse, que los itinerarios recientes de la izquierda sólo pueden ser comprendidos en el contexto latinoamericano.

Una de las primeras diferencias que evidencia el caso uruguayo con los otros casos latinoamericanos, remite a la propia estabilidad democrática, que generó diferencias de oportunidades políticas e institucionales para una acumulación de “poder” (político, cultural y social) de la izquierda.

La propia índole del proceso democrático en América Latina, y en particular, su constante interrupción por golpes de Estado a lo largo de todo el siglo XX, impidió un proceso lineal de consolidación política. Así, para muchos el propio “giro a la izquierda” representa una instancia que, al igual que el populismo, se revela como una oportunidad de inclusión social para millones de ciudadanos que no se han incorporado plenamente al proceso democrático. Y ello va de la mano con que recién ahora los países de la región han experimentado un largo período de democracia sin interrupciones, y por consiguiente, la organización de los intereses subalternos, considerada sediciosa en la mayor parte de la historia de la segunda ola (la represión de los movimientos sindicales fue una constante en ese período), no tuvo la ocasión de expresarse políticamente a través de grandes partidos de masas. Cuando este momento adviene, la fase de expansión industrial ya ha finalizado, y las formas de organización de los movimientos subalternos ya no se adaptan al esquema fábrica-sindicato-partido. Los movimientos indigenistas, las grandes movilizaciones ciudadanas de diverso tipo y grado de organización, entre otros, son parte de las nuevas formas de hacer política, en este proceso expansivo de la participación política de la tercera ola tardía de la democracia latinoamericana.

En muchos casos, los movimientos que se iniciaron en el “auge democrático” de la segunda post guerra y luego se truncaron por los procesos militares de fines de los sesenta y setentas, cristalizaron recién con el advenimiento de las democracias post-dictaduras. Es el grado de avance del proceso de consolidación democrática, unido a una mayor institucionalización del sistema partidario, lo que ha habilitado a las alternancias partidarias que permitieron la llegada de gobiernos de izquierda o progresistas en la región. Baste recordar que los golpes militares en, por ejemplo, los países del Cono Sur, fueron dados para desarticular las izquierdas políticas, sociales y armadas, que luego vinieron, bajo otros formatos, a transformarse en las izquierdas gobernantes1Esto puede al menos afirmarse del FA en Uruguay, el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, el Partido Justicialista en Argentina, y el Frente Popular en Chile. Ni la Concertación en Chile ni el PT en Brasil son exactamente una continuación con las experiencias anteriores, pero existen lazos de continuidad más que visibles..

Esta teoría, no puede ser aplicada a todos los casos (ostensiblemente, casos como el de Venezuela, requieren el recurso a otras explicaciones) pero para varios países, los realineamientos político-ideológicos que los sistemas comenzaron a experimentar en las décadas del sesenta y setenta, se expresan con nitidez en el giro a la izquierda que se produce hacia fines de los años noventa, y durante los dos mil.

2. La novedad del giro a la izquierda como forma de negación del pasado

Cuando la Concertación de Partidos por la Democracia ganó en Chile en 1989, nadie pensó que esto podía inaugurar un “giro a la izquierda” en América Latina, aún a pesar de tratarse de un país que ya había sido el primero en estrenar la victoria del socialismo por la “vía electoral”, con el gobierno de Allende. En su momento, esa victoria fue considerada un caso aislado de triunfo de una alianza que, para la mayoría, ni siquiera podía ser calificada de “izquierda”. El hecho de que los dos primeros presidentes fueran de la Democracia Cristiana, que había estado contra el gobierno de Allende, y de un partido considerado de centro, dificultaba la visualización de esta coalición como de “izquierda”. Abonaba esta concepción el hecho de que la política económica del nuevo gobierno, fuera considerada por la mayoría de los intelectuales del momento, e incluso representantes del propio gobierno, como una política “de derecha”.

Ni siquiera cuando el venezolano Hugo Chávez ganó, en 1998, se habló de un “giro a la izquierda” en América Latina. El hecho que Chávez fuera el centro del “eje del mal” en la región, que protagonizara todas las luchas contra Estados Unidos y que fuera el principal sustento del único gobierno de izquierda de América Latina que había resistido a todas las eras: el gobierno cubano, no bastaron para que la izquierda visualizara el inicio de un nuevo ciclo. Acaso porque a la propia izquierda le resultaba difícil asimilar entre los suyos a un militar que había sido golpista, y con un movimiento atrás que era cualquier cosa menos un partido de izquierda al modo “clásico”.

Por otra parte, Chávez surgía como líder disruptivo en lo que se consideraba una de las democracias más consolidadas del continente. Por más que el pacto de Punto Fijo hubiera sido una herramienta destinada a fraguar un “sistema de compromiso” entre partidos con déficits de arraigo popular (COPEI Y AD), y la democracia de Venezuela distara de ser una ejemplar, en su época casi todos la festejaban. En parte, debido a la pacífica alternancia de partidos, comparada con las experiencias de gobiernos autoritarios en los países andinos, o las trágicas experiencias de los golpes de Estado en el Cono Sur. En parte, debido a cierta simpatía para con un régimen que había sido generoso y abierto en los años de exilio de tantos latinoamericanos.

Chávez entonces, había surgido “contra” una democracia estable, y no, como se esperaba, contra gobiernos autoritarios o considerados “de derecha”. Para una parte importante de los uruguayos de izquierda que habían estado exilados en Venezuela, Chávez resultaba insostenible. Para muchos de ellos, el de Chávez, no era un gobierno de izquierda, ni nunca lo sería.

Y fue así cómo los fenómenos de la Concertación en Chile y de Chávez en Venezuela quedaron fuera de cualquier análisis que los ubicara como preámbulo del cambio que se aproximaba en América Latina. No era para menos: el conservadurismo que campeó en la región en la década del noventa, tenía mucho que ver con la llamada “hegemonía del pensamiento único”. Fue así que el llamado “giro a la izquierda” se percibió recién ya entrado el siglo XXI, cuando el Partido de los Trabajadores (PT) ganó las elecciones de 2002 en Brasil.

Ese año, Luiz Inácio “Lula” da Silva se presentaba por cuarta vez a la elección presidencial. El PT era “el” partido de izquierda en Brasil. Fundado en 1979, era un partido de izquierda “clásico”: había surgido como brazo político de la recientemente creada Central Única de Trabajadores (CUT), y Lula era el líder de referencia para ambos. Así, frente a la orientación “centrista” de la Concertación chilena, o el “socialismo tropical” de Chávez, el PT y Lula le daban a la izquierda latinoamericana, todas las garantías de que un gobierno de ellos, podría ser considerado, sin más, un gobierno de izquierda propiamente dicho.

En el año 2003, Argentina enfrenta una dura elección. Con un gobierno provisorio desde el abandono Fernando De La Rúa del gobierno, la elección de ese año encontró al Partido Justicialista (PJ) dividido en varias fracciones. Néstor Kirchner era el competidor del PJ “por izquierda”, ya que Carlos Menem y Adolfo Rodríguez Saá, lo hacían por derecha. La posibilidad de un triunfo de Menem galvanizó a la oposición, y esto le dio la victoria a Kirchner, quien fue asumido, rápidamente, como parte del “giro a la izquierda” en América Latina.

Cuando el FA gana la elección en 2004, ya existe un clima político en la región de “progresismos” y de hecho, tanto Lula como Kirchner encuentran oportunidad de manifestar su simpatía para con el candidato de esta fuerza política. La victoria de Evo Morales en 2006, es un hito más en lo que se vio como un “efecto dominó”, donde las izquierdas gozaban, no sólo de su propia popularidad doméstica, sino que se habían transformado en el “boom” político latinoamericano. Asimismo el triunfo de Rafael Correa en Ecuador en 2006, o la victoria electoral de Fernando Lugo en Paraguay en 2008, junto a las confirmaciones de los gobiernos del PT en Brasil, del FA en Uruguay, y del progresismo “kirchnerista” en Argentina, no pudieron ser empañadas por la derrota de la Concertación en Chile y siguen confirmando un escenario de izquierda en la región, con importantes éxitos económicos y políticos en su haber.

3. El presente de la izquierda en la región

Hoy, cuando nadie duda del giro a la izquierda en esos países, lo que nos preguntamos es: ¿qué izquierda es ésta?

El panorama de versiones “de izquierda” se presenta muy variado: a veces el/la presidente/a son más de izquierda que su propio bloque político, y en otros casos, es exactamente lo contrario. En algunos países hay claramente una “cultura” de izquierda, mientras que en otros, se abren camino nuevas formas de comprensión de la “contra-hegemonía” como el término “descolonización” en los países donde el indigenismo ha cobrado fuerza. En la mayoría de estos países, hay una dinámica gobierno-oposición, que se expresa en términos ideológicos.

Asimismo, otros temas han entrado en agenda, sin que haya una sola definición “de izquierda” sobre esto. Ello es claro con el tema de la desigualdad de género, los derechos de las “minorías” (sexuales, étnicas, religiosas), los derechos humanos o las libertades individuales. A menudo se le llama a esto la “agenda secular” y el compromiso de la izquierda latinoamericana con la misma es particularmente débil. Pero la cuestión económica (por ejemplo, el rol del Estado y del mercado, la inserción internacional) también divide a la izquierda, aunque en menor medida, y evidencia las disímiles actitudes con que la izquierda aceptó el colapso (y el fracaso) del socialismo real.

En todos los casos analizados, el “giro a la izquierda” ha ido acompañado de un crecimiento de las opciones a la izquierda, dentro del sistema de partidos. A veces, ello se expresa en la creación de un partido de izquierda, propiamente dicho (como el MAS en Bolivia, o el MVR en Venezuela), y en otros casos, por el corrimiento a la izquierda de los partidos ya existentes (como el PJ en Argentina).

También hay diferencias en la evolución electoral y el proceso político de cada país, con las singularidades propias de cada caso. Mientras que en Argentina, el “izquierdismo” pugna por abrirse paso en la era post Menem, fracasa con la alianza del FREPASO y la UCR, y se expresa en el surgimiento de un movimiento dentro del peronismo identificado con los Kirchner, en Brasil, la victoria del PT aparece como parte del proceso de consolidación de la democracia, y de institucionalización del sistema de partidos. En Bolivia, el proceso es parte de un movimiento hacia la inclusión social y política de los indígenas, del campesinado, de la población rural, lo que se verifica, especialmente, en el largo proceso de la Constituyente que terminó en la reforma constitucional. En Chile, en cambio, la dinámica bipolar atraviesa el sistema desde el inicio mismo de la última fase democrática, con una victoria de la derecha, en un escenario donde el peso en la Concertación se fue desplazando paulatinamente desde la Democracia Cristiana hacia el Partido Socialista, con el consiguiente refuerzo “de izquierda” de la coalición. En Uruguay, es el crecimiento del FA y su ocupación paulatina del espacio político (primero en el gobierno departamental de Montevideo, y luego a través de su crecimiento en el Parlamento Nacional), lo que determina la victoria de la izquierda en 2004.

Pero sin duda el primer “giro a la izquierda” con carácter “refundacional” del sistema político fue el que se produjo en Venezuela, y ello está dado por al menos por dos características: a) el cambio en las instituciones (del sistema bicameral al unicameral, la reelección continua, y la creación de nuevos poderes del Estado) y; b) la redefinición en el rol del Estado y el mercado en la economía venezolana. A su vez, el gobierno de Venezuela fue el primero en autodenominarse “socialista” y dejó el –más o menos difuso- legado del “socialismo del siglo XXI” para nombrar a una posible agenda común de las izquierdas.

Estos gobiernos “progresistas” o “de izquierda” tuvieron impacto sobre la distribución del ingreso, la reducción de la pobreza, y los cambios en la política económica. Estos cambios, aunque limitados por la reducción de las capacidades del Estado para implementar políticas redistributivas, y por la fragilidad de las ecuaciones políticas de sustento de estos gobiernos (muchos de ellos sin mayorías parlamentarias propias), se están procesando. Los resultados de los estudios muestran que en América Latina se está dando un vuelco redistributivo en dos sentidos: se verifica una reducción de la desigualdad en varios países (sobre todo, pero no exclusivamente, en los del giro a la izquierda) y, asimismo, se verifica una reducción de la pobreza. Estos resultados han estado vinculados a un sostenido crecimiento económico en los últimos años, pero no únicamente a ello. La implementación de políticas de transferencia de ingresos y los planes sociales han tenido, especialmente en algunos países, impactos considerables, por lo que se aventuran mejoras futuras posibles en la reducción de la desigualdad y la pobreza simultáneamente. Las políticas laborales implementadas, que han mejorado el salario real y recuperado derechos de los trabajadores, deben contarse también aquí, junto con el aumento del gasto público social. Pero también los estudios muestran que ha existido un cambio en el rumbo de la política económica, que ha permitido aumentar el gasto sin contraer déficit, a través de políticas impositivas más duras y reformas tributarias. Se ha priorizado menos la estabilidad y se ha concebido la política macroeconómica al servicio del desarrollo nacional. Ello fue unido a una estrategia de ir ganando mayor autonomía internacional para decidir políticas, lo que en algunos casos incentivó a los controles sobre la inversión externa, reducción del condicionamiento de los acreedores externos, o la renegociación de las rentas de los recursos estratégicos (como el gas, el petróleo o el agua) con las empresas transnacionales.

¿Se trata de una “corrección” al neoliberalismo, o de una nueva política económica? Aún no lo sabemos. Lo que la marcha de los gobiernos de izquierda enseña, en todo caso, es que existe una ecuación política muy delicada entre los apoyos “populares” y el compromiso de los intereses económicamente dominantes. Las élites más poderosas (especialmente, pero no sólo, las empresariales), tienen capacidad para frenar o bloquear iniciativas de redistribución, aún cuando estas sean muy modestas, como lo evidencian los múltiples conflictos que se han producido en varios de estos países. Al mismo tiempo, sin procesos redistributivos, no podrán cumplirse las expectativas de las “masas populares”, de cuyo apoyo dependen los gobiernos de izquierda. Y todo debe hacerse sin menguar la gobernabilidad, porque sin ésta se abre una ventana de oportunidad para crisis políticas que no sólo pueden poner en riesgo todo lo conquistado, sino representar un retroceso a punto de partida, o peor aún, instalar una nueva matriz de concentración económica y exclusión política.

4. El futuro de la izquierda en Uruguay

Hasta antes de la asunción del FA en el gobierno nacional, el típico “demócrata participante” era de izquierda, montevideano, con educación terciaria y, aunque manifestaba disconformidad con el funcionamiento del sistema político, legitimaba, a través de su propia actitud hacia la política, un efecto de legitimación de todo el sistema. Hoy, en cambio, los disconformes están repartidos a lo largo del espectro político, pero especialmente, entre aquellos que se declaran más a la derecha.

El FA fue, inicialmente, un partido de clases medias, personas de mayor educación relativa, montevideanas, y relativamente jóvenes. Eso lo hacía más “progresista” que “de izquierda”. Pero las bases electorales de la fuerza política han cambiado. Si la predisposición de voto al FA siguiera un calco por cohortes de edades de lo que fue su electorado en 2004, hubiera registrado a lo largo de 2009 una intención de voto muy superior a la que tuvo. El Frente Amplio sigue votando muy bien entre los jóvenes, pero su tasa de crecimiento se ha desacelerado en estos grupos de edad, y lo que muestran las encuestas es que, entre la población más joven y la más pobre, la adhesión “militante” o la identificación con el FA es muy baja.

Los cuadros “políticos” también han cambiado, como resultado de la llegada al gobierno. Mientras antes había una identidad fuerte entre militantes, votantes y bases “sociales” (especialmente en el movimiento sindical), hoy se produce un importante “descreme” de los gobernantes con relación a las bases sociales. El proceso no es nuevo, y lo han vivido todas las izquierdas conocidas sobre la que se tengan datos comparables, pero vale la pena llamar la atención para el caso uruguayo.

El FA comparte con estos casos, el hecho de que, además de aportar al país una política “de izquierda” o “progresista”, le aportó una nueva “clase política”, que produjo el recambio de élites más importante luego de la dictadura. En general, los partidos de izquierda tienden a aportar a la política los cuadros de menor nivel educativo y de distinto origen social o profesional. Aunque los datos no son contundentes para todos los países y para todos los partidos de izquierda (el caso chileno y argentino constituyen una excepción), la tendencia general es hacia una “popularización” de las elites cuando los partidos de izquierda llegan al poder. La nueva élite, a su vez, tiene mayor capacidad de influencia sobre las nuevas fuerzas sociales vinculadas al trabajo, a los gremios estudiantiles, o a los movimientos surgidos de base campesina o indígena, como Ecuador, Bolivia o Paraguay.

¿Produce esta nueva élite una nueva forma de hacer política? Tal vez esta sea la pregunta. Hablamos sobre la redistribución de la riqueza, pero ¿generamos un proceso de redistribución del poder? No lo creo.

El proceso de “descreme” que se produce al interior de la izquierda, cuando esta llega al gobierno, explica eso. Al decir de un viejo teórico del elitismo, Pareto, los “leones” desafiantes, que surgieron de las clases populares, llegados al poder se transformaron (o produjeron) en “zorros”: dejaron de ser desafiantes y pasaron a ser “adaptados”.

Un primer “descreme” se produce con el desarrollo de una izquierda “parlamentaria”, que a veces toma para sí decisiones contrarias, a lo que todo el partido decide (las posiciones sobre derechos humanos o despenalización del aborto, son una muestra de ello). La tasa de reelección de las dirigencias parlamentarias en el FA, la lucha por los lugares en la conformación de las listas, o la movilidad de legisladores que cambian de fracción partidaria sin abandonar su banca son un ejemplo de una “autonomización” de la “elite parlamentaria” respecto de sus “bases”.

El segundo “descreme” se produce con relación al Poder Ejecutivo. Inicialmente, éste comenzó con el primer gobierno desempeñado por el FA en el país, el gobierno de la ciudad de Montevideo. La creación de una “elite de gobierno” (incluyendo al propio entonces Intendente Vázquez) tuvo su impacto y amplificación en el gobierno nacional. Algunas de las figuras del gabinete municipal, se transformaron luego en claves para el gobierno nacional. Pero es con la asunción del gobierno nacional, que el “descreme” de la elite hacia el Ejecutivo se produce en forma más decisiva. Este proceso se dio en forma gradual y atenuada, en el primer gabinete de Vázquez, por la selección de Ministros que representaban los liderazgos de los sectores dentro del FA, pero se ha profundizado y expandido a ámbitos departamentales.

¿Genera este “descreme” de la elite valores diferentes en las mismas? Cuando analizamos el “elitismo” y el “radicalismo”, vemos evidencias del descreme. El ideal de un conocimiento “experto” en la política, por sobre el ideal de una conducción “común” de la cosa pública, muestra claramente el proceso de segmentación. Los estudios disponibles muestran que los menos elitistas son los sindicalistas, le siguen los parlamentarios, y los más elitistas son los gobernantes. Al mismo tiempo, los menos desconfiados de los cambios y reformas radicales, son los sindicalistas. En segundo lugar, pero a una distancia considerable, rankean los legisladores del FA, lo que evidencia ya una segmentación de preferencias entre los miembros de la otrora misma elite (la izquierda). Pero los legisladores manifiestan mayor simpatía por los cambios radicales, que los gobernantes: esta elite aparece como la más reactiva a las grandes reformas, o la más propensa al incrementalismo.

El proceso de segmentación de la izquierda, sólo se consolida y se despliega en toda su amplitud con la llegada de ésta al gobierno, aunque es muy anterior. Buena parte de la disputa por el liderazgo que se hizo evidente en 2008, tiene que ver con la puja por el poder interno de la fuerza política, que se encuentra ligada a las luchas de liderazgo que tan bien retrata Michels. No sólo los “outsiders” luchan contra los “insiders”, sino también los jóvenes contra los más viejos, los intelectuales contra los hombres de aparato, y las mujeres contra los hombres. En especial, las enormes dificultades experimentadas por las mujeres en el contexto de una política partidaria fuertemente institucionalizada, más allá de los aspectos de dominación de género propiamente dicha, son un ejemplo en este sentido. Pero también, la diferenciación de los electorados de Mujica y Astori, no sólo es una evidencia de las discrepancias de las elites, sino de la fragmentación de las propias bases frenteamplistas.

A nuestro entender, cuando la izquierda llegó al gobierno, ya las transformaciones eran muy profundas, aunque para muchos –especialmente para los militantes, y para la parte del electorado más fiel al partido- recién en ese momento los cambios se hicieron perceptibles. A pesar de que la izquierda sigue siendo el gran divisor de aguas de la polítca uruguaya, y su distancia ideológica respecto a los elencos de los partidos tradicionales, es consistente, en su interior comienza a evidenciarse la creación de subculturas: la sindical, la parlamentaria y, últimamente la gubernamental. El proceso puede culminar o no en un distanciamiento entre bases y élites, dependiendo, claro está, de cómo se muevan las élites, ya que las características que hacen a la base y sus organizaciones tienen un grado de permanencia, estabilidad y consistencia muy superior a la movilidad actitudinal y de formación de la elite.

El éxito político y el éxito económico de un gobierno de izquierda, aparecen, en este contexto, como logros distintos.

El éxito económico de un gobierno de izquierda, puede ir de la mano con la desmovilización de sus bases, y más aún, ayudar a consolidar una clase media educada, dinámica, moderna, pero poco solidaria con la clase media baja o baja. El éxito político, en cambio, dependerá de la satisfación de las expectativas de las bases sociales movilizadas y de la población que se identifica con la izquierda, en primer lugar. Tendrá como límite no sólo los intereses económicamente dominantes, sino también parte de la propia clase media que puede ver comprometido parte de su status quo en este proceso.

Por: Constanza Moreira

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Referencias   [ + ]

1. Esto puede al menos afirmarse del FA en Uruguay, el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, el Partido Justicialista en Argentina, y el Frente Popular en Chile. Ni la Concertación en Chile ni el PT en Brasil son exactamente una continuación con las experiencias anteriores, pero existen lazos de continuidad más que visibles.

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